10
Está sola en la plaza. Sentada en un banco de madera con la cabeza apoyada en el respaldo. Todavía quedan algunas personas y la oscuridad anuncia la pronta prendida de las luces. Ella los mira distraídamente. Tiene entre sus manos una bolsa de papel sobre su falda.
Está vestida con un traje gris bastante más largo que el que está en uso. Un traje casi sin formas tomado a la cintura con un cordón también gris. No alcanza a conformar una figura vistosa, aunque sí un tanto añeja o poco notoria. El traje que la cubre es de tela gruesa para precaver el frío que se ha dejado caer sobre Santiago. Su vista alcanza a divisar los automóviles que pasan alrededor del lugar. Van con los focos prendidos y dan luz a la plaza. Es una hora de mucho movimiento y por esto numerosas personas atraviesan diagonalmente por el cuadrante para evitarse un trecho de camino. Todos están relativamente abrigados. Las parejas conversan mientras caminan, pero nadie pasea, sino que se desplazan hacia otros lugares. Ella tiene una panorámica de un sector definido, incluso alcanza a distinguir con relativa nitidez a los que pasan por la vereda del frente, dándose como constante en ellos el caminar con un cierto apremio, como si el clima los empujara a apurar el paso para no enfriarse demasiado.
Los vendedores, que hasta esa hora permanecían voceando sus mercaderías, también desarman sus precarias instalaciones para retirarse. Nadie hace ningún ademán para adquirir algo. Los vendedores se van cargando sus bultos sin aparentar esfuerzo al transportarlos.
Paulatinamente, empiezan a levantarse de los bancos aquellos que todavía ocupaban unos pocos asientos. Personas de distintas edades se desplazan y cruzan la plaza. Van dejando diversas cosas sobre los bancos, como papeles, diarios, envoltorios, pequeñas bolsas de plástico y objetos similares. Pero no alcanzan a dar a la plaza una imagen de suciedad, aunque algunos de estos elementos quedan tirados en el suelo.
Ella continúa allí y sus ojos ahora van contabilizando a los seres que abandonan la plaza, tratando de distinguirlos de los que pasan por ahí para acortar su camino o bien la han cruzado accidentalmente.
Las ramas de los árboles se mueven con suavidad por efectos del viento. El césped está francamente descuidado y a pedazos se deja ver la tierra. Las rejas que lo protegen están también deterioradas y su pintura verde, descascarada y opaca. Todo está a su vista desde el ángulo que sus ojos logran abarcar. Permanece sentada con las piernas cruzadas hacia adelante y los pies apoyados sobre el suelo. Sus manos afirman sobre la falda la bolsa de papel, pero sin apretarla demasiado. A ratos cruza y descruza las piernas con lentitud mientras su cabeza se vuelve para observar a los peatones que caminan cerca de ella o motivada por el frenazo inesperado de algún automóvil que se ve obstaculizado en su tránsito por otro. La plaza está ahora semivacía y la oscuridad la rodea. Apenas alcanza a distinguir a un puñado de personas sentadas en los bancos sin poder determinarlas mayormente, pues la visibilidad los conforma sólo en sus siluetas.
También disminuye el número de gente que pasa sobre la vereda del frente. Ya no se ven caminando apiñados, sino con espacios entre unos y otros, siendo mayormente hombres los que circulan. Las vestimentas los uniforman y a eso se agrega una estatura similar que los hace repetidos y monótonos, especialmente la escasa luz que no permite definir ningún rasgo.
De pronto se encienden las luces, justo cuando la oscuridad es casi total.
Se encienden lentamente, lanzando primero un tinte deslavado sobre el entorno hasta que gradualmente adquiere más fuerza y nitidez. La luz de la plaza sigue el mismo proceso que los faroles que están instalados sobre la vereda que los circunda. La perspectiva cambia con la luz encendida, ya que lo ubicado bajo sus focos se deja ver en tonos postizos pero claros, en cambio el resto, que está más alejado, queda a contraluz.
Ella está bastante cerca de un farol y por eso se hace perceptible para cualquier observador. Su posición ha variado ligeramente. Ahora se sienta sobre el banco, un poco inclinada, pero sus piernas ya no se cruzan, mas sus pies continúan apoyados sobre el suelo. Del mismo modo, la bolsa de papel ya no la tiene aprisionada entre sus manos, sino que está entera caída sobre su falda.
Definitivamente no queda nadie más en la plaza. Los bancos están vacíos y el movimiento se advierte sólo en sus alrededores. Los automóviles continúan circulando y también los peatones que pasan por las calles adyacentes en número cada vez menor; generalmente solos o en grupos muy reducidos. Hay entre ellos distancias de tiempo y por eso sus pasos resuenan imposibilitando el que pasen desapercibidos. La calle aparece así como un escenario desde la plaza y por eso mismo, los peatones, actores que lo cruzan. Es un escenario fantasmagórico en su desolación, en su vacío, pero ocupa ahora toda su atención. Cada persona que pasa al frente es observada atentamente por la mujer que lo sigue hasta perderse. A veces su interés es interrumpido por algún automóvil que la hace perder la figura, entonces alcanza sólo a vislumbrar la cabeza del que pasa. Examina la forma de caminar, los objetos que portan, sus estilos. Y así puede determinar qué grado de prisa llevan y hasta dónde el frío los penetra o no.
Aunque sólo puede precisar aspectos superficiales en cada uno, por el escaso lapso de tiempo en que se exhiben ante sus ojos, aun así los diseca. También observa, cuando nadie pasa, las edificaciones vecinas.
La plaza limita desde su punto de vista con tres calles, y por eso alcanza a ver partes de cada una de ellas. Las casas son bajas salvo un edificio que se recorta en una de las esquinas. Los colores a esa hora no se destacan pero son pálidos, lo que les da una tonalidad indefinida dentro de su opacidad.
En su mayor parte las casas tienen estilo similar: una puerta y dos y hasta tres ventanas a la calle. En algunas de esas ventanas se ve la luz que denuncia la actividad de sus moradores, luz que se deja entrever por los visillos claros que las recubren. A veces alcanza a distinguir la silueta dibujada de alguien que deambula en el interior. Las puertas dan directamente a la calle y su color oscuro las hace resaltar de inmediato. Nadie ha entrado en este tiempo a ninguna de esas casas. Tal vez lo hicieron antes, cuando la masa de gente no permitía reparar en el hecho.
El edificio se recorta allí como un lugar distinto e incluso discordante, ante la estatura del resto de las construcciones. No es demasiado elevado ni demasiado moderno, sus ventanas son estrechas y no tienen, aparentemente, balcones. Está justo en la esquina de una de las intersecciones. Algunas de las ventanas también están iluminadas y otras no, lo que parecería un curioso juego de azar y se podría jugar incluso con la próxima luz que se apagará o se encenderá atravesando la mirada con sus reflejos. Pero el encendido de las luces en el edificio es irregular, no dando lugar a ninguna cábala.
Hay un amplio portón entre la entrada y su interior iluminado por una luz que es demasiado débil. A diferencia de las otras construcciones, se ven en su pórtico algunos escalones que permiten el acceso a los departamentos. Tampoco nadie ha penetrado en ese tiempo al edificio. La tranquilidad es total especialmente por la disminución del número de automóviles. Por eso los ruidos vienen ahora desde más lejos, de algún lugar que no puede ser determinado más que como cercano, producidos seguramente por vehículos que circundan las calles vecinas.
Una de las casas más alejadas de su ángulo de observación tiene una cortina metálica, lo que indica la presencia de una tienda o taller quizás. Hay algo escrito en su fachada imposible de leer a esa distancia.
Su mirada atenta le permite descubrir, que entre los escasos autos que se desplazan, casi la totalidad pertenecen a patrullas que vigilan las calles.
Ya no examina nada con tanta atención, más bien su mirada se pasea una y otra vez por los espacios ya conocidos sin encontrar nada que la seduzca. La inercia en el sector es casi absoluta, si no fuera por alguno definitivamente rezagado que todavía se deja ver en su manifiesta prisa.
Por ejemplo, el último ha pasado casi a la carrera. Con las solapas de su chaqueta levantadas para protegerse del frío.
Ella misma está ahora casi curvada en el banco y a menudo mueve sus pies para evitar que se empalen. La bolsa ya no la tiene en la falda, sino que la ha puesto a su lado sobre el banco. Sus manos están cruzadas y de rato en rato se las frota. Sus piernas han vuelto a cruzarse apoyadas sobre el suelo. A veces su cabeza tambalea a punto de dejarse vencer por el sueño. Pero con la caída de su cabeza surge el sobresalto y entonces se yergue de inmediato abriendo los ojos. Cambia de postura fugazmente, pero vuelve rápidamente a la inicial que es la que le acomoda.
Sus ojos siguen ahora las líneas de la plaza que se manifiesta en otra dimensión a partir de su vacío. La iluminación no es del todo buena y la altura de los árboles llena de sombra amplios lugares. Los faroles dejan ver los cables que transportan la luz y son una referencia más de los límites de la plaza. Los focos no tienen una gran potencia delatando su antigüedad. Incluso un par de ellos están apagados. Pero se puede ver la plaza, especialmente parte del césped que, irradiado de sombras, se corta con la aparición del árbol.
Las baldosas son más nítidas que en el centro de la plaza, hacia donde están orientados la mayoría de los asientos. Curiosamente en el centro no hay nada, ni juegos infantiles, ni fuentes, nada en absoluto, como si su único adorno fuese la pintura blanca extendida sobre el tronco de los árboles que más bien contribuye a afear su diseño.
Las baldosas, pese a su distribución, dan una enorme aridez y frialdad al lugar. El gris es ahí el tono dominante, el que se añade al color de su vestido, rompiendo incluso el privilegio del verde de algunos bancos que han perdido su brillo. Más allá están los asientos de piedra entre los árboles, ubicados en estrechos caminos que se abren por las partes laterales de la plaza. También estos bancos son grises, aunque en un color más claro que el resto.
No alcanza a abarcar toda la plaza desde el lugar donde se encuentra. Un sector queda a su espalda y otros dos están también casi detrás de ella, pero se adivina que aquello que ha visto se repite en todo el lugar. No parece un sitio diseñado para el esparcimiento. La falta de colores es uno de los primeros obstáculos, y también el descuido que se adivina no sólo en los bancos, sino que especialmente en la raleza del césped. Aunque es verdad que la presencia de gente en el día le otorga otro cariz. Es más, muchos detalles habrían pasado para otros desapercibidos.
De pronto sus ojos tampoco siguieron mirando con atención; empezaron a vagar de un lugar a otro, como revisando su observación anterior, esperando de nuevo encontrar un signo distinto.
Otra vez pareció que el sueño la iba a vencer, su cabeza empezó a caer sobre su pecho y siguieron los sucesivos sobresaltos. En cada uno de ellos daba rápidas miradas a su alrededor como si alguien la fuera a sorprender, o algo, tal vez, se hubiese modificado. En uno de sus adormecimientos, más prolongado esta vez, el estremecimiento posterior fue también mayor. Entonces se levantó de su asiento como si temiese reclinarse en el respaldo del banco y dormirse definitivamente.
Caminó hacia uno de los costados de la plaza y se sentó sobre el banco de piedra más cercano a sus pasos. El sueño era así imposible, la incomodidad y la dureza del asiento lo impedían, salvo que se tendiera sobre él.
Sentada así, se acentuó la curvatura de su espalda hasta casi dejar caer su pecho sobre su falda. Sus manos apoyadas sobre las rodillas, para sostener el peso de su torso, sus piernas entreabiertas, para hacer más resistente la posición.
El sitio no le hizo cambiar demasiado la perspectiva, aunque tal vez esto se debiese a la monotonía del sector. Ahora las luces estaban apagadas en las casas y en el edificio. Por eso observó con más atención el luminoso que estaba ubicado en lo alto.
La propia luz del luminoso permitía ver el entramado de su soporte, construido de metal y de madera para otorgar una mayor firmeza al pesado letrero.
Se encendía y apagaba a intervalos. El color que primaba en su leyenda era el rojo filtrado desde los neones que, caligráficamente, formaban cada una de las letras, enmarcadas en otros neones de diversos tonos rojizos. Tenía dos leyendas y así, al apagarse una, en la encendida siguiente era otra la que aparecía.
Observó con atención, y verificó que se debía a la ocupación de distintos sectores del letrero que, seguramente mediante procesos de sincronía, producía las diferentes lecturas. Sus ojos quedaron fijos allí y cayó en una especie de embeleso que le impedía cambiar el rumbo de su mirada.
No porque esperara que como acto de magia apareciera algo inusitado ahí. Era simplemente la atracción de la luz.
Ni siquiera el dolor de sus ojos podía distraerla. Estaba absolutamente encandilada. Prácticamente no leía las frases que se formaban y hasta levantó su torso para elevar más aún su mirada hacia lo alto del edificio. Seguía absorta; los diferentes neones se entrecruzaban en líneas curvas y rectas, encendidos en un sector y en otro mostrando el aparataje que los construía.
Antes ya lo había visto, pero no había producido en ella ese sortilegio, seguramente por el entorpecimiento de los ruidos de la plaza, el deambular de la gente, su propia desatención.
Ahora todo era distinto. El vértigo del juego del luminoso era el perfecto diseño para su mirada que, inundada de placer se había entregado. Aunque quería cambiar su vista no lo lograba, esperaba el cambio de la leyenda y luego el siguiente hasta convertirse en una situación circular.
Porque el luminoso no se detendría.
Estaba programado para la noche y su programación no tenía la racionalidad de Chile que paraba su ritmo nocturno. Por eso ella tan sólo era la que, subyugada, había recibido el mensaje, no del producto sino del luminoso mismo, de su existencia como tal. Pensó que debía detenerse porque ya sus ojos estaban saturados por el esfuerzo, pero lo postergaba para la próxima encendida y así para la próxima y no dejaba de mirar. Nada más ocupaba su pensamiento, hasta que una idea emergió de su cerebro: todo ese espectáculo era para ella. Sabía con certeza que nadie más estaba a esa hora pendiente del luminoso, por eso ese lujo le pertenecía. Alguien había montado esa costosa tramoya en la ciudad, como don para sí; con escritura y colores, con colores y movimientos, cálculos ingenieriles, trabajo manual, permisos. Todo eso para que ella sentada en la plaza en la noche se dejara llevar realmente por el deslumbramiento de esos vidrios que insuflados de colores, activados por baterías, la sometieran a ella.
Hasta su cansancio desapareció por la encandilada. La rigidez se había ido y esto le producía una revalorización no sólo de la plaza, sino también de las casas cercanas al luminoso.
Pensó que ella no estaba en concordancia con lo contemporáneo de la técnica que la complacía. Su ropa, su facha entera era casi un atentado contra ese brillo y actividad. Tal vez ella misma habría conseguido una satisfacción mayor si su ropa hubiese tenido toques de avanzada; algo singular que también la hubiese denotado como única en esa peculiar situación.
Pero no era así.
Estaba allí con la modestia de su traje gris. Aunque de pronto eso le pareció legítimo. El antagonismo entre el observador y lo observado creaba una evidente tensión, cuyo mediador era el avance de la noche en la plaza pública.
Sólo así pudo por vez primera apartar sus ojos de lo alto del edificio, para hacerlos recaer sobre la cuadratura de ese espacio, y así, falsificación sobre falsificación recompuso.
Ella en el medio del artificio tal vez tampoco era real. La inutilidad de ambos –plaza y luminoso– en la noche la golpeó de pleno. Hasta ella misma era el exceso. Se levantó y miró sus manos, sus pies, sus vestidos. A ella ¿quién la contemplaba?
Cuando ya no era ella misma, sino lo que el espacio había construido a partir de su permanencia, lo que el luminoso le había donado al meterle ideas en la cabeza de tanta letra que le había tirado sobre los ojos, hasta lograr descifrar lo inicialmente cifrado.
Letra a letra, palabra por palabra, en esas horas en que gastó su mirada dejando ir sus ojos sobre los neones; evitando los mensajes aparentes que podrían haberla inducido a un error por quedarse en la superficialidad de la letra.
Pero no.
Lo había logrado uniendo las letras más distantes; las encendidas y las apagadas, los cruces de ambas, los signos que se construían en el medio, los aparentes vacíos, el intercambio entre mensaje y mensaje.
Todo era claro ahora y por eso pudo empezar a recorrer casa por casa con sus niveles inferiores iluminados por las intermitencias del luminoso.
Efectivamente, no era sólo la luz de la plaza la que irradiaba fuera de sus límites. Era también la luz del luminoso la que los teñía, así como también era otra la acera y la calle y hasta los árboles se afectaban, se modificaban tal como ella misma que percibía el hecho con claridad absoluta.
Y en verdad ese aviso tenía una falla: la altura del edificio sobre el cual descansaba. No era suficiente y por eso los neones no se diluían como debieran sino que, como los rayos del sol, pintaban su alrededor.
Por eso se levantó del banco de piedra y por unos momentos debió desentumecerse moviendo las piernas y las manos. Destensando su cuello se quedó rígida. Vio el luminoso proyectarse sobre su vestido gris. Unas líneas rojas cruzaban su vestido. No claramente sino como una luz que se reflejaba encima. Tomó otra posición, alejándose un trecho de donde estuvo tanto tiempo sentada antes, pero siempre siguiendo la dirección del letrero. Era lo mismo. Se reflejaban sobre ella una tenues marcas de luz en un color, a esa distancia, rosado.
Buscó distintas formas de desplazamiento y en cada una de ellas seguía impresa por el luminoso.
Éste se evidenciaba más hacia el centro de la plaza donde ella estaba de espalda a la calle más importante que circundaba al cuadrante. Era ahí el ángulo justo en que el luminoso caía con más fuerza alcanzando a denotar incluso letras que, muy diluidas, no llegaban a formar palabras. Pero allí estaban los grafismos que aceptaban más de una interpretación. Cada uno de ellos contenía más de una letra.
Se sobrepuso al frío del centro, que no era aminorado por los árboles y extendió con las manos su vestido. Eso era. Ahora ella tenía el elemento que faltaba. Supo en ese instante que también estaba atravesada en el rostro, en las manos, en las piernas: en la carne.
Trató de adivinar queé signo caía sobre ella, mirando para eso la altura que suspendía el luminoso. Estuvo en eso mucho rato calculando en la distancia, cuál letra correspondería a su posición.
Dudó entre un par y además por la desfiguración de la lejanía, en cuál otra podría convertirse.
Decidió dejarlo por un rato hasta alcanzar la serenidad y lucidez completa.
No podía equivocarse y creer erróneamente que era impresa por una letra que finalmente nunca le había correspondido en realidad. Volvió a su puesto inicial, pero esta vez sus ojos estaban prendidos al centro de la plaza. Vio allí la caída de las letras, que aunque difusas, se suponían por la lectura que hacía de las emanadas por la altura. Para eso se sentó de nuevo en el banco de piedra que le otorgaba una mirada más eficaz. Se acomodó en el asiento, pero un ruido la distrajo; con el borde de su vestido había dejado caer la bolsa de papel al suelo. Se agachó a recogerla y la puso de nuevo sobre el banco.
Supo después de una corta mirada que le era imposible precisar con certeza una combinatoria exacta. Que dos, tres o cuatro letras podrían caer si ella se paraba en un lugar preciso. Y era más aún, por la misma distancia, unas se montaban sobre las otras, dando origen a palabras completas, que más allá de un sentido claro o riguroso se establecían como nexos.
Además para eso debía contar con su absoluta rigidez, lo que era del todo imposible por el frío reinante y cada uno de sus movimientos permitirían la entrada de otros signos y por eso de distintas palabras.
Se levantó después de un rato y comenzó a recorrer el centro de la plaza. Su mirada vagaba sobre el pasto o bien se elevaba sobre la copa de los árboles hasta dejarse caer sobre los faroles. Estuvo en eso algún tiempo. El frío era intenso. Era el instante en que la noche se consumía como tal, para dar paso en poco tiempo a los primeros atisbos del amanecer. Por eso mismo, tal vez, era un momento límite en el cual la luz eléctrica estaba iluminando la plaza con mayor eficacia, resaltada de otra manera que en horas anteriores, cuando su insuficiencia de luminosidad era notoria.
Así se prendían zonas de la plaza. Detuvo sus pasos. Volvió al banco de piedra para sentarse cruzando las piernas y el refrote de sus manos le dio calor. Su espalda seguía curvada hacia adelante y su aspecto general era demacrado y macilento.
Estaba cerca del amanecer. Por lo cerrado de la noche debería abrirse otro ciclo. El luminoso estaba en su máxima potencia y, proyectado en el centro de la plaza, se hacía más ostensible que nunca. Miró hacia él, hacia la plaza y cada uno de sus rincones. Cambió de asiento para ubicarse directamente bajo un farol. Así estaba del todo iluminada.
Tomó con sus manos el bolso de papel que le había acompañado toda la noche. Hizo ruido con sus manipulaciones, la abertura estaba arrugada y torcida como sello. Lo abrió cuidadosamente, sacó del interior un espejo de regular porte. Miró su rostro largamente, incluso ensayó una sonrisa. Pasó repetidamente su mano por la cara. Alejó y acercó el espejo. Se miró desde todos los ángulos posibles. En un momento lo dejó apoyado sobre el borde de la baranda cercana para observar desde el suelo su rostro.
Se levantó enseguida caminando hacia el centro. Se volvió a exponer al luminoso. Miró su cara en el espejo mucho más diluida y cruzada frágilmente por las luces. Volvió a su asiento primitivo. Guardó el espejo, dejándolo caer en la bolsa de papel. Hundió su mano hasta lo profundo de la bolsa y sacó de allí una tijera.
Levantó su mano con la tijera hasta la cabeza. Se cortó un mechón de sus cabellos.
Se paró enseguida.
Fue hacia el centro de la plaza y parada bajo el alero del luminoso comenzó a cortar sus cabellos. Su pelo caía sobre el suelo copando el alrededor. Su cabeza articulaba los movimientos rotatorios para así, con sus manos, llegar hasta la nuca, lo que para ella era difícil. Su frente y sus hombros estaban totalmente despejados. Ya el pelo estaba pegado al casco de su cráneo. Se interrumpió. Pasó su mano acariciándose la nuca, la parte frontal, los costados. Se quedó parada con los brazos caídos y la tijera que todavía permanecía entreabierta en una de sus manos. Respiró intensamente. Nuevamente elevó sus manos sobre la cabeza y recomenzó con sus cortes irregulares. A pedazos aparecía su casco blanquecino. Los huecos en su cráneo eran notorios. Las partes recubiertas por cabellos tenían un tono más oscuro aunque también transparentes. En líneas generales, las zonas que no estaban rapadas no tenían más que uno o dos centímetros de largo. Pese al frío gotas de sudor resbalaban sobre su frente. Estuvo de pie un rato más en el centro de la plaza. Finalmente caminó hasta un banco, tomó la bolsa, y se sentó en uno que estaba bajo un farol. Sacó nuevamente el espejo. Guardó las tijeras. Se miró levantando e inclinando el espejo. Por un momento se reflejó en él el luminoso y hasta un pedazo de rama de árbol. Sacó nuevamente la tijera de la bolsa para repasarse un sector de la frente que quedó casi totalmente rapado, porque el pelo no desaparecía totalmente.
Empezaba débilmente el amanecer. Una tenue claridad competía debilitando las luces del alumbrado público. Se volvió a cambiar de lugar hasta un banco de madera, mientras lo hacía, su pelada se volvía gris. Se sentó allí apoyando su cabeza contra el respaldo del asiento. El amanecer avanzaba con rapidez, aunque todavía el lugar se veía en penumbras. Seguía sentada con la cabeza apoyada en el respaldo pero sus ojos estaban abiertos del todo.
Los primeros automóviles comenzaban a circular alrededor de la plaza, sus focos todavía estaban encendidos. Luego pasó el primer peatón por el frente. Igual que el último de la noche anterior, iba con las solapas de su chaqueta levantadas, caminando rápido. Uno tras otro empezaron a sucederse los autos. También las personas que pasaban aumentaron como si la luz natural mágicamente las multiplicara. Ella las seguía con la mirada. Vio también como desde una de las casas salía un hombre cerrando la puerta cuidadosamente tras de sí. Las ventanas del edificio dejaban ver sus luces encendidas. Los ruidos empezaban a inundar el espacio.
Ella volvió a buscar en el fondo de la bolsa y de allí sacó un collar de pedrerías. Se lo puso alrededor del cuello. El collar cayó sobre la parte frontal de su vestido. Así se quedó, erguida sobre el asiento con la bolsa de papel entre las manos. Sus pies cruzados sobre el suelo. Su cara límpida mirando de un lado a otro.
El primer peatón cruzó la plaza, seguramente para acortar camino. Su mirada distraída la enfocó vagamente, luego de manera abierta. Sus ojos se cruzaron. Ella sostuvo la mirada por un instante, pero después la dejó ir hacia la calle de enfrente. La gente era ahora heterogénea, mujeres, hombres, estudiantes. Todos ellos iban a alguna parte y los ruidos crecían en el momento en que el día ya estaba totalmente despejado.
A Zurita