Capítulo 8

 

LLEGARON a Londres al mediodía. El apartamento era muy moderno y tenía vistas al río. Brad se marchó a su oficina diciendo que estaría de vuelta sobre las cinco y media. Kerry quiso ir a los almacenes Harrods y luego a Harvey Nichols.

Insistió mucho hasta que consiguió que Lauren se probara un vestido de seda color caramelo.

–Puedes ponértelo esta noche para cenar –dijo Kerry–. Estoy segura de que papá nos llevará a algún sitio muy especial.

–Le queda estupendamente –dijo la dependienta–. Es un vestido muy bonito y le favorece mucho. Creo que su hija opina lo mismo.

Lauren sintió que su cara ardía y luego se quedó congelada. Afortunadamente, Kerry no lo había oído porque se había alejado en aquel momento.

Cuando llegaron al apartamento, Brad las estaba esperando preparado para salir.

–Daos prisa, tengo entradas para el teatro. Iremos a cenar después.

–¿Te vas poner el vestido que te has comprado? –le preguntó Kerry a Lauren mientras se arreglaban en el cuarto que estaban compartiendo.

–Creo que será más rápido si me pongo otra cosa –dijo sacando una vestido color crema que no necesitaba ser planchado.

–Voy al baño de papá a terminar de arreglarme, estoy lista en quince minutos –dijo la niña de muy buen humor.

Lauren se arregló el pelo, se calzó unas sandalias de tacón alto y salió al salón donde Brad estaba examinando los ojos de su hija. Kerry se había puesto rímel, con una mano quizá demasiado entusiasta.

–¡Eres un exagerado! –exclamó la niña metiéndose en el cuarto de baño para lavarse la cara–. Ahora sí que vamos a llegar tarde.

–No es culpa mía –le dijo antes de ver a Lauren–. ¿De dónde ha sacado eso? –le preguntó al verla.

–Lo compró hoy. Estoy de acuerdo con los ojos, pero no creo que un poco de pintalabios le quede mal –dijo ella con suavidad–. Hoy en día todas las niñas se lo ponen.

–Pues la mía no, al menos durante un par de años más –negó con la cabeza cuando Lauren abrió la boca para responderle–. Esto no es discutible. Yo decidiré lo que es mejor para ella.

–Lo has dejado muy claro –dijo ella dándose la vuelta para esconder su frustración.

El musical que Brad había escogido era perfecto para levantar los ánimos.

–Sigues siendo un exagerado –dijo Kerry en el restaurante en el que estaban cenando–. Apuesto a que mamá me dejaría usar maquillaje.

–Lo dudo mucho –respondió Brad–. Ni siquiera ella lo usaba a menudo –añadió mirando a Lauren–. ¿Sigues enfadada conmigo?

–¿Qué te hace pensar eso? –preguntó.

–El cuchillo que llevo clavado en la espalda me da que pensar.

Ella se rió involuntariamente.

–Tu contestación fue desmesurada.

–¿Cuándo? –preguntó Kerry.

–Cuando te estabas limpiando la cara –dijo él–. Lauren piensa que debería dejarte usar el pintalabios.

–He dicho un toque de pintalabios –aclaró ella–. Lo que no significa que lo necesites.

–¿Lauren? –una mujer de una mesa cercana se había acercado hasta ellos–. ¿Eres realmente tú?

Lauren pudo hablar haciendo un gran esfuerzo.

–Hola, Maureen. ¿Cómo estás?

–Bien, muy bien, ¿y tú?

–Estupendamente –contestó sonriendo–. Maureen y yo fuimos al mismo instituto –añadió mirando a Brad.

–Hace ya muchos años –dijo riendo la mujer–. ¿Cena familiar? –preguntó mirando a Kerry.

–Trabajo para el señor Laxton –explicó Lauren, que hubiera deseado que la tierra se la tragase–. Ella es su hija.

–¿Eres una niñera?

–Lauren es mi compañera –dijo la niña fríamente–. Yo no necesito ninguna niñera.

–Qué casualidad que nos hayamos encontrado después de tantos años. ¿Cuándo has vuelto de Canadá, Lauren?

–Recientemente.

–¿Para quedarte?

–Así es.

–Bueno, me alegro de verte. Ya quedaremos –dijo mirando a Kerry y después otra vez a Lauren.

–Sí, yo también me alegro –dijo antes de que la mujer volviera a su mesa.

–No parece que te haya hecho mucha ilusión verla –comentó Brad.

–No éramos tan amigas.

–¿No hay nadie que quieras volver a ver?

–Realmente no. Hace ya mucho tiempo que me fui –dijo Lauren en tono casual.

El asunto quedó ahí, cambiaron de tema y no volvieron a hablar sobre Maureen. Lauren no había mentido cuando había dicho que no habían sido tan amigas, pero ella había sabido lo de su embarazo y lo de la adopción. Todo el mundo lo había sabido. Por la manera que había mirado a Kerry, Lauren hubiera jurado que sospechaba algo.

–¿Qué os parece si mañana por la tarde, cuando acabe de trabajar, nos vamos a Bretaña?

–¡Estupendo! –exclamó la niña entusiasmada–. A mamá le encantaba –dijo con ojos melancólicos–. Solíamos ir mucho cuando yo era pequeña –añadió mirando a Lauren.

–¿Te parece bien, Lauren? Cualquier cosa que necesitemos podremos comprarla allí.

–Me parece muy bien –dijo ella sonriendo.

Brad no quedó totalmente convencido con aquella respuesta, pero no dijo nada.

Llegaron al apartamento con Kerry medio dormida. Nada más llegar la niña se metió en la cama.

–Creo que yo también me voy a acostar –dijo Lauren.

–Unos minutos más no te harán daño –comentó Brad señalando el sofá, que estaba al lado de un ventanal que daba al río.

Lauren se sentó. Brad lo hizo a su lado, mirándola fijamente antes de hablar.

–Ver a esa mujer en el restaurante te ha entristecido, ¿verdad?

Negarlo iba a ser una pérdida de tiempo.

–Me ha recordado los viejos tiempos, eso es todo. No tuve una infancia muy feliz. No fui una hija deseada. Nunca he tenido una gran relación con mis padres.

–¿No hay nada más que quieras decirme?

A Lauren le hubiese gustado poderle decir toda la verdad, pero no quiso arriesgarse.

–No –dijo con calma, aunque por dentro estaba en ebullición–. ¿Va a ser la primera vez que volvéis a Bretaña? –preguntó para cambiar de tema

–Sí, desde que murió Claire no hemos vuelto a ir.

–¿No os pondréis un poco nostálgicos?

–La nostalgia no es siempre dolorosa, además, Kerry ha dejado muy claro que está a gusto contigo. Creo que nos has hechizado a los dos –añadió sonriendo tiernamente.

La besó suavemente antes de que cada uno se metiera en su habitación con reticencia.

 

 

Alquilaron una casa en un pueblecito de la costa. Pasaron unos días fantásticos. Fueron a comprar comida, hicieron barbacoas y dieron paseos entre otras muchas cosas. Ni el padre ni la hija dieron muestras aparentes de tristeza o de añoranza. Por otra parte, para Lauren aquello fue el paraíso. Era el tipo de vida familiar con el que siempre había soñado. Hubiera deseado quedarse allí para siempre.

–Espero que no hayas cambiado de idea sobre cambiar a Kerry de colegio, porque ya está todo arreglado –le dijo Brad a Lauren mientras se daban un baño en el mar.

Los ojos de Lauren se iluminaron.

–¡Eso es estupendo! Kerry se va a poner muy contenta cuando se entere, especialmente ahora que ha conocido a los amigos de Adrian –dijo mientras admiraba el torso desnudo de Brad–. Ya sabes que tendremos que pagar un precio por todo esto. Supongo que su grupo de amigos pasará en casa mucho tiempo. ¿Tienes planeado viajar mucho? –preguntó después de hacer una pausa.

–Solamente lo necesario –dijo él un poco serio–. ¿No estarás pidiéndome que abandone mi trabajo?

–No, por supuesto que no. Todo continuará como hasta ahora, te morirías de aburrimiento si te quedases todo el día metido en Ravella.

Brad la miró con ojos llenos de deseo.

–Me estoy volviendo loco.

–Un poco de abstinencia siempre es buena, aun así, aunque estoy encantada de compartir habitación con Kerry, preferiría dormir contigo –murmuró ella sonriendo.

Aquella semana fue la más feliz de la vida de Lauren. Los tres iban juntos a todas partes. La relación con su hija mejoraba día a día, pero, desgraciadamente, llegó el momento de irse. Volvieron a Ravella renovados y felices, pero allí los aguardaban los mismos problemas que dejaron antes de marcharse. Por muy bien que Kerry se llevase con Lauren, la niña no iba a aceptar tan fácilmente la nueva situación, no por el momento.

 

 

Nada más llegar a la casa, Kerry salió disparada hacia los establos. Una hora más tarde volvió a la casa y Lauren, al verla, hubiera jurado que había estado llorando.

Estaba segura de que aquello tenía que ver con Mick. Necesitaba encontrar la manera de poder hablar sobre ello con la niña. Lo intentó después de la cena, cuando Brad se metió en su estudio para trabajar un rato. Después de charlar con ella, Kerry finalmente confesó que había visto a Mick con una chica en la parte de atrás de los establos y no hablando, precisamente.

La primera reacción de Lauren fue de alivio.

–Cuando yo tenía tu edad, a mí me pasó lo mismo. Sé cómo te sientes. Cuando tu padre se entere, querrá despedirlo.

–No quiero que papá se entere.

–Lo único que necesita saber es que lo viste con una chica, nada más.

–Entonces nadie cuidará de los caballos.

–No será muy difícil encontrar a otra persona.

–Me da igual –dijo la niña enfadada–. Me voy a la cama.

Lauren no le dijo que solamente eran las nueve de la noche. Al fin y al cabo, eran rabietas típicas de adolescentes.

Brad salió del estudio con malas noticias.

–Me temo que tendré que irme mañana. Volveré el miércoles –le prometió–. Tendremos el fin de semana para contarle todo a Kerry –hizo una pausa–. ¿Qué tipo de boda te gustaría?

–Todavía no lo he pensado –admitió Lauren–. No quiero nada complicado.

Brad no ocultó su alivio.

–Esperaba que quisieras algo íntimo.

–La gente que monta un espectáculo el día de su boda es por los demás –dijo ella–. Nosotros solamente somos nosotros –hizo una pausa antes de continuar–. ¿Es necesario precipitarse tanto, Brad? Creo que deberíamos darle más tiempo a Kerry.

Él se mantuvo en silencio durante un rato, con una expresión difícil de describir.

–¿Cuánto tiempo crees que deberíamos esperar? –preguntó en tono neutral.

–Al menos un par de semanas más.

–¿Crees que eso cambiaría las cosas?

–No es que no quiera casarme contigo, Brad, créeme.

–No me malinterpretes, pero parece que las necesidades de Kerry te importan más que las mías. Solamente queda un mes para que empiece de nuevo las clases, tenemos que decírselo este fin de semana.

Se acercó hasta donde estaba Lauren, tomó su cara entre las manos y la besó en la boca. Aquel beso claramente reclamaba posesión.

–Nada se va a interponer entre nosotros –dijo él seriamente cuando sus bocas se separaron.

A la hora del desayuno, Kerry se enteró de la marcha de su padre y, sorprendentemente, no dijo nada al respecto. Aún estaba recuperándose del trauma de ver a su héroe con otra chica. Lauren tenía planeado hablar con el muchacho, los establos no eran el sitio adecuado para estar con chicas.

Brad se fue, Kerry estaba ocupada en sus cosas y Lauren decidió acercarse hasta los establos. Allí encontró a Mick cepillando a Caliph.

–¿A ti qué te importa? –respondió el chico cuando Lauren le preguntó sobre el incidente de la chica–. Tú no tienes más autoridad aquí de la que tengo yo.

–Yo soy la responsable de una niña de trece años que no tiene por qué presenciar lo que tú y tu novia deberías hacer en la intimidad –contestó Lauren muy seria, pero tranquila.

–No sabía que estaba por aquí –dijo–. De todos modos, eso hará que me quite los ojos de encima. Ella es una niña muy guapa. No ha sido nada fácil controlarse.

Los ojos de Lauren se entrecerraron.

–A partir de ahora, la vas a tratar con el respeto que se merece, teniendo en cuenta que es la hija de tu jefe, y aleja tu vida amorosa del trabajo si no quieres que se lo cuente al señor Laxton.

–¿Me estás amenazando con que se lo vas a contar?

–Solamente si me veo obligada a ello.

Se dio la vuelta sin darle oportunidad de responder. Cuando llegó a la casa se encontró con Kerry, que aceptó de mala gana jugar un partido de tenis. En la pista fue recobrando el buen humor.

–Eres buena, pero yo soy mejor –dijo Kerry cuando terminaron de jugar. La niña había ganado dos juegos a uno.

–La juventud se te acabará algún día –contestó Lauren riendo.

–Tú no eres tan mayor –hizo una pausa y cambió de tono–. ¿Has querido casarte alguna vez?

Lauren se quedó congelada.

–A veces querer no es suficiente.

–¿Quieres decir que nunca nadie te ha pedido que te cases con él?

–Nadie que me haya interesado de verdad.

–No es muy tarde para que encuentres a la persona correcta, ¿verdad?

–No, supongo que no –contestó Lauren con cautela.

–Supongo que tampoco lo será para papá.

–Yo creía que no querías que se volviese a casar.

–Quizá no me importe si lo hace con alguien que me gusta. Solamente me queda un mes para empezar el colegio.

Lauren sintió ganas de reírse.

–En un mes pueden pasar muchas cosas –dijo–. Piensa en todo lo que hemos hecho en las dos últimas semanas.

Por la cara que puso su hija, parecía que aquella no era la respuesta que esperaba. Por el momento dejaron el tema. Lauren no quiso hacerse ilusiones ante su comentario.

El resto del día fue tranquilo. Por la tarde, cuando fueron a montar a caballo, Kerry trató a Mick con educado desdén, parecía que ya lo había superado. Más tarde, Lauren contó hasta cinco antes de llamar a sus padres. Como había anticipado, recibió una respuesta muy fría. A las seis llamó Brad. Tenía que asistir a una cena de negocios.

–Me encantaría que estuvieses aquí –dijo ella impulsivamente.

–A mí también. Una sola noche no ha sido suficiente para sustituir una semana entera de abstinencia.

–¿Solamente piensas en el sexo? –bromeó ella.

–No –respondió él sin dudarlo–. Como ya te he dicho, tú eres mucho más que eso. Te quiero, Lauren.

–Yo también te quiero –susurró ella.

Él se rió en voz baja.

–Te veré mañana, tan pronto como pueda.

Cuando Lauren se dio la vuelta, Kerry estaba de pie, en el marco de la puerta. Era difícil de saber lo que estaba pensando.

–Era papá, ¿verdad? –dijo la niña.

No tenía ningún sentido mentir. Lauren hizo una mueca de disgusto.

–Sí, sí lo era.

–Le has dicho que tú también lo quieres, con lo cual, él ha debido de decírtelo primero.

–Supongo que sí me lo ha dicho.

La expresión de Kerry seguía siendo muy ambigua.

–¿Os vais a casar?

–Sí –Lauren contuvo la respiración al decirlo, pero soltó todo el aire de golpe al ver una amplia sonrisa en la cara de su hija.

–Entonces, ¿no te irás después de que yo regrese al internado?

–No y, además, tú no vas a volver a ningún internado –dijo Lauren, no había ninguna razón por la que seguir guardado el secreto–. Empezarás el nuevo curso en Brookfields.

–¿De verdad? ¿Seguro? –exclamó Kerry gritando de emoción–. ¿Viviré aquí, en casa, todo el año?

–¿Dónde si no ibas a vivir? –dijo Lauren encantada de al fin poder decir la verdad, o al menos, parte de ella–. ¿Seguro que no te importa?

–¿El qué? ¿Lo de papá y tú? –negó con la cabeza–. Quizá en un principio, pero ya no. Sobre todo ahora que voy a ir a Brookfields. Voy a llamar a Adrian ahora mismo.

Kerry salió corriendo antes de que Lauren pudiera decirle nada más. Pensó en llamar a Brad para contárselo, pero prefirió esperar a que volviese, así podrían empezar a hacer planes juntos.

Se quedó allí, de pie. Pronto se convertiría en la señora de aquella casa. Era muy difícil de creer, hacía menos de dos semanas que había entrado por aquella puerta. Si no hubiese sido por el secreto que llevaba dentro, Lauren se hubiera sentido en el Séptimo Cielo.