Epílogo

 

DIRÍGELO hacia aquí –dijo Brad enfocándolos con su cámara nueva–. Quiero un primer plano de los dos.

La niña, que estaba sobre un poni marrón, agitó la mano como respuesta.

–Lo estás haciendo muy bien, cariño –le dijo Lauren. Para Chloe, con cuatro años, era su segundo poni. Paul, con tres años más, estaba ayudando a su hermanita a afianzarse sobre el nuevo animal.

–¿Te acuerdas de la primera vez que montamos a caballo juntos? –preguntó Brad a Lauren.

–Aún me acuerdo de aquel conejo.

–Y del pobre Jasper, este año hubiera cumplido veinticuatro años –dijo Brad con melancolía.

–Bueno, al menos Caliph aún está con nosotros y aunque viviera Diamond, Kerry no tendría tiempo para montar.

–Se está tomando muy en serio su carrera de veterinario. Estoy muy orgullosa de ella, se ha convertido en toda una mujer.

–Lo sé, la echo mucho de menos. Espero que cuando venga en Semana Santa nos guste su nuevo novio. No nos podemos quejar, en estos últimos diez años hemos tenido mucha suerte –dijo sonriendo mientras miraba a sus dos hijos a lo lejos–. Bueno, me voy adentro a preparar la cena.

–Ya sabes que no hace falta. La mujer que la señora P ha contratado es muy buena.

–Me divierte hacer mi papel de madre y señora de la casa. ¿O es que no te gusta como cocino?

–Todo lo que haces me gusta, especialmente lo que me hiciste ayer por la noche.

–Vas a conseguir sonrojarme.

–Bromas aparte, no me puedo imaginar la vida sin ti, Lauren.

Ella sentía lo mismo por él, ¿qué más podía pedir? Brad era un marido comprensivo, un amante fantástico y un padre ejemplar.

–Te quiero, Brad.

–Creo que voy a llamar a Steve para que atienda la reunión de mañana –dijo él–. Me voy a quedar aquí, con mi mujer y mi familia.