No puedo decir que este fuera un libro que yo tuviera pensado escribir. En realidad, mi primer instinto cuando me plantearon el proyecto fue declinar amablemente, a pesar de sentirme halagado. Tal como explico con más detalle en la Introducción, no soy ni historiador ni clasicista, ni siquiera como aficionado. Y lo que es más grave, si en el presente contexto puede haber algo más grave, tampoco he sentido nunca una simpatía especial hacia Platón. En algunos aspectos sigo sin sentirla, tal como se hará evidente en el libro. Sin embargo, no es bueno que un filósofo confiese una laguna del tamaño de Platón. Es un autor demasiado importante, demasiado entreverado con la tradición occidental (e islámica), para dejarlo de lado. La cuestión es cómo lo abordamos. Los lectores que quieran arruinar la trama y saltar directamente a mi respuesta, pueden leer la última frase del libro.
Mientras dudaba, tuve el acierto de mencionar la invitación a una amiga mía, la magnífica filósofa clásica Julia Annas, cuyo trabajo sobre Platón ha influido más sobre este libro de lo que tal vez resulte aparente. Para mi sorpresa, en lugar de echarse a reír, como perfectamente podría haber hecho, me ofreció de inmediato su ayuda y algunas orientaciones, e incluso llegó a copiar varios artículos y fragmentos de literatura secundaria para mí. Su gran generosidad me hizo pensar que tal vez el proyecto fuera posible a fin de cuentas. Mis lecturas posteriores, además de llenarme de miedo ante la ingente cantidad de estudios clásicos que se han acumulado a lo largo del tiempo, también me hizo ver que La república ha contenido, y sigue conteniendo, un tesoro de filosofía, política y ética sobre el que uno debería tener algo que decir. Comencé a darme cuenta de lo interesante que podía ser el reto, y, por supuesto, una vez que se ha instalado esa idea, lo demás viene solo.
Supongo que no fue solo Julia la que rompió mi resistencia a adentrarme en aguas desconocidas, pues en ese caso habría llamado descaradamente a puertas más distinguidas aquí mismo, en Cambridge, o en algún otro de los lugares donde es posible encontrar a personas que han dedicado su vida entera a Platón. Sin duda el libro habría sido mejor si lo hubiera hecho. Pero también habría sido más largo, y me temo que hubiera puesto a prueba la paciencia de mi editor, Toby Mundy, aún más de lo que lo hicieron mis múltiples dudas y dificultades, que se convirtieron a su vez en retrasos y modificaciones del texto, en un proceso potencialmente sin fin. El hecho es que, aparte de recibir con agradecimiento la ayuda de Paul Cartledge sobre Tucídides, me limité a leer lo que pude sobre Platón, con creciente entusiasmo, y antes de que pudiera comenzar a enfriarse escribí sin más el texto.
Se deduce de lo anterior que mis principales agradecimientos deben ser para mi agente, Catherine Clarke, que supo manejar hábilmente el halago inicial, y para Julia Annas, que me dio la confianza necesaria para ponerme en marcha. Alice Hunt leyó el primer borrador con un cuidado ejemplar y sugirió numerosas mejoras que he tratado de incorporar. Doy las gracias a la Universidad de Cambridge y al Trinity College por el período sabático durante el cual escribí el trabajo, y a mi esposa y mi familia por soportar mis muchos silencios, distracciones y arranques de exasperación mientras me peleaba, igual que han hecho tantas generaciones antes que yo, con el libro más grande y más fértil del canon filosófico occidental.
SIMON BLACKBURN
Cambridge, primavera de 2006