Por la mañana, abrí un ojo y ahí seguía Sebastián, con las piernas estiradas. Me acerqué hasta su oído y le susurré:
—Cariño, es la hora. ¿Quieres que desayunemos en la calle?
Estaba intentando buscar la frase que dulcificara la noche anterior. Un gruñido y se dio la vuelta agarrando la almohada.
Metí la mano por el pantalón y le apreté de forma cariñosa un cachete del trasero. Parece que este se ablandaba, deshaciéndose en mi mano. Un brazo se alargó sobre mí y me apretó contra su espalda.
—¿Estás más tranquila, gruñona?
En ese momento pensé que habría que negociar las reconciliaciones. Estaba cansada de ser la primera en dar el primer paso para hacer las paces. Pero por no iniciar de nuevo una batalla sonreí y le dije:
—Hoy tenemos teatro con Marcos. ¿Lo recuerdas?
—Se me había olvidado por completo.
—A las ocho, nos vemos en la calle Loreto y Chicote.
—¿Por dónde está eso?
—Por los antiguos cines Luna.
Bajamos a desayunar. Sebastián se pidió su rebanada de pan con aceite y yo me pedí un café bien cargado.
—¿Cómo vas con la canción?
—No encuentro a nadie. Me ha dado el nombre de un foro de rock indie y me imagino que allí pondré un mensaje. Él me ha dicho que me quiere ayudar y que se va a encargar de redactarme todo. La verdad es que el tipo es majete. Querrá que busque a un tipo que se le oiga cantar y que de fondo guitarree bien. Ya sabes, quiere dar más importancia al mensaje que al sonido.
—Normal. Si lo que busca es encontrar a aquella chica querrá hacerlo bien.
—¿Tú harías eso por mí, Belma?
—¿El qué?
—Pues, si alguna vez me perdieras, buscarme como una loca posesa a través de una canción.
—Sí.
—Has mentido.
—Bueno, pues sí. Según la manera que tuviera de perderte. Si me has puesto los cuernos, te has ido con otra….
—Para… es lo mismo. Qué obsesión.
—No, es que, fíjate, la abuela se los puso a mi abuelo.
—Pero qué locura estás diciendo. Si tu abuela era de Acción Católica y de misa diaria.
—Pues te digo yo que se lo pasaba bomba.
—Belma, ¿qué te ha hecho pensar eso ahora?
—El mensaje del chifonier.
—No me jorobes que todavía estamos con eso.
—Es que no hemos empezado, Sebastián.
—Me enfermas, de verdad. Eres un poco neurótica.
—Qué cosas me dices tan bonitas por las mañanas. Y tú insensible de cuidado.
—¿Sabes? Porque no me puedo ir muy lejos con este trabajo, pero es que haría por un tiempo las maletas.
—Tranquilo. Quizás las haga yo —dije enfurecida.
—Vale, Belma, te ayudaré. ¿Qué te hace pensar eso?
—La frase que encontré estaba en inglés.
—¿Qué decía?
—«En algún lugar en su sonrisa ella sabe que yo no necesito ningún otro amor».
—Eso era tu abuelo, que quizás estaba poético ese día.
—Mi abuelo sabía francés, porque vivió en Francia, pero no inglés.
—No hay que darle importancia.
—Averiguaré la historia de mi abuela. Quizás entienda parte de la mía.
—¿Y qué vas a hacer, ir al cementerio a recopilar nombres americanos que vivieran en el barrio de tu abuela?
—Le preguntaré a mi madre.
—Eres una egoísta. No fuerces a recordar a tu madre.
—Los recuerdos son la memoria viva de la persona.
—Como quieras —dijo mordisqueando el pan.
Salí de allí y comencé a pensar en mi abuela. Imaginaba su aventura con un lord inglés viéndose a escondidas. Mi abuela se echaría unas gotitas de Chanel nº5 y él la acompañaría a casa con su bastón y su empuñadura en forma de urraca. Mi imaginación volaba. Hasta que me hizo aterrizar Marcos.
—Tienes unas ojeras que asustas. Parecen bolsas de té.
—Apenas he dormido. He discutido con Sebastián.
—¿Tu relación funciona?
—Pues sí. Creo que nos ha sobrepasado la convivencia.
—Puede ser.
—Marcos, he descubierto algo sobre el pasado de mi abuela. Ayer abrimos el chifonier lacado en rojo y salió una carta de su amante.
—Qué dices.
—Mi abuela ponía los cuernos a mi abuelo. Se veían a escondidas. Saltaban como dos animales olisqueándose en plena posguerra.
—¿Y cómo firma su amante?
—Bueno… es un trozo quemado de un papel. No hay firma. Y solo se ven dos líneas de una carta donde dice que no hay nada más que ella en el mundo.
—¿Así lo dice?
—Más o menos. Lo bueno es que está en inglés.
—Y ¿seguro que esa carta puede ser de ella?
—¿De quién si no?
—Cerciórate, Belma. A veces creemos que algunos dan el perfil y luego son otros, los de agua más calmada, los que llevan la locura impresa.
—No me asustes.
—No, Belma, pero un chifonier que crees que ha sido siempre de la familia no tiene por qué ser así. Podría ser incluso del hijo de la tienda donde compraron el mueble. Quizás ese cajón siempre estuvo cerrado, y quien lo construyó quiso que tuviera sorpresa. Ya sabes, como un roscón en Navidad.
—Desde luego, yo no voy a pagar el roscón. Averiguaré todo. Mañana quedaré con mi madre y se lo comentaré.
—Bueno, quizás ella no tenga ninguna respuesta. Y no sería bueno para ella.
—Tratáis todos a mi madre como si fuera incapacitada. Y mi madre lleva una vida normal.
—Bueno… ¿Y por qué llevas siempre el sombrero marrón cuando vas con ella?
Giré la cabeza y continúe disparando fotos. Quería evadirme de aquella conversación. Así que me adentré en lo que más me gustaba.
—Mira el cielo, hoy está nublado. Hay que poner un ASA de 400.
—Yo pongo lo que tú quieras.
Terminamos la jornada laboral en silencio. Hoy no había tenido un día cordial con nadie. Mis temores y dudas las había pagado con todos los que estaban a mi alrededor.
—Quedamos a la puerta del teatro a las ocho, Marcos.
—Pensé, Belma, que no querrías venir.
—¿Y perderme a tu Daniel actuando?
—Gracias, Belma.
—Para eso estamos, Marcos.
Los tres llegamos puntuales, cada uno de una parte de la ciudad. Marcos se había puesto su americana de ante marrón y llevaba un pañuelo de cachemira al cuello. Le acompañaba otro pañuelo del mismo dibujo a un lado de la chaqueta.
Sebastián le dio la mano y dijo:
—Bueno, Marcos, a ver a tu macho Alfa.
—No me pongáis nervioso. Hay que ser muy cuidadoso. No podemos asustarle.
—Tranquilo, para eso estás tú —dije sonriendo.
Entramos en el local. Fuera, en las mesas, había actores conocidos de alguna serie de televisión.
—¿Seguro que quieres ver esa y no otra?
—¿Estás de broma? —me dijo mirándome afilándose unas finas cuchillas que salían de sus cutículas
—Me hago a la idea.
Esperamos tomándonos algo hasta que llegará nuestro turno. Hablando de nuestro trabajo. Sebastián miraba el reloj, se notaba que no estaba muy cómodo. Marcos se fue al servicio a seguir colocándose su mata de pelo que por el aire acondicionado se había hecho un remolino.
—¿Qué te pasa, Sebastián?
—Pues, que hoy era el concierto de Lori Meyers. Aquí estoy para ver a tu amigo volar por la sala.
—Esto es muy serio. Es la primera vez que le veo tan ilusionado y hay que apoyarle.
Nos llamaron al timbre y bajamos unas escaleras, después nos adentramos en un pasillo en penumbra, al que daban muchas puertas cerradas. La última de ellas se abrió y accedimos a una sala pequeña, donde nos apresuramos para sentarnos en las pocas sillas que había para no estar de pie durante el resto de la ficción.
Un silencio sepulcral se oyó en la sala. Los quince asistentes nos quedamos mudos oteando cada rincón de la habitación.
El barman servía las copas y hacía un breve monólogo de lo solitario que está el bar. Marcos se movía de un lado a otro de la silla y pegaba pequeños brincos esperando que su hombre saliese.
Por fin lo hizo. Iba con guantes blancos y la cara pintada de negro. Apenas le veíamos.
—¿Cómo puedes saber si eso que no distingues te gusta?
—Siento una llamarada por todo el cuerpo. Mi cuerpo hace chispas.
Lo dijo tan alto que nos mandaron callar. Empezó a picarme la pierna derecha. No me podía mover, quería pensar en otra cosa, pero no había manera.
Por fin, Daniel empezó a moverse tan deprisa que apenas podía analizar su cara. Iba de un lado a otro, sentándose por todas las sillas del bar. Después de marearnos con sus movimientos estridentes, solo dijo una frase. Una frase, por Dios, pensé en silencio.
—La vida es utópica. Siempre hay una silla en cada bar.
Los aplausos fueron atronadores. Marcos se levantó y comenzó a silbar. Sus bravos se oían hasta la habitación contigua que representaban El funeral en otoño. Nos mandaron callar con tres golpes sueltos en la pared.
Los asistentes se fueron levantando, menos Marcos, que parecía pegado a la silla.
—Voy a acercarme.
—Marcos, por favor. Ten cuidado que tu espíritu puede asustarle.
El barman recogía los vasos y Daniel, el mimo, plegaba las sillas. Nos miró y dijo de forma abrupta:
—Ya está. No hay bises.
Si yo fuera él, me habría desenamorado en ese instante, pero Marcos estaba hecho de otra pasta. De los que necesitan que les den caña.
—Qué carácter tiene.
Sebastián se levantó con cara de cansado. Me cogió un pellizco del trasero mientras subía las escaleras y me dijo:
—Menudo obrón. Yo creo que, Esperando a Godot, se queda corto al lado de esta maravilla de obra.
—Eres bobo. Y por eso te quiero.
Nos despedimos de Marcos. Hoy no era un buen día para preguntarle si lo seguiría intentando.
Sebastián y yo llegamos a casa. Con la luz apagada le cogí de la mano y le dije:
—Perdona por el día de hoy. He sido injusta contigo —le dije sin soltarle.
—¿Qué nos une? Somos tan distintos.
—Yo también me lo pregunto a veces, Sebastián.
Le solté y fui a la nevera a por un Actimel. Me apetecía beber algo fresquito después de la noche tan surrealista teatral. Abrí con el pedal la basura y tiré la tapa. Allí me encontré el trozo de papel quemado de mi abuela.
—Sebastián. Por favor. Te dije que no lo tiraras.
—A mí no me has dicho nada. Lo vi por el medio y pensé que no lo querrías. Que ya lo habías memorizado.
—¿No te das cuenta que puedo llevarlo a un grafólogo?
—Te juro que siento que no puedo más.
—¿Cuánto no más?
—No me hagas quemarme, porque estoy muy cerca.
Cogí el papel y lo estiré como pude sobre la mesa. Sebastián había tirado el pasado de mi abuela a la basura. Necesitaba un break. Cuando tienes esa sensación que todo te ahoga, que el pecho te golpea con fuerza y que tienes ganas de escapar e irte a una playa a estampar camisetas.
Me sobraba todo en ese momento. Este dúplex que me asfixiaba, Sebastián con su mundo que ya no entendía. Y quizás era el efecto rebote, ya que sentía que el mío tampoco lo entendía.
Mi corazón demandaba hacer una locura. Y creo que tenía la puerta para ello.