Capítulo 21

 

Subí al armario y cogí la maleta de colores, esa que se distinguía bien en la cinta transportadora. Me quedaba un día y medio para irme a Grecia.

Aprovecharía el día para hacer unas compras de última hora. Algo de pasta de dientes y un cepillo nuevo era fundamental para emprender el viaje.

Pasé por una pequeña tienda antes de dirigirme al supermercado, y en el escaparate vi un anillo con números romanos que me encantó. Me acordé de las veces que me decía Sebastián que quería que los dos llevásemos un anillo. No había mejor momento que un día como hoy. Iríamos a cenar para despedirnos y se lo colocaría debajo de la servilleta.

Entré en la tienda y dije:

—Me encanta uno de los anillos del escaparate. —Y lo señalé—. Quiero dos.

—¿Qué medidas desea?

—La mía es la 12. Tengo los dedos muy finos. Pero la de él… No sabría decirle…

—¿Sabe si su chico tiene el dedo como yo?

De pronto me enseñó una porreta llena de pelos alborotados.

—Es más fino, creo. No sabría decirle.

Necesitaba olvidar aquella imagen.

—Así es, muy difícil. Quizás tenga que llamarle.

Me salí fuera de la tienda. La sorpresa no iba a ser como quería. Pero es que nunca pasan las cosas como queremos.

—Sebastián. ¿Qué medida tienes de dedo?

—Qué pregunta. Ni idea. Solo sé que tu anillo me entra en el meñique.

—No quiero meter la pata. Ve a una joyería cualquiera y diles que te lo midan.

—¿Estás loca? Me da mucho corte.

—Puedes decir que tu chica está preparando las alianzas y necesitas saber tu medida.

—Oye, ¿no será una indirecta todo esto?

—¿Estás asustado?

Los dos nos echamos a reír. Aproveché para tomarme un café y esperar a que Sebastián me diera el número. No tardó ni veinte minutos.

—Lo tengo, soy el 16.

—Perfecto.

Entré y di de nuevo los números.

—Sabe que estos anillos están basados en un diseño de Tiffany —dijo el dependiente mientras preparaba las cajitas.

—No tenía ni idea. Si creyera en el destino, le diría que van mucho con nosotros. A mí me encanta Desayuno con diamantes, y a Sebastián le vuelve loco el compositor Henry Mancini.

—Nada es al azar. —Y añadió—: Por lo que veo, usted es el hombre de la relación.

—Vaya —dije divertida. Y añadí—: Bueno, yo creo que en una relación no hay etiquetas. Cada uno debe sorprender al otro.

Cuando salí con mi bolsita, sí que pensé que siempre era yo la que me adelantaba a las sorpresas. Y sentí algo de pique conmigo misma. No llegaba a rabia, pero sí algo de estupidez asumida por mi parte.

Llegué a casa y comencé a hacer la maleta. Tres semanas eran muchos días. Ropa para el invierno, ropa para el verano, ropa para la primavera. 4 biquinis, cuatro vaqueros. Tres vestidos, y uno de indecisión. Una camiseta con algo de humor y, por supuesto, el nombre de Pilar Peralta. Era difícil que se me olvidara, pero viajar con su foto me haría tenerla más presente. No sé cómo pude decir que no creía en el destino. Si todo lo que iba pasando en mi camino era este gritándome. Quizás, el haberle dado la espalda siempre, ahora hacía que se me hubiera revelado.

Sebastián llegó con la bicicleta a casa.

—¿Dónde está ese anillo alucinante?

—No te creas el señor del anillo. Primero, vamos a cenar.

—Vaya, yo que venía con la ilusión de ponérmelo ya.

—Tendrás que esperar un poco.

—Pues, si yo espero, tú deberás seguirme.

Sebastián me tomó de la mano y me llevó hasta la habitación. Corrió una de las mesillas y la colocó en un rincón. Allí había una pequeña trampilla. Se subió y logró abrirla de forma sencilla.

—¿Eso a dónde lleva?

—Espera y verás.

Desplegó una escalera en el aire y subió como un malabarista. Sin miedo a las alturas. Desde allí, me dio la mano y subí también.

Aparecí en un ático con ropa colgada de algún vecino.

—No podía ser todo perfecto, Belma.

—No tenía ni idea de que estaba esto aquí.

—Me di cuenta hace dos días. Y pensé que sería el rincón perfecto para nuestra noche de despedida.

En el suelo había puesto dos toallas de playa y un tupper con ensalada, algo de pavo y dos cervezas en una cubitera fría.

—Me encanta, Sebastián.

—Siento todo, mi carácter, todos estos días.

—Yo también lo siento. Desde que llegó el chifonier no he sido la misma.

De pronto, me abrazó y sentí que todas las estrellas iban de un lado a otro, mirando la escena.

Comimos algo de ensalada, nos comimos a nosotros y hablamos en el silencio.

—¿A qué hora sale tu avión mañana?

—Marcos me viene a buscar. Y cogemos un taxi.

—Os llevo yo.

—¿Mañana tienes mucho curro?

—Quiero digitalizar la canción. Ya la tenemos. Nos hemos tomado unas vacaciones. Cuando la tenga, te la mandaré. Quiero tu sinceridad.

—Siempre la tienes.

La cera de las velas caía derretida en el suelo.

—Va siendo hora de bajar a la realidad —dije sonriendo.

—Sí, vamos, Belma. No quiero que mañana andes agotada.

Sebastián levantó la trampilla y dejó caer la escalera. Bajó con firmeza y me ayudó a deslizarme por los escalones.

Aproveché que entró en el lavabo para colocar el anillo debajo de la almohada. Al cabo de unos minutos salió y quitó la almohada. A Sebastián le gustaba dormir sin ella.

—Belma. ¿Qué tenemos aquí?

Yo ya llevaba puesto el mío y se lo enseñé.

—Espero que te guste. Significa mucho para mí que lleves uno igual.

—Para mí es mucho. Cuando esté trabajando, jugaré con él y me acordaré de que, tan solo en unas horas, te volveré a ver.

Me abalancé sobre él y lo llené de besos hasta dejarlo K.O.

 

 

Nos pusimos el despertador a las seis de la mañana. A las nueve salía nuestro avión con destino a Atenas. La cuna de la civilización.

Ya no quedaba nada para encontrarme con Pilar Peralta. La mejor amiga de mi madre me acercaría a la mujer que una vez fue. La que soñó, y la que se quedó en el olvido.