Capítulo 23

 

Atenas desprendía un calor infernal. El vuelo se hizo eterno, fueron cuatro horas y media sin levantarnos del asiento. Bajamos a tierra. El suelo desprendía lava, nuestros pies recalentados se dirigieron a buscar un taxi. Los turistas con sus maletas iban y venían esperando una cola inmensa. Por fin, desde la ventanilla, podía ver algo de Atenas. Infernal, edificios grises, tráfico intenso, y un sinfín de letreros ilegibles nos daban la bienvenida. La ciudad estaba viva, las gentes parecían amables, toda la ciudad bullía y nosotros con ella.

Llegamos al hotel, estaba muy cerca del Acrópolis, pero desde allí no podíamos todavía divisarlo.

Nos dirigimos a recepción, arrastrando un equipaje pesado. Parece que íbamos con la casa a cuestas.

Kalimera. Tenemos una reserva hecha, a nombre de Belma Vento.

—Sí, les esperábamos una hora más tarde. Si lo desean pueden esperar aquí abajo en recepción. Están limpiando su habitación.

—Bueno, no hay problema. Si podemos dejar las maletas, daremos una pequeña vuelta. ¿La calle Plaka está cerca?

—Sí, muy cerca.

Plaka es la calle principal de Atenas. Dicen que quien ha estado entre sus calles y plazuelas no la olvida. Los turistas suben y bajan respirando el bullir de los colores de Atenas. A su paso, hay pequeños edificios con puertas neoyorquinas que se mezclan con casas en ruinas.

Es una calle que se encuentra a los pies del Acrópolis. Desde allí podemos divisarlo. Mis nervios aumentaban. Estaba pisando las huellas de un pasado imperial.

La calle estaba repleta de puestecitos. En algunos colgaban pequeños objetos similares a los rosarios.

—Quiero comprar uno a mi hermano.

—¿Es típico aquí?

—Mucho. Se llama kombolói. Dicen que todos los hombres lo llevan cuando van a tomar café o van en ferri. De esa manera la conversación fluye y ellos se distraen jugando con las bolas. Cada día hay más personas, incluso mujeres, que los compran. —Y añadió—: Me gusta llevar siempre algo típico de una ciudad, pero que se aleje del típico souvenir.

—Son muy bonitos. Pero no veo a Sebastián con algo así. Creo que le compraré una camiseta con alguna frase de Sócrates.

—Sí, creo que le va mejor —dijo riéndose.

Seguimos andando y haciendo tiempo para volver al hotel.

Llegamos andando hasta el barrio de Monastiraki, donde paramos a tomar una cerveza fría.

—Esta noche podríamos cenar por aquí.

—Sí, me encantaría.

Al llegar al hotel subimos a la habitación. Todo estaba en su sitio, perfectamente decorado. Probé el colchón de la cama, es lo que me gusta cuando voy a un hotel. Detesto los muy duros y los muy blandos, deformación profesional.

Marcos se echó a reír cuando veía que de una de mis maletas saqué mi almohada Pillow.

—Sí, siempre viajo con mi mariposa. Se me cargan mucho las cervicales, y me dan miedo esas almohadas que parece que están hechas con piedras del camino.

—Eres una burguesita.

—Ya me dirás cuando estés días y días con un dolor de cuello que no puedes ni girarlo.

—Oye, por cierto, hay que llamar a estos y decirles que estamos aquí.

—Sí, aunque ya vamos mañana a la sede. Hoy me apetece día de relax.

—Claro. Bueno, voy a mi cuarto a darme una ducha.

Me dejó sola. Lo primero que hice fue llamar a Sebastián. Escuchar su voz a tan larga distancia me dio mucha nostalgia. La verdad es que siempre que voy a una ciudad nueva y él no ha podido venir, me da mucha pena porque me encantaría que viviéramos lo mismo.

—Sebastián. Ya hemos llegado.

—Te hacía antes. ¿A que ya has ido a ver la ciudad?

—Solo un poco. Perdona, es que hemos dejado todo y nos hemos ido a dar una vuelta.

—No pasa nada. No soy Gadget —dijo riéndose.

—Te echo de menos.

—Yo también, mucho. ¿Sabes? Ya tengo casi la canción. La he masterizado y ha quedado fantástica. A ver si la comprimo y te la mando al correo electrónico.

—¿Te he dicho que estoy muy orgullosa de ti?

—Lo sé. —Y añadió—: Cuéntame qué ves por la ventana.

Me dirigí hasta allí, descorrí la ventana y describí como pude.

—Veo la calle del hotel, es estrecha, podría parecerse a cualquiera del barrio de Lavapiés. Veo un grafiti con una catedral y una niña con ojos muy grandes.

—Pensaba que me describirías el Partenón.

—Siento decepcionarte, no tenemos buenas vistas.

—Vaya. Deberías exigir, cuando viajes con la empresa, que te coloquen en un lugar emblemático, para que no te cueste nada viajar.

—La próxima vez te llevaré a negociar con mi jefe, bastante que conseguimos convencerle para que nos diera habitaciones separadas.

En ese instante la puerta se abrió de golpe. Un tipo del hotel entró con la llave mágica. Estaba en sujetador y sin braguitas. ¿Por qué habría elegido ese atuendo? ¿Por qué no empezar quitándome lo de arriba? Muchas preguntas sin respuesta. Un grito y al suelo. El teléfono voló por los aires. Y la voz de Sebastián reptaba por el suelo.

—Cariño, cariño…

Después de hiperventilar doscientas veces, cogí el teléfono.

—Sebastián. Me acaban de ver como quien me trajo al mundo.

—¿Marcos?

—No, un tío con perilla.

—¿Te ha dado tiempo a vérsela?

—Ese verbo ahora no…

Sebastián se reía a carcajadas.

—Anda, baja a recepción y protesta como tú sabes.

—Ahora mismo me tiembla todo.

—Pero si has hecho nudismo conmigo.

—Pero no es lo mismo. Ahora soy textil en el hotel.

—Prejuicios.

—Así pensáis los tíos.

—¿Y ahora quién es la prejuiciosa?

—Tienes razón.

Cuando pude vestirme de nuevo, bajé y hablé en inglés para decir que no me gusta que entren sin llamar.

La recepcionista, con una sonrisa, me dijo:

—No volverá a suceder. Mi compañero entraba para revisar las habitaciones.

Con esa frase quiso dejarme tranquila. Estaba claro que la única manera de calmarme era poner una silla pegada a la puerta.

Marcos golpeó dos veces y me dijo:

—¿Estás?

Abrí la puerta y le contesté:

—Venga, es que he tenido un pequeño percance.

—¿Solucionado?

—Hagas lo que hagas, ponte bragas.

Nos echamos a reír y salimos a dar una vuelta.

El atardecer llegó, los grados de calor disminuyeron. Los puestos de souvenirs iban cerrando sus puertas. Una turista regateaba en la puerta con una señora de moño tirante.

Cenamos en el primer restaurante que vimos. Nuestros pies estaban demasiado cansados para seguir conociendo la ciudad. Teníamos más días para disfrutarla y, además, mi cabeza estaba embotada, algo que no me hacía disfrutar plenamente de Grecia. Y era Pilar. Tenía que buscarla. Sentía que en cada esquina podía encontrármela. Nunca estuve más cerca de mi madre, como cuando mis pies pisaron Atenas.