Capítulo 27

 

Volví en el ferri de última hora con la sensación de haber perdido el día en Santorini. Acabé gastando mis horas en la Playa Roja de la isla. Bajé por un barranco lleno de tierra y caí en Marte.

Las vistas eran espectaculares en Akrotiri. La arena ardía, y el agua estaba muy fresca. No contaba con tener ese tiempo libre. Pilar me había descuadrado. Así que me quite el vaquero y la camiseta. Dejé caer mi sujetador al suelo y me di un buen chapuzón.

Todos mis problemas flotaron en aquella Playa Roja de Santorini, rocosa y con arena roja de piedras negras.

Sebastián se bañaba en mi mente, junto a Pilar, y Ciro. Un triángulo en mi vida por descubrir. Un triángulo escaleno.

Allí, tirada en la arena, y con mi mochila puesta en la cabeza, que me servía de almohada, hice tiempo hasta la hora del ferri. Durante el viaje, caí rendida en el sillón. Llegué tan tarde que no pude hablar con Marcos.

A la mañana siguiente bajamos a desayunar. Necesitaba meter en el cuerpo algo de fruta.

—¿Cómo te ha ido, Belma?

—Te podría decir que fue una pérdida de tiempo ir a Santorini. Pero me ha fascinado.

—¿Localizaste a la amiga de tu madre?

—Sí, pero no quiso hablar.

—¿Y no la forzaste?

—Eso no se puede, Marcos. Cuando alguien no quiere hablar, no puedes ponerte cabezota.

Nos bebimos el café deprisa y nos pusimos en ruta hacia el trabajo. Hoy nos tocaba enseñar a otros dos pipiolos. Estos no hablaban nada. Iban en el asiento de atrás sin mirar nuestras explicaciones. Es como si no les interesara nada de lo que les contábamos.

—¿Ves a los tíos? —Y añadió Marcos—: Parecen dos pájaros disecados.

—Ya, por más que les explico, es que ni miran.

Hicimos nuestro trabajo como pudimos. Soltamos el rollo e hicimos algo de turisteo. Ya que estábamos en Grecia, no podíamos perdernos lugares emblemáticos. Llegamos hasta el Monte Licabeto. Quisimos subir. Aparcamos el coche y cogimos el funicular.

Desde allí divisamos una panorámica de toda la ciudad.

—Es electrizante —dijo Marcos.

—Mira, se puede ver la cuenca del Ática —dije entusiasmada.

En la cúspide, estaba la ermita de San Jorge, pequeña y recoleta, dentro una señora de cerca de noventa años custodiaba la iglesia, su cara agrietada y sus ropas negras representaban la imagen que tenemos del populismo griego. Con un marcado acento, intentaba mostrarnos los bienes más preciados de aquel pequeño templo, sonriéndonos depositó en nuestras manos un par de velas, que con cierto misticismo encendimos para que San Jorge velará por nosotros.

Volvimos a la sede y continuamos nuestra formación con otros dos nuevos chavales. Ser formadores en otro país no estaba siendo tan divertido como suponíamos, el interés de nuestros alumnos era escaso y había pocas ocasiones para divertirse con ellos.

Llegabas al hotel más derrengado de lo normal, pero estaba claro que eran órdenes a acatar, si no, nos hubiera costado una cruz con nuestro jefe. Y según estaba todo, no podíamos dejar escapar esta oportunidad.

Marcos hoy saldría a conocer la ciudad. Por más que le insistí en que viniera a cenar con nosotros, no parecía estar por la labor. Así que le respeté. Por un lado, me apetecía estar con Ciro a solas, pero, por otro lado, con Marcos me hubiera sentido más arropada.

Llegó el momento acuciante de qué me pongo para un ex que no veo desde hace años. Ese post famoso de miles de revistas femeninas que te muestran el camino para llegar con éxito al encuentro. Pero cuando llega la hora de la verdad, se te ha olvidado la teoría. Elegir un vestuario sexy estaba fuera de lugar, mi intención no era llevármelo a la cama, elegirlo con cuello hasta arriba como monja de clausura tampoco es que fuera muy atrayente y tendría más motivos por qué me dejó. Me desesperaba sola frente al armario.

Abrí la maleta y volqué toda la ropa, que todavía no había colgado, sobre la cama. Entre toda ella me hizo gracia encontrarme una camiseta de hace diez años. Se puede decir que era mi camiseta de conciertos para Ciro. Me la solía poner mucho cuando iba con él. Según Ciro, le daba suerte cuando me veía con ella desde el escenario.

La tomé entre mis manos y pensé en Sebastián. No sería bonito llevar algo, un recuerdo de antaño. Así que, como pasa con la música que has escuchado con los ex, había que desimantarla. La metí de nuevo en la maleta. La utilizaría en otra ocasión.

Elegí una camisa de esmoquin blanca y una americana entallada de ante azul. Me coloqué dos gotitas de perfume detrás de las orejas y alboroté mi pelo para darle algo de volumen.

No podía ocultar algo de emoción y nerviosismo. Cerraba la puerta de la habitación y me di cuenta que se me olvidó la tarjeta. Luego tendría que bajar para que me hicieran una copia. «Qué desastre, si es que no estoy bien».

Mi móvil tembló en el bolsillo izquierdo. Sebastián me llamó.

—Hola, Belma. Ya tienes en el correo la canción. Te he mandado una clave, por si quieres cambiar los ajustes. Ya verás qué slap tan bueno de bajo.

—Cariño, siempre te digo que no entiendo nada del compás ni nada de eso…

—Bueno, yo por si acaso te lo he mandado todo.

—Me pillas saliendo. Luego, cuando vuelva, te prometo que la escucho.

—¿Vais a cenar?

—Sí.

No quería mentirle. A cenar íbamos, pero claro, cada uno por su lado. Tuve ganas de decírselo, pero volví a pensar que la imaginación genera mucha incertidumbre. Y quizás lo hubiera pasado fatal. Sebastián confía en mí, como yo en él, pero a miles de kilómetros, la confianza puede ser más endeble.

Llegué hasta la Plateia Monastirakiou, busqué con el Google Maps de mi móvil la taberna Sigalas-Bairaktaris.

Por detrás unas manos me tocaron la cintura.

—¿Deformación profesional?

—¡Ah! No te había visto.

—Estás justo delante de la taberna.

—Qué idiota soy.

—Venga, pasemos. Vas a probar la mejor ensalada del mundo: la Choriatiki.

—Me encantan las ensaladas.

—Pues, aquí, en Grecia, te vas a hartar. Yo llevo un par de días, pero ya las lechugas verdes me salen por las orejas.

—No será para tanto.

—¿Qué quieres tomar, Belma?

—Una cerveza fría.

Se levantó un momento al servicio y no pude evitar mirarle. Quizás estaba algo más flaco. Los pantalones se le caían algo más que antes. En ese momento se dio la vuelta y me dijo:

—Sabía que mirarías.

—Estaba mirando a ver si nos traían la cerveza.

—Es broma.

No me gustaba nada que hiciera ese tipo de bromas. Me sentía algo violenta, no sé, quizás incómoda. Pero es que la situación no era nada fácil.

Se sentó y me dijo:

—Ahora, si quieres, cuando nos comamos la ensalada, podemos pedirnos un souvlaki, que es el plato típico de aquí. Y salimos fuera a ver el Ágora.

—¿De qué está hecho?

—Te ponen pan de pita y lo rellenas de verduras, de carnes…

—Tiene buena pinta, Ciro.

—Hacía mucho tiempo que no escuchaba mi nombre en tu boca.

—Es lo que tiene cuando uno se marcha —dije sonriendo.

—Has aprendido mucho en este tiempo. Tienes más sarcasmo.

—Sí, debiste dejar algo de él en la almohada junto a la nota.

—Oye, Belma…

—No vamos a empezar. Tienes razón.

—Quiero hablar de ese momento.

—De verdad… no hace falta.

—Yo quiero.

—Si insistes, Ciro…

—La cobardía, a veces, es de valientes.

—Para un single, seguro que te da.

—Me refiero a que el habernos visto hubiera terminado en la cama y, después de la cama, en unos besos mezclados con lágrimas. Y me hubiera quedado a dormir, y después a pasar el finde… Y así nunca me hubiera ido.

—¿Tienes idea de cómo me sentí?

—Te imaginaba bien, eres una mujer práctica, y lo nuestro se estaba convirtiendo en una relación de esas que siempre detestaste.

—Ya, pero tú ibas en el pack. No elegí de quién me enamoré. Te aseguro que, si lo hubiera hecho, nunca, jamás, hubiera elegido un bajista callejero.

—¡Eh! Un respeto. Ya no toco en las calles. Ahora tengo un contrato serio con una productora que me lleva de un lado a otro a conciertos internacionales.

—Me alegro tanto por ti.

—¿No me odias?

—En mí esa palabra no existe. Sería odiarme también a mí. Eres parte de mí de una manera. Soy lo que soy, con trozos también de ti.

—¿Puedo apuntarlo? Es buenísimo.

—Todo tuyo.

—Me gustaría que tuvieras la primera grabación de La primavera que mataste.

—¿Por qué ese título? —dije riéndome.

—Así me sentía por aquel entonces…

—En todo este tiempo, he sentido que yo fui la culpable de tus mierdas. Que maté la primavera entera.

—Belma, uno no mata la primavera del otro. Uno se mata a sí mismo.

—Mira, nos traen el souvlaki. ¿Salimos fuera?

Frente al Ágora sentí paz. Ciro comía la pita, rebosante por los lados de carne, y yo no tenía hambre. Sentía que era un sueño lo que estaba viviendo. Todos mis pensamientos que una vez estuvieron dentro, ahora salían, devolviéndoselos a Ciro. Me sentía desnuda frente a él, pero con una seguridad que nunca había poseído.

Un peso me quité de encima, como una losa que llevaba años martilleándome.

—¿En Madrid, todo bien? —me preguntó Ciro algo tímido.

Esa pregunta que alguna vez se hace para saber mucho más, pero que da miedo indagar.

—Todo bien, Ciro.

No quise decir nada, no tuve el valor de decirle que, en Madrid, mi vida estaba unida a Sebastián, que le amaba, que sentía que me quería de la forma que siempre quise. Sinceramente, no quería dañarle. Seguía protegiéndole de alguna manera.

Ciro pagó, y yo le dejé pagar. «Me debía tanto», pensé con una sonrisa. Fuimos andando por las calles. Nos adentramos en una que estaba llena de restaurantes japoneses.

—¿Te gusta la comida japonesa, Belma?

—Me encanta.

—No recuerdo haber estado nunca contigo en un japonés. —Y añadió—: Algún día me tendrás que llevar.

Un silencio se hizo. Sabía perfectamente que no iba a haber más días. Aquel no era mi mundo, ni siquiera Ciro era el Ciro de entonces. Ni yo era la que era. «Una noche en Atenas, una sola noche», me repetía.

Me acompañó hasta el hotel y, al darme dos besos, su boca se confundió y paró en mis labios. Un simple roce. Me eché para atrás. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que pudo ser a propósito.

—Perdona.

—No te preocupes, Ciro. Cosas del directo —le dije para quitar hierro a todo el momento tenso.

—Me voy en tres días. Mi avión sale a las ocho.

—Que tengas muy buen viaje.

—Tú también…

—Te diría… ¿das otro paseo o es muy tarde?

—Es muy tarde ya.

—Me ha gustado verte, Belma.

—A mí mucho, Ciro.

Me despedí sin volver la vista atrás. No quería más. Mi historia estaba cerrándose y terminó de hacerlo cuando se cerraron las puertas del ascensor. Tengo que decir que alguna lágrima se resbaló por mi mejilla, pero enseguida me la sequé. Quizás una lágrima por el tiempo que un día fue nuestro y dejamos escapar.

Abrí la puerta con la tarjeta de hotel recuperada y me dirigí al baño a desmaquillarme. Con un algodón, borré todas las líneas de maquillaje.

Salí a la habitación y coloqué el portátil sobre la mesa. Quería escuchar la canción de Sebastián. En ella estaba toda su ilusión. Sentí en ese momento que nadie como él en esta vida para llevarme de la mano.

Unas mariposas volaron por mi estómago al pensar en el abrazo que me esperaba al llegar a casa.

Busqué el programa iTunes y conseguí poner en funcionamiento la canción. Los primeros acordes sonaban bestiales. Pero a los dos segundos de la canción me desplomé. Sentí una daga atravesando mi espalda, un camión arrollándome en la M-40, un escupitajo dándome en pleno ojo de un desconocido que masca chicle.

Mi corazón se paró en seco y subí el volumen. No podía creérmelo. Aquel bajo, aquel maldito bajo, me sonaba familiar. Solo podía pertenecer a una persona. A Ciro.