El domingo llegó antes de lo previsto. Los días que me quedaban para terminar la semana se pasaron volando. Apenas me había dado tiempo a prepararme para el gran día. Cuando estaba eligiendo vestuario, recibí una llamada de Delia que me dijo:
—Comeremos sobre las tres. Azucena ya está aquí con Mateo.
Pensé que habiendo un niño en la casa el ambiente sería más distendido. Me dio miedo preguntarle más sobre nuestra madre. Y si accedería a contarle todo.
Sebastián me regaló un collar y me lo puso en el cuello, ya que el broche era endiablado.
—No tenías por qué hacerlo.
—He oído que es de piedras energéticas y que trae suerte.
—Gracias, mi amor.
Cogimos las llaves del coche y salimos para casa de mi madre. Las piernas no paraban de movérseme y Sebastián, en todos los semáforos, me ponía la mano encima de las pantorrillas para intentar calmarme.
—Mira, allí hay un sitio —dije sonriendo.
—Tienes un ojo.
Bajamos y paramos en una pastelería para comprar bocaditos de nata. A mi madre y a mi hermana les encantaban.
Llamamos a la puerta y Mateo nos recibió con bullicio.
—Hola, tía —dijo con su voz aterciopelada.
—Hola, mi chico grande. —Le apretuje contra mi cuerpo con fuerza.
—Yo no quiero crecer.
—Crecer es muy bueno, porque así podrás llegar a estos pasteles que voy a poner encima de la nevera.
Delia me dio un beso frío. Y Azucena me dio un gran abrazo.
—Qué guapa estás.
—Sí, tú también. Hasta tienes aire londinense.
—Será de montar en la noria con este. No paramos…
Las dos nos reímos. Me dirigí al perchero, cogí mi sombrero entre las manos y me lo puse.
—¿Cómo ves a mamá? —dijo Azucena.
—Yo la veo bien.
—Me alegro. Me gustaría estar más aquí, pero es imposible. Me da pena Delia. Ella está llevando la carga de todo.
—Sí, a mí también.
Me dirigí al salón. Mi madre estaba viendo la televisión.
—Hola, mamá. Hoy estarás contenta, tus tres niñas van a comer contigo.
—Sí, me he levantado feliz. Hacía tanto que no estábamos todas juntas. —Y añadió—: Cómo me gustaría que vuestro padre estuviera aquí para vivirlo también.
—Bueno, hoy no es un día para ponerse triste.
Azucena se fue al salón y yo ayudé a Delia a terminar de hacer las croquetas. Cogí la masa y empecé a darle vueltas.
—Me han hablado muy bien de la Thermomix, creo que ahora es digital y, metiendo la receta, casi te sale la comida hecha.
—Belma, ¿crees que todo es tan fácil?
—Delia, por favor, dime que lo has pensado…
—Sí. —Y añadió—: No puedo. Siento que podemos trastocar la vida de mamá en un segundo y que la dejemos mal para siempre.
—Está bien, Delia. Los recuerdos deben quedarse guardados. Sí es tu decisión, la aceptaré. Tú vives con ella, y yo no quiero ser un estorbo en vuestra vida.
—Gracias, Belma.
—Bueno, dime qué llevo al salón.
—He hecho algo de lombarda, y el niño tiene arroz con tomate.
—Vaya, ¿puedo cambiarlo por lo del niño?
—Qué cara tienes.
—Había que intentarlo —dije riéndome.
La mesa del comedor se había abierto por completo. Hacía tanto que comíamos en esa mesa recogida que, verla con las dos hojas abiertas, provocaba en mí una alegría difícil de ocultar.
Sebastián cogió a hombros a Mateo y le hizo volar por toda la habitación.
—Soy Superman —gritaba Mateo.
Mi madre apagó la televisión.
—Creo que hoy es un día especial para que nos escuchemos. —Y añadió—: Azucena, cuéntanos cosas de Londres. Me hubiera gustado ir a visitarte.
—Bueno, mamá, eso lo tenemos que organizar. Te va a encantar la tienda del Palacio de Buckingham. Tiene miles de tacitas inglesas para té.
—¡Oh!, me encantaría que me llevaseis.
Delia me miró fijamente. Por su mirada, sabía exactamente lo que estaba pensando. Nunca habíamos sabido que uno de los sueños de mamá era ir a Londres, por lo que habría muchos sueños de ella escondidos debido a su enfermedad. Solo había que dar un clic y que su cerebro tocara ese cajón 57 donde se encerraban todos sus recuerdos.
—Oye, Azucena, ¿qué te gusta más Portobello o Candem? —dije para llevar un poco el peso de la conversación.
—Por Mateo, suelo ir más a Portobello. No está tan masificado, y luego algunos domingos nos tomamos algo por allí. Pero a ti y a Sebastián ya os digo que os encantaría más Candem. Va más con vosotros.
—Tomamos nota —dijo Sebastián. Y añadió—: Tenemos ganas de ir. Yo estuve hace muchos años, pero ahora todo está más cambiado. Londres es la ciudad de la música. Es un crimen alejarnos de ella.
—¿Qué crees que tiene la música? —dijo Delia, mirando fijamente a Sebastián. Estaba buscando el argumento perfecto, y que le quitara remordimientos para llegar hasta allí.
—Creo que para sentirnos vivos necesitamos vivir con ella y para ella, si no estamos un poco muriéndonos en vida. Sin música, la vida no tiene ningún significado.
A Delia esa frase la había dejado pensativa durante la comida. Incluso trajo los postres de manera autómata. No estaba con nosotros.
—Mateo, la abuela tiene un cuarto al lado donde hay un caballo balancín que le perteneció a ella cuando era pequeña. ¿Quieres jugar con él? —dijo Azucena.
—Sí, sí, sí —dijo entusiasmado.
Delia se levantó y le llevó al cuarto de al lado. Cerró una puerta de madera que tenía dos bisagras de cristal por donde veíamos la sombra de Mateo jugar.
—¿Queréis tomar algún licor? —dijo Delia, dominando cada rincón de la casa.
—A mí, si me pones medio vaso de whisky, me haces feliz —dijo Sebastián.
—Entonces, luego llevo el coche yo —dije al segundo.
Nos levantamos y nos dirigimos a la sala de estar. Había fotos de nosotras por las estanterías y millones de libros.
Delia preguntó a Sebastián:
—¿Has traído lo que te pedí? —dijo sonriendo.
En ese momento me quedé sin sangre. Algo habían planeado sin mi consentimiento.
—Sí, lo tengo en el coche. Bajo y subo en un momento.
En medio de esa espera, aproveché para llevar algunos platos a la cocina. Por el pasillo me crucé con Delia.
—¿Qué vais a hacer?
—No seas impaciente, Belma, y ve ahora a la salita. Quiero que estemos todas juntas.
Sebastián subió con una mochila y sacó su iPod con un altavoz enorme que enchufó a la pared. Me miró y me sonrió.
Pasó las canciones y se detuvo en una. Al segundo, comenzaron a sonar los primeros acordes de Twist And Shout.
Mi madre estaba tranquila, junto a la ventana. Pero cuando Los Beatles hicieron los coros, posó su mirada en el altavoz.
—Eso, eso…
—Me levanté hacia ella y la tomé de la mano. —Y añadí—: Tranquila, mamá. ¿Qué estás escuchando?
Al minuto empezó a temblar como un gatillo que tiene frío. Miré a Delia y le dije:
—Trae una manta.
—Para eso —gritó asustada.
Sebastián dio al stop. Todos nos quedamos petrificados. Sin poder movernos. El botón nos había paralizado a nosotros. Mi madre dijo:
—Conozco lo que suena. —Y añadió—: ¡Dios…! —gritó angustiada.
—Mamá, no hace falta que sigamos…
—«Twist and shout, Twist, and shout, Twist and shout…».
Abracé a mi madre con fuerza. Mi madre seguía manteniendo la memoria para la música, pero en todo este tiempo se la habían ocultado. Miré a Delia y le dije:
—El doctor Jiménez nos lo dijo. Los lóbulos temporales están intactos. Tiene un córtex musical muy bueno.
Delia se levantó y dijo:
—Mamá está mal, no podemos seguir, Belma.
—No, no está mal. Está emocionada. Esa música ha golpeado parte de su cerebro y la ha removido por dentro —dije mirándoles a todos.
Sebastián se puso de pie y dijo:
—Estoy de acuerdo con Belma. A nosotros nos pasa igual cuando oímos una canción del pasado, es como si oliéramos algún recuerdo. El proceso por el que está pasando es normal.
Azucena se levantó y dijo:
—Me he perdido. ¿Podéis decirme que está pasando aquí?
—Luego te explicaré todo, pero, a grandes líneas, mamá no tuvo nunca un virus que provocara esta enfermedad. Mamá, cuando tenía 22 años, era una apasionada de Los Beatles. Y huyó de los abuelos con un billete hacia Liverpool para no regresar.
—¿Qué me estás contando? Me voy fuera de España y, cuando vuelvo, me encuentro con una historia truculenta de mamá.
—El presente solo se transformará en realidad a través de las historias ciertas del pasado. Has venido a escuchar la historia de la mano de mamá.
—Pero yo, hija, no sé qué me estáis diciendo. Lo único que recuerdo es esa canción, pero ahora mismo no sé… Estoy aturdida.
—¿Habéis llamado al doctor Jiménez? —dijo Azucena sobresaltada. Y mirando a Delia enojada le dijo: —Estás loca. Mira lo que has conseguido, que todo un trabajo de años se pierda por la borda.
—Lo sé, esta semana hablé con el doctor Jiménez y le pregunté qué pasaría si trabajásemos nosotras con ella. Y me dijo que, si nos animábamos con alguna canción del pasado, quizás pudiera tener un despertar. Él desconocía qué música podría llegar hasta ella —dijo Delia.
—Podía haber venido. Haríamos todo a su manera —dijo Azucena nerviosa.
Me levanté y me puse delante de Delia. Quería ser su escudo.
—Si algo tienes que decir, dímelo a mí. Ella no quería, pero creo que si mamá tuvo una vida anteriormente, debe intentar recordarla.
—¿Y qué vamos a hacer, ponerle la discografía entera de Los Beatles? ¿Llevarla a Liverpool?
—No seas sarcástica, Azucena.
Delia, dando un paso al frente, dijo:
—Tengo todo estudiado. Nada de lo que vamos a hacer aquí con mamá va a ser al azar. Llevo toda la semana ideando un plan. Gracias a Sebastián, he podido conseguir la canción que sonó en aquel concierto.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo una postal de Los Beatles. Voy a trabajar como lo hace el doctor Jiménez en consulta —dijo Delia con seguridad.
—¿Qué dices? —le dije sonriendo.
—Sí, Belma. El día que irrumpiste en la clínica para contarte piezas del puzle, yo me sentí muy mal. Os había fallado a todos. —Y añadió—: Azucena, debo decirte que la abuela me contó lo del accidente de mamá, ella me dijo que fue a causa de su rebeldía. Me obligó a prometer que nunca os diría nada. El concierto de Los Beatles en Madrid la trastocó. Y me dijo que hizo de ella una persona diferente.
—Pero ¿qué pasaría allí? —dijo Azucena.
—Solo ella lo puede saber —dije con fuerza.
—Y solo ella puede reconocer rostros por algún detalle significativo. Solo ella puede distinguir algo en esta foto. Es una foto de ellos, de 1965, tal y como estaban en aquella visita a Madrid.
Tomé la postal entre mis dedos y me acerqué al sillón, que estaba cerca de la ventana. Allí estaba mi madre, sin saber por qué estábamos allí reunidas con ella.
—Mamá, quiero ponerte una foto. Quiero que estés muy tranquila. Tienes todo el tiempo del mundo. Sin presión. Esto es un juego.
—Hija, ya trabajo mucho en consulta. No me traigas más trabajo…
—Te prometo que será un momento. Mira esta foto detenidamente.
Mi madre estuvo durante minutos observando la foto. Y de pronto dijo:
—Las orejas de soplillo de George. Le reconocería en cualquier lugar.
—¿Qué dices, mamá?
—George, George, George. —Y rompió a llorar como una niña.