Me levanté a la cocina para buscar un vaso de agua para mi madre. Sebastián me siguió.
—¿Quién es George? —grité enfurecida.
—Es George Harrison, cariño. Tu madre distingue a George Harrison por sus orejas. Era un tipo enclenque, y sus orejas siempre iban dos pasos por delante de Los Beatles.
—Yo acabo loca con esta historia. Te juro que necesito unas vacaciones.
—Vamos al salón. No podemos perdernos lo que está diciendo.
Volvimos y allí seguía mi madre junto a la ventana. Ahora estaba lloviendo en la calle. Las gotas se desparramaban lentamente por el cristal de la ventana, se escurrían dibujando amorfas figuras que desaparecían tras encontrarse varias en un punto y con fuerza caían hacia el alféizar de la ventana. Así era su historia, una gota minúscula buscando el amparo de las demás que pongan fin a su tempestad.
Mi madre seguía mirando la foto sin poder despegarse de ella.
—George, el misterioso. George, el carismático. George, el inquieto. George, el gracioso, el dulce George, George, mi hombre silencioso…
—Mamá, háblanos de él. ¿Cómo os conocisteis?
—Lo conocí en Madrid. Recuerdo que le esperé a la salida del concierto de Las Ventas. Las chicas gritaban como locas enfervorecidas. Querían tocar a sus ídolos. Y yo le esperé en una puerta trasera alejada de gritos donde no había nadie. Salió a los pocos minutos. Horas antes, me había dicho que le esperara allí.
—¿Te acuerdas de cómo te lo pidió?
—Había estado con él en la habitación de su hotel. Aunque no sola. Eso sí lo recuerdo. Ahora mismo veo bultos en mi cabeza.
—¿Con quién estabas?
—No lo sé. Él me miraba fijamente, era el catalizador de la banda, traía el equilibrio a aquella habitación, donde había dos potencias desafiantes.
Ni siquiera tenía ojos para Paul y John, pero, sin embargo, sí miraba la foto de George. No podía apartar sus ojos de él. Mi madre tomó el vaso de agua y continuó hablando:
—George me sirvió un refresco de una pequeña nevera que había y me dijo que tenía una nariz muy bonita por donde podía dejar rodar los hielos. Yo me sonreí. Le pregunté cómo había llegado a formar parte de la banda y me dijo que conocía a Paul desde el colegio. Él era más pequeño, y un día volviendo a casa en la parte superior del autobús de Liverpool, Paul le dijo que tocara para John, y este le mostró su arte con seguridad. Golpeó las cuerdas de una guitarra de una manera tan salvaje que John decidió que tocara con ellos. «Este chico es una mina y ese pelo de gallito no me gusta nada». Por aquel entonces tenían otro grupo y hacían pequeños conciertos. Su madre le compró su primera guitarra acústica, le animaba mucho.
—Lo importante que es el apoyo de la familia —dijo Sebastián. Y dijo mirándonos a todos—: George tocaba tan brutal que, aunque fuera más pequeño que ellos, le dejaron entrar al instante en el grupo. He oído que a la tía de John no le gustaba nada porque daba el aspecto de Teddy Boy, de niño malo.
—Sí, Sebastián, era un gato salvaje para los otros. Recuerdo que me habló de Mimi, sí, una señora estirada, tía de John, que a veces le molestaba y no quería verle por su casa. George no era malo, tenía un humor sarcástico, y para muchos era difícil de entender. De hecho, cuando me servía el refresco me dijo: «Una moneda por tus pensamientos. Y entonces yo me quedé sin saber qué decir, y él me dijo. Después del concierto, me enseñarás Madrid». Y claro que me lo leyó, y sin moneda. Yo le dije que era muy peligroso. Todo estaba vigilado. Además a nadie le apetecía salir aquella noche. Pero George adivinó mi pensamiento. Y alargamos la noche.
—¿Le fuiste a buscar a la salida del concierto? —le dije con gran interés.
—Yo estoy flipando —gritaba Sebastián a mi lado.
—Así es. Se puso una gorra de cuadritos y, mirando a los demás, les dijo: «A esta chica me la llevo yo». Se remetió el pelo por detrás de las orejas. Allí pude ver que tenía unas orejas muy graciosas, como de un pequeño duende. Él, sonriéndome, me dijo: «Son herencia de mi padre». Fue tan lindo. George, mi querido George.
—Cuéntanos esa noche, mamá —dijo Delia, con los ojos como platos.
—Recuerdo sus andares, era muy enclenque, parecía que se arrastraba al caminar. Cogimos un taxi y le llevé a pasear a la Gran Vía.
—¿Nadie le reconocía? —dije
—Nadie. Date cuenta de que todos pensaban que para cambiar una bombilla se necesitan cuatro Beatles. Nadie se imaginaba que uno solo de ellos pudiera caminar por aquellas calles del viejo Madrid. Era muy tierno. Se interesaba por todo lo que le contaba. Me llegó a decir que solo tenían un día libre al mes. Así que, el estar ahí conmigo, era un regalo inesperado. Yo a veces me tenía que pellizcar. George estaba a mi lado y yo era su centro. Fue algo indiscreto, porque preguntó por mi edad, y resultó que los dos nacimos en el 43. Una broma de nuestro destino.
—Es muy bonito, mamá —le dije sonriendo.
—Estoy conmocionada, hijas, nunca pensé que mi cabeza pudiera recordar tanto por una canción o una foto. Pensé que estaba impedida para que me pasaran ciertas cosas.
—El doctor siempre ha dicho que tienes amnesia a caras. Tus recuerdos se han quedado solo dormidos. Mamá, nada es imposible.
Mi madre respiró y se quedó callada mirando de nuevo la foto.
—Es muy duro lo que estoy viviendo. Un día te levantas y es como si en tu cabeza te hubieran hecho un borrón. Y entonces no hay cuenta nueva.
—Sí que la hay, mamá.
—Eso lo supe aquella noche paseando por la Gran Vía. En un momento, le miré y le dije: «¿Qué quieres hacer?».
—Y me dijo, me gustaría ir al Café de Chinitas. Pero será imposible. Y se lo dije: «Tus deseos, George, serán órdenes». España era diferente, nadie se esperaría a un Beatle aislado a la una de la madrugada en un café hasta la bandera de gente. Así que entramos entre el tumulto, colgamos los abrigos y George pidió un vodka con naranja. Le enseñé como pude a bailar sevillanas. Él se reía. No queríamos que la noche terminara. Queríamos parar los relojes y que estos nos olvidaran. Me sentí como Cenicienta. Sabía que me quedaba poco con él.
—Sigue, por favor —dijo Azucena.
—Allí, entre la gente, me puso su cazadora encima de mis manos y empezó a acariciarlas ajenos al mundo. Sentí cómo una corriente eléctrica recorría mi cuerpo. Jamás sentí algo igual. Mi corazón se agitaba como un caballo que galopaba. Podía ver la raya del horizonte en sus ojos. Estos los tapaba su flequillo alisado.
En un momento me dijo que yo era su diosa en el amor, que me adoraba, que envidiaba de mí la libertad. ¿Irónico, verdad?, porque yo envidiaba de él el que pudiera viajar y alejarse de su ciudad. Decía que estaba seguro de que yo era la sensación más fuerte que tendría en la vida. Todo aquello me gustaba y también me provocaba responsabilidad. No era cualquier hombre. Era un tipo que había estado al lado de la reina Isabel. ¿Comprendéis? —dijo riéndose.
Todos nos reímos con ella. Mi madre se empezaba a relajar. Hablaba de George con total cariño.
—¿Después del Café de Chinitas adónde os fuisteis?
—Nos fuimos a una pradera, donde nos sentamos. Queríamos hablar, tocarnos, esa sensación de lo prohibido creo que nos atraía a los dos. Corría cierta brisa. Y debo decir que allí me dio un beso largo, húmedo, caliente, todos los grados del universo tenía la boca de George. Después de besarme sonrió y dijo: «Habrá que dar gracias al universo». Era un ser espiritual. Creo que para él Los Beatles no es lo que veíamos todos desde fuera, eran una gran familia. Y en el fondo yo le daba ese escape de ella, como yo quería escapar de la mía.
—¿Ahora sabes que querías huir?
—Vuestro abuelo me tenía encerrada en una jaula de oro. Me tocó vivir una época que no encajaba con mi manera de pensar. Esa noche sabía que ya no podía volver a casa. Demasiadas horas habían pasado sin saber mi paradero. Solo me quedaba una salida.
—¿George?
—Él me propuso seguir con la gira y con ellos. El siguiente concierto era en Barcelona. Y así lo haríamos.
—¿Y qué pasó?
—Estoy cansada, siento que mi cabeza va a estallar.
Se levantó y se dirigió a la ventana. Los coches pasaban deprisa. Y dijo:
—En todo este tiempo, veo que he echado en falta el no acordarme de él. Que no reconozcas a Obama, o incluso a cualquier cantante de moda, no te afecta. Pero olvidarte de alguien tan importante como George. Duele en lo más hondo.
—Mamá, pero piensa que no has sufrido. Hay personas que se torturan con recuerdos dolorosos —dije pensando en mi vida.
—Corazón, prefiero sentir, reconocer un rostro y, aunque duela, guardarlo en mi retina.
Se sentó, guardó la foto en uno de los cajones y, mirándonos a todos ahí de pie, nos dijo:
—En un momento de mi vida, sentí que todo se acababa. Me siento mema compartiendo con vosotras algo tan íntimo y algo demasiado tonto.
—La intimidad suele ser tonta —dije sonriéndome.
—Siento que el amanecer no dura toda la mañana.
Nos quedamos petrificados. La oscuridad llegó al salón y mi madre encendió una lámpara. Ya era muy tarde para seguir. Mi madre tenía que descansar. Demasiadas emociones.
Abracé a mi madre y le di las buenas noches. Sebastián recogió mi bolso y mi abrigo. Miré a Azucena, y Delia le dijo que se quedara con ella. Le contaría todo. Azucena era la más conmocionada. No había tenido un tiempo de preparación como nosotras.
Las tres hermanas nos dimos la mano en el hall de la casa y no pudimos contener ninguna las lágrimas. Como siempre, yo era la fuerte y hablé por ellas.
—Mamá no ha terminado de contar su historia.
—Sí, creo que debemos dejarla unos días descansar —dijo Delia.
—Creo que no le ha hecho mal recordar a un viejo amor como George.
—Es duro contarle su final —dije temblando.
—Por eso, creo que sería importante traerle sus recuerdos con alguna compensación —dijo Delia, segura de lo que decía.
—¿A qué te refieres, Belma?
—Tú has estado con su mejor amiga, Pilar. Ella quiere verla, ¿no?
—A ella le encantaría, es como su hermana.
—¿Cuándo dices, Belma, que viene?
—En estos días llegará a Madrid. No quiero ilusionarla. Si de verdad estás segura, yo la llamo y nos reunimos con ella.
—¿Crees que mamá la reconocerá?
—Hablaré con ella.
Estaba de acuerdo con mi hermana. No podíamos hacer que su madre recordara todo un pasado y no entregarle a George. Tendríamos que darle algo bonito de esta historia. Que todo tuviera un sentido para ella. Recordar el pasado es doloroso, y recordarle sin las personas que estuvieron en él, era algo desolador.
Sebastián y yo nos despedimos y cogimos el coche. Sebastián me abrazó en el coche, como un novio quinceañero.
—¿Aquí, delante de casa de mis padres?
—Por los viejos tiempos. Mira que como estén tus hermanas mirando por la ventana.
—Gracias, Sebastián.
—Espero que no te hayas enfadado conmigo, por ayudar a tu hermana. En el fondo te estaba ayudando a ti.
—Lo sé y me ha parecido un detalle precioso.
—Me gusta oírlo.
Arrancó el coche y nos fuimos a nuestra casa. Estaba contenta. Pensaba en el amor del Beatle hacia mamá. Y pensé que el corazón de un artista ama igual que uno de nosotros.
Me sentí orgullosa de mi madre. Ella había sido una mujer valiente y atrevida. Mucho más que yo. Ella, enamorada de un Beatle, hizo frente a su familia. Pero ¿por qué huiría a Liverpool? Y lo más importante, ¿quién escribió esa nota? ¿Por qué llegó hasta el cajón 57 de nuestro chifonier familiar?
Fueron días de pensar en cada detalle que mi madre nos había contado. Sebastián y yo investigamos mucho sobre aquella nota que pertenecía a la canción de Los Beatles. Nos daban las tantas de las noches trabajando al lado de una luz macilenta.
—La canción, Belma, se llama Something. La nota lleva dos líneas de la mitad de una canción.
—¿En qué año fue escrita?
—En 1969.
—Es extraño. En esa época, mi madre andaba ya con mi padre.
—Sí, también lo he pensado yo.
—¿Y por qué solo está el trozo de la canción y no está completa?
Miles de dudas, de piezas todavía por encajar.
Vimos cómo los días pasaban y estábamos absortos los dos en el tema de mi madre. Sebastián se implicaba como el que más. Eso hacía que mi amor hacia él fuera creciendo. Compartíamos algo en común, y encima un tema que nos apasionaba.
El jueves llegó de golpe, casi no me di cuenta, hoy era el videoclip de Ciro en el ático del hotel Plaza. Sebastián andaba muy liado preparando todo. Yo andaba en pijama de rayas tumbada en el sillón y escuchando temas de Los Beatles. Últimamente no paraba de impregnarme de su música. Y sobre todo de George Harrison. Me apetecía leer cosas de él, entrevistas, por si alguna vez había hablado en ellas de mi madre. En el fondo estaba cabreada con él, porque vendió a mi madre palabras bonitas y ni siquiera se acordaba de ella en las entrevistas que concedía. Un amor que va unido de palabras fuertes tiene que continuar en el tiempo, no puede escaparse por la alcantarilla.
Me quedé muy tocada cuando vi que se había casado con la modelo Pattie Boyd en 1966, justo un año después de conocer a mi madre. ¿Qué hubiera sido de su vida si se hubiera casado con él? ¿Hubiera sido tan feliz como con mi padre?
Eso sí que no lo sabremos nunca. Mi madre ahora vivirá con un nuevo recuerdo en su cabeza. Y cuando esté triste por papá, George vendrá a su cabeza. Y viceversa. Creo que no hay mayor defensa que los fantasmas del pasado.
Sebastián metió todo lo que necesitaba en una pequeña mochila y me miró:
—Sé que estás muy cansada. Pero me encantaría que vinieras conmigo.
—Si quieres que esté, iré.
Subí a la habitación de arriba, elegí un vaquero y me puse una camiseta de Los Ramones. Si íbamos de concierto había que me mimetizarse.
Sebastián me estaba esperando.
—Estás preciosa.
Durante el trayecto empecé a pensar en la sencillez de Sebastián. Y me vino a la cabeza una entrevista que leí de Los Beatles, donde decían de ellos: «Se mantienen muy tranquilos, lo de fuera no va con ellos, solo quieren tocar y escribir música».
Todo eso era lo que conformaba la filosofía Beatle, y todo eso es lo que había enamorado a mi madre. Ella nunca hubiera estado con una estrella. Y creo que eso mismo me enamoró de Sebastián.
Llegamos hasta el hotel. El edificio estaba en ruinas, pero habían conseguido una licencia para hacer el videoclip. A veces el ayuntamiento dejaba ese edificio para rodar anuncios, así que subimos por las escaleras hasta llegar al ático. Todo estaba lleno de polvo. Los instrumentos andaban en el suelo. Algunos músicos se colgaban para colocar los cables.
Sebastián se acercó a Ciro, que estaba de espaldas, probando los acordes de un pequeño ukelele. Me puse detrás de un foco, en la oscuridad podría pasar desapercibida.
Sebastián vino a buscarme y me dijo:
—No te quedes ahí aislada. Ven conmigo. Quiero presentarte.
Me agarró la mano con fuerza y orgullo. Tragué saliva. Nunca me había imaginado que mi amor me presentaría a mi ex. Ya no podían pasar más cosas en mi vida más surrealistas.
—Aquí estoy bien, de verdad —le dije para que no insistiera.
No quería que Ciro me viera, también por él, no me gustaba que se sintiera en desventaja. Sebastián me dijo:
—¿Sabes? No va a venir el chico de Twitter. Le hemos invitado, pero me ha dicho que no quiere conocernos. Que el trabajo está hecho. Y que movamos la canción sin él.
—Vaya. Debe de ser un tipo raro.
Cuando mi cabeza iba a insultar a Ciro, Sebastián me explicó:
—Nos ha dado un cheque de 4.000 euros.
—¡Qué dices!
—Dice que eso cubrirá gastos. —Y añadió—: Y ahora quiero dar una parte a Ciro y no me lo quiere coger.
—Vaya. Muy honesto por su parte.
Mi corazón habló en alto. Sintió orgullo hacia el Ciro que conocí. Por primera vez le vi como entonces. Y me gustó mucho.
En ese momento la luz del foco que estaban colocando incidió en mi cara. Y Ciro me divisó. Se acercó hasta nosotros. Yo temblaba como una fan esperando su autógrafo, no quería que dijese que nos conocíamos. Hubiera quedado como una mentirosa, y mi relación estaba en juego.
—Te voy a presentar a mi chica —dijo Sebastián de forma orgullosa.
—Un placer, ¿tu nombre?
—Belma.
—Es original.
—Sí, mi madre se empeñó, no sé por qué me lo puso. Soy la única de mi casa que no tiene nombre de planta —dije riéndome.
—Tenía muchas ganas de que os conocierais —dijo Sebastián.
—Un placer. Si me disculpáis, tengo que probar el sonido. —Y añadió—: Espero no fallarte, Sebastián, va a quedar espectacular.
—Estate tranquilo y haz que la piel se nos erice.
Ciro cogió una púa y tomó entre sus manos el bajo. Su sonido era estremecedor. Lo que vivimos esa noche, jamás lo olvidaremos.
Sebastián me daba fuertemente la mano, mientras Ciro no dejaba de mirarnos mientras tocaba. Creo que en esa canción dejábamos escapar el rencor de estos años. Sabía que era la última vez que nos veríamos. No puedo decir que fuera un momento agradable. Sentía que mi cuello estaba tensionado.
Ciro entonaba el estribillo cerca del micrófono: «Este chico no va a ser feliz sin tus caricias. Este chico le encantaría que volvieras a pisar su campo minado».
—Esta parte ya le he dicho a Ciro que es un poco nostálgica, pero me dice que eso le da más fuerza a la canción.
—La verdad es que es dura.
Cuando terminó de tocar, se acercó al micrófono y dijo:
—A ti que vives en mí.
Sus ojos penetraron con tal fuerza que mis piernas se tambalearon como un bolo de bolera. Fue una noche bonita, una noche mágica envuelta en ruinas de hotel que jamás olvidaré.
Sebastián se quedó por un momento pensativo. Pero enseguida dio la orden de recoger todo el equipo y nos marchamos de allí. Nunca más hablamos de aquella noche.