Capítulo 4

 

Dejé a Marcos en su casa. Y me despedí de él con la ventanilla bajada.

—Mañana más y mejor.

—No olvides ser puntual, desastre —gritó desde la acera.

Aparqué el coche en el garaje y cogí el metro. Quería ir a ver a mi madre y a mi hermana Delia. Vivían muy cerca de la plaza de la Independencia, en la calle Pedro Muñoz Seca. Una calle sin ruidos, sin bullicio y tranquila.

Delia era soltera y vivía junto a mi madre en la casa que había pertenecido a mis abuelos. Tenía una balconada grande donde a veces se asomaban para verme pasar con mi coche de espía-ciudad.

Antes de subir, pasé por delante de la tetería que habían abierto hacía muy poco y esperé a que un vecino subiera su maleta. Aproveché para hablar con el dueño y mostrarle mi trabajo. De vez en cuando sacaba algo de dinero haciendo fotografías para Google, integrando un tour fotográfico de 360º dentro de su aplicación de Google Maps, utilizando la tecnología Street View. De esta manera el negocio tendría más visitas. Husmear como un ratón en la vida de los otros siempre me ha parecido de lo más gratificante y encima que me pagaran por ello era una oportunidad que no podía dejar perder.

Que cualquier persona desde cualquier parte del mundo pudiera visitar su negocio era un punto fuerte que debía destacar durante mi charla, y así lo hice. Conseguí un cliente más y llamé al telefonillo.

—Subo, soy Belma.

Mi madre estaba en la cocina haciendo una tarta de manzana. Como todos los días que subía a verla, me dirigí al perchero y cogí el sombrero marrón con el ribete rojo que tenía para todos mis encuentros con ella. Esta vez no estaba allí. Lo habían cambiado de sitio.

—Delia, ¿dónde está?

—Lo metí en la lavadora y ahora está tendido.

—Intenta hacer esa operación los fines de semana, pero no los miércoles, que sabes que es cuando vengo a ver a mamá.

—Lo siento. Es que estaba tan sucio que andaba solo por la casa.

Fui al tendedero, el sombrero estaba allí cogido con dos pinzas de colores. Fui al baño con él y le quité la humedad con el secador de mano. Me hice una coleta y me lo coloqué para entrar en la cocina.

—Hola, hija, estoy haciendo una tarta de manzana. La favorita de papá.

—No sería para tanto.

Intentaba siempre mostrar una actitud fuerte de cara a los otros, para no sentir mi propio derrumbe. Yo era la única que no había vivido tantos momentos con mi padre, y que de vez en cuando me dieran pinceladas de su vida hacía que me acercara a él.

Me senté en la encimera y robé un colín.

—Necesito que subamos un momento al trastero. Voy a colaborar otra vez con el rastrillo benéfico. Ya sabéis, con las British Ladies.

—Otra vez vas a colaborar con las damas de trastos viejos —dijo Delia.

—No seas así, Delia. Todo el dinero que recaudamos va para la comunidad. Me divierte ayudarlas, y que me cuenten cosas de Londres.

—Que fijación con Londres, cariño. Podías haberte ido con tu hermana y tu sobrino —dijo mi madre.

—No me hubiera importado. Y mira, Sebastián encantado, porque allí están los mejores artistas.

—En mis tiempos no teníamos esa obsesión por viajar que tenéis ahora. Recuerdo un viaje que hice con tu padre a Helsinki a un congreso de médicos. Verle allí frente al estrado hablando a todos. Me sentía tan orgullosa de él.

—Venga, subamos, que se me hace tarde —dije para cortar todo sentimentalismo. Sabía que le estaba haciendo daño. Pensar en algo que ya no está nos hace vulnerables ante los otros.

Mi madre se quitó el delantal y abrió el segundo cajón para coger la linterna. Delia cogió la llave del trastero. Salimos de la casa y tomamos el ascensor transparente.

La puerta tenía una cadena oxidada con un candado. Delia empujaba con el pie mientras forzaba el cierre con la mano.

—¿No te valdría con algo de mi ropa usada, hija?

—Mamá, me apetece llevarles algún mueble, si puedo encontrar la vajilla china, o las copas de la abuela que trajo de Praga.

—Hace tanto que no subimos, que a saber si no está lleno de ratas —dijo mi madre.

—Yo esos mercadillos es que no los entiendo —dijo Delia. Y añadió—: Ponerte zapatos usados con plantillas corroídas no es algo que me anime a comprar.

—Ves todo negro, hija. Desde luego, a tu padre no has salido. Él era optimista, veía siempre el azul del cielo intenso, aunque lloviera.

—Delia, tiene razón mamá. Yo no sé cómo eres auxiliar de dentista. Bueno, yo creo que te ven y ya les entra el pánico. Te llamarán a escondidas la agorera de la clínica. Llamarán y, si ven que estás tú, anularán cita.

—Muy graciosa, Belma —dijo imitándome.

—Basta, niñas.

Entramos en el trastero. El polvo se levantaba a medida que íbamos andando. Un montón de sillas viejas con el mimbre roto formaban una torre. Una coqueta con un espejo roto aprisionaba la entrada.

—Todo está viejo, Belma. Aquí no puedes sacar nada para tus amigas.

Me giré hacia la sala abuhardillada y vi un mueble escondido tras las cajas de embalaje, se distinguía lo que parecía una cómoda. Un viejo mueble descolorido que desprendía un sinfín de polvo. Me tapé con un pañuelo la boca para poder acercarme hasta él. Despejé el lugar. En ese rincón faltaba el aire, y comencé a tocarlo manchándome los dedos. Sentía una paz interior que me iba llenando por dentro. La madera estaba carcomida por el paso de los años. Las zonas que mantenían el color denotaban un tono granate. Lo olí y su aroma me trajo el olor a vida, a infancia, a tierra mojada, a viejo, a nostalgia. Todo se agolpó en mí y corrió como los caballos que se desbocan.

Sus patas tenían forma de espiral, parecía que sujetaban un viejo imperio. Tenía un montón de cajones con números alternos: 13, 38, 68, 57, 12, 6. Abrí uno al azar y me quedé con el tirador en la mano. Había que trabajarlo mucho, pero no importa cuando las cosas enamoran. Era perfecto. Algunos números se habían desdibujado por el paso del tiempo. Hay muebles que no pueden estar en un trastero porque es como apartar una vida de tu lado.

—Mamá, es precioso —dije entusiasmada.

—Qué distintas somos, Belma, yo lo hubiera bajado ahora mismo a un contenedor, y así subía la mesa de ordenador —dijo Delia.

Mi madre sonriendo y acariciándolo con sus manos finas, mientras que yo ponía esa cara de «me lo llevo».

—Belma, cariño, prometí a tu abuela que nunca abandonaría esta casa.

—Mamá, vamos a cumplir su palabra. Te prometo que jamás me desharé de él. No será para las British Ladies. Necesita un barnizado, un buen lijado. Parece que fue rojo, pero está muy descolorido.

—Si queda en la familia, perfecto. ¿Y para las damas?

—No sé, todo está tan viejo.

—Compra algo nuevo. Ahora cuando bajemos te daré algo de dinero. Alguna bisutería guardada tengo también.

—¿De tus guateques locos?

—Siempre iba acompañada de tu padre y decía que no eran sitios para mí. La mujer de un médico no podía ir a guateques. Papá decía que era un sitio con música ruidosa, con mucha gente que no respetaba a sus padres.

—Entonces, ¿qué hacías?

—Nos divertíamos mucho juntos, paseábamos por El Retiro.

—Eras tan clásica. Hablas como si los guateques fuesen orgías de la época —dije sonriendo.

—Cómo eres.

 

 

Mi madre era una mujer tranquila, había pasado la mitad de su vida unida a mi padre, y no era como las demás mujeres. No tenía un grupo de amigas. La verdad es que no me podía imaginar a mi madre de confidencias con ninguna. Tampoco le gustaba demasiado la televisión y rara vez pedía ir al cine. Su pasión era la cocina y los grandes paseos. Un único novio en su vida, mi padre, ama de casa y madre fiel a sus tres hijas. Una vida dedicada a todas nosotras.

Las tres éramos muy diferentes. Quizás la más parecida a mí era Azucena. Nos llevamos solo dos años y medio. Tenía esa visión de la vida por cambiar las cosas, inquieta y, desde luego, cuando la crisis la comió de un bocado, decidió largarse a trabajar de camarera a un hotel en Londres. Allí se enamoró de un inglés lechoso y tuvo a nuestro único sobrino, Mateo, que ahora tiene seis años.

—Mamá, quiero ir contigo a la siguiente revisión.

—La tiene el miércoles a las diez de la mañana —dijo Delia.

—Iré con ella. Quiero hablar con el médico.

—Como quieras, hija.

La casa estaba silenciosa, un reloj de pared marcaba las horas. Me gustaba airear la casa y abrir las ventanas. Al menos, ya que no entraba música, que lo hiciera el sol.

Cuando era adolescente me escapaba a La metralleta a comprar vinilos que luego revendía con mis compañeros de colegio. Mis hermanas nunca pusieron el tocadiscos. Todavía recuerdo cuando tenía trece años. Me acerqué a mi madre con un disco de Wham! y le dije:

—Quiero que lo escuches conmigo.

Mi padre salió con su bata blanca y levantó la aguja del tocadiscos.

—¿No te das cuenta que aturde a tu madre?

—Pensé…

—No has pensado. Si lo hicieras, no pasaría esto.

Así que alguna tarde me hacía la remolona y acudía a casa de mi amigo Jairo a escuchar la música. Allí me sentía libre. Fumábamos y escuchábamos todo lo nuevo que sonaba en ese momento. Huir de la prohibición te llena el estómago de mariposas.

Cuando me independicé, lo primero que compré fue una cadena musical. Ahora nadie controlaría mi vida. Fue el símbolo de libertad en mi casa. Eso e ir desnuda del salón a la cocina.

 

 

Antes de pasar por casa, tenía que hacer algo de compra. No me quedaba nada en la nevera. Compré cuatro yogures Vitalínea y una bolsa de cruasanes pequeños para el desayuno. Todo en mi vida era una contradicción.

Llegué a casa y puse a Flamenco Fuel. Sebastián me los había presentado en una fiesta y la verdad es que sonaban muy bien.

Me fui a la ducha, necesitaba correr el agua por mi cabeza y desconectar de un día de trabajo. Al instante Sebastián se quedó colgado en mi telefonillo. No paraba de llamar. Salí pegando un salto, con el pelo a medio enjabonar y poniéndome el albornoz de mangas cortas.

Sebastián entró como un huracán en mi casa. Solo ha entrado así el primer día que nos acostamos juntos. Ni siquiera pude enseñarle la casa, me llevó directamente a la cama. Algo importante tenía que ser para no respetar nuestro horario de cena.

—¿Qué pasa, cariño? —dije asustada.

—Cambio de planes.

—¿No íbamos a cenar?

—Quiero que leas algo. Abre el portátil.

—Me senté y leí unas líneas sin sentido en un mensaje privado descuartizado de Twitter.

 

Hola, Sebastián: Esto es un mensaje de vida o muerte, sé que eres productor, que trabajas en Abril Producciones. Y quiero que alguno de los grupos que tú produces me haga una canción para una chica que estoy buscando desesperadamente.

 

—De verdad que hay gente que tiene mucho valor. Pero ¿tú que pintas en esto?

—¿No te das cuenta, Belma? Ni siquiera puedo manejar esta historia. No puedo ayudarle. Todos estamos atados de pies y manos.

—Calma y explícate.

—Todo productor es un músico frustrado.

—¿Y bien?

—Desde fuera, antes de entrar a trabajar, te imaginas al productor como el hada madrina de los músicos, y no es así. Crees que puedes ayudar a chavales que empiezan y lo que haces es romper sus ilusiones.

—Creo que te menosprecias, Sebastián. A mí me has enamorado con tu dedicación al trabajo. Me encanta cómo siempre luchas porque la grabación sea perfecta.

—Me paso el día escuchando cantantes, a veces haciendo de técnico para ellos, pero luego no puedo colarlos en salas importantes, porque no tienen un millón de seguidoras, que solo se consiguen entrando en televisión.

—Mira, Sebastián, cuando hago fotos, me encantaría ser Korda, y hacerlas de verdad alucinantes, pero no lo soy. Pero puedes aspirar a serlo. Al menos intentarlo cada día.

—Eso es. —Y añadió enfurecido—: Esta semana metí al nuevo grupo que llevamos, Club Collection, en la Sala Heineken.

—No me dijiste nada.

—No quiero aburrirte, y además vine muy enfadado de allí.

—¿Qué pasó?

—Teníamos que llevar a nuestro público para que pagaran en la entrada. Nosotros llevamos a tres del equipo y el hermano de uno del grupo. Y al terminar sacaban el medidor de decibelios. Perdimos nuestra apuesta. Los aplausos son comprados. ¿Comprendes?

—Sí, cariño —le dije acariciando el pelo.

—Yo era un soñador, componía con una guitarra y un ordenador. Un día decidí que era hora de buscar trabajo y conocí a los de Abril Producciones, al principio luchábamos por los sueños, hasta que montaron el sello discográfico. Y creo que ahí perdimos nuestra esencia.

—A veces creemos que los trabajos son patios de recreo, Sebastián. Y un día hay que crecer. De hecho, te vas a reír, pero una de las cosas que me gustaron de ti es que tenías todo tan claro. Eras un hombre.

— Pues creo que no lo soy tanto.

—Me estás asustando.

—Siento que soy el que elige la música base y anima a gente a hacer demos que luego no se escuchan. Nos pasamos el día mandando maquetas a Finlandia para la masterización. Pero… ¿en qué se ha quedado la música?

—No te entiendo bien.

—Acabo de presentar mi dimisión, mediante correo electrónico. Ya no más conciertos en Moby Dick, ni en Sala Heineken, ni Caracol ni ninguna con ellos. Quiero ser un tándem con el músico. Crecer juntos.

—¿Estás seguro?

—Lo he visto con este chico. Me ha hecho ver que la gente busca música para dar un giro a su vida. Y yo estaba vendido —dijo con los ojos llenos de rabia.

—Espera…

—No hay esperas, Belma. El otro día leí la historia de un tipo que ha conseguido 66 millones de dólares para un montón de startups en Estados Unidos con tan solo ventimuchos años. El tío seguro que dijo «hasta aquí».

—Te pones listones muy altos. Salen las historias triunfadoras, pero no ves lo que hay detrás, las que fracasan.

—¿Vienes conmigo, Belma?

—Hasta el infinito y más allá.

—Voy a buscar jóvenes interesados en la música. Y los produciré por mi cuenta. No me importa que haya chicos que tengan un micrófono casero, que luego metan una batería. Que grabemos un long play o que yo mismo les tenga que pagar los noventa euros para Finlandia —gritaba entusiasmado por toda la casa.

—¿Y?

—Desde ahora soy un hombre nuevo. Voy a ser productor indie.

—¡Ay, por Dios!

De la noche a la mañana, mi amor, mi ser seguro, la barca donde remábamos juntos iba a naufragar. Se había convertido en un loco, apasionado, pero loco. Yo ya estaba medio loca por no dejarle en ese instante.

Cuando parecía que la tranquilidad volvía a reinar, porque le vi abrir la nevera y abrirse una cerveza, el barco volvió a moverse de un lado a otro y sentí el mareo.

—¿Para cuándo nos mudamos?

—¿Qué? —dije pegando un grito como cuando ves una cucaracha.

—Quiero empezar contigo desde cero. Quiero jugármela contigo.

Mi cara lo decía todo. Mis rodillas temblaban. No articulaba voz, y en mis ojos debía de vislumbrarse el vértigo.

—Tienes miedo, Belma.

—Mucho.

—Me encanta —dijo cogiéndome de la cara y dándome un largo beso.

Nunca había sido tan directo. Entonces me vino a la mente una frase de la novela de Frédéric Beigbeder: El primer año, se compran los muebles, el segundo se cambian los muebles de sitio y el tercer año se reparten los muebles.