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La carta

Sara no podía dejar de mirar los documentos que Nicco le mostraba cada vez que pasaba con sumo cuidado las páginas de aquel antiguo ejemplar. Ante sus ojos iba descubriendo las cartas, las reflexiones, las confesiones, los deseos más profundos del puño y letra de los dos amantes, Veronica Franco y Tintoretto, la historia de un amor prohibido y secreto. La asesora rogó a Nicco que le tradujese algunos párrafos, que le explicase, que le contextualizase todo lo que le ayudara a entender aquella relación con la que ella misma se sentía cada vez más identificada. El guía turístico intuyó el pensamiento de la joven española, aquella mujer buscaba algo más de lo que pudiera leer en esa correspondencia privada. Y así, Fiore comenzó a leer y traducir parte de las cartas y de los poemas de la Franco en los que la cortesana hablaba abiertamente de sus artes amatorias.

Quando le avrai imparate bene, e così facendo, potrò darti un tal piacere che tu possa sentirti soddisfatto e ancora di più innamorato —leyó Nicco y a continuación, tradujo—: «Cuando las hayas aprendido bien y al hacerlo, podré darte tal placer que te sientas satisfecho y aún más enamorado».

A medida que Nicco le iba traduciendo y contextualizando los años en los que la cortesana escribía y plasmaba su yo más íntimo, Sara comprobó con cierta alegría que Veronica estaba orgullosa de su condición de mujer independiente, autodidacta, que no sucumbió ni se quebró en el mundo de hombres en que la había tocado nacer. La Franco estaba orgullosa de ser cortesana, no permitía que nadie la humillase, no lo consentía.

La vergogna sta nella superbia di chi compra, esta es magnífica, escucha: «La vergüenza está en la altivez de quien compra».

Ella era la amante, la otra, a la que pagaban, a la que acudían los esposos cuando huían de la rutina de sus matrimonios concertados. Sara se reconocía en cada una de las palabras, en las confesiones de aquella mujer. Ella también era la otra, la tercera en discordia, pero en su caso Sara mendigaba el amor de Pelayo. Veronica no limosneaba, porque hasta el mismísimo gobierno de Venecia se arrodillaba ante ella.

Da la vostra infinita cortesia. Benche convien a l’Amor ch’io vi porto che da voi ricompensa mi si dia poi ch’a servirvi io son pronta ad ognihora: «De vuestra infinita cortesía. Aunque convenga al amor que os traigo, me deis recompensa. Ya que estoy lista para serviros a cualquier hora».

Sara descubrió cómo había nacido la relación entre Veronica y Tintoretto y cómo su pasión y admiración perduró durante años. Venecia, la ciudad que ambos veneraban, también fue su testigo. En sus calles, en los barrios rojos, en las grandes cenas del Palacio Ducal se hablaba, se detallaba la relación entre Il Furioso y la cortesana honesta. Toda Venecia reparó en que aquella pasión desenfrenada se había ido reforzando, creciendo durante décadas. Tintoretto y Veronica se convirtieron en los máximos exponentes de la ciudad de los canales, eran el orgullo de la República Serenísima, y solo en una ocasión la Franco se vio obligada a abandonarla. La peste asolaba la ciudad, el número de muertes se multiplicaba cada día y la esperanza de vida de los ciudadanos venecianos disminuía a cada segundo. La cortesana prácticamente tuvo que ser obligada a abandonar su palacete, del que apenas salía por miedo al contagio. Sus patrocinadores, incluso el gobierno de la Serenísima, le impusieron que huyese de aquella pandemia que estaba diezmando la grandeza de Venecia. La perla del Adriático no podía prescindir de su mayor joya, su integridad y salud estaban por encima de sus deseos. El dolor que sintió la cortesana con aquella huida para salvar su vida quedó reflejado en cada uno de los renglones que escribió desde la distancia.

Nessuna dolcezza può alleviare la mia amarezza per il dolore che mi ha causato lasciarti indietro. Oh, patria tanta amata ... E maledico l’infelice giorno, che di lasciarti avennemi; e sospiro la lenteza del pigro mio ritorno: «Ninguna dulzura puede aliviar mi amargura por el dolor que me causó dejarte atrás, oh, patria tan amada ... Y maldigo el infeliz día en que te dejé y suspiro por la lentitud de mi perezoso regreso.

Habían pasado horas desde que Sara irrumpiera en el corazón de la Scuola Grande di San Rocco de la mano de Nicco. El guía estaba disfrutando tanto como ella de cada uno de aquellos documentos salvaguardados como oro en paño por la fraternidad. Así que había solicitado ser sustituido por uno de sus compañeros en las siguientes visitas que tenía programadas. Pocas veces se encontraba con una turista sedienta por conocer los secretos más privados de Tintoretto y, hasta aquel día, nadie le había preguntado por su gran pasión oculta, más allá de los lienzos. Nicco concedió el permiso a Sara de ser ella misma la que buscase lo que quisiera. Se había ganado su confianza. Y se deleitó observando con detalle el perfecto perfil de aquella mujer y esa delicadeza que mostraba al acariciar con sus manos aquellas páginas, las pasaba como si temiera romperlas o dañarlas. Entendió su temor. Aquellos documentos, que habían sido protegidos durante siglos y que hacía demasiados años que no veían la luz, era lo único que podía demostrar la veracidad de aquella historia de amor entre el pintor más consentido de Venecia y su cortesana más deseada.

Tras haber leído y traducido un buen montón de párrafos y de versos, Nicco interrumpió su tarea para indicarle a Sara que necesitaba beber un poco de agua. La asesora le pidió permiso para seguir buscando en aquel vetusto ejemplar. Nicco asintió divertido, estaba expectante por ver qué más pretendía encontrar aquella guapa española entre aquellos ancestrales papeles clasificados. Tras saciar su sed la dejó sola. Había recordado un documento que estaba seguro haría las delicias de una Sara que a aquellas alturas ya sabía tanto como él mismo de la gran Veronica Franco. Se puso a rebuscar en los grandes archivos que copaban los laterales de aquella majestuosa estancia. Encontró lo que buscaba y con sumo mimo y tacto volvió a la mesa y se lo mostró a Sara: era una carta manuscrita.

—Te la voy a leer, disfruta. Jamás la olvidarás —le dijo enseñándosela a Sara.

Ella miró fijamente a Nicco, lo hizo con la misma cara que tienen los niños en su despertar tras la mágica noche de Reyes Magos. Había reconocido la letra, coincidía con alguna de las cartas que había visto con anterioridad, era la letra de Jacopo. Nicco no quiso retrasar más el momento y comenzó a traducir:

—«A mi querido hijo, Domenico: Estando ya en el ocaso de mi vida, debo confesarte uno de esos pecados del pasado por los que siempre me has preguntado. Un pecado, bendito pecado, que jamás fui capaz de confirmarte a pesar de tu insistencia. Mi tozudez y el respeto con el que siempre he tratado a vuestra madre me impedía reconocerte lo que siempre temiste y que tu desaparecida hermana Marietta selló y ocultó con su silencio hasta el final de sus días. Hoy, en la oscuridad de mi estudio y repasando los años más fructuosos de mi existencia, quiero confesarme y hablarte de la extraordinaria mujer que me volvió loco, a la que amé hasta que el destino me la arrebató. En verdad, nos la arrebató a mí y a Venecia, la ciudad que la amaba sobre todas las cosas. Y lo hago aquí, en el mismo estudio en el que pinté tantas veces su cuerpo desnudo, en el que recorrí cada poro de su piel en intensas e inolvidables noches de pura lujuria. Cada rincón de esta estancia me sigue recordando a ella, sus risas, sus gemidos, su pasión por la lectura, por la escritura, por la vida. Mil veces me preguntaste si era Veronica Franco la autora del poema de amor que de vez en cuando me pillabas leyendo y que yo guardaba siempre conmigo, y mil veces te lo negué. Pero sí, se trataba de ella. Esas palabras son de ella, fui yo quien las inspiró. Era una criatura inmensa, era la poeta de Venecia, la cortesana de Venecia, el orgullo de nuestra ciudad, pero sobre todo era mi pasión. Mi pasión prohibida».

Nicco se calló. Hacía unos minutos que Sara se había levantado de su cómoda silla y se encontraba frente a uno de los grandes ventanales de la Escuela. Fuera de aquella estancia aún no era noche cerrada, pero la oscuridad comenzaba a apoderarse de los sinuosos callejones y canales de la ciudad. Las farolas de la plazoleta ya estaban iluminadas y en la iglesia de al lado las campanas repicaban, llamando al último oficio del día. Nicco observó con ternura que Sara se limpiaba las lágrimas que recorrían su rostro con el pudor propio de las mujeres que no quieren mostrar sus sentimientos a un extraño. La asesora, con la voz quebrada y sin girarse, solicitó al guía que continuase con aquella lectura que le estaba descubriendo una gran historia de amor, esa que ella nunca podría tener.

—«Sí, Doménico, ella fue y sigue siendo mi amor prohibido, la pasión que alimentaba mi obra, mi existencia. Muchos fueron los que la poseyeron, su fama atravesaba fronteras. Todos querían ver y disfrutar del tesoro más codiciado de la Serenísima. Sonrío cada vez que recuerdo como después de cada uno de sus servicios nos encontrábamos de forma furtiva. Sonrío de igual manera rememorando el día en que le mostré el retrato que sin ella saberlo, le había hecho. Aparecía poderosa, sensual, insultantemente bella, mostrando sus senos, mirando con esa quietud y con la sabiduría que la caracterizaban. Por ese cuadro me ofrecieron cantidades jamás imaginadas, pero solo ella podía ser su dueña. La obra encandiló al mismísimo Enrique III y no era para menos. Ella jamás quiso desprenderse de aquel lienzo, pero los deseos de un rey siempre prevalecen sobre los deseos de los plebeyos. Jamás perdimos el contacto, jamás dejamos de amarnos, de desearnos, de admirarnos. Pero nada es eterno, ni siquiera en Venecia. Nadie está a salvo de los malos pensamientos ajenos o de las malas artes de aquellos que envidian la independencia, el poder, la libertad. Un ser indeseable, que no el destino, quiso que aquella elegante y distinguida dama, mi musa, fuese denunciada ante la Santa Inquisición, acusada de practicar la brujería. Debes recordar aquellos días. Venecia estaba como huérfana, yo mismo me encontraba como un león enjaulado. Durante días esperamos a que se celebrara el juicio público al que fue sometida en el Palacio Ducal. Un juicio que pasó a la historia. Solo los que estuvimos presentes, llegando a rezar por su vida, fuimos testigos de cómo habló aquella inmensa mujer. Sus palabras fueron su carta de libertad. Desde aquel día, ella se dedicó a amarme y a proteger a los más desfavorecidos. Un día, su vida se apagó y con ella parte de mi vida. Disculpa mi franqueza, querido hijo. Disculpa mis mentiras, pues no fueron con mala intención, quise evitar el dolor que te podía causar. Quiero que sepas que tu madre siempre supo de mi exaltación y jamás me lo reprochó. A ella siempre le guardé su sitio y jamás la avergoncé. Hoy, quiero contare que, años más tarde, cuando el amor de mi vida me confesó que el rey de Francia tenía en su poder el retrato con el que la agasajé, a pesar de mi furia inicial, la volví a retratar sin ella saberlo. El lienzo lo encontrarás cuando yo haya fallecido y leas esta carta. Busca un pequeño retrato escondido detrás de una de mis mayores creaciones en la Scuola Grande di San Rocco. No permitas que ese retrato salga de Venecia. Tu padre».

Sara se giró sin ocultar el torrente de lágrimas que inundaban su rostro. Comprendió entonces por qué aquel cuadro la había hipnotizado, había conseguido leer más allá de los trazos de pintura. Entendió la historia de aquella mujer que de ningún modo dejó de ser la amante, pero que jamás luchó por ser la primera, nunca lo necesitó. Pero ella no era Veronica Franco. Ella sí necesitaba que Pelayo Arjona le diera su sitio, la reconociese y dejara todo por vivir esa pasión que había comenzado meses atrás. Poco podía imaginar Sara lo que estaba a punto de ocurrir.