El avión anunciaba el próximo aterrizaje en el aeropuerto Marco Polo. Sara interrumpió su lectura y se ajustó el cinturón para inmediatamente buscar en su bolso la invitación que un par de días antes había recibido en su correo. Aquella mañana, la guapa joven había abierto la bandeja de su email en su nuevo y flamante apartamento del centro de la capital. Su vida había cambiado desde que Pelayo había sido elegido candidato a la presidencia del Estado y ganado las Elecciones Generales. Sara había dejado de trabajar, el político le había proporcionado una impresionante vivienda en el barrio más caro de Madrid y una tarjeta de crédito sin límite de la que apenas daba buena cuenta. Se había convertido en la amante oficial de Pelayo, una situación que no buscó, ni pretendió, pero que simplemente aceptó. Le amaba, no podía perderlo.
Sara leyó de nuevo la invitación que firmaba Nicco Fiore, el licenciado en Arte que le había descubierto el mundo más íntimo y privado de Tintoretto y Veronica. Sara se veía reflejada en la vida de aquella fascinante mujer que, un día ya lejano, la había hipnotizado en el Museo del Prado, pero, con el paso del tiempo, había entendido que poco o nada tenían que ver. Veronica siempre fue libre y ella jamás tuvo la fortaleza y el arrojo de la cortesana, por eso aceptó la vida que le había puesto Pelayo Arjona en bandeja. Sara pasaba sus días pendiente de la llamada de su amante y apenas salía de la jaula de oro en la que se había instalado por deseo del actual presidente del país. Desde que abandonara Venecia, no había dejado de leer sobre aquella cortesana a la que admiraba y envidiaba. Sus lecturas estaban guiadas por Nicco, con quien no había perdido el contacto y que se había convertido en el comisario de la novedosa exposición que aquella noche se inauguraba, por todo lo alto, en la Scuola Grande di San Rocco.
La amante de Pelayo había elegido para la ocasión un ajustado vestido negro y un hermoso collar de perlas. No era casualidad, Sara quería presentarse en aquella inauguración como Veronica ante el Tribunal que decidió su destino. Tras aterrizar y pedir un taxi que la llevara al hotel y a la misma habitación que había ocupado con Pelayo, se arregló y se dirigió a la Escuela dando un paseo. Y allí, en la fachada del edificio que albergaba las obras más valiosas de Tintoretto, leyó con orgullo el título de la exposición: Veronica Franco, la pasión de Tintoretto. El orgullo de Venecia.
Le envió un mensaje a Nicco, que salió a buscarla y de nuevo hizo de guía de aquella espectacular mujer, esa vez en exclusiva y antes de que se inaugurara oficialmente la exposición. La ilustró sobre cada uno de los retratos, composiciones y esbozos que durante años había reunido, investigando las principales colecciones privadas y públicas, una impresionante recopilación en la que aparecía la figura o el rostro de Veronica Franco pintada por los máximos exponentes del Renacimiento. Pero sin duda, la pieza central, expuesta en una sala diáfana, escoltada por las grandiosas creaciones de Tintoretto, era el mismo retrato ante el que Sara se había quedado extasiada en la pinacoteca madrileña. El Museo del Prado, atendiendo a la petición de la hermandad, y consciente de la importancia de aquella iniciativa, había cedido el retrato para que, siglos más tarde, regresara al edificio en el que tantas tardes de amor y pasión vivieron ella y su verdadero amor, Tintoretto.
—Sara, ¿recuerdas que, en la carta a su hijo, Tintoretto le ordenó que buscase una obra oculta tras uno de los enormes lienzos de la Escuela? Pues finalmente dimos con ella. Ven.
Nicco tomó de la mano a Sara y guio sus pasos hasta colocarla frente a un nuevo retrato en el que aparecía el rostro sereno y sonriente de la Franco. El comisario de la exposición le narró cómo tras el juicio de la Santa Inquisición, Tintoretto había retratado de nuevo al amor de su vida, pero que en aquella ocasión se lo ocultó para evitar que su imagen acabase fuera de Venecia por el capricho de algún hombre. Aquella imagen resultaba tan hermosa como la primera. Veronica se mostraba triunfal y provocadora, pero en su rostro el paso del tiempo había hecho mella, algo que no pasó desapercibido para Sara.
—Entonces, ¿ella fue sentenciada a muerte?
Nicco, que le había hecho llegar una copia de los documentos históricos que detallaban con exactitud lo ocurrido, le había privado de manera consciente del fallo del Tribunal. Y así, sonriendo, le hizo un gesto a Sara para que le siguiese al archivo donde meses antes le había mostrado las misivas que Tintoretto y la Franco se intercambiaron a lo largo de su existencia.
Sara ocupó de nuevo el mismo lugar de entonces y mientras se cubría las manos con guantes, observó la delicadeza con la que Nicco volvía a depositar otro vetusto ejemplar ante ella. De nuevo, le pidió al joven que tradujese aquellas páginas. Durante las siguientes horas, el ahora comisario de la exposición la hizo partícipe de cómo Veronica Franco fue absuelta de la acusación. No fueron las palabras del rey de Francia las que la eximieron de una muerte segura. Lo que salvó a la Franco fue la libertad y la sinceridad con la que se enfrentó al poder de los hombres de la Serenísima. Un discurso que durante años fue escenificado en toda fiesta, reunión o celebración que tenía lugar en la ciudad de los canales. Sara supo entonces que la cortesana no abandonó su oficio y que su fama siguió creciendo hasta convertirla en una leyenda. Pero la amante de Pelayo quiso saber qué había pasado con Tintoretto.
Nicco estaba preparado para aquella pregunta y, antes de responderla, le recitó parte del alegato que Veronica había entonado frente al Tribunal de la Santa Inquisición.
—«Confieso que soy cortesana y que cambié el amor por el poder... Confieso que prefiero mi libertad, a vivir bajo el yugo al que queréis someterme... Confieso que amo al amor pues no se me está permitido amar a un único hombre... Soy libre y soy la dueña de mi propio destino». Sara..., ¿de verdad es necesario que te cuente qué pasó entre Veronica y Tintoretto?
Aquel alegato provocó que Sara se derrumbase. De eso se trataba. Veronica siempre fue libre porque «el amor a las amantes nos está prohibido. Si amas serán ellos los que escriban tu destino». Eso no impidió que la Franco continuase, hasta el último aliento de su vida, perdiéndose en la mirada de la pasión de su vida, Tintoretto. Sara se dirigió al ventanal de aquella impresionante sala y durante unos minutos permaneció en silencio, llorando. Nicco no sabía cómo interrumpirla y optó por dejarla sola. De repente, el teléfono de Sara sonó, en la pantalla, el nombre de Pelayo y al descolgar, su voz airada:
—Sara, ¿dónde estás? Sabes que no puedes salir sin consultármelo...
Pero ella ya no le escuchaba. A miles de kilómetros de Madrid, Sara colgó aquella llamada y, sin pensarlo, abandonó aquella estancia para bajar de nuevo a la sala. Allí, se colocó, majestuosa y hierática, frente al retrato de Veronica Franco. Y allí, frente a aquella mujer que le había enseñado en qué consistía la libertad, bloqueó para siempre el número de teléfono de Pelayo. Sara se sintió libre y, por primera vez, como Veronica Franco, dueña de su propio destino.