Capítulo 8

 

Cage la vio acercarse. Inclinada sobre el caballo y con el pelo suelto, parecía competir con el viento. Habían pasado tres semanas desde la noche en su despacho, tres semanas de relativa paz. Salvo por las noches, en que no lograba conciliar el sueño pensando en que ella estaba en el cuarto de al lado.

Se apoyó en la pala y contempló a Belle y a su caballo acortar distancias. Esperanza y cautela eran una combinación que comenzó a invadirle y que no le gustó.

Al menos, ella tenía el sentido común de no montar en el caballo maldito. En eso él sería inflexible, la hubiera despedido, independientemente de lo rápido que se estuviera recuperando Lucy.

El caballo era un límite que no permitiría que nadie traspasara.

Cage apoyó la pala sobre la furgoneta y bebió de una botella de agua, esperando. Estaba seguro de que Belle lo estaba buscando.

Ella llegó hasta donde estaba él. Parecía un ser frágil, pero él sabía que detrás de esa apariencia delgada, era toda fibra y nervio.

Belle sujetó las riendas en el espejo retrovisor de la furgoneta y utilizó la mano para hacer de visera. El sol de mediodía era potente.

—Como siempre —comenzó—, eres un hombre difícil de localizar. Sales antes del desayuno y regresas después de la cena.

—¿Dónde está Lucy?

—Emmy Johannson ha traído a Anya para que la visite. Están comiendo. Además, Emmy le va a dar una lección de piano a Lucy.

—Entonces, ¿dónde está el problema? ¿Por qué no has venido en coche? —preguntó Cage, mientras sacaba de la furgoneta un poste y lo colocaba dentro del hoyo que había cavado.

Belle se llevó las manos a las caderas y ladeó la cabeza. Lo miró unos instantes y luego desvió la mirada. Llevaban semanas en aquel plan. Mirándose, pero sin mirarse.

Deseándose, pero sin tocarse. Al menos él.

Golpeó el poste con el pie para ponerlo erguido.

—He montado a caballo toda mi vida —le recordó Belle—. No soy tan tonta de montar a Satén… He visto que por lo menos le dejas correr.

Él odiaba al animal por su procedencia y porque había tirado a su hija, pero no era tan cruel como para dejarle que se pudriera en el establo. Movió de nuevo el poste, sintiendo que no estaba bien colocado.

—Me hubiera gustado que me lo hubieras pedido antes.

—De acuerdo. La próxima vez lo haré.

Ella lo rodeó, apoyó el hombro contra el poste y lo movió.

—¿Está centrado?

Él entornó los ojos y lo comprobó.

—Sí.

Rellenó el agujero y luego fijó la valla metálica al poste.

Ella se echó la coleta a la espalda y sacó un sobre largo y delgado. Cage apenas hizo caso al sobre, hipnotizado por la franja de piel que ella había dejado al descubierto al levantarse la camiseta para sacar el sobre.

—Esto parecía importante. Lo ha traído un mensajero.

Cage sintió que el estómago se le hacía un nudo. Agarró el sobre lentamente, comprobando la dirección del remitente.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Belle tímidamente.

—No —respondió Cage, doblando el sobre por la mitad y metiéndoselo en el bolsillo trasero.

Si tenía que leer otra carta de que estaba cada vez más cerca de perder la custodia de su hija, no quería que Belle Day estuviera delante para verlo derrumbarse.

Pero ella no se movió.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—No.

A menos que le sobraran cincuenta mil dólares para prestarle. Calculaba que eso sería aproximadamente lo que costaría lograr que Sandi retirara su reclamación. O ella aceptaba el dinero para retirarse, o él lo emplearía en abogados para lograr mantener la custodia de Lucy.

—Cage, si tienes algún problema legal, mi familia podría…

—No.

—Entonces, ¿crees al menos que…?

—Maldita sea, Belle, he dicho que no.

—¡Ni siquiera sabes lo que iba a pedirte!

Él suspiró ruidosamente.

—No quiero tu ayuda, ni la de tu familia. No quiero nada de nadie.

Excepto aquel cuerpo que lo estaba volviendo loco. Y era un asunto que cada vez se estaba haciendo más evidente.

—Los Clay van a celebrar una fiesta para celebrar el cumpleaños de mi sobrino Ángel —dijo ella tensa—. Querían que os invitara a ti a y Lucy. Es justo una semana después de la de Lucy.

Él no tenía nada contra Squire Clay o sus hijos, pero no tenía ningunas ganas de estar en una fiesta con su esposa y madre de Belle, Gloria Day. Cada vez que veía a aquella mujer se acordaba de su propia madre y de que el anterior marido de Gloria era el culpable de su situación.

—Si Lucy quiere ir, llévala.

—¿De verdad?

Él asintió. Quería que lo dejara solo para poder leer la carta.

—Vaya —comentó ella, sorprendida—. Esto es maravilloso. Aprovecharemos para nadar un poco. El rancho Doble-C tiene piscina, y…

—Y yo tengo mucho que hacer —le interrumpió él—. Así que, ¿por qué no regresas a hacer aquello por lo que te pago?

Ella elevó ligeramente la barbilla.

—Sigue ensayando tu papel de ogro, Cage. Un día de estos lo habrás asimilado tan bien que ya formará parte de ti —le espetó, agarrando las riendas y subiéndose al caballo.

En cuanto hubo desaparecido, Cage paseó la vista por el terreno. Cuando lo heredó, el Lazy-B no era más que un trozo de fango con el que su padre había logrado sobrevivir a duras penas. Pero él lo había convertido en un rancho excelente, por el que le pagarían un buen precio si quería venderlo. Había recibido multitud de ofertas, sobre todo de los Clay, que tenían la mayor propiedad de todo el estado.

Pero él no quería vender el rancho.

El problema era que aún menos quería perder a su hija.

Sacó el sobre del bolsillo. Esa vez lo había entregado un mensajero.

Se sentó junto a la camioneta y agradeció que no hubiera nadie para advertir que le temblaban las manos al abrirlo.

La carta era breve y muy clara.

Sandi no le había engañado. Los Oldham querían que Lucy formara parte de su familia. Como él no había cedido a la petición de Sandi, ella había recurrido a sus padres, que eran ricos e importantes, para conseguirlo. Y la petición a nivel personal de ver a su nieta, que él siempre les había negado, se había convertido en una batalla legal por su custodia.

Cage apoyó la cabeza en la furgoneta y cerró los ojos. Aunque vendiera el rancho, no podría competir con la docena de abogados de los Oldham. Ellos eran una de las familias más poderosas y ricas de Chicago, con una reputación que mantener. Justo todo lo que Sandi despreciaba cuando tenía veinte años. Ella le había advertido de ello cuando se oponía a decirles que estaba embarazada. Pero a él le había parecido más importante enfrentarse a la reacción de sus padres que permitir que ella abortara.

Estaba claro que en aquel momento, Sandi estaba aprovechándose de todo lo que antes despreciaba de sus padres. Cage se frotó el puente de la nariz. Quizás debería agarrar a Lucy y salir huyendo.

Pero él no era de ésos. Por algo se había quedado con el rancho, asumiendo la responsabilidad y las tareas cuando apenas era un adolescente.

Lucy se merecía los privilegios de ser la única nieta de los Oldham, pero él no podía quedarse a un lado sin pelear.

—¿Cage?

Él se puso en pie de un salto y guardó el sobre y la carta en la caja de herramientas. Belle estaba allí y él no la había oído llegar. Supo que no le había dado tiempo de llegar a la casa y regresar.

—¿Se te ha olvidado algo? —preguntó él.

Belle desmontó y volvió a sujetar las riendas en el espejo retrovisor.

—He pensado que Lucy no habría terminado aún la lección de piano. Y además, no le vendrá mal estar un rato a su aire con Anya. ¿Hay más guantes en la caja de herramientas? No quiero llenarme las manos de astillas —dijo, señalando los postes en la furgoneta.

Él le impidió llegar a la caja de herramientas.

—No quiero tu ayuda.

Oh, pero sí que quería aquel cuerpo. Quería acariciarlo, saborearlo…

Dios. Tenía que ir a Weaver más a menudo. Allí había muchas mujeres que estarían encantadas de pasar un buen rato con él y que no se entrometerían en su vida.

—Sí, eso lo has dejado muy claro —afirmó ella—. ¿Hay más guantes?

Cage frunció el ceño, pero ella no se dio por aludida. Se encogió de hombros.

—Que sepas que si me clavo alguna astilla me será más difícil relajarle los espasmos musculares a Lucy…

Él la echó a un lado, abrió la caja de herramientas y sacó un par de guantes. Y como ella no llevaba sombrero, le puso el suyo.

—Eres insoportable, ¿lo sabías?

—También lo has dejado muy claro, aunque no con esas palabras —replicó ella, echándose el sombrero hacia atrás para que no le tapara los ojos.

Era demasiado grande para ella. Pero estaba preciosa.

—¿Sabes cómo usarla? —le preguntó él, tendiéndole la pala.

A lo mejor así se callaba, y sobre todo dejaba de mirarlo con aquellos ojos castaños que lo derretían por dentro.

Ella puso los ojos en blanco.

—Pues claro —afirmó.

Él agarró uno de los postes y se dirigió al lugar donde iba a clavarlo. Ella lo siguió. En cinco minutos, calculó Cage, ella se habría cansado y regresaría a la casa.

Pero pasaron cinco minutos y ella no parecía dispuesta a marcharse. El suelo era duro y estaba claro que ella no tenía fuerza para cavar el hoyo, pero estaba esforzándose al máximo.

Cage se enjugó el sudor de la frente.

—Dame eso —le dijo.

—Puedo hacerlo —dijo ella, apretando los dientes.

—Tal vez, pero ¿por qué ibas a querer hacerlo?

Ella ladeó la cabeza.

—Quién sabe —murmuró—. Quizás porque necesito probarme que puedo hacerlo.

Levantó la pala y por fin la clavó en el suelo. Levantó un terrón de tierra.

—¡Ja! —exclamó, agarrando un puñado de esa tierra con una mano.

Parecía tan satisfecha de sí misma, que Cage la dejó seguir trabajando. El sudor le corría por la frente cuando cavó un hoyo lo suficientemente profundo para sujetar el poste.

—¿También vas a plantar el poste? —preguntó él, secamente.

Ella negó con la cabeza y apoyó las manos en los muslos.

—No quiero que te sientas un inútil —dijo sin aliento—. Madre mía, qué trabajo más duro. No me extraña que no necesites usar las pesas del granero.

Y diciendo esto, se quitó la camisa y se enjugó el sudor de la cara y el cuello.

Llevaba un sujetador deportivo nada erótico de color gris, pero Cage se quedó sin habla. De pronto, se la imaginó sin nada.

Agarró el poste y lo clavó en el hoyo.

—Y ahora que ya has jugado un rato, ¿qué tal si regresas a tu auténtico trabajo?

«Y me dejas solo con mis imágenes». Después de todo aquel tiempo, no había logrado olvidar la visión de sus pechos perfectos.

Ella se quitó el sombrero y se estiró.

—Todo el mundo necesita jugar un poco de vez en cuando —dijo, y lo miró fijamente—. Incluso tú.

Él gruñó y se concentró en el poste. Si seguía viéndola estirarse como un gato no podría contenerse.

—Vuelve a la casa, señorita Day —dijo en un tono plano, quitándole el sombrero—. Se acabó el recreo.

Ella se lo quedó mirando.

—Quizás si te permitieras jugar un poco podrías dormir por las noches —dijo, subiendo a su caballo.

Mientras se marchaba, a Cage le pareció que ella murmuraba:

—Ogro.