Capítulo 9

 

Su capacidad de movimiento continúa severamente limitada a pesar del notable aumento en el tono muscular y…

Belle dejó de escribir cuando oyó el grito.

Otra pesadilla. Era la tercera desde que ella había ido a buscar a Cage a caballo.

Se levantó rápidamente de la silla de la cocina y se apresuró preocupada a la habitación de la pequeña, aunque sabía que Cage llegaría antes que ella.

Así era. Belle lo observó desde la puerta, sentado en un lado de la cama de Lucy. Se quedó allí unos instantes y luego regresó a la cocina y contempló el informe que preparaba cada semana con el progreso de Lucy. Pero la imagen de Cage con su hija no se le iba de la cabeza.

Unos días antes, había visto a Cage ayudando a Lucy a hacer sus ejercicios. Se había ocultado para no interrumpir aquel maravilloso momento, y también para digerir la emoción que le había causado.

En aquel momento se sentía igual de inquieta.

Necesitaba telefonear su hermana. Llevaban varios días sin hablar.

Su teléfono móvil estaba en su habitación y, cuando iba a subir las escaleras, Cage la llamó desde la puerta de Lucy.

—Quiere que entres —le anunció él.

Belle intentó interpretar la expresión de su rostro. ¿Debía negarse? ¿Debía adoptar el rol de profesional por el que había sido contratada?

Asintió en silencio y se encaminó hacia la habitación de la pequeña. ¿A quién quería engañar? Hacía tiempo que había dejado a un lado su profesionalidad con aquella familia.

Pasó junto a Cage y se sentó en la cama. Lucy tenía el pelo alborotado y estaba sudando. Belle le enjugó el sudor con un pañuelo de papel.

—¿Qué sucede?

Lucy se movió y miró a su padre, que seguía en la puerta. Él comprendió que estaba de más y salió, cerrando la puerta.

Suavemente, con cuidado.

Belle observó a la pequeña.

—¿Te encuentras mal o algo así?

Lucy se había adaptado muy bien a su nuevo estado de ser mujer. Pero Belle no estaba segura de si podía decirse lo mismo de su padre.

—Tengo un calambre en la pierna.

—¿En el mismo lugar que antes?

Igual que habían aumentado las pesadillas, también lo habían hecho los espasmos musculares. Casi cada día la pequeña tenía calambres en las pantorrillas. Lucy asintió y Belle comenzó a masajearle la pierna. Si había tenido un calambre, hacía tiempo que había desaparecido, concluyó al poco de examinarla. Pero siguió masajeándola.

—¿Otra pesadilla?

Lucy emitió un gemido, y de vez en cuando hacía una mueca, para acompañar su fingido calambre.

—¿Quieres contármela?

Por toda respuesta, Lucy giró la cabeza hacia el lado contrario.

—Yo solía tener una pesadilla recurrente —comenzó Belle—, después del accidente.

—¿El accidente en que mi abuela resultó herida?

—Sí.

Acudieron a su mente todos los detalles, pero prefirió ignorarlos.

—Yo también estuve en el hospital durante semanas —continuó—. Afortunadamente, no tuvieron que operarme como a ti.

—¿Cuántos años tenías?

—Trece. Y tuve pesadillas mucho tiempo después de aquello.

Lucy la contemplaba expectante.

—Sin embargo, mi pesadilla no tenía que ver con el accidente. Soñaba que todo el mundo a quien quería caminaba hacia delante y yo no podía seguir su ritmo, no podía dar ni un paso, por mucho que me esforzara —dijo, y comenzó a masajear más suavemente—. Cuando estaba despierta, sabía que mi familia y mis amigos no iban a dejarme de lado, pero cuando dormía…

—¿Y cuándo dejaste de tener pesadillas?

—Cuando empecé a hablar de ellas —respondió ella.

Esperó unos instantes, deseando que la pequeña captara la indirecta. Pero Lucy no dijo nada.

—¿Ya se te ha ido el calambre?

Lucy asintió.

—Me alegro —dijo Belle, tapándola de nuevo con las sábanas—. Buenas noches, cielo.

—Belle… ¿Podrías… quedarte hasta que me duerma?

Belle sintió que se le encogía el corazón.

—Pues claro.

Agarró una silla que había en una esquina de la habitación y se sentó junto a la cama.

Lucy se volvió hacia ella.

—¿Vas a estar en mi fiesta de cumpleaños? —susurró.

—Si tú quieres, sí.

La niña asintió y cerró los ojos. Al momento estaba dormida. Belle esperó un poco y luego salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.

Se acercó al despacho de Cage, pero estaba vacío. Sin embargo, sabía dónde encontrarlo. Fue hasta el porche y lo encontró sentado con las piernas sobre la barandilla.

—Lucy ha vuelto a dormirse —le anunció Belle desde la puerta.

Debía de ser doloroso para él que su hija lo hubiera rechazado dos veces y hubiera preferido confiar en ella.

—Las pesadillas se suceden cada vez más a menudo, ¿verdad? —añadió.

Pasaron unos instantes antes de que él asintiera. Belle no quería que la acusara otra vez de ser una entrometida, pero tenía que preguntárselo:

—¿Le has dicho a su psicóloga que tiene tantas pesadillas?

Él le dirigió una mirada impenetrable y asintió de nuevo.

—Me ha preguntado si voy a estar en su fiesta de cumpleaños —comentó Belle.

Era mejor hablarlo en aquel momento, ya que la fiesta era el viernes por la noche, cuando ella comenzaba sus días libres.

—La idea fue tuya —murmuró él—. Lo menos que puedes hacer es vigilar que todo salga bien.

Belle procesó aquello, contenta de no tener que pelear con él al respecto.

—Así podrás consolarla cuando la fiesta sea un fracaso —añadió él.

—No va a ser un fracaso.

—En esta casa no hay sitio para hacer una fiesta.

—Habíamos pensado usar el granero —dijo ella, registrando su mirada de incredulidad—. Lo digo en serio. Colgaremos globos y guirnaldas por el techo y las paredes. Habrá refrescos y aperitivos. Saldrá bien. De hecho, ha sido idea de Lucy. Ya hemos comprado la decoración. La pondremos en el granero en lugar de en la casa.

Cage se pasó la mano por el pelo con desesperación. Por fin mostraba alguna emoción, aunque fuera disgusto.

—Será lo mejor. Este lugar está hecho un asco.

Belle se mordió la lengua. Si él no le hubiera impedido realizar ninguna tarea de la casa, quizás no estaría todo tan descuidado.

—Una sola persona no puede hacerlo todo —señaló ella.

Cage no respondió, y Belle sintió que ya no tenía nada que hacer allí. Se giró para entrar en la casa.

—¿Y si no viene nadie?

Belle se detuvo.

—Eso no va a suceder, Cage —le aseguró con tranquilidad—. Son amigos de Lucy.

—Pero sus padres no son amigos míos.

Lucy tragó saliva, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—Eso es porque tú no les dejas serlo. La gente habla tanto de ti porque vives apartado de ellos.

—No me gusta que la gente sepa de mi vida.

—Weaver es una comunidad pequeña, van a saber de tu vida te guste o no. Y si no fueras tan… estirado, a lo mejor te sorprendías con la gente. A lo mejor, si tú los aceptaras a ellos como son, ellos aceptarían tu necesidad de privacidad.

Belle cruzó el porche y se sentó frente a Cage.

—Además, a pesar de que tú te mantienes distante respecto a los demás, Lucy no es así. La gente de Weaver se preocupa por ella, y querrán venir a celebrar su cumpleaños. Todo el mundo al que ha invitado ha confirmado que va a venir.

Él no parecía muy convencido.

—Es tarde, deberías estar durmiendo.

Belle se sonrojó.

—Tú te levantas antes que yo. Sinceramente, no sé cómo lo haces. Estaba terminando el informe para enviárselo por correo al traumatólogo de Lucy. De no ser por eso, estaría dormida hace tiempo.

—Tú que puedes —dijo él, apoyando la cabeza en la silla y mirándola con los ojos entornados—. ¿Te ha contado de qué trataba su pesadilla?

Su mirada azul era inquietante. La clavó en los calcetines de ella, a pocos centímetros de sus botas.

Belle encogió los pies y negó con la cabeza.

—Hablará de ello cuando esté preparada. Igual que se esfuerza en la rehabilitación según va ganando seguridad en sí misma.

—Lleva haciendo los ejercicios por su cuenta varias semanas —señaló él.

—Lo sé. Cada lunes, cuando los hacemos juntas, veo su progreso. Aunque aún no es tanto como yo esperaba.

—¿Y qué esperabas? ¿Que estuviera bailando en puntas para el día de Acción de Gracias? —preguntó él, inclinándose hacia delante y pasándose los dedos por el pelo.

Con sólo extender la mano, ella llegaría a tocar sus mechones rubios. Belle se agarró más fuertemente a la barandilla.

—Quizás no para Acción de Gracias, pero ¿por qué no para Navidad? —dijo ella con una leve sonrisa.

Ambos sabían que ella se habría marchado mucho antes de las vacaciones.

—Lleva muletas. Aún no camina sola, pero dado lo que nos dijo el médico después del accidente, que seguramente no volvería a caminar… bueno, creo que es un logro importante —dijo Cage, levantando la vista hacia ella y sonriendo ligeramente.

Belle perdió el equilibrio ante aquella medio sonrisa, y no se cayó porque él le sujetó de la muñeca.

—Lo último que necesito es que te lesiones tú también —murmuró él, y después de asegurarse de que estaba segura, la soltó.

Belle pasó a su lado en dirección a la casa. Aún sentía el calor de la mano de él en su muñeca.

—Buenas noches, Cage —dijo, entrando en la casa.

Estaba a punto de subir al piso de arriba cuando le llegó la respuesta en voz baja de él.

—Buenas noches, Belle.

Ella se agarró fuertemente a la barandilla y se obligó a subir un escalón, y después otro, aunque todo su cuerpo deseaba regresar junto a aquel hombre y romper su armadura.

El deseo estaba empezando a volverla loca.

Llegó a su habitación justo cuando su teléfono móvil empezaba a sonar.

—¿Nik?

—Llevo horas llamándote.

Belle se puso alerta.

—¿Hay algún problema?

—¿Quién ha dicho que haya algún problema? —preguntó Nikki tensa—. Te he dejado varios mensajes.

Belle se tumbó sobre la espalda.

—Lo siento. Dios mío, Nik, no sé qué estoy haciendo aquí. No sé cómo creí que podría… compensar los errores del pasado.

—A Scott le han dado el alta.

Belle sintió que se derrumbaba.

—¿Cómo? Bueno, mejor. Así su esposa no le hará la vida imposible al personal.

Nikki se quedó callada durante un largo momento.

—A ver, hay algo que no termino de entender. Cuando has dicho lo de compensar los errores del pasado, creí que te referías a probarte a ti misma que eres una buena terapeuta. Scott te echaba la culpa de que no podría volver a jugar al fútbol americano…

—Estos días ni me he acordado de Scott —le interrumpió Belle—. He deseado… he estado a punto de… de besarlo, Nikki. Quería probar su sabor, respirar su aliento. Y me ha pasado varias veces.

—Oh, no —comenzó su hermana, consternada—. Por favor, dime que no te refieres a Cage Buchanan.

Belle se quedó callada, esperando que su hermana le dijera lo que ella misma pensaba en su interior: que no debía crear ninguna relación a nivel personal con los pacientes ni con sus familias; que no debía crear ninguna relación a nivel personal con un hombre que odiaba a su padre.

Pero Nikki no dijo nada de eso. Simplemente suspiró.

—Oh, Belle.

Y esas sencillas palabras, pero sobre todo el tono comprensivo, hicieron que Belle se echara a llorar.

—Es un buen hombre, Nik. Y quiere tanto a su hija que es desgarrador y hermoso al mismo tiempo.

—¿Qué vas a hacer?

—No se trata de hacer algo. Él no me ha contratado porque yo le interesara personalmente, sino porque soy una buena profesional. Sólo necesito concentrarme en mi labor con Lucy y todo irá bien —afirmó, pero no sonaba muy convencida—. Y tú, ¿por qué tenías tanta urgencia de hablar conmigo?

—Dejo el trabajo.

—¿Cómo? —insistió Belle, incorporándose en la cama—. ¿Por qué? ¿Álex no quiere darte el aumento de sueldo? Ese imbécil…

—No he llegado a pedirle el aumento —le cortó Nikki.

Belle se dio cuenta de que su hermana sonaba como si hubiera estado llorando durante mucho tiempo. Se maldijo por no haberse dado cuenta antes.

—Pero a ti te encanta tu trabajo… —dijo, y la oyó suspirar—. ¿Nik, qué es lo que realmente sucede?

—Estoy… embarazada.

Belle se quedó perpleja e intentó digerir aquella información.

—¿Belle? ¿Sigues ahí?

Entonces reaccionó.

—¿De cuánto? ¿Estás bien? ¿Has ido al médico?

—De seis semanas. Sí, y sí.

—Madre mía, Nik, ni siquiera sabía que estabas saliendo con alguien.

Su hermana gimió levemente.

—Bueno, es que no estoy saliendo con nadie.

—¿Y entonces cómo…?

—Puedes imaginártelo.

Belle tragó saliva. Su hermana no solía acostarse con el primero que pasaba.

—Mañana mismo voy a verte.

—No, tienes un trabajo que desempeñar.

—Entonces iré el fin de semana. Y no intentes convencerme de lo contrario, Nicole. No estaré tranquila hasta que te vea en persona. ¿Se lo has contado a mamá?

—No, y será mejor que tú tampoco lo hagas.

—Va a enterarse antes o después. ¿Vas a ir a la fiesta la semana que viene? Mamá se dará cuenta de que sucede algo.

—Ya pensaré en lo que voy a hacer la semana que viene cuando llegue el momento. Belle, sólo necesito algo de tiempo para decírselo.

Su hermana había sido siempre la responsable, la de las buenas notas…

—¿Qué pasa con el padre? ¿Y por qué vas a dejar tu trabajo justo ahora que vas a necesitar un seguro médico? A menos… que ya tengas otro trabajo en perspectiva.

—No lo tengo.

—¿Entonces, por qué te marchas? ¿Lo sabe Álex? ¿Por eso deja que te vayas? Existen leyes, Nikki…

—La única persona que lo sabe eres tú. Necesitaba contárselo a alguien o me iba a dar algo.

—Quiero que me respondas a un millón de preguntas.

—Lo sé, pero ¿podemos dejarlas para otro día?

—Sí —contestó ella, intentando captar el alcance de la situación—. ¿Seguro que estás bien?

—Aparte de cansada, sí, estoy bien.

—Te quiero, ¿lo sabes? Independientemente de lo que suceda. Vas a ser una buena madre.

Nikki rió entre sollozos.

—Y tú vas a ser una buena tía.

—Iré a verte este fin de semana —le recordó Belle.

—Buenas noches, Annabelle —se despidió su hermana, y colgó.

Belle se quedó unos instantes mirando el teléfono en su mano, y luego lo dejó a un lado. Se levantó y salió del cuarto. Con tantas cosas en la cabeza era incapaz de dormir.

Fue al granero, puso la música a un volumen bajo y tendió una colchoneta sobre el suelo. Dos horas más tarde, le dolía todo el cuerpo y estaba bañada en sudor. No había logrado dejar la mente en blanco, pero al menos estaba tan cansada que no podía ni pensar. Respiró profundamente y se tumbó sobre la espalda.

Quizás se quedara a dormir allí mismo.

—¿Has logrado acabar con ellos?

Estaba tan cansada que ni se movió al oír la voz de Cage. Lo miró interrogante.

—Los demonios —aclaró él.

—¿Es que tú no duermes nunca? —le preguntó Belle, aunque advirtió que llevaba una camiseta diferente de la de antes.

Él se acercó y le tendió una toalla de las que estaban apiladas junto a las colchonetas.

—Esto es habitual en mí, pero no en ti.

Belle se enjugó el sudor con la toalla.

—Mi hermana ha dejado su trabajo —dijo, y al instante se arrepintió.

Tal vez era mejor haber sido una bocazas con esa noticia que con la otra.

—Ella trabaja en el mismo lugar en el que estabas tú, ¿no? ¿Temes que entonces no te reciban tan bien cuando tu… excedencia termine?

Al diablo con los músculos doloridos. Belle se incorporó.

—Ni siquiera se me había ocurrido —le espetó—. Pero claro, no creerás que yo, una Day, podría preocuparme de alguien que no sea yo misma.

Pasó junto a él rozándolo y él la agarró del brazo.

—Lo siento —afirmó él.

Belle se estremeció. La voz de él era un susurro y, la sujetaba casi rozándole el pecho.

Ella se soltó, contenta consigo misma por no haberse traicionado y, sin mirarlo a él, apagó la cadena de música.

—Yo también lo siento —murmuró ella.

Lo sentía por muchas cosas.

Y salió de allí, dejando a Cage entre todos los aparatos posibles para lograr que Lucy volviera a caminar y a bailar.

Pero en aquel momento, Belle sintió que los que estaban dando sus primeros pasos eran Cage y ella.