Capítulo 10

 

Qué está pasando aquí? Me marcho diez minutos y mira…

Belle le tapó la entrada al granero, riendo.

—No seas tan gruñón. Recuerda que accediste a celebrar la fiesta —gritó ella por encima de la música, sujetándose a su brazo.

El interior del granero estaba iluminado con luces tenues, pero en el exterior la luna llena brillaba en todo su esplendor y Belle advirtió la expresión de él conforme miraba las manos de ella en su brazo. Ella lo soltó e intentó disimular. Llevaba varios días logrando controlar sus impulsos y sus pensamientos sobre él.

Al menos mientras estaba despierta.

—Sólo están bailando. Compruébalo tú mismo —le aseguró ella.

Él observó a través de la puerta entreabierta. Belle esperó, sabedora de lo que iba a ver: Lucy, con muletas y todo, estaba bailando con un chico.

—Es el hijo de Drew Taggart —señaló él abrumado, regresando junto a Belle—. La está abrazando.

—Bueno, sí, en cierta forma sí —admitió Lucy.

Aunque lo cierto era que Evan Taggart parecía tan asustado de tocar a Lucy como ella de que la tocara. El resto de las parejas estaban en la misma situación.

—Lucy tenía miedo de que todo el mundo bailara menos ella —le contó Belle, apoyándose contra la pared y observando la escena—. Creo que lo están haciendo muy bien, teniendo en cuenta que ella va con muletas.

Cage se acercó a Belle sin darse cuenta, demasiado atento a seguir la trayectoria de Lucy y Evan.

Belle se estremeció. Estaba rodeada por él. Y, como le gustó la sensación, decidió ignorarla concentrándose en los chavales. Estaba encargada de vigilar la fiesta, y no podía distraerse con aquel hombre cálido y apasionado a su espalda.

Tenía la boca seca, pero temía que si entraba en la sala en busca de una bebida, rompería la atmósfera entre los adolescentes.

—Trece años ya —murmuró Cage—. Y me parece que nació ayer.

—Crecen muy rápido. Cada vez que me doy la vuelta, mis sobrinos han crecido diez centímetros —dijo ella, girando el rostro y mirándolo.

Él no estaba observando a su hija, sino a ella. Belle se olvidó de respirar. Maldición, llevaba varios días esforzándose para olvidar… ciertas cosas. Pero parecía que no había tenido éxito. Intentó encontrar algo que rompiera aquella intimidad.

—Arnold —le espetó ella.

—¿Cómo? —preguntó él, sin apartar la vista de sus labios.

—Tu nombre auténtico —aclaró ella.

La brisa hizo que el pelo le cubriera la cara. Él le retiró el pelo del rostro.

—Ya te lo dije, es único.

Belle trató de pensar en un nombre único, pero no tenía la mente precisamente clara.

—¿Cómo es de largo?

¿Y por qué el retenía un mechón entre sus dedos? Belle se giró completamente y se quedó de frente a él, poniendo algo de distancia entre ambos. Era muy alto, incluso llevando tacones, ella sólo le llegaba hasta la base del cuello.

—Cinco letras. Tres sílabas —le respondió él, y colocó su mano sobre el hombro de ella—. Estás temblando.

—Es por la brisa —mintió ella, dándose la vuelta de nuevo y contemplando el interior del granero.

La música había cambiado y Evan y Lucy estaban sentados a un lado. Evan le tendía un refresco con expresión de adoración.

Cage no dijo nada, pero se giró y se alejó hacia la casa.

Belle se quedó atónita. De acuerdo, su imaginación había vuelto a jugarle una mala pasada.

Se concentró en los chavales. En menos de una hora comenzarían a llegar a recoger a los chicos. Las chicas iban a dormir en el cuarto de Lucy. Belle estaba segura de que aquella fiesta sería el tema de chismorreo durante mucho tiempo.

—Aquí tienes.

Belle dio un respingo. Cage estaba colocándole una chaqueta sobre los hombros.

Dios, olía a heno recién cortado y a café, olía a él…

—Gracias —dijo.

Pero la chaqueta no hizo que dejara de temblar. Y él lo sabía.

Se quedaron un rato en silencio observando a los chavales.

—Casi nunca llevas el pelo suelto —comentó él de pronto.

—Es cierto. Me estorba —murmuró ella.

—¿Por qué no te lo cortas entonces?

Ella se encogió de hombros. La chaqueta se deslizó levemente, dejándole un hombro al descubierto. Por Dios, que era una chaqueta de lana, no una pieza de lencería para seducir a nadie… Porque no quería seducir a nadie, ¿verdad?

—Por pereza, supongo —dijo, cruzándose de brazos.

—¿Pereza, tú, que te levantas cada mañana para correr?

¿Cómo se enteraba aquel hombre de lo que sucedía mientras él estaba con las tareas del rancho?

Se giró hacia él, pero se le olvidó lo que iba a decir. Él empezó a acariciarle el pelo.

—¿De quién era la camisa?

—¿Qué camisa?

—La que te pusiste el fin de semana que fui a tu casa —respondió él.

Recorrió su mandíbula con los dedos, acercándose peligrosamente a su boca.

—Qué más da —añadió él.

La sujetó por la nuca y la besó. Belle sintió que se derretía por dentro.

Sabía que debía detener aquello, pero en lugar de eso se rindió a él.

Él la abrazó y comenzó a acariciarle la espalda por debajo de la chaqueta. Su blusa era tan fina que era como si le estuviera acariciando la piel. Belle se estremeció.

—No tienes frío —afirmó él.

—No.

Él aprovechó su respuesta para profundizar en su beso, también con la lengua. Belle se sintió transportada a un lugar maravilloso. Se arqueó contra él, sintiendo sus músculos y el latido de su corazón.

Él siguió besándola por el cuello y Belle echó la cabeza hacia atrás y contempló las estrellas. De pronto fue consciente de que estaban ahí para vigilar la fiesta de Lucy.

—Cage… —susurró, sin ganas de volver a la realidad.

Él volvió a besarla en la boca, y luego se separó, con un gemido.

—Esto es una mala idea —dijo él.

Belle asintió. Él maldijo en voz baja, la besó suavemente en los labios y se separó.

—No tengo tiempo para esto —añadió él secamente.

Belle se quedó perpleja.

—Eres tú quien me ha besado —le recordó—. Yo no te he seducido.

—¿He dicho yo que lo hayas hecho?

No, no lo había dicho. Pero Belle aún recordaba la humillación cuando la habían acusado de seducir a Scott, cosa que no había hecho. Y también recordó que la anterior terapeuta de Lucy, Annette Barrone, había sido despedida justamente por querer seducir a Cage.

—No —respondió Belle, apartándose el pelo de la cara y comprobando con disgusto que le temblaban las manos.

Las risitas advirtieron a Belle y a Cage de que se acercaban las niñas.

—Lucy quiere cortar ya la tarta, ¿podemos? —preguntó Anya Johannson.

Belle logró esbozar una sonrisa.

—Buena idea, así la probarán todos —dijo, y siguió a las niñas al interior del granero—. Los chicos van a tener que marcharse dentro de un rato.

Por la mañana, ella también se iría a pasar el fin de semana fuera. Había hablado un par de veces con su hermana desde la noticia del embarazo, pero Nikki no estaba muy comunicativa. Incluso le había advertido que no fuera a visitarla ese fin de semana.

Pero ella iba a ir de todas formas.

Lucy sopló las velas y repartieron la tarta entre risas y charla. El tiempo pasó rápidamente y comenzaron a llegar los primeros coches a recoger a los chicos. Cuando se marcharon los últimos, Belle se ocupó de que todas las niñas tuvieran dónde dormir en el cuarto de Lucy. No fue una tarea fácil, pero por fin les dio las buenas noches y cerró la puerta mientras las oía susurrar y reír en voz baja.

Estaba en la cocina intentando poner un poco de orden cuando Cage apareció. Belle lo ignoró y se encaminó hacia la puerta para tirar la bolsa de la basura, pero él se la quitó de las manos y la sacó él.

—Cuando te pedí que ayudaras en la fiesta no me refería a que hicieras de asistenta del hogar.

—Ya me has dejado muy claro lo que opinas de que ayude en la casa —dijo ella, fregando una fuente de cristal.

—Pero tú sigues haciendo lo que te viene en gana. No quiero la lástima de nadie.

—No la tienes —replicó ella rígidamente—. Nadie sería tan tonto de tenerte lástima, créeme. ¿Por qué no te sientas de nuevo en el porche, o haces lo que todas las noches cuando no puedes dormir?

Él la apartó, agarró una pila de platos y fuentes y la metió en el fregadero, salpicándose de espuma. A Belle le pareció un niño pequeño enrabietado y se echó a reír.

Él se la quedó mirando. Belle recuperó la compostura y comenzó a secar los platos.

Después de un rato lavando y secando los platos en silencio, Cage suspiró.

—Parece que Lucy lo ha pasado muy bien.

—Sí —dijo ella, colocando los platos en su armario.

Iba a subirse a una silla para llegar a la balda más alta, cuando él colocó los objetos.

Era una escena doméstica normal y corriente. Demasiado surrealista.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis casados la madre de Lucy y tú? —preguntó ella, asombrándose a sí misma por su indiscreción.

—¿Por qué? —preguntó él tenso.

—Simple curiosidad —admitió Lucy.

Después de haber probado sus labios, sentía una enorme curiosidad.

Él se quedó en silencio un momento. Luego pareció dejar de lado sus reticencias.

—Estuvimos viéndonos unos siete meses, pero ella nunca vivió en el rancho.

Belle frunció el ceño. Había sido poco tiempo. Quería saber más.

—Erais muy jóvenes —comentó.

—Sandi casi tenía veintiuno, casi podía obtener la licencia de matrimonio.

Así que ella había sido mayor que él. Intentó imaginárselo como un adolescente enamorado.

—No parece que tengas el corazón roto. Es lo que dice la gente de Weaver para explicar por qué no sales con nadie.

Él resopló.

—Supongo que también te creerás todo lo que lees en la prensa.

Ella negó con la cabeza, consciente de que él no había negado que tuviera el corazón roto.

—¿Cómo os conocisteis?

Él se giró y se cruzó de brazos. A Belle le pareció más grande que nunca. Nunca había conocido a alguien tan masculino y a la vez tan padre y madre a la vez de su hija.

—¿Quieres asegurarte de que no tengo una esposa escondida antes de acostarte conmigo?

Belle se quedó paralizada. Qué tonta era de pensar que él no conocería los rumores sobre ella.

—Supongo que tú también te enteras de los chismorreos —contestó—. Y, para que quede claro, tú y yo no vamos a acostarnos.

Él enarcó una ceja y clavó su mirada en los labios de ella.

Belle se sonrojó. De pronto la invadió un ardor por todo el cuerpo.

—No me acuesto con hombres a los que no amo —aseguró ella.

El sexo por el sexo no era algo que le interesara. «Sólo que esto no sería sólo sexo, ¿verdad?», le dijo una vocecita en su interior.

—¿Y qué me dices del dueño de la camisa? ¿Lo amabas? ¿Guardas la camisa como un recuerdo?

—Estás obsesionado con esa camisa. Para que lo sepas, creo que mi hermanastro Tristán se la dejó allí cuando Hope y él salían juntos. Era la casa de Hope, ¿lo sabías?

—No hay nada más sexy que una mujer vestida exclusivamente con una camisa de hombre. Pero a ningún hombre le gusta ver a la mujer que él desea con la camisa de otro.

Vaya, qué directo. Aquel hombre se pasaba días, incluso semanas, sin decir una palabra, y en la misma noche la besaba y admitía que la deseaba.

Belle agarró una botella de agua y comenzó a juguetear con el tapón, pero la dejó en la mesa por temor a derramar el contenido.

—Debe de ser muy incómodo desear algo que desprecias —murmuró.

Deseaba con todas sus fuerzas que él dijera que no la despreciaba. Pero se suponía que no debía importarle lo que él sintiera hacia ella. Estaba allí para lograr la rehabilitación de Lucy.

«Pero quieres algo más», le dijo la vocecita interior.

Cage no respondía y ella se sintió como una estúpida. Eso le pasaba por crear relaciones personales con sus pacientes.

«Pero Cage no es paciente tuyo», continuó la voz.

Las risitas repentinas de las niñas les devolvieron el sentido de la realidad.

—Buenas noches, Cage. Intenta dormir, por una vez.

Él no dijo nada, pero la siguió con la mirada mientras ella salía de la cocina y subía las escaleras.

Una vez dentro de la habitación, Belle se quitó la chaqueta y aspiró su aroma. Imágenes imposibles acudieron a su mente.

Sería un milagro si alguno de los dos lograba conciliar el sueño aquella noche.