Capítulo 11

 

Tienes algún problema?

Belle levantó la cabeza del volante. Se había levantado temprano, sabiendo que Lucy y sus amigas aún estarían dormidas, y confiando en que Cage también lo estaría.

Pero ese hombre parecía no dormir nunca.

Lo miró de reojo. Llevaba un rato intentando arrancar su todoterreno, sin conseguirlo.

—¿Qué es lo que no funciona? —preguntó él, con una medio sonrisa.

Belle sintió que se derretía por dentro. Además, él llevaba la camisa entreabierta, mostrando parte de su musculoso pecho.

—Abre el capó, voy a echar un vistazo —le dijo él y la miró de reojo, haciendo que le temblaran las rodillas—. A menos que quieras estropear el motor tú sola.

—Qué gracioso —dijo ella, accionando la palanca para abrir el capó.

Se sentiría mejor cuando viera a su hermana, decidió.

Salió del coche y contempló a Cage manipular por aquí y por allá. Por fin, se irguió. Tenía las manos manchadas de grasa.

—Prueba ahora.

Ella se metió en el coche y giró la llave igual que había hecho cientos de veces antes, pero esa vez el motor encendió.

—¿Cómo lo hace? —dijo en voz alta, mirando al techo, y sacó la cabeza por la ventanilla—. ¡Gracias!

—Deberías llevarlo al mecánico cuanto antes —le advirtió él, cerrando el capó y sonriendo levemente.

Belle sintió que el deseo la inundaba.

Él se despidió y regresó a la casa, seguido de Strudel. Entonces Belle respiró por fin. Estaba temblando.

De pronto, comenzó a sonar su teléfono móvil. Miró la pantalla y vio que era su madre. No tenía ganas de hablar con ella, así que lo dejó en el asiento y subió el volumen de la radio para que tapara el sonido de la llamada.

Se puso en marcha camino de Cheyenne. Cuanto antes llegara allí y viera a su hermana, mejor.

Dos horas más tarde, estaba en su casa de Weaver pensando cómo conseguir un coche. Su todoterreno se había quedado parado en la autopista. Pero ella seguía convencida de ir a Cheyenne.

Podía pedirle a alguno de sus hermanastros que le dejaran un coche, pero seguro que entonces su madre sospecharía que sucedía algo. Y en Weaver no había empresa de alquiler de coches.

Telefoneó a Nikki para pedirle que fuera a buscarla a Weaver, pero su hermana no contestó a su llamada.

Entonces, y como último recurso, telefoneó al Lazy-B. A última hora de la tarde, Cage la estaba llevando en coche a Cheyenne.

Era una pena que Lucy se hubiera dormido. Había estado hablando durante toda una hora antes de quedarse dormida, efecto de la fiesta de la noche anterior. Belle se concentró en mirar por la ventana para mantener sus pensamientos sobre Cage a raya.

—Gracias de nuevo por dejarme acompañaros —murmuró al cabo de un rato—. He tenido suerte de encontraros antes de que os fuerais.

Cage había reanudado las visitas de Lucy y él a su madre los fines de semana. Cuando Belle le había contado su situación a Cage, él le había ofrecido que hiciera el viaje con ellos.

La mirada de reojo de él fue como un abrazo.

—Este fin de semana no teníamos pensado ir.

—¿Entonces, por qué…?

—Está claro que estás deseando ir allí. Y a Lucy le gusta visitar a mi madre.

Belle procesó la información. Esperaba algún comentario sobre por qué su madre estaba en aquel estado, pero él no dijo nada. Tan sólo la miró y Belle sintió que se encendía por dentro. Se obligó a mirar la carretera.

—Entiendo —mintió—. Bueno, gracias.

—De nada —respondió él secamente.

Belle observó a Lucy.

—No está acostumbrada a dormir tan poco.

—Como copiloto es un desastre —dijo él, sonriendo ligeramente—. Se queda dormida en cuanto nos metemos en la autopista. Le pasa desde pequeña.

Oh, Dios, a Cage se le formaba un hoyuelo en la mejilla cuando sonreía.

—Cuando ella era un bebé —continuó él—, a veces lograba que se durmiera metiéndola en el coche y conduciendo hasta la puerta del rancho.

—¿Y tenías que hacerlo muy a menudo?

—Bastante.

Belle se preguntó cómo se las había arreglado con tantas responsabilidades siendo tan joven.

—¿Tenías alguna ayuda?

—El seguro pagó algo, justo cuando nació Lucy. Así pude ingresar a mi madre en la clínica. Y contraté a algunos temporeros, chavales de instituto que querían ganar un dinero.

—Pero si tú mismo eras un chaval de instituto… —murmuró Belle.

—Cariño, yo nací viejo.

Cariño. Lo empleaban casi todos los hombres del lugar al dirigirse a las mujeres. No significaba nada. En cualquier momento volvería a llamarla «señorita Day».

—Tú no eres viejo —replicó ella.

—¿Por qué, porque tú eres unos años más joven que yo?

¡Estaba bromeando! Belle se quedó atónita.

—Desde luego yo no me considero una vieja. Y además, creo que ser viejo es un estado mental.

—Lo ha dicho alguien a quien su hija no le mira como si fuera del paleolítico.

Belle sonrió y miró a Lucy, que seguía dormida.

—Es una muchacha fantástica —afirmó.

—A pesar de que yo sea su padre —murmuró él.

Belle se sonrojó recordando cómo lo había acusado en otra ocasión. Se giró hacia él.

—Aún no comprendo por qué no la dejaste ir a Chicago con su clase. Si era por el dinero…

—No —respondió él en tono seco, igual que la mirada que le lanzó—. No quería que fuera a esa ciudad.

—¿Porque sus abuelos viven allí, o porque allí está la escuela de artes interpretativas a la que quería ir?

Estaba convencida de que él no iba a responder.

—Elige el que prefieras —respondió él en voz baja—. No pienso perder a mi hija por ninguno de esos dos motivos.

Belle se quedó perpleja, y durante unos momentos fue incapaz de decir nada.

—Nunca podrías perder a Lucy, Cage —dijo al fin—. Ella te quiere mucho.

Pero él frunció los labios y no contestó.

El sol estaba poniéndose en el horizonte cuando llegaron a Cheyenne.

Cage detuvo el coche frente a la casa de Nikki. No había ninguna luz encendida.

—Parece que no hay nadie —comentó él.

Lucy, que se había despertado al entrar en la ciudad, metió la cabeza entre los asientos.

—¿Sabía tu hermana que ibas a venir?

—Claro. Seguramente habrá salido a comprar algo para cenar —contestó Belle, sonriendo con más seguridad de la que sentía—. No os preocupéis, tengo llave.

Agarró el bolso y bajó del coche apresuradamente. Aquel viaje estaba resultando muy perturbador.

—Gracias de nuevo por traerme —se despidió.

—Espera —dijo Cage, escribiendo algo en un papel y dándoselo—. Aquí es donde estamos alojados y el número de mi teléfono móvil. Llámanos si necesitas cualquier cosa.

Era más una orden que una petición, y Belle se puso tensa.

—Os agradezco el viaje, en serio, pero de verdad que el coche de Nikki está en perfecto estado. Estaré en el Lazy-B el lunes como siempre.

—Oh, Belle, por favor, regresa con nosotros mañana —le rogó Lucy—. Además, ¿podría cenar hoy con nosotros, papá?

—No hace falta, de veras —aseguró Belle.

No quería desilusionar a la pequeña, pero viajar de nuevo con ellos le parecía peligroso. Volvería a estar muy cerca de Cage, y Lucy no haría de carabina, porque se quedaría dormida de nuevo.

—Esperaremos a que entres en la casa —anunció Cage, y apagó el motor.

Ella ahogó un resoplido, sin saber muy bien si enfadarse o agradecer aquella preocupación.

—Este vecindario es muy decente, no es como si me dejarais en cualquier lugar.

—Esperaremos.

Belle se encogió de hombros, rindiéndose.

—De acuerdo, como queráis —dijo, y se dirigió hacia la casa.

Abrió la puerta, encendió la luz del porche y se despidió con la mano de Cage y Lucy.

El coche no se marchó hasta que ella hubo cerrado la puerta.

Belle encendió las luces del vestíbulo y el salón. Era evidente que su hermana no estaba en casa.

Encontró una nota en la cocina dirigida a ella:

 

Si estás aquí es que no me has hecho caso, pero te quiero igual. Estoy bien, pero aún no me siento preparada para hablar de esto. Te veré en la fiesta familiar. Te quiero, Nik.

 

—Caramba con mi hermana —dijo Belle en voz alta, dejando la nota en la mesa, junto a la que le había dado Cage.

Fue al salón y se sentó en el sofá. Había un periódico del día y Belle lo abrió por la sección de anuncios clasificados. Había varios pisos en alquiler a buen precio. Pero ninguno le llamaba la atención.

O quizás lo que ya no le resultaba tan atractivo era volver a establecerse en Cheyenne. En los últimos tiempos, cada vez que pensaba en eso, en su mente aparecía la imagen de un rancho con una casa pequeña y su dueño.

—Oh, Nikki, ¿en qué líos nos hemos metido? —dijo en voz alta.

Regresó a la cocina y marcó el número de Cage. Fue poniéndose cada vez más nerviosa, pero por fin él contestó.

—Hola —saludó ella—. ¿Aún podemos cenar juntos?

«Por favor, di que no; di que sí. Mejor, despídeme ahora y acaba con esta situación».

—¿Has encontrado a tu hermana?

—Sí… Bueno, no. Ha habido un malentendido entre nosotras. Dime… ¿habéis cenado ya?

—Sólo ha pasado media hora desde que te hemos dejado…

¿Sólo media hora? Le había parecido más tiempo.

—Lucy tiene muchas ganas de comer pizza —comentó él.

—De acuerdo, pero invito yo. Es lo menos que puedo hacer, después de que me hayáis traído hasta aquí.

—Bueno, pero yo te invito al desayuno —replicó él después de unos instantes.

A Belle se le disparó la imaginación. «Piensa en cereales y leche», se dijo, pero su mente y su cuerpo imaginaban el sabor de los labios y la piel de Cage.

—¿Belle? Digo que te recogeremos en veinte minutos —dijo Cage, y Belle tuvo la sospecha de que sabía el motivo por el que ella se había distraído.

—Muy bien —se apresuró a contestar—. Hasta ahora entonces.

Colgó y subió corriendo a la habitación de Nikki. Su hermana se quejaba siempre de que ella no se interesaba por la moda, pero aquella vez se hubiera reído al verla rebuscar en su armario.

Cinco minutos antes de la hora acordada, Belle se contempló delante del espejo. Sintió que el valor la abandonaba: ella casi nunca se ponía vestidos. Pero, antes de que se arrepintiera y volviera a ponerse unos vaqueros y una camiseta, sonó el timbre de la puerta.

A Belle se le disparó la adrenalina. Miró con nostalgia sus vaqueros y su camiseta.

El timbre volvió a sonar.

—¡Ahora mismo voy! —exclamó, bajando las escaleras con cuidado para no torcerse un tobillo con los zapatos de tacón.

Se detuvo en la puerta y respiró profundamente, recobrando la compostura.

Abrió la puerta y agradeció en silencio el buen gusto de Nikki, cuando Cage la observó de arriba a abajo con satisfacción.

A Belle le gustó la sensación.

—Estoy lista —dijo.

Pero no estaba preparada para admitirse a sí misma para qué estaba lista.