AsÍ que sí eres capaz de comer comida rápida —comentó Cage, observando a Belle saborear una porción de pizza con doble ración de queso y pepperoni.
Oh, Dios, ella parecía una fantasía hecha realidad, con aquel vestido que resaltaba su increíble figura y el pelo suelto, mezcla de inocencia y seducción.
—Lo que cocina Belle está rico, papá —aseguró Lucy.
—No te preocupes, Lucy —le dijo Belle—. A tu padre no le interesa probar mi comida.
—Preferiría probar el pienso de Rory —bromeó él.
—Igual te iba bien —contestó Belle, sonriendo y llevándose la pizza a la boca.
Cage intentó disimular que le estaba poniendo a cien. Agarró su vaso de té helado y se lo bebió por completo.
—¿No tienes hambre? —le preguntó Belle, señalando un trozo de pizza que quedaba en su plato.
Sí que tenía hambre, pero de otra cosa.
Le hizo un gesto y ella agarró la pizza y la comió con placer.
Cage se levantó de la mesa.
—Ahora vuelvo —dijo, ignorando la expresión de sorpresa de ambas mujeres y escapando entre la gente hacia el exterior.
Una vez fuera, inspiró el aire fresco de la noche, intentando calmar sus hormonas. Comenzó a caminar junto al restaurante y vio a Lucy y a Belle a través de una de las ventanas. Estaban riendo.
Oh, Dios.
Cage dejó escapar un suspiro y siguió caminando alrededor del restaurante. Necesitaba gastar aquella energía o lo iba a consumir a él.
De pronto, se quedó helado al ver a la mujer delante de él.
Habían pasado trece años desde la última vez que había visto a Sandi Oldham. En aquella ocasión, ella tenía el pelo alborotado y las mejillas manchadas de máscara de pestañas. Pero no porque acabara de entregarle a su bebé, sino porque había alcanzado el límite de su tarjeta de crédito y no podía comprar el billete para viajar a Brasil y unirse a una compañía de danza.
Ahora, llevaba el pelo rubio y recogido en un sofisticado moño, y su rostro era perfecto, como el de una muñeca.
—¿Has estado siguiéndonos? —le preguntó él cuando logró recuperarse de la impresión.
Ella no contestó, pero Cage supo que había acertado.
Legalmente, ella no podía acercarse a la hija a la que había dado a luz, pero que nunca había reconocido como suya.
Cage se dio la vuelta y comenzó a caminar, pero ella se le adelantó y le cerró el paso.
—Espera.
—Aparta de mi camino, Sandi. Si tienes algo que decir, dilo a través de los abogados de tus padres, que para algo tienen tantos —dijo él.
Independientemente de sus sentimientos hacia ella, se recordó que ella era tan responsable como él de la existencia de Lucy.
Siguió caminando y pasó a su lado. Ella seguía oliendo a perfume caro, pero él ya no era un adolescente que acababa de quedarse huérfano, y ese olor en lugar de excitarlo le causó náuseas.
—Cage —dijo ella, siguiéndolo—. Lo siento. No quería que fuera así.
Él frunció el ceño. No la creía.
—¿Y cómo demonios creías que iba a ser?
Ella se acercó, y sus tacones de aguja resonaron como tiros sobre la acera.
—Me has sorprendido saliendo de esa manera del restaurante. Sólo quería verla, Cage. También es hija mía.
—Ella no existiría si yo no te hubiera impedido que abortaras.
Recordaba aquel día perfectamente. Había sido otro día más de no ir al instituto. Terminar sus estudios era entonces la última de sus preocupaciones. Después de la muerte de su padre, tenía que defender lo que era suyo, el Lazy-B, de la gente que quería arrebatárselo y mandarle a él a un centro de acogida.
Desde entonces odiaba que la gente se entrometiera en su vida.
—Era joven y estaba asustada —replicó Sandi, haciéndose la vulnerable.
Pero ya no le engañaba. Sandi no era nada vulnerable, nunca lo había sido. Y él tuvo la certeza de que no había cambiado con los años.
Cage se juró que no iba a perder a su hija después de tantos años. Y sobre todo, se juró que no permitiría que Sandi hiciera daño a Lucy. Ya había tenido suficiente con sus padres y el condenado caballo que le habían regalado a la niña.
—Me importa una m… —comenzó, pero se contuvo—. Renunciaste a tus derechos de madre hace mucho tiempo, cuando firmaste aquel papel.
Quizás él fuera joven cuando firmaron el divorcio, pero se había asegurado de dejar las cosas bien atadas.
Al menos ella no trató de negarlo.
—Sé que ella está dentro con la mujer a la que has contratado, Belle Day —dijo Sandi, mirando hacia la puerta del restaurante—. Ha sido una buena idea, Cage, debo admitirlo. Me sorprendió que accedieras a trabajar con alguien de esa familia.
Cage apretó los puños para no tirarse a su cuello y ahogarla.
—No se te ocurra entrar, Sandi —le advirtió.
Ella lo miró de reojo. Era una mirada fría y calculadora.
—Deberías haberme tomado en serio al principio, Cage. Lo único que quería era tener una relación con mi hija. Pero no, tú la querías toda para ti solo —dijo, y sacudió la cabeza con lástima—. Y ahora estás pagando el precio, porque ahora vas a tener que enfrentarte a mis padres.
Era la pura verdad, pero las palabras le sonaron viles.
Ella se le acercó y comenzó a juguetear con los botones de su camisa. Lo miró a los ojos.
—Aún podemos encontrar una solución, Cage. Si no estuviera desesperada, no habría recurrido a mis padres. No quería hacerlo, ya sabes cómo son, siempre quieren controlarlo todo con su dinero… Yo tampoco quiero que Lucy se vea sometida a ellos, pero si es la única forma en que puedo verla, entonces…
Él le sujetó la muñeca, deteniéndola.
—¿Qué es lo que sugieres?
Ella se acercó un poco más.
—Eres el único hombre con el que me he casado, Cage. Quizás ésa fue una de las pocas cosas que he hecho bien en mi vida —susurró ella, pasándole la mano libre por el pelo—. Tienes buen aspecto. Y las cosas no siempre fueron mal entre nosotros. También pasamos buenos momentos.
Cage se preguntó hasta dónde estaba dispuesta a llegar aquella mujer con su pantomima. De alguna forma, tenía que conseguir usarla en su propio beneficio y lograr que ella desapareciera de sus vidas, la suya y la de Lucy.
—Nos preguntábamos por qué tardabas tanto.
Cage sintió que se le helaba la sangre al escuchar el tono gélido y ver a Belle en la acera, mirándolos.
Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos echaban chispas.
—Estaré de regreso en un minuto —prometió él.
Deseaba que ella regresara junto a su hija lo antes posible. Lucy no podía estar mejor que con ella, él sabía que a su lado estaba segura y protegida.
Caray, menudo momento para darse cuenta de lo que confiaba en Belle.
Durante unos tensos momentos, Belle se lo quedó mirando. Luego paseó su mirada entre él y Sandi. Y por fin se dio la vuelta y entró en el restaurante.
Cage sintió un gran alivio, aunque supo que era algo temporal. Y también sabía que sólo era un alivio parcial, por Lucy. Pero, ¿y Belle? ¿Cómo estaría?
Soltó la muñeca de Sandi y dio un paso atrás.
—Regresa a Europa. O por donde hayas estado todo este tiempo. No vas a ver a Lucy.
—Vas a arrepentirte de esto, Cage. Hubiera sido más fácil dialogar conmigo que con mis padres.
Él la miró fijamente.
Ya no quedaba nada de lo que una vez había sentido hacia ella.
—Me arriesgaré —contestó él.
Ella frunció los labios y se lo quedó mirando. Luego maldijo y regresó a su coche, un deportivo carísimo que se marchó a toda velocidad.
Cuando se aseguró de que Sandi se había marchado, Cage regresó al restaurante. Pagó la cuenta y luego se sentó a la mesa con Belle y Lucy.
—¿Nos vamos?
Lucy asintió medio dormida mientras agarraba sus muletas y se ponía en pie.
—Tengo que pagar la cuenta —dijo Belle, sin mirar a Cage.
—Ya está pagada.
Ella apretó la mandíbula.
—Habíamos quedado en que la pagaría yo.
—La próxima vez —dijo él, agarrándola suavemente del codo para que siguiera a Lucy.
Ambos se estremecieron ante aquel contacto.
Belle lo miró atónita. ¿La próxima vez? Después de lo que acababa de ver…
—¿Va a haber una próxima vez? —preguntó esperanzada.
En aquel momento, Cage sintió que la mala sensación que le había dejado su ex mujer se disolvía. Acarició con el pulgar el brazo de Belle.
—¿Tú qué crees?
—Creí que no tenías tiempo para esto —contestó ella en un susurro.
La gente había hecho un pasillo para que pasara Lucy y él no quería que saliera del restaurante la primera. Por si acaso.
Se apartó a regañadientes de Belle y se adelantó para abrirle la puerta a Lucy. Al poco rato estaban sentados en su coche.
—Papá, ¿puedes dejarme en el hotel antes de llevar a Lucy a su casa? —le pidió la niña.
—¿Qué sucede?
—Nada, sólo estoy cansada. Y me duele la pierna.
Pero él no pensaba dejarla sola en la habitación de un hotel, y menos aquella noche.
—No te preocupes —dijo Belle, acariciándole suavemente la pierna—. Ve al hotel.
Retiró la mano rápidamente, pero aquel contacto enardeció a Cage. Agarró la mano de Belle y la colocó de nuevo sobre su pierna.
Sintió que el calor ascendía por su cuerpo. Lo que no se esperaba era que de pronto se le acelerara el corazón.
—Si Nikki no puede venir a buscarme, me iré en taxi a su casa —añadió Belle.
Cage condujo atento por si alguien los seguía. Pero no parecía que les persiguiera ningún coche, ni siquiera el de Sandi. Ella debía de estar vigilándolos desde Weaver al menos, así que sabía dónde se alojaban. Cage decidió dejar de obsesionarse y se concentró en llegar pronto al hotel.
Cuando llegaron, Cage advirtió que Lucy estaba más dolorida de lo que quería mostrar, así que la subió en brazos a la habitación.
Belle no sabía qué había sucedido junto al restaurante, pero fuera lo que fuera era importante. Sentía como si de pronto las cosas hubieran cambiado, aunque fuera sutilmente.
Y ella ya no sabía qué esperar.
Cage dejó a Lucy sobre la cama y la niña agarró a Belle de la mano.
—Tengo un calambre —le dijo.
Belle supo que aquella vez no mentía. Se sentó en la cama, le quitó el zapato y comenzó a masajearle la pantorrilla. Cage se sentó al otro lado de la cama, con los ojos fijos en Belle.
Llevó un tiempo relajar el calambre, porque cada vez que parecía desaparecer, Lucy se movía y provocaba un nuevo espasmo. Cuando por fin logró rebajarlo, a Belle le dolían las manos.
Se incorporó y se dio cuenta de que la postura en la que había estado, de rodillas y con la falda entre sus piernas, era muy poco elegante. Bajó de la cama y se recolocó el vestido.
—¿Puedes ponértelo tú? —le preguntó Cage a Lucy, tendiéndole el pijama.
Lucy asintió y murmuró las buenas noches mientras Cage la besaba en la frente.
Belle estaba en el salón de la suite cuando oyó a Cage cerrar la puerta del dormitorio de Lucy. Se giró y lo observó. Él la miraba fijamente.
Belle se puso nerviosa y se acercó al ventanal, mirando sin ver. Se giró, cruzándose de brazos.
—¿Y bien? ¿Quién era la mujer del restaurante?