Belle esperó, tensa, mientras su pregunta se quedaba en el aire.
—No es nadie importante —dijo Cage después de un momento.
Ella quería creerlo. Quería oírle decir que ella sí que era importante, con tanta necesidad que se asustó ella misma.
—Parecía que te conocía bien —comentó Belle, recordando que la mujer le estaba pasando la mano por el pelo a Cage cuando ella los había sorprendido.
Le había parecido como si estuviera marcando su propiedad.
Él negó con la cabeza, lentamente y con seguridad, mientras se acercaba a ella.
—Esa mujer no me conoce. Ya no.
Belle sintió que le faltaba el aliento. Nerviosa, se alisó el vestido. Si esa rubia sofisticada era el tipo de mujer que le gustaba a él, ella nunca podría competir con eso. Irguió la espalda, tensándola.
—De todas formas, no es asunto mío —se disculpó.
—Estás preciosa con ese vestido —dijo él, acercándose un poco más—. De hecho, estás preciosa con lo que te pongas, todo te queda bien. En serio.
El pánico se apoderó de ella. No podía permitirse ignorar quiénes eran ellos dos, y sobre todo dónde estaban.
—Carlo —pronunció.
Él enarcó las cejas.
—¿Cómo?
—Tiene cinco letras. Dijiste que tu nombre tenía cinco letras.
Él se acercó un poco, y ella dio un paso atrás.
—Te he dicho que es único —dijo él, acercándose un poco más.
Belle reculó un poco más. Cage la había arrinconado contra la pared. No podía rodearlo, así que apoyó la mano en el pecho de él intentando empujarlo hacia atrás.
—¿Qué está sucediendo aquí, Cage?
—¿Necesitas que te dibuje un mapa? —dijo él, mientras le acariciaba la muñeca y luego subía por el resto del brazo y volvía hasta la muñeca.
Belle se estremeció. Estaba muy claro adónde quería llegar él.
—¿No habías dicho que no tenías tiempo…?
—Eso fue una tontería. Y además, estoy cansado de fingir.
Belle quitó la mano del pecho de él y se la sujetó con la otra. Así evitaría las tentaciones.
—Tu hija está en la habitación de al lado —dijo para ganar tiempo, sabiendo que él siempre era consciente de su hija, que vivía para ella.
—Está dormida —le aseguró Cage—. Y ya sabes que, a menos que tenga una pesadilla, nada es capaz de despertarla.
Con una mano le acarició el pelo suavemente, y Belle creyó que se derretía allí mismo.
—Me encanta tu pelo —murmuró él, haciéndola perder la capacidad de pensar con claridad—. Me gusta que no lo lleves suelto muy a menudo. Así es más como un placer sólo para mí.
Belle estaba volviéndose loca, él la estaba seduciendo sólo con su voz y las caricias en su pelo.
Se agarró a la falda de su vestido para controlar sus manos, que en realidad querían tocar a Cage, acariciarlo…
Él la sujetó por la nuca y la hizo mirarlo. Oh, Dios.
—Cage, no podemos. Lucy…
Él le tapó la boca suavemente con un dedo. Se acercó a su oreja y comenzó a mordisqueársela.
—Sólo déjame hacer esto un rato —dijo, y le apartó el pelo del cuello.
Belle estuvo a punto de desmayarse de placer. Estaba a punto de acariciarlo, cuando él la detuvo.
—Mejor no me toques, es más seguro —le dijo él, y comenzó a rozarle el cuello con la boca.
Belle se estremeció enardecida.
—Contigo no hay nada seguro —susurró temblando.
—Apenas te estoy tocando.
—Lo que me estás haciendo me está…
Lo miró a los ojos y no necesitó más palabras. Sus ojos revelaban su deseo, tenía las mejillas sonrosadas y los pezones erectos. Los dos estaban completamente vestidos, pero nunca había estado tan excitada en toda su vida. Y Cage sólo le había acariciado el pelo…
Por lo menos, él también parecía estar sin aliento, lo que era un consuelo.
—He deseado verte así desde hace mucho tiempo —le confesó él, acercándose a ella hasta que no le dejó dudas de lo excitado que estaba—. Duermo muy poco cada noche porque no dejo de pensar en ti. Y cuando te oigo moverte en la cama, me pregunto si tú estarás pensando en mí.
Apoyó su frente sobre la de ella. Belle sintió su calor y su pulso vital.
—La semana pasada, una noche que estabas repasando matemáticas con Lucy, entré en tu dormitorio —continuó él, en un susurro—. Iba a engrasar los muelles de tu somier de una vez por todas, pero no fui capaz. Me quedé contemplando la cama, imaginándote tumbada en ella, dando vueltas, con tu pelo esparcido sobre la almohada…
Belle no pudo reprimir un gemido de deseo.
Cage la contempló. Agarró un mechón de su pelo y lo dejó resbalar entre los dedos, recreándose en su suavidad, en su brillo. Entonces la besó en la frente, en los ojos, en las mejillas. Lentamente, sin exigir nada, sólo deleitándose en la sensación.
Y él también estaba temblando.
—Cuando duermo, sueño contigo, me acaricias —le confesó ella.
Él suspiró y la rodeó con los brazos, creando un mundo sólo de los dos.
—Yo también sueño lo mismo: que te acaricio, que tú me acaricias… y que cada chirrido del somier está producido por un movimiento nuestro.
Belle se sentía flotar.
—Cage, vas a lograr que…
Él la hizo callar con un beso.
—Deja que suceda, Belle —dijo él al separarse—. Hagamos realidad lo que ambos soñamos. No engrasé los muelles del somier porque así, cuando escuchaba los chirridos, me imaginaba que tenías orgasmos pensando en mí. Y tú eres la única que me ha provocado pensamientos así.
Belle sacudió la cabeza, no sabía cómo reaccionar. Él estaba seduciéndola con sólo tocarle el pelo y hablarle. Y estaba funcionando.
—Bésame —le rogó ella, a punto de morirse de deseo.
Y él lo hizo, sujetándola por la cintura y apretándola contra él, absorbiendo las convulsiones de placer de ella, haciéndole perder la noción del tiempo y el espacio.
Cuando ella recuperó el sentido, Cage la llevó al sofá y la sentó en su regazo, haciendo que su muslo se apretara contra él.
Entonces él se estremeció con un suspiro y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
—Gracias —dijo.
Ella aún podía sentir la dureza de él contra su cadera. Le daba vergüenza admitirlo, pero quería más.
—Pero tú no…
Él le tapó la boca con la mano.
—Mejor no lo digas. Tan sólo quédate sentada a mi lado mientras me tranquilizo.
Ella se sonrojó, se sujetó a su mano y se apoyó en él.
—A lo mejor necesito varios días, o varios años —le advirtió él.
Belle no pudo contenerse y se echó a reír.
Sus miradas se encontraron y él también se echó a reír.
A Belle le pareció el sonido más hermoso que había escuchado en su vida.