Cuando Belle recuperó un poco el control de su mente y de su cuerpo, regresó a casa de Nikki en el coche de Cage.
Era lo más inteligente, pero también lo más penoso.
Abrió la puerta y se encontró a su hermana sentada en el salón leyendo un libro. Nikki se la quedó mirando.
—Espero que hayas regresado para ordenar el alboroto que has dejado en mi armario.
Belle lo había olvidado por completo.
—Voy a hacerlo. Gracias por el vestido, de paso.
—Te sienta mejor que a mí. Quédatelo, tu vestuario te lo agradecerá.
Belle se acercó a su hermana y se sentó junto a ella.
—¿Estás bien?
Nikki suspiró y ladeó la cabeza.
—¿Y tú? Por tu aspecto, diría que has estado besándote con alguien. Y como ya no estás enamorada de Scott, debe de tratarse de Cage Buchanan. ¿Me equivoco?
Belle sintió que enrojecía aún más. Aún estaba sorprendida de su propio comportamiento. De cómo Cage la había traído y llevado por donde él quería y ella había accedido.
Ya no sabía si podría volver a dormir en la cama del somier chirriante. A partir de entonces, quizás dormiría en el suelo.
—Estaba con Cage —le informó—. Y con Lucy.
Su hermana se la quedó mirando.
—De acuerdo, Lucy estaba durmiendo en el otro dormitorio —admitió a regañadientes—. Me han traído aquí porque mi todoterreno está estropeado.
—Eso es porque es una antigualla.
—No todos podemos tener el último modelo de coche, como tú —replicó Belle—. Bueno, cuéntame cómo estás.
Nikki se puso en pie, nerviosa.
—Estoy embarazada. Creí que me acostumbraría a oirme decir esas palabras… pero aún me aterra lo que significan —respondió con una sonrisa temblorosa.
Belle se levantó y la abrazó.
—¿Lo amas, a ese tipo del que aún no estás preparada para hablar?
—¿Y tú lo amas a él, a Cage? —preguntó su hermana en un susurro.
Belle inspiró hondo. Aquella era su hermana, con la que había compartido el vientre de su madre. Eran gemelas, parecidas pero diferentes. Y siempre sinceras una con la otra.
—Me temo que me estoy enamorando —le confesó—. Pero he venido aquí para hablar de ti.
Nikki suspiró. Apartó a un lado a Belle.
—Luego. ¿Ahora quieres irte a dormir, o un poco de chocolate?
Su hermana siempre había sido muy independiente, pero Belle sabía que antes o después hablaría.
—Chocolate, sin duda —respondió.
Terminaron en el sofá, compartiendo una tarrina grande de helado de chocolate belga.
A la mañana siguiente, Belle se despertó temprano. Contempló a su hermana dormida en el sofá.
Nikki iba a ser madre.
Se preguntó cómo sería sentir algo creciendo dentro del cuerpo. Pero eso le llevó a pensar en cómo se quedaba una embarazada, y entonces pensó en Cage, y ya no pudo volver a dormirse. Así que se bajó del sofá, tapó a su hermana con una manta y subió a darse una ducha y cambiarse de ropa. Luego, mientras esperaba a que el café estuviera listo, recogió el armario de Nikki, mucho más desordenado de lo que creía recordar.
Llegó al hotel y llamó a la habitación de Lucy y Cage desde la recepción, como él le había sugerido la noche anterior. Y se sentó a esperarlos junto a la piscina.
No se le hizo larga la espera. La mañana se perfilaba cálida y soleada. Pensó en su hermana y le agradó tener la certeza de que, aunque en aquellos momentos se sintiera un poco perdida, seguía siendo tan fuerte como siempre.
Y también pensó en Cage y en su risa de la noche anterior.
Lucy apareció la primera en el patio. Saludó a Belle con la mano y se sentó junto a ella, sin ningún signo de la rigidez muscular de la noche anterior.
Cage llegó detrás de ella, le sonrió de medio lado y se sentó en otra silla junto a las dos.
—¿Has logrado hablar con tu hermana? —le preguntó a Belle.
—Estaba en casa anoche cuando llegué.
—¿Y?
—Y… ya me siento mejor. Gracias de verdad por haberme traído hasta aquí en coche.
—Ha sido un placer —respondió Cage mirándola fijamente.
Ella jugueteó nerviosa con su coleta, desviando la mirada.
—Bueno, ¿os apetece algo especial para desayunar?
Cage seguía mirándola. Belle captó la indirecta de su mirada y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
—Si vamos a la residencia donde está la abuela podríamos desayunar allí —dijo Lucy—. Los domingos ofrecen un buffet enorme. Es lo que solemos hacer nosotros, ¿verdad, papá? Podríamos presentarle a Belle a la abuela.
Belle procesó aquella posibilidad. Miró a Cage, que parecía muy ocupado en quitar una mancha de su silla.
—Sí —dijo él por fin, y miró de nuevo a Belle—. Si ella quiere…
Lucy la miró esperanzada.
A Belle le asustaba terriblemente visitar a la madre de Cage. Pero reunió todo su valor.
—¿Un buffet enorme? —le preguntó a Lucy.
—Tienen lo menos cinco platos diferentes hechos con huevo. Y sé que a ti te gustan los huevos —contestó la pequeña, sonriendo.
Belle le devolvió la sonrisa.
—Desde luego que sí.
Abandonaron el hotel y llegaron hasta la residencia. Belle esperaba encontrarse un lugar gris, pero era más como una enorme casa de invitados. Advirtió que estaba perfectamente adaptada a personas con movilidad reducida, sin perder cierto encanto acogedor. En el interior había plantas por todas partes, y el personal vestía ropas de colores claros y agradables.
Cage y Lucy se encaminaron por un pasillo, saludando al personal y a residentes. Estaba claro que los conocían de sus continuadas visitas. Todo el mundo comentaba lo mucho que había mejorado Lucy en el manejo de las muletas desde la última vez que había estado allí.
Belle tenía intención de seguirlos, pero Cage descendió el ritmo hasta que ella se colocó a su lado.
Después de recorrer algunos pasillos más, Lucy se detuvo frente a una puerta y, casi sin llamar, entró en la habitación.
—Hola, abuela.
Belle se puso nerviosa y dio un paso atrás. Estaba acostumbrada a tratar con gente con condiciones físicas muy diferentes, pero nada le había preparado para aquel momento. Aquella mujer estaba allí a causa del accidente.
Miró a Cage, pero su rostro era impenetrable.
Lucy la señaló con la punta de la muleta, dejando a Belle atónita. Agarró a Cage del brazo.
—Mira.
—¿Qué sucede?
—Lucy ha dado un paso sin las muletas —le dijo al oído—. Está manteniéndose en pie ella sola.
Era cierto. Le estaba haciendo gestos a Belle con la muleta para que se acercara.
—Entra y conoce a mi abuela —le animó la niña.
Belle entró en la habitación emocionada por el logro inconsciente de Lucy. Y de pronto se encontró delante de la madre de Cage Buchanan.
Estaba sentada en una silla junto a la ventana, con un libro en el regazo. Era una mujer muy hermosa, una versión femenina de su hijo. Tenía el mismo color de pelo y de ojos que él, y la piel perfecta. Llevaba un sencillo vestido rosa y unas bailarinas rosa también. Podría haber sido una mujer primorosamente vestida para ir a la iglesia.
—Ésta es mi amiga, Belle Day —la presentó Lucy alegremente.
Belle contuvo el aliento. La madre de Cage la miró y sonrió. Obviamente, para la mujer su apellido no significaba nada. Belle respiró tranquila. Se acercó y la tomó de la mano.
—Hola, señora Buchanan.
—Qué amable por su parte el traerme a Lucy —dijo ella, apretándole cálidamente las manos.
Sólo alguien acostumbrado percibiría que algo no marchaba del todo bien en aquella mujer. Belle le devolvió la sonrisa tímidamente.
Entonces la señora Buchanan miró a Cage y extendió los brazos hacia él.
—¿Y usted quién es?
Belle sabía que la madre de Cage ya no lo reconocía. Pero ser testigo de aquello era duro. Le invadió una tristeza profunda y una enorme compasión. Pero mantuvo la sonrisa mientras contemplaba a Cage acercándose a su madre.
Él se arrodilló junto a ella, la tomó de las manos y la besó en la mejilla. A Belle se le partió el corazón.
—Hola, mamá —dijo él dulcemente—. Hemos venido a desayunar contigo, así que espero que no hayas desayunado ya.
La mujer asintió. El saludo de Cage no significaba más para ella que el de Belle.
—Estaba leyendo. Me había olvidado de que tenía que desayunar —dijo, y rió suavemente.
Se puso en pie y acarició el pelo de Lucy con auténtico deleite.
—Estás muy guapa hoy, Lucy. Además, estás más alta, ¿no?
—Ya soy una adolescente, abuela. Mi cumpleaños fue hace dos días —dijo Lucy, mientras la acompañaba hacia la puerta—. A lo mejor me ves más alta por estas deportivas. Me las ha regalado Belle. Oye, ¿crees que tendrán bizcocho de pasas esta semana? La última vez que estuvimos aquí se había terminado.
Belle las contempló marcharse y sonrió ante la relación tan natural de nieta y abuela.
Cage le tocó el brazo.
—¿Estás bien?
Belle lo miró. Debería ser ella quien le preguntara eso a él… Sacudió la cabeza.
—Lo siento mucho, Cage.
—Yo también.
—Después del accidente, mi padre no volvió a ser el mismo. Él no tuvo ninguna lesión física, pero… no volvió a ser el mismo.
Cage frunció los labios, pero no dijo nada.
—Tuvo un ataque al corazón tres años después —continuó Belle—. Yo tenía dieciséis años. A veces creo que en realidad perdió el corazón aquella noche en el accidente.
—Por lo menos tú tuviste a tu madre y a tu hermana —comentó él, después de un momento.
—Y tú no tuviste a nadie —dijo ella, con los ojos inundados de lágrimas.
Él se había quedado sin familia. Y estaba claro que para ese hombre la familia lo significaba todo. A ella le había llevado un poco de tiempo darse cuenta de ello.
—Tu madre…
—Tiene un traumatismo craneal —dijo él con tranquilidad—. La única persona a la que recuerda de un día para otro desde el accidente es a Lucy, nadie sabe porqué. Pero está bastante bien: el habla y las funciones motoras funcionan con normalidad. Pero no recuerda que tiene que mirar antes de cruzar una calle; no recuerda que tiene que quitarse las zapatillas antes de meterse en la cama; ni siquiera que un cuchillo es algo peligroso porque corta.
Las lágrimas inundaron las mejillas de Belle.
—Cuando Lucy tenía cinco años, quise tener a mi madre conmigo en el rancho. Pero aquello era peligroso para ella, yo no podía estar todo el día vigilando que no se hiciera daño —dijo él, y miró la habitación de su madre—. Había gastado el dinero del seguro, así que vendí casi todo lo que tenía, salvo el rancho, y volví a ingresarla aquí.
Belle supo que aquello había sido muy doloroso para él.
—Es culpa mía.
—Cierto —dijo él, sin alterarse.
Siempre había culpado al padre de Belle del accidente, aunque oficialmente nunca se le atribuyó a él. Pero Gus Day había salido ileso del accidente, y la familia de Cage no.
—Una amiga del colegio me había invitado a visitar México con su familia durante una semana. Yo tenía trece años y pensaba que Cheyenne era el lugar más aburrido del mundo. Pero mi padre dijo que no podía ir, y mi madre lo secundó. No le gustaban los padres de mi amiga, decía que eran unos irresponsables.
—Belle…
—Déjame terminar, Cage.
Tenía que acabar con aquello, en ese momento, o no sabía si podría hacerlo algún día. Pero, después de lo que acababa de experimentar, tenía que decírselo.
Independientemente de si con ello él cambiaba su actitud hacia ella. Pero Cage se merecía conocer la verdad.
—Mi padre tenía razón, pero de eso me di cuenta después —dijo, e intentó centrarse en lo que quería decirle.
—No llores, Belle. No te culpo por lo que sucedió aquella noche. Puede que al principio lo hiciera, me molestaba que tu hermana y tú crecierais con una familia que a mí me habíais arrebatado.
—Pero sí que tuve la culpa —saltó ella—. Yo estaba decidida a hacer el viaje a México. Mi padre me dijo que no podía ir, y yo le grité que lo odiaba y que nunca lo perdonaría, y salí de casa dando un portazo. Fui a casa de mi amiga y, aunque no tenía el permiso de mi padre, nos pusimos en camino.
A través de las lágrimas, Belle observó que él se había quedado inmóvil, y se le rompió el corazón. Por él, por el pasado y por el futuro.
—Papá nos encontró después de treinta kilómetros —continuó ella—. Yo quise que me tragara la tierra cuando él hizo detenerse la furgoneta. Me llevaba de regreso a Cheyenne cuando ocurrió el accidente. Yo estaba tan enfadada que ni siquiera me había sentado junto a él en el asiento de delante. Estaba tumbada en el asiento trasero como… una niña malcriada.
Belle cerró los ojos.
—Si mi padre se distrajo —añadió—, si no prestó suficiente atención a la carretera, fue por mi culpa.
Abrió los ojos y clavó su mirada en Cage.
—Fue mi culpa que esa noche estuviéramos en la carretera.