Belle apoyó la mejilla en su mano y se quedó tumbada en la cama. La luz del amanecer se filtraba por la ventana. En cualquier momento, Cage se despertaría.
Pero hasta entonces, lo observó dormir. Llevaba durmiendo horas.
Tenía el pelo alborotado y las pestañas largas y espesas. Todo su magnífico cuerpo descansaba sin un ápice de tensión. Belle quiso recordar aquella imagen para siempre. Y quiso también acariciarlo, recorrer todo su cuerpo con sus manos, con su boca.
Pero no lo hizo. No quería romper su descanso. Después de tantas noches de insomnio, él llevaba horas durmiendo plácidamente y ella no quería interrumpirlo. Se contentó con sentir el calor de su cuerpo cerca de ella y con acariciarlo, pero con la mirada.
Él había dicho que ya verían lo que sucedía en el futuro entre ellos dos. Belle necesitaba creer que era una puerta abierta a la esperanza.
Apartó la vista. No podía seguir mirándolo sin desear tocarlo. Se apartó ligeramente y comprobó la hora en el despertador. Dentro de unas horas, Cage se levantaría para recoger a Lucy y querría marcharse rápidamente al rancho para continuar con su trabajo interminable.
Cage se movió.
—Te has ido demasiado lejos —dijo soñoliento.
Se acercó a ella por detrás y la rodeó con el brazo, pegando su pecho a la espalda de ella. Belle advirtió enseguida que no todo en él estaba dormido, y lo miró a los ojos, pero él parecía dispuesto a seguir durmiendo.
—Deja de contonearte —le dijo él después de unos momentos.
—No puedo evitarlo —susurró ella—. No estoy acostumbrada a esto.
Él apretó uno de sus pezones entre sus dedos.
—¿Y qué es «esto»?
Belle sintió que el deseo la invadía.
—Despertarme junto a un hombre —respondió.
La mano de él bajó hasta su cintura y después a su cadera. La noche anterior no parecían haberle importado sus cicatrices.
—Cage…
—Shh, relájate.
Comenzó a besarla en el cuello, en el hombro, y a acariciarle las piernas. Entonces metió la mano entre sus muslos, y suspiró con tanto deleite que ella se excitó aún más. La besó en el hombro de nuevo.
—Te deseo. Deseo todas tus noches, todas tus mañanas.
Belle sintió el placer recorriendo todo su cuerpo.
—Cásate conmigo, Belle.
«No he debido de oír bien», se dijo.
—¿Cómo?
Él se acercó más, le echó una pierna hacia delante y se hundió en ella suavemente, con tanta dulzura que Belle le entregó su cuerpo y su corazón.
—Deseo repetir este momento muchas veces. Deseo repetir todo tipo de momentos contigo. Cásate conmigo.
Ella se arqueó para que la penetrara más profundamente, y giró la cabeza para mirarlo.
—No puedes estar hablando en serio.
Se suponía que eran las mujeres las que mezclaban sus emociones con el sexo, creyendo que estaban enamoradas. A ella le estaba pasando.
Y a él también, según parecía. Pero la miraba muy serio, con los ojos llenos de pasión. Hablaba en serio…
—Te quiero a todas horas —insistió él—. Di que sí.
La besó y ella sintió una explosión en su interior.
—Sí —contestó en un susurro.
Él la rodeó con sus brazos, mientras comenzaba a moverse dentro de ella.
Aquella vez, fue como si penetrara en su alma.
Cage fue a recoger a Lucy para regresar al Lazy-B.
Belle hubiera preferido sentarse a su lado en el camino hasta el rancho y seguir junto a él, pero el sentido común dictaba que era mejor que llevara su propio coche.
Así tuvo más tiempo para hacer la maleta y para asimilar lo que había sucedido.
Cage Buchanan le había pedido que se casara con ella… y ella había accedido.
Cuando Belle llegó al rancho, no vio a Cage. Quien sí acudió a saludarla, corriendo y ladrando con gran alegría, fue Strudel. Lo saludó efusivamente. Se sentía feliz, en paz con el mundo.
Dejó la maleta en el vestíbulo. Cage quería darle la noticia a Lucy juntos, así que la pequeña todavía no lo sabría.
Tampoco había rastro de ella en la casa.
Se le ocurrió que igual estaban en el granero.
Nada más salir al porche trasero, vio aparcado un coche deportivo carísimo.
Estaba a medio camino del granero cuando oyó la voz de Cage. Gritaba tan enfadado que le puso los pelos de punta.
—¡Tendrá una madre!
—¿Quién será, Belle Day? Venga ya, Cage. ¿De verdad piensas que eso te va a funcionar?
Al oír su nombre, Belle se acercó corriendo y se detuvo en la puerta del barracón.
—Ella va a casarse conmigo.
La mujer rompió a reír.
—Así que por fin tendrás tu venganza. Gus Day acabó con tus padres, dejándote sin dinero, y ahora tú vas a casarte con su hija y acceder así a su fortuna. Y también están sus parientes, los del rancho Doble-nosequé. Me han dicho que son muy ricos. No tanto como mis padres, claro, pero…
—¿Es eso cierto? —inquirió Belle entrando en el granero y viendo a Cage enfrentado a la mujer de fuera de la pizzería. Cage tenía un aspecto horrible, como si acabaran de darle una paliza. Por contra, la mujer estaba impecable, desde la cabeza hasta los pies.
Ambos se giraron hacia ella.
Belle advirtió que la mujer tenía los ojos verdes y que su rostro era igual al de Lucy. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
—¿Por eso me has pedido que me case contigo? —insistió Belle.
Ella estaba exigiéndole una explicación, y él hubiera deseado estar en cualquier otro lugar. No era suficiente el haber sorprendido a Sandi con Lucy en el granero, cosa que le había puesto de mal humor. Además, tenía que responder a aquella mujer. Belle no se merecía menos.
—No —aseguró en tono plano.
—Por supuesto que sí —intervino Sandi, rezumando malicia—. Lo juraste sobre la tumba de tu padre, ¿lo has olvidado? Tú mismo me lo contaste: cómo un día lograrías que los Day sufrieran tanto como lo habían hecho los Buchanan. Pero es una pena que tu pequeño éxito no sirva de nada, ya que Lucy terminará viviendo en Chicago con mis padres. ¿Qué es más importante para ti, Cage, la niña o el rancho? Tendrás que decidirlo.
Cage agradeció que la pequeña no pudiera oírles. La había mandado a los establos a que diera de comer a los caballos mientras él trataba con Sandi.
—Sal de mis tierras —le ordenó antes de perder el control de sí mismo.
Sandi tuvo el sentido común de hacerle caso, porque si no, él mismo la hubiera sacado a rastras.
—Buena suerte con él, querida —le dijo a Belle—. Vas a necesitarla. Si eres lista, reconsiderarás esa propuesta de matrimonio. Mis padres le obligarán a que les entregue a Lucy. Claro, que él tendrá a una Day junto a él para cobrarse su deuda.
Y diciendo eso, sacó unas llaves y salió del granero caminando como podía con los tacones.
A los pocos momentos, su coche pasó rápidamente, levantando una nube de polvo.
Belle miró a Cage anonadada. Y herida.
Él se pasó las manos por el pelo. Maldición. Aquél era su primer día como pareja bajo aquel techo, no debería ser así.
Se suponía que él iba a encontrar el momento para comentarle a Belle, sus problemas legales con los Oldham sin que ella saliera corriendo.
—Podías haberme dicho quién era.
—Ella no es nadie.
—¡Pues claro que lo es! Es la madre de Lucy —exclamó furiosa, y entornó los ojos—. ¿Tu correspondencia con los abogados tiene que ver con este asunto?
—Sí.
Belle estaba a punto de perder la compostura.
—¿Tan mal están las cosas?
—Muy mal.
—Y necesitas dinero.
—Sí.
—Entonces, todo lo que Sandi… que la madre de Lucy…
—Deja de llamarla así.
—Pero es la verdad, igual que el resto de cosas que ha dicho. Todo es verdad.
Cage apretó los puños, sintiéndose impotente.
—No lo es.
—Y yo he hecho exactamente lo que tú querías, ¿verdad?
Él se acercó y la agarró de los brazos.
—No ha sido así.
—¿Vas a decirme que me has propuesto matrimonio porque me amas? Debería haberlo sabido, debería haberme dado cuenta de que en unas pocas semanas no podías haber cambiado tanto. He sido una estúpida —dijo ella, soltándose y corriendo hacia la casa.
Él la siguió. Encontró a Belle en su habitación haciendo la maleta. Cage comenzó a sacar ropa de ella.
—Lo que siento por ti viene de mucho antes que de estos pocos días, y lo sabes perfectamente. No vas a irte de esta manera.
—¿Ah, no? ¿Crees que puedes detenerme?
—¡Te amo, maldita sea!
Belle se detuvo. Negó con la cabeza y continuó volcando el contenido de los cajones en su maleta.
—¿Y nunca pensaste que podías aprovecharte de mí? ¿Ni siquiera una vez? —preguntó ella.
Esperó un rato largo. Cage no dijo nada.
—Eso creía yo —añadió ella.
«¿Por qué siempre tengo tan mala suerte?», pensó Cage, y la sujetó por los hombros.
—Eso fue antes de conocerte. Antes de conocerte de verdad.
—¿Y qué pasa con mi familia? Si me casara contigo, ¿aceptarías a mi madre, a mi hermana? Somos la familia Day, y para mí, mi familia es tan importante como para ti la tuya.
—Por Dios, Belle, dejemos el pasado en paz. Necesitas dejarlo atrás tanto como yo
—Quizás sí —admitió ella.
—Entonces, formemos una nueva familia, juntos. ¡No ha pasado nada!
Ella se apartó unos pasos de él.
—Todo ha cambiado —afirmó ella, impenetrable, cerrando la maleta—. Y para que las cosas queden claras, yo no tengo ninguna fortuna. Cuando mi padre murió, mi madre tuvo que ponerse a trabajar como todo el mundo para poder tener un techo bajo el que cobijarnos. Yo fui a la universidad becada, y trabajo porque necesito un sueldo. Así que supongo que no te sería tan útil, después de todo.
Salió de la habitación y comenzó a bajar las escaleras con la maleta.
Cage le pegó un puntapié a la cama, rabioso, y salió detrás de Belle. Le dio alcance antes de que llegara al coche.
—Tú me amas, me necesitas. Sé que lo decías de verdad, Belle.
Ella dejó la maleta en el asiento trasero, donde se abrió, desparramando todo su contenido.
—Lo superaré —le aseguró ella, sentándose en el asiento del conductor.
Maldición, se le habían olvidado las llaves en la casa.
—No me dejes —le rogó Cage, tapándole cualquier escapatoria.
—¿Por qué? ¿Lo dices por Lucy?
—Lo digo por mí.
—No te creo.
—Maldita sea, Belle…
—Oh, Dios mío —dijo de pronto ella, poniendo cara de terror—. Cage, Lucy…
Él se giró para ver qué le había provocado aquella reacción. Lucy estaba montando a Satén, luchando por dominarlo.
Cage salió corriendo hacia el caballo. De pronto oyó un grito. Quizás fue Belle, o el caballo. O quizás fue Lucy, que se caía de nuevo, antes de que él lograra sujetarlo por las riendas y dominarlo.
Belle llegó la primera a donde estaba Lucy. Se arrodilló en el suelo y, con mucho cuidado, la consoló. Cage se arrodilló junto a ella al instante siguiente.
Satén se alejó a galope tendido.
Lucy tenía los ojos abiertos y lloraba. Intentó moverse y gritó, agarrándose una pierna. Belle le ordenó que se estuviera quieta. La pequeña miró a su padre.
—He oído vuestros gritos. Vais a mandarme a vivir con ellos, ¿no es así? Tal y como ha dicho mi madre…
—No, no permitiré que eso suceda.
—Ella me dijo que iba a venir el día de mi cumpleaños, pero que la retuvieron en un aeropuerto francés. Pero no es cierto, ¿verdad?
Él negó con la cabeza. Deseaba haber sido más inteligente, pero era demasiado tarde.
—Lo siento, Lucy.
Ella miró a Belle.
—¿De verdad ibas a casarte con él? —le preguntó.
Belle no contestó. Se giró hacia Cage, pero sin mirarlo a los ojos.
—Voy a llamar a Urgencias. Tenemos que llevarla al hospital, pero no creo que debamos moverla.
Acarició el pelo a la pequeña y salió como una exhalación hacia la casa.
Lucy cerró los ojos.
—No quiero ser bailarina, papá. No quiero parecerme en nada a mi madre.
Él tomó una de sus manos entre las suyas.
—Volverás a bailar —le aseguró con firmeza—. Y a montar a caballo y a todas las cosas que te gustan. Nunca has sido como ella. Y que sepas que yo nunca voy a dejar que te lleven adonde tú no quieras ir. ¿Está claro?
Ella hizo ademán de asentir y gimió de dolor.
Belle regresó con mantas y comenzó a tapar a Lucy.
—El helicóptero de Urgencias está de camino —anunció.
Al poco rato el helicóptero aterrizaba en el mismo lugar que siete meses antes. Subieron a Lucy en camilla y Cage la acompañó. Acababa de terminar de atarse el arnés de seguridad cuando el helicóptero despegó.
La figura de Belle, con el pelo al viento, fue desapareciendo a lo lejos.
El hospital de Weaver no era muy grande. Cage se lo había paseado de arriba a abajo varias veces, cuando por fin apareció la doctora Rebeca Clay de Urgencias. Llevaba las radiografías de Lucy en un sobre.
La doctora le sonrió y le señaló la sala de espera.
—Sentémonos —dijo—. Lucy lo está haciendo muy bien. No parece que tenga conmoción cerebral, pero me gustaría que se quedara aquí en observación unos días.
Él la miró. Tenía que haber un «pero».
—¿Cómo tiene la pierna?
La doctora suspiró levemente.
—No está fracturada, lo cual es algo bueno. De momento se la hemos inmovilizado. Tendrá que verla su traumatólogo para determinar el daño. Sé que ustedes tienen uno muy bueno, pero George Valenzuela, de la clínica Huffington, está especializado en traumatología infantil, y ha accedido a pasarle consulta, si ustedes quieren. Belle lo telefoneó mientras Lucy y usted venían para acá —anunció la doctora—. Pero no se preocupe, no tiene que decidirlo ahora mismo. Le hemos dado a Lucy algo para el dolor. Avisaré a alguien para que le acompañe a su habitación.
Una hora más tarde, Cage estaba sentado junto a la cama de su hija en el hospital. Lucy estaba profundamente dormida, con la pierna en alto igual que después de la otra caída.
Cage telefoneó al rancho, pero nadie contestó en toda la noche. Y Belle tenía el móvil desconectado.
Por la mañana, Cage se enfrentó a ello: Belle se había ido.
Pero si ella creía que las cosas entre los dos habían terminado, no lo conocía tan bien como creía.