Epílogo

 

Howard. Gorgon. Beowulf —dijo Belle en voz baja, y observó sonreír a Cage.

Habían transcurrido tres meses desde el día en que él había acudido al Doble-C. Tres meses en los cuales ella buscaba todo lo que le hiciera reír. Le encantaba su sonrisa. Lo amaba y, cada día que pasaba, más.

—Único —le susurró él al oído.

Se giró en la silla, pero aún no había señal de los novios.

—Espero que nuestra boda no dure tanto —murmuró—. Debería haberme traído un libro o algo.

Ella contuvo la risa.

—Eres amigo de Emmy Johannson desde hace mucho tiempo. Tenías que estar en su boda. Seguramente ella y Larry están posando para las fotos. No tardarán. Toma, bébete mi ponche si quieres —le ofreció ella, tendiéndole su vaso.

Él se bebió el ponche. Aunque parecía tranquilo, Belle sabía que no estaba del todo cómodo. A la boda había acudido mucha gente. Desde que se habían prometido Belle y él, Cage se había convertido en una cara más habitual en Weaver, pero aquella era la primera vez que acudía a un acontecimiento social tan multitudinario.

—Oh, vamos, Cage —intentó camelarlo ella, acariciándole la mano—. Vamos a casarnos dentro de poco y aún no me has dicho cómo te llamas de verdad. ¿No crees que ya es suficiente? Si no, tendré que sacarlo de la licencia de matrimonio, pero sea como sea pienso averiguarlo.

—Nunca te lo he ocultado, Belle —dijo él, sujetándole la mano y besándosela.

Entonces Hope y Tristán regresaron a la mesa junto a ellos. Habían estado bailando.

Hope rió casi sin aliento. Apenas se percibía que estaba embarazada, pero tenía un aspecto saludable de la cabeza a los pies.

—Lucy debe de haber trabajado realmente duro para hoy no llevar las muletas. Anya y ella están preciosas como damas de honor.

—Demasiado preciosas y demasiado crecidas, pienso yo —murmuró Cage.

Lucy y Anya estaban rodeadas de sus amigos, muchos de ellos chicos.

—Si lo que viene es una niña, sabréis a qué me refiero —añadió.

Tristán sonrió y tomó la mano de su esposa.

—¿Qué tal es eso de ser socio de Squire?

—Tengo que vigilarlo —contestó Cage, divertido—. Ha metido ganado del Doble-C en el Lazy-B.

—Volverás a comprarle su parte —le aseguró Belle.

Sabía que él lo haría, que era demasiado orgulloso para no hacerlo. Con el tiempo, había llegado a comprender al niño que él nunca se había permitido ser. Y estaba enormemente contenta de que no hubiera vendido el rancho completo, ni siquiera a su padrastro.

Se oyó un alboroto en la puerta. Emmy y Larry habían llegado. Fueron acercándose a saludar a los invitados a sus mesas. Cuando llegaron a la mesa de Belle y Cage, Emmy saludó a Belle.

—Gracias por haber logrado que Cage viniera.

—Por nada del mundo se hubiera perdido a Lucy vestida de dama de honor —le aseguró Belle.

Emmy era una de las pocas personas de Weaver que él había permitido entrar en su vida. Quizás había sido más por necesidad, por lo mucho que había ayudado a Lucy a lo largo de los años. Pero ella sabía que estaba feliz por los novios.

—Anya está encantada con lo de ir a Nueva York con Lucy y los Oldham el próximo verano. No sé qué le emociona más, si ver un espectáculo de Broadway o volar en avión hasta allí —dijo, y le apretó suavemente la mano a Cage—. Gracias por incluirla en el viaje.

—Gracias por permitirle ir.

Emmy sonrió y se marchó con Larry a saludar a otras personas.

Belle se inclinó sobre Cage.

—Emmy y tú os conocéis desde pequeños. ¿Sabe ella cómo te llamas en realidad?

Comenzó a sonar una balada y Cage extendió su mano.

—Pero si tú ya sabes mi verdadero nombre. Ven. Sé que te gusta bailar.

A Belle le encantaba, pero se había contentado con quedarse junto a él, creyendo que él no quería bailar.

Cage la llevó hasta el centro de la pista y, al poco, Belle descubrió que bailaba muy bien.

—No pongas esa cara de sorpresa —le dijo él, sonriendo—. Mi madre se aseguró de que aprendiera a bailar. Para que veas que no toda la habilidad de Lucy le viene de su madre.

Belle negó con la cabeza.

—Belle ha heredado tu corazón.

Y en aquel momento, el suyo estaba tan henchido que estaba a punto de llorar de la emoción.

—Dices que ya conozco tu nombre, pero sólo me has dicho que es único… —se detuvo, y lo miró de soslayo, sonriendo—. Oh, no, no puede ser.

—Es un nombre familiar, muy antiguo —se disculpó él con aspereza.

—Así que te llamas Único —dijo ella, riendo y besándolo—. Por favor, prométeme que no continuaremos la tradición familiar cuando tengamos hijos.

—Tú sólo tendrás que preocuparte de dejarme que te ame el resto de mi vida —le aseguró él al oído.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y se olvidó de todo lo demás. Todo lo que siempre había deseado lo había encontrado en un hombre único.