Capítulo 2

 

Belle y Lucy cenaron solas aquella noche. Cage había aparecido un momento para decirle a la niña que preparara algún plato congelado y que no le esperaran para cenar. Belle había advertido que la tristeza empañaba fugazmente la mirada de la pequeña, aunque ella la hizo desaparecer rápidamente sin que su padre se diera cuenta de su frustración. Y eso se le quedó grabado a Belle incluso después de que Lucy se fuera a dormir.

Se le quedó grabado con tanta fuerza que, en lugar de encerrarse en su habitación para evitar encontrarse con Cage, se quedó por el salón, sabedora de que más tarde o más temprano él tendría que atravesarlo para subir a su dormitorio.

Pero, o Cage intentaba evitarla a toda costa, o tenía más trabajo del que parecía. A Belle se le empezaron a cerrar los ojos de agotamiento, así que se dio por vencida y decidió retirarse a su habitación. De camino, pasó junto a la habitación que era de Lucy antes del accidente. Se detuvo y la contempló desde la puerta. Las paredes estaban pintadas de color rosa. Belle decidió que aquello era una buena señal, que Cage no las había vuelto a pintar como si Lucy nunca fuera a regresar a aquel cuarto. Mucha gente hacía rehabilitación sin la convicción de que iban a recuperarse.

—¿Ves algo interesante?

Belle dio un respingo y se giró. Cage estaba terminando de subir las escaleras. Parecía tan exhausto como se sentía Belle.

—Rosa —dijo ella, sintiéndose como una estúpida.

—¿Cómo? —preguntó él, arrugando la frente.

—Las paredes —aclaró ella, haciendo un gesto—. Son de color rosa. Acabo de darme cuenta.

—A Lucy le gusta el rosa —respondió él, sin mirarla—. Es una chica.

—A mi hermana le gusta el rosa —dijo Belle, pensando que era una conversación estúpida.

—¿Y a ti? ¿Te gusta el rosa?

—No. Bueno, el rosa es bonito, pero yo soy más de rojo.

Él sonrió levemente.

—Es un rosa sin diluir —dijo, acercándose a ella—. He visto que has preparado pizza.

A Belle le sorprendió el cambio brusco en la conversación.

—Pizza vegetariana. Queda algo en la nevera.

—Lo sé. No te pago para que cocines.

Ese comentario descolocó a Belle durante unos instantes, pero se recuperó enseguida. Era evidente que en aquella casa no les iría mal un poco de ayuda.

—No me ha importado, y a Lucy…

—A mí sí me importa.

Belle se puso tensa. ¿Esperaba él que ella le asegurara que no iba a volver a hacerlo?

—¿Qué es lo que te importa, el tema de la pizza, el que Lucy no quisiera comerse los restos de asado que le habías dicho que comiera, o el hecho de que yo haya usado tu cocina? ¿Hay alguna otra regla que deba conocer?

Cage no pareció captar la ironía.

—No te acerques a los establos.

—¿Temes que les haga algo a tus caballos? ¿Cómo se te ocurrió contratarme a mí para este trabajo?

—El caballo que tiró a Lucy está en el establo. No quiero que ella tenga la tentación de ir. Si tú lo haces, ella querrá también. Y lo único que mi hija necesita de ti es tu experiencia.

—Por tu forma de decirlo, pareces dudar de que la tenga. En serio, no entiendo por qué insististe en que aceptara tratar a Lucy.

El pasillo pareció encogerse. O tal vez era que su enfado era cada vez mayor.

—Tienes buenas referencias.

—Pero el pedigrí equivocado —replicó ella, y su afirmación quedó flotando en el aire.

El rostro anguloso de Cage se afiló aún más.

—¿Estás cómoda en tu habitación?

—Se está bien —respondió ella.

Lo miró y se preguntó cómo aquel hombre a quien apenas conocía había pasado a ser parte de su vida.

—Cage, antes o después tendremos que hablar de ello —dijo Belle—. Lo que sucedió fue una tragedia, pero sucedió hace mucho tiempo ya.

La expresión pétrea de Cage cobró vida de pronto, con tanta fiereza que Belle dio un paso atrás, golpeándose con la pared a su espalda.

—¿Hace mucho tiempo? —repitió él con voz gélida—. Se lo comentaré a mi madre la próxima vez que vaya a verla. Por supuesto, seguramente a ella no le importará, ya que apenas recuerda lo que sucede de un momento para otro.

Belle sintió que el estómago se le encogía. No de miedo, sino de empatía y sentimiento de culpa. Sabía que él nunca aceptaría esos sentimientos, que pensaba que ella era la hija de un demonio.

Belle entrelazó las manos. Sabía a lo que se exponía cuando había aceptado el trabajo, ¿no?

—Esto es una mala idea. No debería haber aceptado instalarme aquí. Deberías… deberías llevarla a Weaver, la trataré allí.

Tenía algunos contactos que podían ayudarla a conseguir la sala de rehabilitación.

—Quiero que estés aquí, ya te lo he dicho otras veces.

Belle se apartó el pelo de la cara.

—Cage, no tiene sentido. Sé que hay un largo camino hasta el pueblo, pero…

—Mi hija tendrá los mejores cuidados. Si eso te parece exagerado, me da igual. Y ahora dime, ¿vamos a tener esta… discusión cada día? Porque me gustaría que tu presencia aquí fuera más productiva. Para eso te pago.

Belle se mordió la lengua para evitar decirle dónde podía meterse su dinero. Un dinero que ambos sabían que era menos de lo que ella solía cobrar normalmente.

—A mí también me gusta aprovechar el tiempo —replicó ella con sinceridad—. No tengo ningún deseo de estar más tiempo del necesario en este lugar.

—Bueno, al menos en una cosa estamos de acuerdo.

Belle se agarró las manos con más fuerza, casi clavándose las uñas, para contenerse.

—Hay otra cosa en la que será mejor que también estemos de acuerdo —dijo, en voz baja para no despertar a la pequeña—. A Lucy no le favorece el nerviosismo adicional de saber que me detestas, así que a lo mejor podías contenerte. No digo que seamos amigos, es pedir demasiado. Pero si Lucy percibe que no confías en que soy la mejor para ayudarla, ella tampoco va a creerlo, independientemente de lo bien que nos lleváramos cuando le daba clase de Educación Física.

—No necesito que me digas lo que mi hija necesita. He sido padre soltero desde que ella nació.

—Y es sorprendente que ella haya salido tan equilibrada —dijo Belle, encogiéndose por dentro ante la crudeza de sus propias palabras—. Lo siento, eso ha sido…

—La pura verdad —le interrumpió él, sin aspecto de estar ofendido—. Ella es increíble.

Un tenso silencio se instaló entre los dos. Belle se preguntó si no se habría equivocado al aceptar el trabajo, no porque no tuviera la preparación necesaria, sino por lo que rodeaba a Lucy.

Seguramente. Suspiró.

—Lucy es una niña extraordinaria, Cage. Y quiero ayudarla.

Ésa era la única razón por la que ella estaba allí. Bueno, casi la única.

Cage apretó la mandíbula y desvió la mirada.

—Si no lo creyera así, no estarías aquí.

Parecía la mayor concesión que él estaba dispuesto a hacerle. Al menos por el momento. Afortunadamente, la experiencia le había enseñado a Belle que una retirada a tiempo no significaba fracasar.

—Bueno, me voy a la cama.

Belle tenía veintisiete años, pero sintió que enrojecía al pronunciar esas palabras. Como si Cage no supiera que iba a dormir bajo el mismo techo que él. Sería mejor que se centrara en el trabajo, se dijo Belle a sí misma. Cage había despedido a la anterior terapeuta por estar más interesada en acostarse con él que en la rehabilitación de su hija. Belle le había asegurado que con ella no tendría que preocuparse por eso.

Como si fuera a hacerlo.

—He estado viendo el granero —dijo ella, al ver que ninguno de los dos se movía—. Es impresionante lo preparado que está.

Era otro signo de la devoción de aquel hombre por su hija. Todos los aparatos que ella podría desear, y algunos más, estaban allí. Ni siquiera el hospital del pueblo tenía tanto equipamiento.

—He cambiado de sitio algunas cosas, espero que no suponga un problema —añadió ella.

Él clavó sus ojos azules en ella y Belle prefirió ignorar el estremecimiento que le recorrió la espalda ante su intensa mirada.

—Tú eres la experta.

—De acuerdo, entonces —dijo ella, asintiendo.

Su dormitorio estaba al lado del de él, y no al otro extremo del pasillo, como hubiera deseado.

—Buenas noches —dijo, deseando que él se metiera en su habitación.

Pero él no se movió. Sintiéndose como una idiota, Belle despegó su espalda de la pared y entró rápidamente en su dormitorio, cerrando la puerta.

Un instante después, oyó el crujido del suelo y la puerta del dormitorio contiguo cerrándose.

El alivio la invadió. Se puso el pijama, se sentó en la cama, y agarró su teléfono móvil.

Contestó su hermana Nikki, sin ceremonias.

—¿Y bien, ya estás allí?

Belle se recostó en la cama. El somier de hierro crujió suavemente.

—Sí —respondió en voz baja, consciente de que las paredes eran finas y se oía todo—. El camino hasta aquí bajo la lluvia ha sido infernal.

—Bueno, ya sabes que Squire dice que a Cage Buchanan no le gustan las visitas, así que no se esfuerza porque el camino hasta su casa esté en buen estado.

—Lo sé.

Squire Clay era su padrastro, se había casado con su madre hacía varios años.

—Oye, es tarde. Seguramente estabas durmiendo.

—No te preocupes. No pensaba dormir hasta asegurarme de que estabas sana y salva después de haberte presentado a ese hombre.

—No es tan malo.

—Que sea guapo no quiere decir que sea bueno. Aún no puedo creer que aceptaras ese trabajo. ¿Qué necesitas demostrar?

—Nada —respondió Belle—. Sólo es un trabajo para cubrir el verano hasta que regrese al hospital.

«Si es que regreso».

Nikki resopló suavemente.

—Puede que sí, pero me apuesto lo que quieras a que te lo has tomado como la última oportunidad de demostrarte a ti misma que no eres un fracaso.

Belle hizo una mueca de dolor.

—No seas ridícula, Nik.

—Oh, vamos, Belle. ¿Qué otra razón te haría aceptar la oferta de ese hombre?

—Ese hombre tiene nombre.

El repentino silencio de Nikki fue muy revelador. Era lo que pasaba al ser gemelas. Pero Belle no quería seguir hablando de los motivos por los que había aceptado el trabajo.

—Hablando del hospital —dijo, cambiando de tema—. ¿Cómo van las cosas por ahí?

—Aún no han contratado a nadie en tu lugar, si es eso lo que te preocupa.

—Vaya, quizás eso signifique algo.

Era una especie de pequeño milagro, dada la cantidad de pacientes que acudían a la prestigiosa clínica. Ella sospechaba que el hecho de que su hermana fuera la secretaria del jefe era la razón por la que le habían concedido una excedencia en lugar de despedirla.

—Sé que te gustaría saberlo, pero que no vas a preguntarlo —continuó Nikki—. Así que te diré que Scott viene ya sólo una vez a la semana.

Belle no supo cómo sentirse al oír hablar de él. Scott era un paciente al que no había logrado rehabilitar del todo. Y también había sido un novio en el que no debería haber confiado tanto.

—¿Has hablado con él?

—¿Bromeas? Me quedé en mi despacho. Si llego a encontrármelo en persona, le hubiera golpeado —respondió Nikki, y su voz adquirió un tono ácido—. «Ella» viene ahora con él. El personal no la soporta porque es una arrogante. No apruebo lo que él hizo, pero por lo que la gente de aquí cuenta de su esposa, no me extraña que el hombre se buscara a otra.

Nikki era su heroína.

—Tú nunca serías tan estúpida de enamorarte de un hombre casado.

—Y tú tampoco te habrías enamorado de Scott si él no te hubiera ocultado que estaba casado —replicó Nikki—. Por Dios santo, Belle, que llegó a proponerte matrimonio… No fue culpa tuya si él decidió no decirte que no estaba libre.

—Provoqué un tremendo escándalo.

—Fue Scott quien lo provocó —se apresuró a refutarle Nikki—. Y eso fue hace seis meses, y aún te castigas por ello.

Belle quiso negarlo, pero no podía. Su relación con Scott Langtree había supuesto un escándalo lo suficientemente importante como para que ella sintiera la necesidad de tomarse un tiempo de excedencia hasta que los ánimos se calmaran. Pero lo que realmente le pesaba a Belle no era el escándalo en sí, sino lo que Scott le había dicho al romper.

Eran cosas en las que no quería pensar demasiado. Cosas como que era una fracasada tanto en lo personal como en lo profesional. Cosas que, en su interior, temía que fueran ciertas.

—Bueno, y hablando de todo un poco… —dijo, irguiéndose—. ¿Cómo te van las cosas en el trabajo? ¿Te han concedido el aumento de sueldo que querías?

—Ejem… Aún no.

—¿Lo has pedido?

—No, pero…

—Pero nada. Nik, tú me defiendes siempre, pero tienes que aprender a defender tus intereses también. Alex estaría perdido sin ti, y ya va siendo hora de que se dé cuenta de ello. De veras, no le iría nada mal que dejaras el trabajo.

Pero ella sabía que Nikki no iba a hacerlo. Alexander Reed era el director de la clínica deportiva Huffington, que tenía varias sedes por todo el país. Era un as de los negocios, según Nikki.

A Belle le intimidaba bastante, pero se había esforzado al máximo para conseguir un puesto en su hospital. Un puesto al que iba a regresar, se prometió a sí misma por dentro.

—Bueno, ¿cómo es él? Cage, me refiero. ¿Tiene tan mal genio como todo el mundo dice?

Belle aceptó el brusco cambio de tema sin decir nada. Sabía que Alexander Reed era un tema demasiado delicado para su hermana para hablar de él durante mucho tiempo.

—No es ningún ogro —le aseguró Belle.

Nikki rió brevemente.

—Sigue diciéndotelo a ti misma, Annabelle.

Belle sonrió.

—Es tarde y necesitas dormir. Hablaremos otro día.

—Cuídate y ten cuidado de que no se propase contigo —dijo Nikki, y colgó.

Belle dejó el teléfono sobre la mesilla. No tenía que preocuparse de que Cage se propasara con ella, pero tampoco iba a permitirse bajar la guardia en ningún momento.

La cama crujió de nuevo cuando se tumbó. Estaba agotada, pero no logró dormir. No podía dejar de pensar en el hombre que dormía al otro lado de la pared.

 

 

Cuando oyó el crujido de los muelles por centésima vez, Cage dejó de leer el libro que tenía en las manos y se quedó mirando la pared que separaba los dos dormitorios. Incluso dormida, aquella mujer era irritante. En cuanto saliera el sol, engrasaría los muelles de su somier.

Esa cama ya era antigua cuando él había dormido en ella de pequeño. Pero nunca había advertido el ruido del somier con ninguna de las otras dos terapeutas.

Salió de la cama, un modelo mucho más nuevo que el de la otra habitación, y se puso unos pantalones vaqueros. Nunca había tenido problemas de insomnio… hasta hacía seis meses, cuando le había llegado la primera carta de la madre de Lucy. Había sido una desagradable manera de comenzar el año. Ella reclamaba que quería ver a su hija, una hija que al principio no quiso tener. Él había logrado aplazar el encuentro, sin creer en la amenaza de ella de que haría que sus padres intervinieran si él no accedía. Sandi nunca había querido nada de sus padres, excepto malgastar su fortuna de la forma que más les fastidiara.

Pero aquella vez no era un farol. Y era mucho más difícil ignorar la demanda de ver a Lucy que hacían los padres de Sandi. Sobre todo porque iban a recurrir a los mejores abogados.

A las pocas semanas de recibir la carta, Lucy había tenido el accidente, y entonces el insomnio de Cage había empeorado. La semana antes de que llegara Belle Day no había logrado dormir más de una o dos horas cada noche. Era muy frustrante.

Había probado todos los métodos para dormir, incluso había dejado de beber café. Pero nada había funcionado.

Y a su irritación se añadía una nueva causa: el chirrido del somier de Belle Day.

Salió descalzo de la habitación y bajó las escaleras, evitando las partes que crujían. Se acercó al dormitorio de Lucy, que se había destapado, y entró a taparla de nuevo. Dormida, era igual que cuando sólo tenía unos pocos meses de edad. Pero ya tenía doce años. Doce años que habían pasado en un suspiro. Estaba a punto de convertirse en una adolescente.

Ése era el problema con los hijos, que crecían.

Salió de la habitación y dejó la puerta entreabierta, por si ella gritaba en medio de una pesadilla. Desde que el condenado caballo la había tirado, Lucy tenía muchas pesadillas. Un caballo que él debería haber devuelto a sus abuelos el mismo día que llegó.

Cage salió al porche y se sentó en la mecedora que había sido de su madre. Se recostó y apoyó los pies en la barandilla. Había dejado de llover y hacía un poco de frío, pero él apenas se dio cuenta. Strudel llegó junto a él y, después de recibir unas cuantas caricias, se tumbó en el suelo y comenzó a roncar.

Qué suerte tenía.

Cage quería muchas cosas en su vida pero, en aquel momento, lo que más le importaba era poder dormir. Estaba a punto de lograrlo cuando oyó un grito.

Era Lucy.

Se levantó de un salto de la mecedora y se dio de bruces con la delgada figura que bajaba apresuradamente por la escalera.

Sujetó a Belle por los hombros, evitando que cayera al suelo.

—Lucy… —dijo ella, casi sin aliento, del golpe seguramente.

—Desde el accidente tiene pesadillas —aclaró él.

Entonces se dio cuenta de que aún la tenía sujeta y la soltó bruscamente. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, advirtieron el brillo de su piel. De la gran cantidad de piel expuesta, ya que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes que revelaba que, a pesar de ser delgada, tenía curvas donde debía tenerlas.

La rodeó y entró en el dormitorio de Lucy. La pequeña se había calmado y dormía como si no hubiera sucedido nada.

Cage se pasó la mano por el pelo y se restregó los ojos. Estaba agotado. Entonces sintió un ligero toque en su espalda y dio un respingo. Se giró y salió, dejando la puerta de Lucy entreabierta de nuevo.

—¿Qué sucede? —preguntó, con tanta brusquedad que Belle dio un paso atrás asustada.

—Lo siento —murmuró ella—. Pensé que… No es nada.

Cage se pinzó el puente de la nariz. Le dolía la cabeza. Cuanto antes regresara esa mujer a su dormitorio, mejor. No le interesaba lo que ella pensara, ni que oliera a lluvia, ni que no pudiera estarse quieta en la cama ni cinco minutos.

—¿Pensaste qué? —preguntó cansado, advirtiendo que desde luego ella tenía curvas.

Belle se cruzó de brazos.

—Nada. No es importante.

—De acuerdo. Entonces, vete a dormir.

Ella rió en voz baja.

—Has hablado igual que mi padre.

Cage sabía que era un comentario inocente, pero no pudo evitar reaccionar. Antes de que pudiera decir algo que la hiciera marcharse de allí, y así acabar con cualquier posibilidad de ayudar a su hija, pasó junto a ella y comenzó a subir las escaleras.

—Cage…

Él no quería escuchar nada de lo que ella tuviera que decir. Ella había dicho la palabra mágica, «padre», que le había recordado quién era ella y hasta que punto había sido capaz de llegar él por el bien de su hija.

—Vete a dormir, Belle —le dijo, sin darse la vuelta.