Quiero ir contigo.
Cage negó con la cabeza.
—Esta vez no, Luce.
—¿Por qué no? Quiero ver a la abuela.
Cage deseó que Belle dejara de lavar los platos del desayuno de Lucy. Deseó que dejara de hacer cosas para las que no le pagaba. Llevaba tres días con ellos, y él ya le había advertido que no tenía que limpiar el polvo ni el suelo. Puede que la casa necesitara un poco de limpieza, pero cuando la había descubierto limpiando algo, había arremetido contra ella. Había sido algo exagerado, pero verla como si estuviera en su propia casa le fastidiaba sobremanera. No quería que ella lo ayudara, no a menos que siguiera sus reglas.
—Te llevaré otro día.
—¿Cuándo? No la he visto en todo el verano —protestó Lucy, y frunció los labios.
—Y nada ha cambiado desde entonces —comentó él en tono cortante.
Al darse cuenta de su brusquedad, suspiró. Antes del accidente de Lucy, la visitaban todos los fines de semana.
—Tal vez vayamos este fin de semana, cuando la señorita Day se tome sus días de descanso.
La perspectiva pareció dejar satisfecha a su hija, que sonrió.
—La señorita Day, ¡ay! Se toma un descanso —bromeó Lucy.
—No eres la primera que se ríe de mi apellido —le dijo Belle con una sonrisa—. De pequeña me gastaban todo tipo de bromas al respecto.
—Day no está mal —replicó Lucy—. Deberías saber cómo llamaban a mi padre. Cage no es su auténtico nombre, ¿lo sabías?
Belle se dio la vuelta y se apoyó en el fregadero.
—¿Ah, no?
—Qué va. Su auténtico nombre es… —añadió, con una mueca de desagrado—. ¿Quién le pondría «ese» nombre a un hijo?
Cage taladró a Lucy con la mirada.
—¿Has hecho ya la cama? —le preguntó.
Ella extendió los brazos y él automáticamente se acercó a ella para ayudarla a pasar de la silla de la cocina a la silla de ruedas. Pero captó la mirada de Belle. En lugar de tomarla en sus brazos, le tendió las muletas.
—Papá… —gimoteó Lucy.
—Lucy, ya hemos hablado de esto —replicó Belle.
Lucy agarró las muletas. Belle la ayudó a ponerse en pie. Una vez erguida, Lucy miró a su padre.
—Belle me ha dicho que no gimotee ante ti porque eres un blando en lo referente a mí —dijo, y le lanzó una mirada a Belle antes de salir de la cocina.
Belle sintió que le ardían las mejillas y se giró para seguir lavando los platos.
Cage llenó su taza de café y observó a Belle. Llevaba unos pantalones de aeróbic rojos y un top también rojo.
Cuando sucedió el accidente, ella tenía la edad de Lucy. ¿Cuánto tiempo había necesitado ella para recuperarse de sus heridas?
Terminó el café rápidamente. El haber descubierto que ella había resultado herida en el mismo accidente que sus padres no cambiaba nada. Gus Day había matado a su padre en la autopista a las afueras de Cheyenne, así de sencillo. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe.
—¿Así que soy un blando?
—Se suponía que ella no debía decírtelo. Pero si te preocupa que el acompañarte a Cheyenne sea demasiado agotador para ella, no te preocupes. Puede soportar el viaje.
—Tengo asuntos que atender —insistió él.
En cierta forma era verdad, tenía asuntos personales, del tipo que no quería compartir ni siquiera con Lucy. No, hasta que fuera inevitable.
—Seguramente regresaré tarde.
Belle no pareció alegrarse.
—Ya te he dicho que Emmy Johannson puede venir a cuidar a Lucy —le recordó Cage.
—Y yo ya te he dicho que eso sería ridículo, porque yo voy a estar por aquí de todas formas. ¿Quieres discutir ahora que Lucy no está? —arremetió ella y, como él no contestaba, siguió secando los platos—. ¿Se te ha ocurrido que a lo mejor Lucy quiere estar contigo?
—Quiere ver a su abuela. Fin de la conversación.
Cage no podía evitar que ella lavara los platos, pero no tenía por qué escuchar sus consejos acerca de algo que no fuera la rehabilitación de su hija.
Belle se encogió de hombros y se concentró en los platos. Y Cage maldijo su desesperada situación, por la que había tenido que contratarla.
Eso le recordó por qué tenía que ir a Cheyenne. Se puso en pie y agarró su sombrero.
—Lucy tiene el número de mi móvil —anunció, y salió a grandes zancadas de la habitación.
Le pareció que Belle le decía que condujera con cuidado.
Lucy estaba en su cuarto de baño cuando él se acercó a avisarla de que se marchaba.
—Pórtate bien —le pidió él, a través de la madera.
Ella abrió la puerta, apoyada en sus muletas.
—¿Qué otra cosa podría hacer? —replicó ella con aspereza—. Ya no me dejas acercarme a los caballos.
—Cuando esté seguro de que no vas a acercarte a «ese» caballo, me lo pensaré.
—Nunca vas a volver a permitirme montar a Satén, ¿verdad?
Hubo un silencio.
—Acuérdate de dar de comer a Strudel —dijo él por fin—. Y haz los ejercicios que la señorita Day te ha puesto como deberes.
—Los odio, al hacerlos me duele todo el cuerpo y son aburridos —afirmó ella con rebeldía, una actitud que últimamente repetía mucho.
—Siento mucho que te duela el cuerpo, pero no importa que sean aburridos —dijo él suavemente—. Tienes que hacerlos.
Ella apretó la mandíbula, y a continuación abandonó su lucha y lo miró suplicante.
—¿Por qué no me dejas ir hoy contigo?
Maldición, realmente era un blando en lo concerniente a su hija. Pero esa vez debía resistir.
—¿Te supone un problema quedarte con la señorita Day?
Lucy puso los ojos en blanco.
—Por Dios, papá, se llama Belle. Y no, no tengo ningún problema con ella. No como tú.
—Yo no tengo ningún problema con la señorita Day.
—Ya, por eso la miras como la miras. Deberías pedirle una cita o algo así.
—Pero yo no quiero tener una cita con ella —le aseguró él, mientras se inclinaba y le besaba la frente—. Pórtate bien.
Ella puso mala cara.
—Saluda a la abuela de mi parte.
Él asintió y salió. Sabía que, aunque trasladara el saludo a su madre, no obtendría respuesta. Por esa razón nunca tendría una cita con la señorita Day.
—¿Te has enamorado alguna vez, Belle?
Fue una pregunta repentina, y Belle levantó la vista de la pierna de Lucy.
—¿Ya se te ha pasado el calambre?
Lucy asintió mientras flexionaba los dedos de los pies.
Era el final de la tarde y estaban de nuevo en el granero. Cage aún no había regresado de Cheyenne.
—¿Y bien, te has enamorado?
—Sí —respondió Belle, mientras se limpiaba las manos del aceite del masaje—. Se llamaba Howie Bloom. Estábamos juntos en secundaria. Para mí era el hombre perfecto. Sin embargo, él creía que Nikki era la mujer perfecta.
—¿Ellos dos salieron juntos?
—Nikki lo mandó a paseo. Respetábamos nuestro terreno mutuamente.
—Ojalá yo tuviera una hermana —murmuró Lucy con dramatismo.
Se dejó caer sobre las colchonetas y comenzó a mover los brazos arriba y abajo. Belle se preguntó si se daba cuenta de que también estaba moviendo las piernas, pero decidió no comentárselo. No era la primera vez que advertía que, de forma inconsciente, Lucy movía la pierna lesionada.
—En lugar de eso, estoy sola —se lamentó Lucy—. Bueno, con papá. Creo que necesita una mujer. Tal vez así no se centraría tanto en mí.
Belle se mordió la lengua para no resoplar y, cuando se hubo calmado, habló.
—Si tu padre quisiera estar con alguien, estoy segura de que nada lo detendría.
Le pareció una respuesta suficientemente segura. Era un hombre muy atractivo… para ser un gruñón.
—Supongo que sí. Podría haber salido con la madre de Anya. De pequeños estaban en la misma clase. Entonces Anya y yo seríamos hermanas. Pero papá nunca ha mirado a la señora Johannson como… bueno, ya sabes.
—Y Anya ahora está visitando a su padre, ¿no?
Lucy asintió.
—Hasta el mes que viene —contestó la pequeña con abatimiento.
Belle se puso en pie y extendió los brazos.
—Vamos. Haremos palomitas y veremos alguna película de ésas que tienes.
Quizás así ella lograría dejar de pensar en qué tipo de mujer sería la que atraería la atención de Cage Buchanan.
Cuando llegó por la noche, Cage advirtió el brillo azulado a través de las ventanas del salón: la televisión estaba encendida. Y era más de medianoche.
Aparcó en la parte trasera de la casa y se quedó sentado dentro del coche. Había otra luz encendida en el piso de arriba. O Belle se había quedado dormida con ella encendida, o aún estaba despierta. Seguramente por eso la televisión estaba funcionando.
Respiró profundamente, agarró el sobre que lo había acompañado en su viaje a Cheyenne y entró en la casa. Había logrado un poco de tiempo.
Afortunadamente.
Había dos fuentes con palomitas sobre la mesa. Él no había cenado, y agarró un puñado. Luego fue al salón, donde se oía el murmullo de la televisión. Lucy estaba tumbada en el sofá, cubierta por su manta favorita y apoyada en el regazo de Belle. Estaba dormida.
—¿Qué tal ha resultado tu viaje? —preguntó Belle en voz baja.
Cage se permitió mirarla por fin. Sólo lo suficiente para apreciar que llevaba una bata blanca que dejaba ver su cuello perfecto.
—Digamos que ha resultado. Cada vez que voy a la ciudad, me parece que hay más alboroto. Seguramente tú estarás deseando regresar allí.
—Ése es el plan —afirmó ella.
—¿Cuándo se ha dormido Luce?
—Cuando Ariel consigue unas piernas.
Cage observó la pila de cintas de vídeo sobre la mesa. La Sirenita era la película favorita de Lucy desde el primer día que la había visto.
—No se dormía con esa película desde que tenía cinco años.
—Hoy ha trabajado muy duro.
Cage dejó el sobre en la mesa de café y se inclinó sobre el sofá.
Belle contuvo el aliento ante aquel rápido movimiento. Pero él no se dio cuenta. Tomó a su hija en brazos, casi rozando los muslos de Belle, y la apoyó sin esfuerzo contra su pecho. Belle tragó saliva y trató de cubrirse las piernas con la bata. Pero Cage no le prestó atención, se dio la vuelta y se encaminó al dormitorio de la niña, contemplándola con devoción.
Belle apagó la televisión. Estaba recogiendo la mesa cuando Cage regresó.
—¿Se ha despertado? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza y agarró el sobre.
—Salvo las pesadillas, no hay nada capaz de despertar a Lucy en mitad de la noche.
No estaba segura de si él la estaba regañando, pero no habían hablado nunca de la hora a la que tenía que acostarse Lucy. De pronto, estar a esas horas en el salón casi a oscuras le pareció demasiado íntimo. Y ella, se recordó, estaba allí para desempeñar un trabajo. Y preguntarse qué era ese sobre que hacía que Cage se pusiera tan tenso no era parte de su trabajo.
—Bueno, es cierto que es medianoche —dijo ella, elevando las manos ligeramente—. Voy a tirar esto.
Él estaba en su camino y, cuando por fin se apartó, Belle pasó rápidamente a su lado y tiró las migas que había recogido a la basura. Luego se lavó las manos y recordó que había dos fuentes de palomitas en la mesa. Iba a recogerlas cuando Cage le tendió la fuente vacía, mientras agarraba las sobras de la otra.
Belle sonrió. Quizás a él le daba igual que ella estuviera en bata, pero a ella no.
—Buenas noches —dijo, deseando refugiarse en la seguridad de su dormitorio.
Él no contestó, y Belle creyó que no lo haría, mientras se encaminaba hacia el pasillo.
—Belle…
¿Por qué él sólo la llamaba por su nombre de pila en medio de la noche?, se preguntó, agarrándose al quicio de la puerta y girándose.
—¿Sí?
—Gracias por haber cuidado hoy de Lucy.
Era lo último que esperaba de él.
—De nada —contestó, sorprendida.
Él asintió y se metió otro bocado de palomitas en la boca, hambriento.
—¿Has cenado? He cocinado un guiso de carne —dijo ella—. No tiene nombre, pero Lucy ha dicho que era uno de sus platos favoritos. La receta estaba con las demás en esa caja. Espero que no te importe.
Había necesitado calmarse para abrir la caja de metal con las recetas.
—Eran las recetas de mi madre —señaló él.
Justo lo que ella había supuesto, y lo que le había hecho dudar.
—Queda mucho, si quieres —dijo ella, y se dirigió hacia el pasillo.
Una vez en su dormitorio, sintió la urgencia de telefonear a su hermana, pero no lo hizo. El que ella no pudiera dormir por estar viviendo bajo el mismo techo que Cage Buchanan no significaba que pudiera perturbar también el sueño de Nikki.
Se metió en la cama pero, cada vez que cerraba los ojos, a su mente acudía la imagen de Cage: Cage caminando hacia la casa, con sus caderas estrechas y sus largas piernas enfundadas en pantalones vaqueros; Cage devorando palomitas; Cage cargando con su hija en brazos…
Belle dio vueltas en la cama, ahuecó la almohada, intentó diversas posturas para dormir. Y se incorporó de un respingo al oír que llamaban a la puerta.
—¿Sí?
Debería haberse levantado y haberse puesto la bata, pero en lugar de eso se quedó sentada en la cama, cubierta por la sábana, conforme Cage entraba por la puerta. Ella no era capaz de pensar con claridad, mucho menos de decir nada.
De repente él se arrodilló y apoyó una mano sobre el colchón, a pocos centímetros de su rodilla desnuda. El colchón se hundió y los muelles chirriaron.
—¿Qué sucede? —logró preguntar por fin—. ¿Qué estás haciendo?
Él metió medio cuerpo debajo de la cama. Llevaba una lata en una mano.
—Los muelles del somier chirrían —le informó él, engrasándolos.
—Ya me había dado cuenta —dijo ella.
Cage se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—Yo también.
Esa afirmación inquietó a Lucy, porque le hizo preguntarse qué haría él al otro lado de la pared, cuando podía oír el chirrido de su cama. ¿Escuchaba él con tanta atención lo que ella hacía, como ella a él, para intentar no encontrarse con él? Todas las mañanas esperaba a levantarse hasta que le oía ducharse y vestirse en la habitación contigua.
Él se detuvo en la puerta y se giró levemente.
—No tienes por qué seguir escondiendo la cicatriz de tu pierna. Si Luce ve que estás acomplejada, a ella le va a pasar lo mismo con la suya —dijo, y cerró la puerta.
Belle parpadeó, incrédula, y se dejó caer sobre la cama. Los muelles chirriaron levemente y luego dejaron de hacer ruido.
Cómo no. La única preocupación de Cage era su hija.