Le has preguntado ya a tu padre lo de la fiesta de cumpleaños? Lucy negó con la cabeza, concentrada en pintarse las uñas de los pies. Estaban descansando del estudio. Lucy estaba sentada en el suelo, inclinada hacia delante para llegar a sus pies.
—¿Por qué no? —insistió Belle.
Observó la forma en que la niña se movía para compensar su rodilla lesionada. Lucy era muy flexible, pero cuando llegaba el momento de hacer la rehabilitación, se ponía rígida. Llevaban cinco días de terapia y, aunque ponía malas caras y se quejaba, no armaba un gran escándalo, algo que ella había temido al principio. Pero lo que tenía fascinada a Belle era que Lucy, en su vida diaria, de forma inconsciente, se movía más que con los ejercicios.
Lucy aún no había contestado a su pregunta.
—¿Hay alguien? —preguntó Belle, inclinándose sobre ella—. ¿Por qué no se lo has pedido? Dijiste que lo harías ayer.
Y el día anterior, y el anterior.
—No va a dejar que vengan chicos, y si no vienen chicos, tampoco querrán venir las chicas.
—¿Tú quieres que vengan chicos?
Lucy se incorporó, se encogió de hombros y guardó la laca de uñas en el neceser.
—No lo sé.
—Mi antiguo jefe me apodaba «bulldog» porque no me rindo fácilmente —comentó Belle—. Así que, ¿por qué no me cuentas qué es lo que te retiene para no hacer una fiesta? Si no, seguiré preguntando hasta averiguarlo.
—Venga ya, te lo estás inventando —replicó Lucy con escepticismo.
—Si quieres telefoneamos a Nikki y ella te dirá que es cierto. Ella es la secretaria del señor Reed, y te confirmará que él suele poner un apodo a todo el mundo.
—¿Por qué ya no trabajas allí?
—Oh, volveré a trabajar allí —le aseguró Belle con una despreocupación que estaba muy lejos de sentir—. Estoy en una especie de vacaciones.
—¿No estarás en mi colegio el curso que viene?
Belle negó con la cabeza.
—Entonces, ¿cómo puedes decirme que vamos a preparar algo para el concurso de talentos que no sea bailar?
—Tenemos el resto de las vacaciones de verano para pensarlo.
—Pero luego te irás.
Belle percibió la soledad en el comentario de la niña. ¿Cómo no iba a sentirse sola? Vivía en un rancho alejado de todo, con la única compañía de un perro, un televisor y películas, un caballo al que no podía acercarse y un padre que trabajaba de sol a sol.
Incluso, él había dejado de protestar porque Belle cocinara para su hija, y también había dejado de acudir a comprobar que Lucy cumplía con las horas de las comidas.
—Sí —respondió Belle al cabo de unos instantes—. Me iré. Porque entonces tú correrás y saltarás y ya no me necesitarás más. Pero seguiremos siendo amigas, cariño. Puedes telefonearme cuando quieras.
—¿Nikki y tú vivís juntas en Cheyenne?
—¡Qué va! Quiero a mi hermana, pero al segundo día estaríamos discutiendo. Eso sí, vivimos cerca. Ella tiene una casa y yo un apartamento. Bueno, o lo tenía.
Belle no había renovado el contrato de alquiler porque en el momento de hacerlo estaba viviendo en Weaver.
—Tendré que buscarme un nuevo alojamiento cuando regrese —dijo con una sonrisa, para alegrar a la pequeña—. A lo mejor tu padre te deja venir a visitarme alguna vez.
Lucy la miró encantada, y luego se entristeció.
—No me dejará.
—Ya está bien de esa actitud. Tu padre se desvive por ti.
—No me deja visitar a mis abuelos. Los padres de mi madre —dijo la pequeña, acariciando el neceser—. Mi abuela me regaló esto hace unos meses. A papá casi le da un ataque.
—Tal vez se le haga extraño que su niñita haya crecido y se pinte las uñas. Los padres son así.
—Eso fue lo que él me dijo.
Belle estaba intentando recordar lo que había oído de los abuelos de Lucy, pero lo único que sabía era que eran muy ricos.
—¿Te han invitado ellos a que vayas a verlos?
Lucy negó con la cabeza.
—En realidad no. Hemos hablado por teléfono un par de veces, pero papá no lo sabe.
Belle deseó no ser partícipe de aquel engaño, pero Lucy siguió hablando.
—Viven en Chicago. Ellos me regalaron a Satén.
Era el caballo que la había tirado, provocándole la lesión.
—¿No era en Chicago donde estaba esa escuela de artes interpretativas que te interesaba?
—Sí —respondió Lucy, apoyando la cabeza en el final de la cama—. Supongo que ya no importa que papá no me dejara ir allí en el viaje de estudios. Aunque hubiera logrado acudir algún día a la escuela, ahora no me querrían en mi estado.
—Pero Satén no te había tirado cuando preparamos el viaje. De todas formas, nadie ha dicho que la escuela no te acepte cuando estés recuperada —señaló Belle.
Lucy se encogió de hombros. Dejó el neceser a un lado y se puso en pie ayudándose de las muletas.
—Incluso aunque ganara una beca, él no me dejaría ir —afirmó, y salió lentamente de la habitación.
Eso era lo que le sucedía por involucrarse emocionalmente con una paciente, pensó Belle, mientras observaba marcharse a la pequeña. En lugar de preocuparse sólo de rehabilitar su cuerpo, quería arreglar el resto de su vida. Y no sabía si a Lucy le sentaría bien acudir a una escuela privada tan lejos de su hogar, pero lo que sí sabía era que aquella niña tenía un talento fuera de lo común.
Belle se calzó y se puso en pie, agarró las deportivas de Lucy y fue hasta la cocina. La niña estaba apoyada en la encimera mirando a través de la ventana.
—Vamos —le dijo Belle—. Hemos explorado todo el rancho salvo una parte. Ponte las deportivas.
—Sólo hay un lugar que no hemos visitado.
—Exacto, los establos.
—Papá no quiere que vaya.
Belle asintió.
—No quiere que vayas tú sola —apuntó, inventándoselo.
Recordaba la advertencia de Cage, pero Lucy llevaba tiempo decaída, y Belle estaba cansada de perseguir a aquel hombre para hablarle de su hija. Ella sospechaba que la actitud reticente de Lucy a recuperarse tenía que ver con el caballo que la había tirado.
—Lo que él no quiere es que intentes volver a montar, y en eso estoy de acuerdo con él. Aún no tienes los músculos fuertes para sujetarte a la montura. Pero hacer una visita a los establos no es montar a caballo. Y tienes más animales que Satén, ¿verdad?
Lucy la miró con cierto escepticismo, lo que no ayudó a la inseguridad que sentía Belle. Era media tarde. Normalmente, Cage no regresaría a la casa hasta que fuera de noche. Por supuesto, ella le contaría la visita, pero una vez que la hubieran hecho, relatándole cómo se había alegrado Lucy al hacerlo. Y si tenían que discutir por eso, podría con ello.
Se estaba poniendo nerviosa, así que ella misma le ató las deportivas a Lucy y le acercó la silla de ruedas que había estado aparcada en una esquina en los últimos días.
—Por esta vez, puedes ir en la silla —anunció, ya que los establos estaban bastante alejados de la casa—. Pero lleva también las muletas.
Lucy pareció aliviada al sentarse en la silla de ruedas. Salieron al exterior.
—Ése es Rory —comentó Lucy al ver al primer caballo—. Es más viejo que yo.
El caballo sacó la cabeza por encima de la media puerta y acarició con el hocico la mano de Lucy.
—Debería haber traído zanahorias —señaló la niña, agarrando las muletas y poniéndose en pie.
Fue parándose en cada box y saludando a los caballos como si fueran viejos amigos. Belle la observaba, empujando la silla a su lado. Era una escena conmovedora.
Entonces llegaron al último box.
Era el de Satén, Belle lo supo al instante. El caballo era negro e impresionante. Ella había crecido rodeada de caballos, pero nunca había visto un ejemplar tan magnífico.
Lucy se había detenido a cierta distancia, pero al darse cuenta de que Belle la estaba mirando, se acercó al box como si no tuviera miedo.
—Éste es Satén —anunció—. Mide diecisiete palmos. Es hijo de Knotty Wood.
Belle se quedó atónita.
—¿El caballo de carreras?
—Sí, pero Satén nunca ha participado en carreras —respondió la niña, haciendo ademán de acercarse a él, pero sin llegar a tocarlo.
¿Qué estaba haciendo un caballo como aquél en un rancho de ganado?
—Es un regalo impresionante. ¿Lo monta alguien?
—No, y nadie va a hacerlo
La voz grave habló sin alterarse, pero Belle captó la furia subyacente en su tono y dio un respingo. Lucy reaccionó igual mientras las dos se daban la vuelta, sintiéndose sorprendidas haciendo algo malo.
Cage miró a Lucy unos instantes, comprobando que estaba bien, y clavó su mirada en Belle.
—¿Qué… diablos haces? —le espetó él.
Belle casi se echó a temblar. Sabía que, con aquella visita, se había arriesgado a enfurecerlo. Pero la recuperación de Lucy le importaba más que cualquier discusión.
—Le he pedido a Lucy que me presentara a sus amigos.
—Lucy, ve y espérame en la furgoneta.
—Pero, papá…
—Ve.
Belle la observó dirigirse hacia la furgoneta aparcada a la entrada de la cuadra, atenta a sus movimientos. Cuando sonó el ruido de la puerta al cerrarse, Cage dio un paso hacia Belle y ella reculó hasta quedar apoyada sobre el box de Satén.
—El día que llegaste —comenzó él, peligrosamente tranquilo—, ¿qué fue lo que no entendiste de nuestra conversación?
—No voy a robarte ningún caballo —replicó ella, intentando quitar tensión al momento, pero sin lograrlo.
—En este momento sería mejor que lo hicieras. Podrías llevarte éste —dijo, señalando a Satén con la barbilla—, y yo te lo agradecería.
Belle se irguió.
—¿Te has dado cuenta de lo que Lucy ha hecho hace un momento, Cage?
—Me he dado cuenta de que estaba casi pegada a ese maldito caballo —le espetó él—. Es un animal impredecible. No quiero que también él me arrebate a mi hija.
—¡Ella ha pisado con la pierna mala, la ha usado! —exclamó ella, y de pronto se detuvo—. ¿A qué te refieres con «también»?
Él se la quedó mirando, apretando la mandíbula.
—Satán…
—Se llama Satén.
—Satán —repitió él—, la ha tirado una vez. Ella es buena jinete, pero podría haber muerto.
—Pero está viva —le recordó Belle—. Si tanto odias a este caballo, ¿por qué sigue aquí?
Él se giró como si no pudiera soportar seguir mirándola.
—Si me deshiciera de él, Lucy me odiaría aún más de lo que yo odio a ese caballo.
Aquella confesión tan cruda conmovió a Belle. Intentó aportar algo positivo.
—Lucy dice que quiere recuperarse. Pero algo evita que se relaje en las sesiones, Cage.
—Y a ti se te ha ocurrido tentarla a acercarse a ese caballo.
«Ese caballo» sacó la cabeza por encima de la media puerta y empujó a Belle lo suficiente para hacerle tambalearse hacia delante. Belle logró recuperar el equilibrio antes de estamparse contra Cage.
—Yo no pretendía eso —se defendió ella—. Y además, Lucy no quiere volver a montar a Satén.
—Ella me repite continuamente que sí quiere.
—¡Lo hace para llamar tu atención! —le aseguró Belle—. Y por eso no se esfuerza a tope en la rehabilitación. ¡Si no me evitaras, te lo habría comentado antes!
Él la miró fijamente. No la creía.
Belle sintió que la frustración se apoderaba de ella.
—Tú mismo te darías cuenta, Cage, si dedicaras algo más de cinco minutos al día a estar con ella. Sé que a mí me evitas, pero que la evites a ella es ridículo. La primera vez que tú y yo nos vimos, creí que eras un padre tozudo que no estaba preparado para que su niñita hiciera un viaje fuera de su hogar.
—Lucy sabía que no iba a dejarla ir a Chicago —replicó él, inclinándose sobre ella—. En aquel momento te metiste por medio, igual que estás haciendo ahora.
—¡A lo mejor necesitas alguien que se meta por medio! ¿Sabes? La mitad de la gente de Weaver te considera un ogro, y yo no quería creerlos. ¡Pero ellos te conocen desde mucho antes que yo, y tienen razón! Prohibir a Lucy que se acerque a los establos porque tú tienes celos de un caballo que le han regalado sus abuelos no es sobreprotegerla ni ser tozudo. Es ser cruel —le espetó ella, pasando junto a él.
Seguramente no debería haber dicho aquello, pero ya no podía retirarlo. Las palabras se quedaron como suspendidas en el aire, mientras ella salía de la cuadra.
Él la despediría en un instante, estaba segura. Y quizás no fuera tan mala idea.
Llegó hasta la furgoneta y advirtió que la niña la miraba preocupada. Belle se acercó al vehículo y le hizo un gesto para que bajara la ventanilla.
—No te preocupes —dijo con voz ronca—. Tu padre está enfadado conmigo, no contigo.
—Será mejor que no te despida —dijo Lucy, abrazándola por el cuello—. ¡Lo odiaré para siempre si lo hace!
Belle le acarició el pelo, recordando la vez que ella misma le había dicho a su padre que lo odiaba. Aquello había tenido unas consecuencias funestas.
—No vas a odiarlo —aseguró—. Y además, no me ha despedido.
Aún. Miró hacia atrás.
Cage seguía junto al box de Satén, con la cabeza gacha.
Belle abrazó a Lucy y cerró los ojos, pero la imagen de Cage se le había grabado en la mente. Era la imagen de un hombre desalentado. Belle sintió que se le partía el corazón.
—Todo va a ir bien —le aseguró a Lucy.
Si tuviera valor, se acercaría a Cage y le pediría perdón. Intentaría arreglar las cosas. De nuevo. Tanto si la despedía como si no, al menos todo terminaría.
Cage seguía sin moverse.
—Me voy al pueblo —anunció Belle a Lucy.
Faltaban algunas horas para que empezaran sus días libres, pero la idea de marcharse le pareció lo más prudente.
Lucy le sujetó las manos.
—¿Regresarás?
Belle se obligó a sonreír.
—De lunes a viernes, eso pone en mi contrato.
Miró de nuevo a Cage. Belle necesitaba creer que arreglarían las cosas entre los dos.
Por el bien de todos.