La siguiente mañana, la ruta de Belle al Lazy-B no estuvo dominada por la lluvia, pero sí por los nervios, que la hicieron dudar más que la primera vez que se había dirigido allí.
Llegó antes de la hora de comer. Strudel estaba tumbado en el porche, y acudió corriendo alegremente a saludarla. Ella lo acarició riendo.
—Strudel —ordenó Cage—. Deja en paz a la mujer.
El perro le hizo caso, pero siguió dando vueltas de alegría alrededor de ella.
Belle no esperaba encontrar a Cage a aquellas horas. Llevar el rancho era una tarea ardua, sobre todo porque casi todo lo hacía él solo. Pero él estaba allí, y ella debía aceptarlo. Había pasado el resto del día y de la noche anteriores preocupada con lo que él había dicho, con la forma en que la había mirado…
Belle sacó la maleta del todoterreno y vio que Cage se acercaba a ella.
—¿Dónde está Lucy? —preguntó, intentando sonar despreocupada.
Lo primero que tenía que hacer era preguntarle a la niña por qué le había insinuado a su padre que ella iba a dejar el trabajo.
—Está hablando por teléfono con Anya sobre la fiesta de cumpleaños. Tenías razón.
¡Aleluya, por lo menos una cosa salía bien! Le sorprendió que él lo reconociera con tanta facilidad. Él alargó el brazo para llevarle la maleta y ella se la tendió. No quería pelear.
Cage parecía estar divirtiéndose, como si se percatara del lío en su mente, pensó Belle. Era una idea perturbadora. Entonces recordó una cosa y volvió a meterse en el coche.
—Casi atropello al cartero —dijo Belle—. Así que te he ahorrado un viaje.
El brillo que creyó advertir en los ojos de él desapareció cuando ella le tendió el correo. Cage lo recogió sin decir nada y entró en la casa.
Belle suspiró y lo siguió.
—De nada, Cage. Ha sido un placer.
Una vez dentro de la casa, oyó que Cage llevaba la maleta a su habitación. Lucy estaba tumbada sobre la cama con el teléfono pegado a la oreja. Saludó con la mano a Belle y le sonrió ampliamente.
—¡Has vuelto! —exclamó la pequeña.
—Parece que es una gran sorpresa —contestó Belle, enarcando las cejas.
—Bueno, ahora ya sabes que mi padre te quiere aquí.
Belle se mordió la lengua. Sabía lo que había querido decir Lucy, aunque las palabras podían entenderse de otra manera.
—Termina de hablar por teléfono. Vamos a retomar nuestro trabajo —le dijo Belle, con una sonrisa traviesa.
Lucy puso cara de disgusto, pero Belle la oyó reírse de nuevo al poco, al volver a hablar con su amiga por teléfono.
Belle pasó junto al despacho de Cage y vio que éste estaba dentro. Pensó en entrar, pero ¿qué iba a decirle? Después de todo, ellos eran quienes eran y entre ellos no podía haber acercamiento. Belle sintió un escalofrío por la espalda.
El sonido de las muletas de Lucy acercándose por el pasillo puso fin a aquella situación.
—Belle, ¿estás bien?
Belle reaccionó y sacudió la cabeza.
—Perfectamente.
—No me hagas sufrir mucho, ¿de acuerdo? —le pidió la niña.
Estaban a medio camino del granero cuando Strudel apareció corriendo a su lado. El perro llegó hasta el granero y volvió junto a ellas, ladrando y moviéndose con energía.
—Este perro necesita antidepresivos —comentó Belle.
Lucy rió.
—Papá lo recogió del arcén de la carretera el invierno pasado. Es un perro feliz.
—Ya lo veo.
A Belle le resultaba difícil imaginarse a Cage deteniendo su coche para recoger a un cachorro desvalido.
Lucy puso música de Debussy a todo volumen, y las imágenes de Cage y el cachorro se desvanecieron. Menos mal. Belle colocó varias colchonetas en el suelo y Lucy dejó caer las muletas en el suelo, moviéndose con gracilidad.
—Un día bailarás en Broadway —murmuró Belle—. Sobre todo, si te esfuerzas en tu rehabilitación tanto como sé que puedes hacerlo.
Lucy se sonrojó, pero pareció encantada con la idea. Comenzó a hacer los ejercicios.
—Mi madre es bailarina, ¿lo sabías?
—Sí.
—Por eso no está aquí: se fue a Europa para poder bailar.
Belle sabía el esfuerzo que suponía crearse una carrera, pero no podía concebir el hecho de abandonar a un hijo.
—¿Tienes noticias de ella a menudo?
—Tengo vídeos de sus espectáculos —respondió Lucy.
Un vídeo no era una llamada telefónica ni una carta, pensó Belle.
—Muy bien —dijo de pronto—. Vamos a calentar. Hoy tenemos mucho que hacer. Cuando terminemos aquí, te haré un examen de Historia.
Lucy gimió.
Cage observó toda la sesión desde la puerta del granero, sin que ellas pudieran verlo. Belle tenía mucha paciencia, animaba a Lucy y conseguía que hiciera los ejercicios que le proponía. Lucy se quejaba tanto como sonreía. Aunque tenía miles de cosas que hacer, Cage se quedó allí toda la sesión. Quizás Belle era una Day y un constante revulsivo para su paz mental, pero Cage sintió que por fin él hacía algo bien respecto a Lucy.
Así, ningún juez podría decir que alguien podría proporcionarle una vida mejor a su hija.
La felicidad de Cage continuó la semana siguiente. Acabó no por Belle, sino por su propia hija.
Era medianoche y Lucy estaba en su despacho. Cage la contempló en silencio, el tiempo suficiente para saber que no había entrado a por una hoja de papel o algo parecido.
—¿A quién has telefoneado? —le preguntó con suavidad.
Lucy dio un respingo y lo miró con expresión culpable. Cage se puso tenso.
—A nadie —respondió ella.
Hubo un momento de silencio tenso entre ellos, y entonces Lucy rompió a llorar y salió de la habitación apoyándose en las muletas.
Cage dejó escapar un suspiro de exasperación. La pequeña llevaba varios días con un humor imprevisible. Cage la siguió hasta su dormitorio y descubrió que había echado el cerrojo. Llamó a la puerta.
—Luce, abre la puerta.
—¡Déjame en paz!
—¿Con quién hablabas por teléfono?
—¡He dicho que me dejes en paz! —exclamó ella elevando la voz.
Cage llamó a la puerta con más fuerza.
—Abre la maldita puerta.
—¿Qué sucede? —preguntó Belle, desde las escaleras.
—Nada de tu incumbencia —le espetó él, y al darse cuenta de su brusquedad, se excusó—. Perdona.
Pero ella se dio la vuelta y subió las escaleras a toda velocidad.
Cage accionó el picaporte.
—Abre la puerta, Luce, o lo haré yo.
Se oyó el cerrojo y Lucy abrió la puerta. Estaba en la silla de ruedas.
—No quiero hablar contigo. Quiero hablar con Belle.
Aquella niña, que ya no era tan niña, sabía cómo hacerle daño. Cage la miró fijamente unos minutos, ella le mantuvo la mirada. Dios, era la viva imagen de su madre, pero aquella actitud tozuda la había heredado de él.
—¿Con quién hablabas por teléfono?
Si se trataba de los Oldham, iba a tener que desconectar el maldito teléfono.
—¡No tengo por qué decírtelo! —exclamó ella a voz en grito, y se apartó bruscamente de la puerta—. Quiero hablar con Belle.
Estaba a punto de echarse a llorar de nuevo.
Él se pasó los dedos por el pelo, preocupado.
—Ella sólo se encarga de tu rehabilitación —apuntó él—. Y es más de medianoche.
—Ella también es mi amiga.
Y él sólo era su padre. Por mucho que intentara tener controlada a Belle Day, ella se salía constantemente del lugar que le había asignado.
Advirtió que Lucy se enjugaba las mejillas disimuladamente. Maldición.
Subió al piso de arriba y llamó a la puerta de Belle.
Ella la abrió rápidamente, como si hubiera estado esperando la oportunidad, pero no se mofó de él, sólo lo miró tranquilamente.
—Lucy quiere hablar contigo —anunció Cage.
Ella comprobó el cinturón de su bata, dudosa.
—¿A qué estás esperando? Si no quieres bajar, dilo.
—Creí que a estas alturas había quedado claro que haría cualquier cosa por Lucy.
—Y nada por mí.
Ella enarcó una ceja.
—Como si tú fueras a aceptar algo —replicó ella, apartándolo para poder pasar.
Él la siguió escaleras abajo, hasta que Lucy le cerró la puerta de su dormitorio en las narices. Las dos mujeres estaban dentro, y él fuera.
Se frotó la cara y regresó a su despacho. ¿A quién habría telefoneado Lucy? Se sentó en la silla de su escritorio y contempló las fotografías de su hija. Aunque no las necesitaba para recordar todos y cada uno de los momentos de su vida.
—¿Estás bien?
Cage miró hacia la puerta. Belle lo miraba con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Ha estado hablando con los Oldham, ¿verdad?
Belle pareció sorprendida.
—¿Te refieres a sus abuelos?
—¿Qué te ha dicho?
—No me presiones. Lo único que sé de sus abuelos es que le han mandado algunos regalos, vídeos de su madre bailando.
—Regalos como ese endiablado caballo.
Habían vuelto a verlo, y esta vez él les había acompañado. Belle tenía razón, Lucy podía fanfarronear de que quería volver a montarlo, pero estaba asustada.
—Sí —admitió ella—. Pero no me ha dicho que había telefoneado a sus abuelos.
Lo cual no quería decir que no lo hubiera hecho. Ella creía que él no sabía que los había telefoneado otras veces.
—¿Entonces qué sucede? —preguntó él, levantándose.
Se hubiera puesto a pasearse, pero no había suficiente espacio en la habitación. A menos que quisiera acercarse a Belle, y era lo último que deseaba hacer. Porque lo que quería era más que acercarse a ella.
—Tenemos que… ir al pueblo mañana —respondió Belle, sonrojándose y desviando la mirada—. Tienes que saber algo. Lucy no quería decírtelo, pero yo le he dicho que tenía que hacerlo.
Él se puso rígido.
—¿De qué se trata? —preguntó con tanta aspereza que Belle dio un paso atrás.
—No es nada malo.
—¿No es nada malo, y estaba hablando por teléfono desde mi despacho cuando debería estar durmiendo? Si no ha telefoneado a sus abuelos, ¿a quién entonces?
—A Evan Taggart.
Él se la quedó mirando.
—¿Cómo?
—Pero no ha logrado hablar con él, porque su padre ha contestado al teléfono y ha dicho que era tarde para hablar.
—Al menos, Drew Taggart tiene algo de sentido común —murmuró él—. Así que ella estaba desilusionada porque no ha podido hablar con ese chaval.
—Evan es de su mismo curso, Cage. A ella… le gusta. Estaba asegurándose de que sabía lo de la fiesta.
Cage procesó la información.
—Pero hay algo más. Lucy acaba de tener su primera menstruación esta noche. Le da demasiada vergüenza decírtelo. Por eso tenemos que ir mañana al pueblo, yo tampoco lo esperaba y no tengo nada para ella.
Él se apoyó en su escritorio.
—¡Pero si sólo tiene doce años!
Belle cerró la puerta del despacho para amortiguar sus voces.
—¿Vas a quejarte ante mí por lo que dispone la madre naturaleza? Casi tiene trece pero, independientemente de su edad, esto ha sucedido.
Belle casi sentía lástima por él, estaba conmocionado.
—Tu hija va haciéndose mayor, Cage, y será mejor que te acostumbres a la idea. La pobre niña está al servicio de sus hormonas ahora mismo.
Él se quedó callado. Luego elevó las manos, con las palmas hacia arriba.
—Cuando nació, era tan pequeña que la acunaba entre mis manos —cerró los dedos hasta hacer un puño—. Lucy siempre me lo había contado todo.
Impulsivamente, Belle le agarró las manos, haciendo que abriera los puños.
—Aquí el importante no eres tú, Cage, sino ella. Es tan novata respecto a lo que le sucede en su cuerpo y en sus emociones como tú.
Él la miró a los ojos, y Belle fue consciente de pronto de que no le estaba sujetando las manos sólo para consolarlo.
Aquello era algo íntimo. Algo adictivo.
Hizo ademán de soltarse, pero él la sujetó y comenzó a acariciarle las manos.
De pronto, ella se dio cuenta de que estaba inclinándose hacia delante, y la conmoción le hizo dar un respingo hacia atrás, soltándose. ¿Acaso ella no era mejor que Annette Barrone?
Él apoyó las manos sobre el escritorio.
—Cargad en mi cuenta lo que compréis mañana —dijo en voz baja, tras unos instantes.
Ella asintió y se encaminó hacia la puerta. Tenía que escapar de allí.
—Belle…
Ella se sentía más a salvo cuando él la llamaba «señorita Day». ¿Se habría percatado él de lo cerca que había estado ella de besarlo? Ojalá no, porque si no se sentiría completamente humillada.
—¿Sí?
—Gracias.
Belle creyó que iba a derretirse allí mismo. Asintió y salió apresuradamente del despacho.
Tuvo que esperar un rato al pie de las escaleras hasta que dejó de temblar. ¿Cuándo se le había olvidado que Cage Buchanan estaba fuera de su alcance? Él creía que el responsable del accidente era su padre. Pero no sabía que había sido culpa de ella que aquella noche de invierno, Gus Day estuviera en la carretera.