Lucy
A veces lleva años que tu vida cambie. En algunos casos, tarda toda la existencia. Otras, te despiertas una mañana, miras a tu alrededor, y de repente te das cuenta de que todo ha cambiado. Las personas que creías que eran tus amigos, tus seres queridos… se han ido hace mucho tiempo. Tu vida no es la misma. El tiempo se ha esfumado y no te has dado cuenta de nada.
Sin embargo, a veces…, a veces tu vida puede cambiar justo delante de tus ojos. Lo único que se necesita es un instante. Un momento piensas que puedes ocuparte de cualquier cosa que la vida te ofrezca… y al momento siguiente —bueno, por decirlo con suavidad— estás jodida.
Mientras estaba sentada a solas en el jardín de Olive, esos eran los pensamientos que cruzaban por mi mente. Que estaba jodida. Que la había jodido.
De verdad.
Había dejado a Olive y Jason en el interior después de darles la noticia, y había salido porque era una noche hermosa y tenía que mirar las estrellas… Lo que en realidad significaba que necesitaba tomar un poco de aire fresco y hacer todo lo posible para asegurarme de que todo iría bien y que solo debía respirar. Cerrar los ojos y respirar. Cuando Olive se levantó para venir conmigo, vi por el rabillo del ojo que Jason le agarraba la mano con suavidad y negaba con la cabeza. No creía que fuera capaz de retenerla dentro mucho tiempo, pero le agradecía que lo intentara de todas formas.
Después de haber respirado con éxito durante al menos unos minutos sin tener un ataque cardíaco, miré por encima de mi hombro para ver si Olive y Jason seguían despiertos. Lo estaban. Y se habían puesto a bailar. Sin música.
Nunca supe qué fue lo que me afectó tanto en el corazón de esa escena, pero recuerdo perfectamente el dolor intenso que sentí en mi pecho. No me malinterpretéis, no eran celos. Para ellos solo quería felicidad, pero quizás era la primera vez que necesitaba que alguien me abrazara, que me mirara como Jason miraba a Olive. Sus dedos se enredaban con su pelo, juguetones, mientras Olive apoyaba la cabeza en su pecho con los ojos cerrados.
No había música.
Estaban solos en el mundo.
Así que, por un breve momento, quise lo mismo para mí.
La sensación de seguridad de que alguien estaba allí para sostenerme cuando la gravedad era demasiada para enfrentarme sola a ella, que tenía a alguien en quien podía confiar lo suficiente como para ponerme en sus manos. Solo por un momento, quise que alguien me sostuviera y me dijera que todo iría bien, que mis miedos eran innecesarios.
Cuando escuché la música que llegaba desde las cercanías, dudé solo un momento antes de levantar el culo del suelo y escalar con cuidado el muro que se interponía entre Adam Connor y yo.
Seguí el camino de piedras y me detuve cuando lo vi frente a las ventanas de cristal, observándome. Era una versión ligeramente diferente del Adam Connor que había visto la primera noche con Olive: camisa desabotonada, mangas remangadas, pantalones negros… La única diferencia era que no parecía que estuviera intentando averiguar nada. En realidad, parecía lo contrario. Mientras nos mirábamos, parecía que lo había descubierto todo.
Era todo lo que una chica podía querer.
Sin mencionar que me parecía el padre más sexy del mundo.
Sentí un repentino escalofrío en los huesos que me hizo cruzar los brazos mientras seguía acercándome a él. No apartó la vista de mis ojos mientras me abría la puerta.
Antes de que pudiera decir nada, di un paso adelante, me puse de puntillas y lo besé. No fue un beso que dijera «quiero follarte hasta dejarte seco», aunque no me hubiera importado hacerlo. Fue… diferente. De una clase a la que no quería poner nombre.
¡Oh, diablos! Vale. Fue un dulce beso; del tipo de besos que yo solía evitar.
Él no me detuvo. Se quedó allí, moviendo los labios con suavidad contra los míos, mientras yo intentaba hacer lo posible para calmar mi eufórico corazón. Cuando me tocó la cintura con el brazo, ya fuera para empujarme o tirar de mí, no quise arriesgarme, y me aparté de sus labios y me concentré en la música de nuevo.
—Lucy… —murmuró, haciéndome notar su aliento caliente contra los labios húmedos.
—No conozco esta canción —murmuré antes de atreverme a mirarlo a los ojos—. Sé que es George Michael, pero no conozco la canción.
Se quedó en silencio un momento mientras intentaba leer algo en mis ojos.
—Se llama Jesus to a Child —dijo después de un silencio incómodo.
Asentí, pero no añadí nada más.
—¿Has venido a preguntar por la canción?
—No la conocía. Es preciosa.
—Es antigua, y, sí, es una canción preciosa.
Esos vívidos ojos verdes que me miraban con tanta intensidad eran amables. ¿Podía notar lo que necesitaba aunque yo misma no tuviera ni idea de lo que era? Forcé una sonrisa, intentando con todas mis fuerzas que no fuera evidente lo mucho que temblaba por dentro mientras permanecía de pie frente a él.
«¡No has debido escalar el muro para llegar a él! —me gritó mi cerebro—. ¡No deberías haber escuchado a tu estúpido corazón!».
—¿Te gusta bailar? —pregunté, ignorando el sentido común.
—No.
—Ah —dije, sorprendida—. Vale…
—Pídemelo de todas formas —respondió.
Vacilé.
—¿Quieres bailar conmigo?
—Sí.
Tomó mi mano en la suya, grande y cálida, y me llevó al interior. Tan pronto como cerró la puerta y se volvió hacia mí, me acerqué a él, puse la mano en su corazón y apoyé la cabeza junto a ella. Se quedó rígido un momento, pero luego me rodeó la cintura con uno de sus brazos y acercó mi cuerpo al suyo.
Solté el aliento que reprimía y algo se sosegó en mi corazón. Algo se tranquilizó en mi estúpido corazón, debo puntualizar.
No me preguntó qué me pasaba, aunque sabía que lo haría al final. Se limitó a meterme el pelo detrás de la oreja y a apoyar la barbilla en la parte superior de mi cabeza. Mi estúpido corazón se estremeció. Luego levantó la mano izquierda y retiró mi mano de su corazón. Eso resultó un poco decepcionante, pero sabía que lo estaba llevando demasiado lejos.
Cuando dejé caer la mano, él la agarró a mitad de camino y empezó a entrelazar nuestros dedos. Al abrir los ojos, vi cómo me acariciaba ligeramente con el pulgar la sensible piel entre los dedos mientras nuestras manos encajaban perfectamente. Apreté el puño y me apoyé en él. No levanté la cabeza de su pecho, lo miré con los ojos entrecerrados, y noté que toda su atención estaba en nuestras manos. Estaba… diferente. Pensativo. ¿Preocupado? Luego parpadeó y puso mi mano contra su pecho, y la cubrió con la suya.
¡Qué atrevimiento…! Ya lo sé. Era yo la que trataba de seducirlo para bajarle los pantalones; no tenía ningún derecho a ello, ningún derecho a tratar de seguir a mi corazón. Pero… le dejé que me cogiera la mano de todas formas. Era fácil.
Estar así con él era cómodo; escuchar sus constantes latidos, su calor contra mi cuerpo… Su mano abierta en mi espalda era tan reconfortante como la que sostenía la mía. Me ataba al mundo. O tal vez solo a él.
Y todo era fácil para mi corazón.
Y todo era aterrador.
Aun así, se lo permití. No me juzguéis. Si fuerais yo, ya os habríais derretido; al menos yo seguía en pie. Yo gano, vosotras perdéis.
Así que le dejé sostener mi corazón en sus manos. De todos modos, fue solo un momento. De repente la canción terminó y el silencio que llenaba la habitación se hizo de alguna manera más fuerte de lo que había sido la voz de George Michael. Solo duró unos segundos, porque enseguida volvió a empezar la misma canción. Pero… durante esos pocos segundos, Adam se mantuvo en movimiento con un suave balanceo, y yo había conseguido mi deseo. Bailar sin música. Aunque fuera durante un momento fugaz, había tenido lo que Olive y Jason tenían. Y eso debería haberme asustado…, pero no fue así.
¿He mencionado ya a este estúpido corazón mío?
Cerré los ojos de nuevo y dejé que Adam guiara nuestros movimientos mientras absorbía las dolorosas palabras. Tampoco eran solo las palabras. Se podía ver que él también sufría, George Michael, quiero decir. Sufría por el amor que había perdido, y yo estaba perdida buscando un amor que sabía que nunca podría tener.
—¿Es cierto lo que está diciendo? —pregunté, en voz baja.
—¿Qué parte?
—¿El amor guarda realmente la llave de la felicidad?
—Dímelo tú. Tú eras la que tenía novio.
—Y tú, el que se casó. Con respecto a Jameson…, lo amaba…, sí, pero no fue nunca así. Nunca tuve eso.
—¿Qué quieres decir?
—Él era… éramos… éramos geniales en la cama, no puedo negarlo, pero además de eso…, no sé, nunca confié en él como Olive confía en Jason. Era un ligón. Lo nuestro no era nada serio, pero aun así me dolía ver que no era diferente con otras personas como lo era conmigo. Cuando veo a Jason mirando a Olive, incluso en momentos en los que ella está haciendo algo mundano como beber agua o actuar como una chiflada, veo que curva los labios. Si me siento muy sensible y los miro con atención, puedo ver el amor de Jason por ella. Soy muy ñoña, lo sé, pero es una estampa preciosa. El amor es maravilloso en ellos. Es correcto. Antes de venir aquí… —Vacilé, sin estar segura de si debía compartirlo o no—. Estaban bailando sin música, en medio del salón. Bailaban sin música.
—Ah… —murmuró, moviendo la mano de arriba abajo por mi espalda, en una suave y tranquilizadora caricia que no esperaba—. Por eso me has invitado a bailar…
—No —negué con rapidez…, un poco demasiado rápido, tal vez—. No. No estaba celosa de ellos ni nada de eso —repetí—. Ha sido por la canción. Me ha gustado la canción. He venido por… la canción.
—A mí también me gusta, Lucy —murmuró tan suavemente que casi no lo oí. ¿Estábamos hablando de la canción? No parecía que estuviera hablando de la canción.
Al ver que no continuaba, cerré los ojos y me concentré de nuevo en la maldita canción y en la letra. Me gustaba la canción. Joder, me encantaba. Aunque no me gustaba Adam Connor; él no era la razón por la que había ido allí. No me estaba enamorando de él ni ninguna estupidez por el estilo. No importaba lo que mi corazón dijera, no importaba la forma en la que mi cuerpo se encendía cada vez que su piel estaba en la mía. No importaba.
Quizá…
—Relájate, Lucy —murmuró Adam, y me di cuenta de que habíamos dejado de movernos. Respiré hondo y dejé salir todo el aire. La canción terminó y comenzó de nuevo. Era una canción muy buena.
A los pocos minutos… o tal vez a los pocos segundos, respiré profundamente. En los brazos de Adam me sentía libre pero conectada a algo que no podía nombrar; había perdido la noción del tiempo, del mundo y de la situación en la que me había puesto. De repente, Adam me soltó el brazo, y pensé cogerle la mano, para que me sostuviera solo unos segundos más, hasta que la canción terminara, solo hasta que… Pero no quería ser esa chica que pedía algo que sabía que no conseguiría.
«¡Despierta, Lucy!».
Sentí las puntas de sus dedos en la barbilla, e inclinó mi cabeza hacia atrás, lejos de su pecho. Miré profundamente sus ojos verdes y descubrí que no quería mirar hacia otro lado. No quería interrumpir lo que le estaba haciendo a mi corazón.
¿Magia, tal vez?
Separó los labios cuando frunció el ceño. ¿Era ira lo que vi en sus ojos?
—¿Por qué lloras? —preguntó con voz fuerte—. ¿Qué ha pasado?
Fruncí el ceño y me toqué la cara. Cuando bajé la vista, pude ver la humedad en los dedos. Estaba llorando… ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Es que… —empecé, pero no pude encontrar las palabras, no supe cómo terminar el pensamiento mientras las lágrimas seguían llegando. «Esto debe de ser lo que llaman hormonas…». Y no me gustaba.
—Lucy…
Inclinó mi cabeza de nuevo y me secó las lágrimas con el pulgar.
Las lágrimas no dejaron de salir. Apretó la mano en mi espalda, y me perdí un poco más, sentí que caía profundamente A pesar de tener su duro cuerpo apretado contra el mío, su mano sosteniéndome, pude sentir que mi cuerpo empezaba a temblar, que la desesperanza del día finalmente me alcanzaba.
Puse las manos en su pecho y traté de apartarlo, pero fue como tratar de alejar a un león que no quería moverse. De alguna manera se las arregló para acercarme a su cuerpo, y lo dejé.
—Lucy —advirtió, con la voz grave—. Dime qué te pasa…
Nos miramos a los ojos durante mucho tiempo.
—Estoy embarazada —admití con la voz rota.
Adam me soltó.
Fue el peor momento de mi vida. No era que estar embarazada fuera algo malo, porque para cualquier otra persona, alguien que quisiera tener un hijo, alguien que deseara tener un hijo…, eso lo era todo. Para mí, estar embarazada era una confirmación que no quería recibir.
Estaba maldita de verdad.
—¿Ves? —dije, rodeándome con mis propios brazos—. Soy como ellas. Seré como ellas. Amargada. Infeliz. Cabreada con la vida. —Levanté la vista para mirarlo—. Con el niño no. Con él nunca. Pero siempre estaré enfadada conmigo misma, y terminaré estando enfadada con el mundo. Nunca debí haberle dicho a Jameson que lo quería. Era un ligón, pero aun así le dije que lo amaba. Sabía que nunca funcionaría, pero tuve que decir esas estúpidas palabras. Y ahora estoy siendo castigada. Debí… no debí…
¿Por qué demonios seguía llorando?
—No estoy llorando porque esté triste —traté de explicar, elevando la voz. Era una vergüenza para las mujeres—. Es que estoy enfadada. Estas son estúpidas lágrimas de ira. O lágrimas de hormonas, ¡no lo sé! ¡No quiero llorar!
Entonces sus labios estuvieron sobre los míos y mis palabras se perdieron entre nosotros con un jadeo. Enredó los dedos en mi pelo mientras yo me ponía de puntillas para rodearle el cuello con los brazos y estrecharlo contra mí. No fue un beso tierno o lento. Estaba lleno de vida, de dolor, de placer, de odio, de ira e incluso un poco de esperanza y amor.
Inspiré profundamente por la nariz.
¡Mierda, su olor! ¡El olor de su piel!
«No respires, Lucy. No respires. Es tóxico. No lo hagas».
«¡Al diablo con eso!».
Gemí y respiré su aroma. Sus dedos se hundieron en mi pelo, y dejé que su lengua rodeara la mía, lamiéndola, chupándola, empujándola mientras inclinaba la cabeza en todos los ángulos posibles.
Estaba acabada.
Este era mi fin.
Con un gemido gutural, encerró mi cabeza entre sus manos y se hundió más, me inundó más. Le agarré del cuello, le arañé la piel, metí los dedos en su pelo para tirar de él con fuerza. Fue muy satisfactorio oír el silbido de dolor que siseó contra mi boca, sentirlo vibrar contra mi cuerpo.
Inclinó la cabeza hacia el otro lado y me besó hasta el olvido. Su cuerpo se cernía sobre mí, obligándome a retroceder un par de pasos. Era perfecto. Podría haber sido el mejor momento de mi vida. Sin duda estaba entre los cinco primeros.
¡Joder!, era el único beso que realmente merecía ser llamado beso. La forma en que movía su mano, enhebrando mi pelo con los dedos y ahuecándome la cabeza de una forma perfecta en ternura y brusquedad, sosteniéndome justo donde él quería… De forma en que casi podía oír sus salvajes latidos…, a pesar de que me perdía en la forma en que le tiraba del pelo, le arañaba el cuello para acercarlo a mí y así poder ahogarme en él…
Todo mi cuerpo lo deseaba, y temblaba al sentir su piel caliente sobre la mía a cada uno de nuestros movimientos bruscos y frenéticos.
Era un desastre hermoso.
Era un desastre perfecto.
Mi corazón…, mis propios latidos frenéticos ahogaron cualquier otro ruido menos los del suyo. Todo menos él era solo ruido blanco.
¡Santo cielo!
Mi cuerpo ardía y temblaba con fuerza entre sus brazos; solté una protesta silenciosa cuando apartó los labios de los míos. Con los ojos aún cerrados, me incliné hacia adelante para recuperarlos, pero su susurro me obligó a regresar a la Tierra.
—Detente, Lucy. Detente.
¿No le dolía tanto como a mí? ¿No me deseaba?
Yo lo ansiaba. Lo quería dentro de mí.
¡Oh Dios!, necesitaba tener su polla dentro de mí. Quería que no dejara de besarme nunca. Nunca había querido que esa conexión que había sentido se rompiera. Esa calidez. Los estremecimientos que provocaba en mí. Ese vértigo que había sentido cuando sus labios detuvieron mi mundo.
—Mírame —susurró en voz baja, y tuve que obligarme a abrir los ojos para poder verlo. Dios, tenía tan buen aspecto… Sus malditos ojos me estaban matando. Nunca volvería a mirar ese tono de verde de la misma manera.
Todavía sin aliento y nerviosa, le solté el pelo y puse las manos en sus hombros. ¡Dios!, por su pelo despeinado parecía que acababa de tener el mejor polvo de su vida. Vivía para besos como ese; los que te hacían sentir como si te hubieran follado bien, sin tener una polla en la vagina.
—Eso ha sido… ¡Dios!, ha sido un buen beso, Adam Connor. —Me aclaré la garganta y le di una palmadita en el hombro—. Estás aprendiendo. Me siento orgullosa.
—Era la única manera de evitar que balbucearas y lloraras.
Contuve la respiración y me puse rígida en sus brazos.
—¿Qué? ¿Me has besado para que dejara de llorar? ¡Idiota! —Me alejé de él, pero me agarró la muñeca en el aire y me volvió a apretar bruscamente contra su pecho.
—Suéltame —dije con los dientes apretados.
—Cállate —ordenó con la voz ronca, aunque aflojó la presión de sus dedos alrededor de mi muñeca—. Por favor, cállate un segundo.
No me moví.
—¿Cómo es que… ? —preguntó después de casi un minuto mirándonos a los ojos, respirando el mismo aire—. Lucy, ¿cómo es que estás embarazada?
«¡Ah, eso…!».
Hice lo que pude para controlar mi respiración y me aparté el pelo de la cara con la mano libre. Era inquietante ser objeto de toda su atención, notar que esos ojos penetrantes traspasaban mis bien construidos muros tan rápido como intentaba levantarlos. Además, todavía podía oler su maldita colonia, algo que le hacía sentir cosas estúpidas a mi pobre y descuidada vagina… y tal vez a mi corazón.
—A ver…, cuando un pene entra en la vagina…
Con los ojos todavía abiertos, posó sus labios sobre los míos y me besó hasta que relajé los hombros, y me derretí en sus brazos otra vez. Luego se retiró.
«¿Cuántas veces he dicho que es un capullo?».
—Por favor, sé sincera conmigo durante un segundo, Lucy. Sé tú misma y dime qué ha pasado.
—¿Qué demonios crees que ha pasado?
Empezó a bajar la cabeza de nuevo.
—Vale. Para. Para. Basta. ¿Vale? Ya basta.
—Cuéntame qué ha pasado sin andarte con rodeos. Me aseguraste que Callum no había…
¿Callum? ¿Jake Callum? ¿De qué demonios estaba hablando?
—¿Jake Callum? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?
Se relajó visiblemente delante de mis ojos.
—Entonces, ¿no es él?
—No tengo ni idea de lo que estás hablando. —Negué con la cabeza—. El bebé es de… Volví a tocarme el estómago, mirándolo como si pudiera ver la vida que crecía dentro de mí—. Jameson. Mi ex.
—¿Estás segura de que estás embarazada? ¿Has ido al médico?
—Hoy me he hecho un test de embarazo. Por lo que he oído, son bastante precisos.
Entonces fue él quien negó con la cabeza.
—Tienes que ir al médico. ¿Ya se lo has dicho? ¿A tu ex?
—Todavía no. Y ya lo sé. Por supuesto que tengo que ir al médico, pero como no he tenido el período y me he sentido mal últimamente, me he hecho la prueba y… —Abrí los brazos—. Tachán… Un bebé. —Tenía la garganta seca, y estaba segura de que no había sonado alegre en absoluto—. De tal palo, tal astilla, ¿no? Y te burlaste de mí cuando dije que mi familia estaba maldita… —Solté una risita seca que se apagó tan rápido como había empezado—. ¿Quién se ríe ahora?
No se rio. Ni siquiera esbozó una sonrisa. Estaba perdiendo mi ventaja.
Respiré profundamente y me alejé de él. Me llevé las manos a la cabeza y me di un masaje en las sienes. ¿Por qué había vuelto allí otra vez? ¡Oh! Sí. Pensaba que podía seducir a Adam Connor porque me debía mucho después de burlarse de mí la noche anterior.
«Buen trabajo, Lucy. Un trabajo increíble…».
—¿Vas a llamar a… tu ex? ¿Vendrá aquí? —La voz de Adam era suave, como si estuviera hablando con un caballo asustado.
Lo miré y suspiré.
—Me acabo de enterar hace unas horas. Todavía no he pensado lo que quiero hacer.
Arqueó las cejas.
—No vas a decírselo.
¿Era una pregunta?
Resoplé y refunfuñé.
—¿Por quién me tomas? —Miré por encima del hombro para asegurarme de que el sofá estaba allí y me senté antes de que mis piernas decidieran que había llegado el momento de convertirme en una damisela en apuros—. Esto no es un libro ni una película. No es una historia romántica, ni un fleco en la trama, y tampoco va a haber un final feliz. No voy a ocultarle el embarazo para luego regresar a su vida cuando no pueda hacer ya nada y darle una sorpresa en el momento en el que el niño sea mayor. Por supuesto que voy a llamarlo; no se escapará de esto tan fácilmente, y más vale que me ayude a salir adelante.
El sofá se hundió, y Adam se sentó a mi lado, hasta que nuestros brazos se tocaron. ¿Tenía que sentarse tan cerca? ¿En serio? ¿Y yo seguía interesada en seducirlo? ¿Después de ese beso? Joder, sí, seguía interesada.
—He decidido que vas a hacer el amor conmigo —anuncié, mirando al frente.
—¿Perdón?
—Ya me has oído.
—No, creo que no te he oído. ¿Podrías repetirlo?
—Vas a hacer el amor conmigo.
—¿Es una orden?
—No, solo un… hecho. Has estado casado, así que debes saber cómo hacer el amor. Y si no, eres una especie de… una especie de buen actor. Actúa.
—¿Y tú no?
—Como puedes imaginar, sé cómo hacer el grand slam, fornicar y todas esas cosas. Y… —Giré la cabeza y le lancé una mirada aguda—. Creo que nunca he hecho el amor con nadie.
—¿Ni con tu ex? —preguntó, con sus ojos incrédulos clavados en mí—. Pensaba que habías dicho que lo amabas.
—Es que pensaba que así era. Es decir, se lo dije. Pero tenía algo gigantesco entre sus piernas, y, como ya te he dicho, tengo una especie de fetichismo con las pollas grandes, me gusta disfrutar de polvos salvajes. —Me encogí de hombros y miré hacia otro lado. ¿Era calor lo que sentía en mi cara?
«¿Qué coño, Lucy…?».
—¿Y cómo crees que es hacer el amor?
Le lancé otra mirada rápida y vi que movía los labios. Podía lidiar con su diversión. Me giré, levanté la pierna para apoyarla en el sofá y me enfrenté a él.
—Creo que requiere que nos miremos a los ojos en todo momento. Que me penetres lentamente. Un jadeo y un gemido de vez en cuando. Nos saltaremos lo de susurrar «Te quiero», por supuesto. Aparte de eso, creo que es algo lento. ¿Tal vez un orgasmo? Si crees que puedes conseguirlo, pero sin presión, por supuesto. Que tus besos hayan mejorado no me van a hacer suponer que…
—Y quieres que te haga el amor… ¿por qué? ¿No crees que pueda follarte?
—¿Quién sabe? Estoy segura de que tienes tus movimientos, pero quiero que me hagas el amor porque he supuesto que, siendo un actor y todo eso, podrías actuar bien, así que podría tener eso al menos una vez en mi vida.
Inclinó la cabeza a un lado y me miró con una expresión tan confusa como sexy.
—¿«Una vez en la vida»?
—La maldición —le recordé—. Voy a tener un bebé. He hecho exactamente lo mismo que mi madre. No voy a decirle «Te quiero» a nadie nunca más, por lo tanto, no haré el amor con nadie.
Sus ojos vagaron por mi cara, al tiempo que negaba con la cabeza como si yo estuviera siendo ridícula y no supiera qué hacer conmigo.
—Lucy…, yo…
Contuve el aliento esperando sus palabras. Aunque solo fuera eso, quería sentir sus labios en los míos otra vez. Me conformaría con eso si no aceptaba mi oferta.
Me tocó la mejilla con el dorso de la mano, y luego mis labios aún hinchados con la punta de los dedos.
—¿Recuerdas lo que te pedí anoche? Nada ha cambiado. Admite que te gusto y te mostraré cómo hacer el amor.
—¿Me veo obligada a negociar un posible orgasmo?
—No creo que esté pidiendo demasiado, ¿verdad?
—Vale. Solo un treinta y dos.
—¿Y eso significa que…?
—Un treinta y dos por ciento. Eso es lo que me gustas.
Pareció pensárselo durante unos cuantos segundos y luego me sonrió.
—Vale, es aceptable. Para mí eres un cuarenta y nueve por ciento.
Aturdida, abrí los ojos y, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, me alejé de él.
—No.
Arqueó una ceja.
—¿No?
El corazón me palpitaba en el pecho.
—El cincuenta es como estar llegando al amor. Retira lo que has dicho. Dame un treinta y cinco o algo así. —Las yemas de sus dedos me alcanzaron de nuevo, y retrocedí todo lo que pude—. Rectifica.
No se podía hablar de amor entre nosotros; no volvería a caer en eso como lo hice con Jameson.
Después de estudiarme durante lo que me pareció una hora, se levantó de su asiento y se inclinó para pegar los labios a mi oreja.
—Siempre seré sincero contigo, Lucy. Mi hijo está enamorado de ti. ¿Quién sabe?, tal vez yo también me estoy enamorando de ti. ¿Es tan difícil creer que me gusta lo que veo cuando te miro? Me gusta hablar contigo, discutir contigo, verte reír con mi hijo, verte sonreír. Tal vez después de hacerte el amor me enamore un poco más. Así que creo que el cuarenta y nueve es un buen número. Pregúntame de nuevo por la mañana; te diré cómo fue.
Me incliné, con la espalda arqueada contra el brazo del sofá. Se estaba volviendo peligroso. Su boca, sus ojos, su cuerpo…, todo en él se estaba volviendo demasiado peligroso para mí. ¿Era eso suficiente para disuadirme de tenerlo dentro de mi cuerpo? Bueno, en realidad no. Todavía no.
Como había dicho antes, estaba lista de una vez por todas para hacer el amor. Mi vagina parecía haberlo elegido como su víctima, y yo estaba de acuerdo con esa elección.
—¿No hay respuesta? ¿No hay objeción?
Me encogí de hombros e intenté relajarme en el sofá.
—No te creo, así que está bien. Eres libre de decir lo que quieras. No soy alguien que se enamore de las palabras floridas.
Sus ojos se clavaron en los míos, y me tragué el nudo que notaba en la garganta. Aunque no le creyera, eso no significaba que no me afectara.
Se enderezó y se arregló los puños de la camisa, haciendo que me fijara en sus manos.
—Quédate donde estás —ordenó mientras se alejaba.
Por un breve segundo, la niebla en mi cerebro se aclaró lo suficiente como para que recordara a Aiden.
—¿Y Aiden? ¿Dónde está Aiden? —pregunté con rapidez.
Adam se detuvo mientras iba hacia el pasillo.
—Nos vamos a París mañana, Dan, Aiden y yo. Así que está pasando la noche con su mejor amigo. —Se quedó inmóvil al tiempo que esbozaba una sonrisa inesperada—. Uno de sus mejores amigos, sospecho. Tiene una fiesta de pijamas, Lucy. Eres toda mía.
—¿Está con Henry? ¿El hijo de esa actriz británica?
—¿Sabes el nombre de su mejor amigo?
—Por supuesto.
—No te sorprendas tanto, Lucy. No a todo el mundo le importan esas cosas.
Dicho eso, se alejó.
¿Qué significaba eso? ¿No íbamos a hacer el amor?
—¡¿Y el sexo?! —grité a su espalda, ya que no había nadie más que nosotros en la casa. Dejándome caer, levanté las piernas y puse la cabeza en el brazo del sofá—. ¿Y qué pasa con mi relación amorosa? —murmuré para mí misma. Vacilante, levanté la mano y la apoyé en el estómago. ¿Por qué no me sentía diferente? ¿No se suponía que debía sentirme diferente? Cerrando los ojos, respiré profundamente y me dejé llevar.
Antes de dejar que mis pensamientos me transportaran a un lugar al que no quería ir, escuché los pasos de Adam. Un segundo después, noté las yemas de sus dedos en la boca, y separé los labios. Abrí los ojos y lo vi inclinado sobre mí. Estaba igual de bueno cuando yo estaba cabeza abajo.
—¿Lo hacemos o no? —pregunté, manteniendo un tono neutral. Me fijé en que ya no llevaba la camisa metida en sus pantalones, y casi, casi… me retorcí en el sofá. Estaba a punto de tener sexo con Adam Connor. No podía demostrarle lo lista que estaba para deshacerme de los leggings—. Si no, tengo un…
—Siempre tan romántica… —murmuró, casi para sí mismo. Cuando vi que bajaba la cabeza, cerré la boca y dejé que me besara al revés. Por mucho que adorara esa escena de Spiderman, era raro besarse así. Nuestros dientes chocaron, me mordió el labio inferior y luego me deslizó la lengua en la boca, pero os aseguro que esa forma de besar hizo que se me encogieran los dedos de los pies. Cuando estaba a punto de retirarse, gemí por lo bajo, puse las manos en sus mejillas y me arqueé hacia el beso.
«Solo un poco más».
Para mi sorpresa, no interrumpió el beso, sino que lo alargó. Supuse que esa era la parte de hacer el amor. «Agradable y fluido» podría ser el eslogan perfecto para describirlo. Sentí su mano sobre mi estómago y abrí los ojos. Debió de percibirlo, o mi cuerpo había hecho evidente que me sorprendía sentir sus manos sobre mí, porque sus labios dejaron de moverse, y se retiró para buscar mis ojos. Sin aliento, esperé a ver qué iba a hacer.
Deslizó la mano más abajo. Intrigada, arqueé una ceja antes de bajar la vista para ver su grande y hermosa mano. Y ese antebrazo…, justo delante de mí, suplicando que lo acariciara.
«¡Mierda! ¿Por qué te gustarán tanto los antebrazos, Lucy?».
Gracias a la forma en que estaba recostada en su sofá, tenía una imagen perfecta de su mano. Me agarré al cojín que tenía debajo y miré cómo me subía la camiseta con la punta de los dedos antes de deslizarlos debajo de mis leggings.
Ese… ese territorio lo conocía bien.
Me retorcí y sentí el aliento de Adam en la oreja. Luego me cubrió el sexo, y empujó dos dedos dentro de mí, sin vacilar.
—Estás mojada y preparada para mí, Lucy —murmuró, antes de dejar un rastro húmedo en mi cuello con la lengua.
Emití un suave gemido mientras arqueaba el cuello. Casi temblando de excitación, contoneé las caderas para meter esos hábiles dedos más profundamente en mi interior.
—Estás empapada, Lucy. Mi polla se deslizará en ti con facilidad.
—Eso es exactamente lo que quiero —dije soñadoramente.
Sacó los dedos y solté los cojines para agarrarle el brazo.
Se quedó quieto, y esperé a ver qué hacía. Claro, anhelaba sentir su polla, pero por si acaso no lograba que me corriera, quería que sus dedos hicieran el trabajo antes. Empezó a acariciarme. Al principio, con suavidad, apenas tocándome, rozando mi clítoris con sus dedos resbaladizos. Se empapó en mi humedad y los volvió a hundir dentro de mí, ofreciéndome unos cuantos empujones profundos mientras yo prácticamente me abrazaba a su brazo como si fuera un koala. Luego los retiró y repitió la tortura.
—Estás jugando conmigo —jadeé cuando me privó de sus dedos por quinta vez—. No me gusta.
Sentí sus dientes contra el cuello, en el lóbulo de mi oreja.
—Oh… Pensaba que querías que jugara contigo. —Otro remolino alrededor de mi clítoris y luego tres dedos en mí.
Gemí y separé más mis piernas abiertas.
—¿Es la tortura una parte de hacer el amor? O haces que me corra o pasamos a lo bueno.
—Lucy, no puedes poner tú todas las reglas. O lo hacemos a mi manera o no lo hacemos.
—¿Y dices esto después de hacerme arder?
—Tú eliges.
Estaba loco; era la única explicación, y por eso no me gustaba. Pero lo deseaba, y sentía que lo deseaba más de lo que nunca había querido nada en mi vida. Demonios, incluso mi vagina se había preparado como si fuera a tener sexo con Henry Cavill.
—Vale —resoplé y gemí con fuerza cuando me apretó el clítoris hasta hacer que pusiera los ojos en blanco.
¿Y ese brazo increíblemente sexy? Todavía lo tenía entre mis manos, y se lo acariciaba de arriba a abajo, tratando de excitarlo tanto como él me excitaba a mí, pasando los dedos por el vello de su antebrazo, arañándolo cuando me llevó demasiado cerca del borde.
—Por favor, quiero correrme —supliqué, más allá de la cordura, anhelando la liberación ardiente y prolongada que estaba bailando en la punta de sus dedos.
A pesar de todas mis objeciones, retiró los dedos y arrastró mi humedad sobre mi estómago, arrastrando con ella mi camiseta hasta que se detuvo debajo de mis tetas. Luego me privó de su brazo y se puso a mi lado. Mis ojos siguieron cada uno de sus movimientos, e hice todo lo posible para mantenerlos lejos de su entrepierna.
Sin decir nada, me hizo levantarme del sofá y me quitó la camiseta. Mi corazón latía salvajemente, mientras le permitía que me despojara de todas las prendas de vestir. Cuando estuve completamente desnuda, su mirada se paseó sobre mí, y todo mi cuerpo se estremeció por dentro con la expresión de su cara.
—Tienes un minuto.
Sin esperar otra oferta, di los dos pasos que nos separaban y empecé a desabrocharle la camisa. Era lo que había querido hacer cuando lo espié por encima del muro la primera vez. Levantó los brazos para que pudiera desenrollarle los puños capa a capa. Antes de quitarle la camisa, nuestros ojos se encontraron, y me bajó un escalofrío por la columna.
Tan irritante como guapo. Voraz. Poderoso.
Luego moví las manos por su amplio pecho y por esos fuertes hombros.
—Deberías hacer más ejercicio. Todavía no has llegado al tope —dije, curvando los labios. No necesitaba hacer ejercicio en absoluto. Era perfecto tal y como estaba, lo que resultaba muy molesto.
—Cada palabra que sale de tu boca… —Negó con la cabeza.
Alargó la mano y me retorció el pezón como respuesta, haciéndome gemir. Cuando esos increíbles labios tocaron mi cuello, y me lo chuparon y mordieron mientras jugaba con mis tetas, fui por fin a por sus pantalones y le desabroché el botón. Me temblaban las manos, demasiado excitadas por lo que encontraría allí.
Bajé la cremallera con la punta de un dedo y sentí algo duro. Y ese fue el tiempo que tuve de sentir algo, porque me alzó en el aire y me lanzó al sofá.
—Se te acabó el tiempo —dijo con los dientes apretados.
No tenía ganas de hacer pucheros: estaba más interesada en tenerlo dentro de mí. Me propuse cerrar los ojos para no mirar su cuerpo cuando se quitó los pantalones y se subió al sofá. Sus grandes manos me separaron las rodillas.
—¿Se puede hacer el amor en un sofá? —pregunté, un poco jadeante ya—. ¿No va eso contra las reglas?
Probablemente moriría antes de que todo terminara. Ahora que estábamos desnudos, como quería desde hacía tiempo, empezaba a acojonarme sin ninguna razón aparente.
—¿Dónde querrías hacer el amor? —preguntó mientras bajaba las manos por mis muslos hacia mi muy excitada vagina.
—No lo sé —Me retorcí en el sitio cuando me separó los pliegues del coño con los pulgares—. ¿No se supone que debemos estar en la cama?
—He fantaseado unas cuantas veces con follarte aquí mismo; el sofá servirá.
Luego bajó de repente y grité, se me puso la piel de gallina en todo el cuerpo. Me dio miedo abrir los ojos y mirar hacia abajo.
—¿No vas a abrir los ojos? —Se apoderó de mi pecho con la boca, arremolinó la lengua alrededor de mi duro pezón, y luego lo chupó y lo mordió.
—¡Joder!
Arqueé el cuello, prácticamente derritiéndome por el ataque de su boca a mi pobre pecho. Su otra mano subió hasta el otro seno y me pellizcó el pezón.
—Respóndeme.
—No quiero sentirme decepcionada todavía.
—¿Es porque piensas que la tengo de doce centímetros? —Un mordisco no tan suave me hizo sisear mientras me anegaba debajo de él.
—Sí.
—Abre los ojos, Lucy.
No lo dudé.
«Vaya…».
Mis ojos se encontraron con los suyos, y fueron todo lo que pude ver. Ese rostro decidido. Esos hombros musculosos. Estaba debajo de Adam Connor, y no me importaba en absoluto darle el control.
—Te he dicho ya que no me gustan los juegos, Lucy. ¿Estás segura de que quieres esto?
¿Qué demonios significaba eso?
—¿Te parece que no es lo que quiero? Venga ya… —Me incliné y alargué las manos hacia él, gimiendo cuando atacó mis labios con la misma cantidad de codicia—. Quiero tener tu polla en mí, Adam —murmuré.
—¿La quieres?
—Sí. —Sonreí—. Los doce centímetros.
Se rio, un sonido bajo y gutural que hizo vibrar mi cuerpo. Le devolví la sonrisa.
—Bien, Lucy. Cierra los ojos.
Los cerré y luego curvé los brazos alrededor del brazo del sofá. No era más que un tembloroso barco a punto de zozobrar cuando sentí sus labios junto a la oreja.
—Voy a recomponerte el corazón, Lucy —prometió en voz baja.
No pude evitar un estremecimiento.
—Mi corazón no está roto, Adam —susurré en voz baja.
Deslizó la mano desde mi pecho…
Más abajo.
Y más abajo.
Dejando un camino ardiente a su paso.
Noté que jugaba con un dedo en mi abertura.
—Lo está —susurró, besándome el cuello con la boca abierta.
¿Esto era hacer el amor? ¿Torturarse mutuamente hasta que uno de los dos perdía la cabeza?
—Lo está —repitió justo antes de apresar mi pezón entre sus dientes y morderlo. Quería cerrar las piernas, o tocarme o, joder, frotarme contra el sofá—. Y lo haré de nuevo. Voy a curártelo para que puedas ser consciente lo que me haces sentir.
Nunca había estado tan preparada, tan dispuesta, tan asustada.
Entonces sentí que se alejaba de mí y oí el sonido del envoltorio de aluminio al rasgarse. Me puse a contar… Le llevó unos siete segundos ponérselo. ¿Significaba eso que había tenido suerte? ¿Había contado bien? Respiraba con dificultad y seguía agarrándome al cojín que tenía debajo como si mi vida dependiera de ello.
—¿Está dentro?
Es decir, pensaba que sentía sus dedos moviéndose dentro y fuera de mí, ¿pero tal vez era su polla? ¿Podría ser tan cruel la vida?
—Lucy…, aunque solo sea por ese comentario, estoy a punto de dejarte claro que no vas a querer la de ningún otro hombre.
Apreté los labios.
—¿Oh? ¿Querías que mintiera y te dijera que tu polla es el mayor regalo para la humanidad?
—Veamos si esa boca tuya es capaz de hacer algo más que gritar y gemir dentro de pocos segundos.
Ni siquiera me llevó unos segundos emitir mi primer gemido. Empujó su polla hacia mí, al tiempo que yo me abría de par en par. Cuando mis caderas empezaron a deslizarse, me subió las piernas con las manos y las ajustó alrededor de su espalda.
—¡Oh, Dios…! —maldije cuando el movimiento solo lo empujó más dentro de mí—. ¡Oh, Dios!
Abrí los ojos y lo encontré mirándome directamente. Tragué saliva y sostuve su mirada. Retiró las caderas hacia atrás, con las manos aún en mis muslos, y dio un poco más de sí mismo.
Volví a gemir.
—¿Más?
Asentí con la cabeza.
«¡Joder, sí!».
Bajó la vista hacia donde estábamos conectados, y miró cómo su polla salía de mí, lo que hizo que mi cerebro se ablandara. Luego, buscó mi clítoris con el pulgar, y empezó a acariciarlo, dando vueltas, rozándolo, mientras se impulsaba más profundamente.
—Te estás convirtiendo en crema a mi alrededor, Lucy. ¿Puedo atreverme a decir que te gusta mi polla?
Puede que gimoteara. Puede que gimiera. No puedo recordar lo que ocurrió unos segundos después.
Dejé que una de mis piernas cayera de su espalda y levanté la otra para poder ponerla sobre el sofá.
—¿Es esa tu manera de decir que quieres más?
No podía reírme; algo se ablandaba también en mi corazón, lo que hacía difícil hacer mucho más.
—Dudo que tengas más que ofrecer.
Su respuesta fue un profundo envite que hizo que curvara los dedos de los pies de placer. Jadeé y sonreí. Solté el cojín para poder pasar la mano por todo su pecho y rascarle la piel ardiente, hasta dejarle una marca, mi marca.
—Oh, Lucy —dijo—. Oh, ¿qué voy a hacer contigo?
Puso una mano en mi cintura y la otra en el brazo del sofá. Retiró de mi interior su monstruosa polla y luego la empujó más profundamente mientras se acomodaba sobre mí. Estaba perdida. Loca. Completa y totalmente destrozada. Estaba tan dentro de mí que me llenaba por completo. Intentaba quedarme quieta para acostumbrarme a su tamaño y no perder el control en dos segundos. Quería verlo en movimiento. Quería ver cómo hacía el amor.
—¿Preparada? —preguntó, tan tenso como una goma elástica.
—Haz lo que quieras —respondí.
Y lo hizo. Vaya si lo hizo. Me penetró… Un delicioso envite en lo más profundo de mí.
—Joder —murmuré, con los ojos en blanco.
Su siguiente impulso me hizo aferrarme a él. Cada vez que se clavaba en mí con más fuerza, sacudiendo mis huesos con placer, le arañaba una parte de su cuerpo. No sé bien si para apartarlo o para empujarlo más profundamente hacia mi interior. Tenía que admitir que su polla era bastante grande. Vale, bueno, era absolutamente enorme. Pero, joder, además estaba el grosor, eso era lo que me estaba matando de una manera perfecta.
—Dios mío, Lucy —dijo, volviendo a los envites más superficiales.
Me miró mientras su cuerpo seguía cubriendo el mío, moviéndose contra mí como un líquido caliente. Leí algo en sus ojos, pero antes de que pudiera fijarme bien, apretó su boca contra la mía y me besó. Le pasé las manos por la espalda y los dedos por el pelo mientras soltaba mis gemidos de placer en su boca.
—¿Soy lo suficientemente grande para ti? —preguntó cuando nos separamos para poder respirar.
—Casi —respondí. Mi cuerpo era un caos tembloroso debajo de él.
Cuando sus labios se aferraron a mi pezón, noté un escalofrío entre las piernas. Mis músculos se apretaron alrededor de Adam, que soltó una maldición.
—¿Sientes mi polla? —murmuró. Sus ojos estaban oscuros como la noche.
—Sí —gemí, tratando de abrir más mis piernas para poder introducirlo más dentro.
Puso la mano entre el cojín del sofá y mi cintura y se levantó un poco.
—¿Te gusta?
Me mordí el labio y asentí con la cabeza. Se clavó lentamente; todas mis terminaciones nerviosas se erizaron.
—Bien —murmuró con los labios entreabiertos—. Ahora nunca olvidarás lo que se siente al tenerme dentro de ti.
No estaba preparada para la forma en que empezó a penetrarme, sosteniéndome la cintura con la mano mientras me metía la polla hasta el fondo solo para retirarla y empezar de nuevo. Me llenaba tan profundamente, con tanta fuerza, que no había forma de contener los gritos y gemidos, y tampoco quería hacerlo.
Empecé a sentir que me tensaba a su alrededor, sus propios gemidos eran un sonido distante a mis oídos. Encogí los dedos de los pies mientras algo comenzaba a crecer dentro de mí, haciéndose grande justo en mi núcleo. Adam siguió follándome a un ritmo implacable, impulsando las caderas contra mí cada vez que me penetraba. El sonido… Oh, el sonido de nuestros muslos al golpearse, mi humedad…
—Eso es, Lucy. Eso es…
Me agarré su bíceps duro como una piedra y empecé a estremecerme al alcanzar el orgasmo. «Oh, cuando esto termine, voy a matarlo».
—Vamos, Lucy —murmuró con los dientes apretados—. ¿Eso es todo? Dame más. Dámelo por completo.
Justo cuando pensaba que el placer que me atravesaba estaba a punto de terminar, él cambió el ángulo impactando en un punto diferente de mi interior y todo comenzó de nuevo.
—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —canturreé, y moví la mano con la esperanza de agarrarme al brazo del sofá. Pero mi mano no encontró el sofá, sino la pantalla de la lámpara de la mesita lateral justo al lado del sofá.
Ardiendo con la liberación, ignoré los sonidos que producíamos y traté de sosegarme. ¡No iba a darme un ataque al corazón! Todavía estremeciéndome, le tiré a Adam del pelo.
—Tienes que parar —jadeé, las palabras apenas tenían sentido—. Algo no va bien. Adam, para…
Redujo la velocidad de sus envites, pero seguían siendo demasiado profundos, lo que hacía que mis tetas rebotaran con cada empujón. La punta de su polla seguía impactando contra ese punto perfecto. Y estaba sintiendo demasiado…
Todavía me temblaban las piernas, mi cuerpo estaba en llamas.
—Capullo —me las arreglé para decir—. Has dicho que ibas a hacerme el amor, no que ibas a follarme salvajemente.
Sus ojos siguieron los míos, y vio que yo intentaba calmar el temblor de mis piernas poniéndome una mano sobre ellas. Inclinándose hacia atrás, metió el brazo debajo de una de mis piernas y me la levantó hasta ponerla contra su pecho.
—No hay reglas, Lucy. Así es como hago el amor contigo.
—Oh, estúpido gilipollas. Me has roto la vagina.
Se retiró hasta que solo estuvo dentro el glande, me puso la pierna detrás de la espalda y luego se deslizó lentamente en mi interior. Me tuvo gimiendo debajo de él durante segundos.
—Tu coño me parece en perfecto estado —murmuró, y volvió a apresar mis labios.
Me follaba lentamente, jugando con mis nervios. Cuando ya no pude resistirme más, le encerré la cara entre mis manos y lo miré fijamente.
—Quiero correrme otra vez, Adam. Quiero correrme con tu polla otra vez. —Si esta era mi única noche con él, quería tener tantos orgasmos como fuera posible.
—Joder, Lucy, sigues vibrando a mi alrededor. No te preocupes, te vas a estar corriendo durante toda la noche.
Le solté la cara y arqueé la espalda, introduciéndolo hasta el fondo otra vez. Me lamió el pezón, y la humedad y el calor de su lengua hizo que me estremeciera de pies a cabeza.
—Me encanta verte temblar debajo de mí.
Arqueé una ceja y me quedé callada. Solo podía concentrarme en arquear la espalda y mover las caderas para encontrarme con sus empujes y llevar su polla más dentro, donde tenía que estar.
—Y también me gusta mucho tu coño… —Se retiró completamente, dejando que echara la primera mirada a su dura y gruesa polla mientras se la acariciaba con la mano.
¡Dios! Me gustaba mucho su polla. Me gustaba muchísimo su polla.
Luego hundió dos dedos en mi vagina y esparció la humedad por todo mi estómago.
—Mira lo mojado que está para mí. Mira cuánto le gusta mi polla.
Oh, no se hacía una idea…
Mientras que sus ojos absorbían cada centímetro de mi cuerpo y brillaban al ver mis propios jugos esparcidos por todo mi cuerpo, los míos estaban clavados en su polla y en esa gruesa vena que percibía a través del condón. Me prometí a mí misma que la tendría en mi boca antes de que la noche terminara, con el único propósito de que se volviera tan loco como me había vuelto a mí.