Adam
Había un mar de gente delante de casa. Vi tres patrullas de policía con sus parpadeantes luces rojas y azules y un sinnúmero de cámaras tratando de obtener una imagen de más allá de las puertas abiertas mientras dos oficiales trataban de detenerlos.
Habíamos llamado al 911 de camino a la casa, y así nos enteramos de que Lucy estaba en línea con otro operador. Cuando me pidieron los códigos de las puertas, ya que Lucy había dejado de responder, pensé que se me detenía el corazón.
Nada —y me refiero de verdad a nada— podría haberme preparado para el lío que me esperaba en casa.
—Tienes que mantener la calma —me dijo Dan—. Hay cámaras por todas partes, Adam. Si ese tipo sigue aquí, tienes que mantener la calma.
Ninguna de sus palabras penetró realmente en la neblina que me envolvía la mente. Vi cómo las cámaras se retiraban de la puerta tan pronto como reconocieron el coche. Se arremolinaron a nuestro alrededor, haciendo imposible que avanzáramos más.
Ignorando los gritos de Dan, abrí la puerta y, cargándome algunas cámaras en el proceso, corrí hacia las puertas.
Lo primero que vi fue a mi hijo en los brazos de Jason Thorn delante de casa, junto a otra patrulla de policía. Algo se rompió dentro de mí, o tal vez algo se arregló… O quizá ambas cosas. Perdí la cuenta de los segundos que me llevó traspasar a los policías que trataron de bloquearme para llegar a su lado.
—Se ha dormido —murmuró Jason mientras me pasaba suavemente mi hijo. Recorrí con la mano cada centímetro de su cuerpo para convencerme de que estaba bien, de que no le había pasado nada, y lo aplasté contra mi pecho mientras respiraba con jadeos. El alboroto que se estaba produciendo a pocos metros de distancia ni siquiera lo había perturbado, ya que su cabeza cayó sobre mi hombro y sus pequeñas manos se agarraron por instinto a mi camisa.
Dejé caer mi frente sobre su hombro y tomé aire para tranquilizarme. Cuando levanté la cabeza, lo único que me importaba era encontrar a Lucy…, y ella estaba ahí, justo al lado de Olive, agarrando la mano de su amiga con fuerza mientras las lágrimas corrían por sus rostros.
—Te quiero, joder —dije con un gruñido, yendo a por ella—. Te amo, Lucy.
Se aferró a mí con tanta fuerza como yo me aferré a ella. Su cuerpo se estremeció contra el mío, y percibí su aliento agitado. Si hubiera podido, si hubiera sido posible, la habría abrazado con más fuerza, la habría apretado más.
—Te amo —susurré en su cuello antes de rozar su piel con un beso—. Te amo. Te amo.
Cerré los ojos e ignoré todos los gritos y los flashes.
Le besé los labios incontables veces mientras probaba sus lágrimas.
Le besé el cuello, la barbilla, la nariz. Por todas partes. Cada centímetro.
Le agradecí una y otra vez que hubiera estado ahí para mi hijo por segunda vez.
La sostuve entre mis brazos durante largos minutos.
Ignoré todo lo que había a nuestro alrededor.
Fue en ese momento, en ese momento concreto en el que todos los que nos rodeaban desaparecieron y estuvimos los tres, cuando ella confió en mí lo suficiente como para dejar que la sostuviera, confió en mí lo suficiente como para permitir que le susurrara mi amor, lo que me hizo estar seguro de que haría todo lo que estuviera en mi poder —aunque significara luchar contra ella—para conseguir que entendiera que yo era el hombre que la haría feliz durante el resto de nuestras vidas, que ya había roto su maldición.