Lionesas. Si hacía un trabajo lo bastante bueno, a Trufi Fru le encantarían. Me sentía segura con mi masa choux; al fin y al cabo, se basaba en la receta de las lionesas de trufa de Trufi Fru. Con un poco de paciencia, las lionesas salían perfectas en cada ocasión. Mezclaba agua, azúcar, sal y mantequilla en un cazo y lo llevaba a ebullición. Añadía harina a la mezcla de mantequilla y luego la removía y la cocía durante varios minutos hasta que dejara de estar cruda. Pasaba la masa a la batidora, la dejaba enfriar un poco y luego la mezclaba con cuatro huevos, que iba añadiendo uno por uno. Extendía la masa en la bandeja de horno y la metía dentro. Pronto tenía lionesas perfectas, secas y huecas en el centro para albergar lo que hubiera preparado de relleno.
Este era el último día que tenía para prepararme para el concurso y estaba decidida a usarlo sabiamente. Me pasé la mañana entera haciendo distintos rellenos y dándoselos a probar a mamá. Hay montones de tubérculos, pero no todos quedaban bien como crema pastelera.
—Está buena, pero un poco pesada —dijo mamá al probar la crema de boniato—. Y también un poco monocorde.
—Lo siento, pero está asquerosa —dijo después de probar una pequeña muestra de crema de ajos tiernos.
Probó una cucharada de crema de remolacha.
—Tiene un aspecto atractivo, pero… el sabor es un pelín terroso. Sigue probando.
—Esto está delicioso —dijo de mi crema pastelera de zanahoria—. Dulce y anaranjada… ¡y tan inusual!
Decidí añadirle un poco de canela, «para la prosperidad», según El Libro. Por fin había dado con un plato ganador.
La canción de Vik flotó a través de la ventana abierta de la cocina mientras terminaba mi lista de compras definitiva.
Corrí escaleras arriba y le entregué la lista a mamá, que iba a acercarse rápidamente a la tienda de comestibles antes de volver al trabajo. Después de pasarse toda la mañana probando cosas conmigo, se había traído a papá del hospital. Estaba agotado, pero tenía buen aspecto y el sueño le venció enseguida en la cama. Junto a él había un cesto de bombones para el enfermito enviados por el Café de las Horas y solo se comió uno. Eso me reconfortó y me hizo creer que se había recuperado de veras de lo que fuera que le hubiera hecho actuar de forma tan extraña. Y que la señora T. no lo odiaba por haber mencionado El Salero en su reseña.
—Gracias por traerme estos ingredientes. ¿Seguro que tienes tiempo? Puedo ir con la bici al centro.
—No es problema. —Mamá sonrió—. ¿Necesitas más ayuda con las preparaciones?
Negué con la cabeza.
—Ya me has ayudado una tonelada siendo mi catadora. Perdona por haberte distraído del trabajo.
Me apartó el pelo de los ojos y me puso las manos a cada lado de la cara.
—La enfermedad de papá me ha recordado que no hay nada más importante que nuestra familia, Mimi. Comparado contigo, el trabajo no tiene importancia. Estoy increíblemente orgullosa de ti. Te quiero muchísimo, mi vida.
—Gracias, mamá. Yo también te quiero —dije mientras me besaba la frente y me daba un abrazo. Era maravilloso que todo volviera a ser como antes.
Cuando mamá se hubo ido, la canción flotó por la ventana de nuevo y pude sentir la llamada del bosque. Deseé que Vik siguiera allí cuando llegara al árbol.
Cogí El Libro, lo metí en la mochila y me la colgué al hombro. La canción resonaba en el bosque cuando corrí al baniano y llamé a Vik.
—¡Tengo tantas cosas que contarte! —dije mientras bajaba de un salto.
—Todo bueno, espero —dijo Vik con una mueca.
—Bueno, más o menos. Papá tenía la enfermedad de Lyme y por eso se comportaba tan raro. Pero fue al hospital y le dieron antibióticos y ahora está mucho mejor.
—¡Oh! —exclamó Vik—. ¡Eso es fantástico! —Frunció el ceño—. Me refiero a que se encuentre mejor, claro. Ven, vamos a caminar mientras hablamos. Tengo algo que enseñarte. Y algo que preguntarte.
Se adentró por un sendero que se alejaba del estanque.
—¿Adónde vamos?
—Te lo diré cuando lleguemos —dijo Vik.
Yo no podía esperar más, me moría de ganas de contárselo.
—Ya sé por qué tu canción me suena tanto —dije.
—¿Sí? —Vik rodeó un pino joven cubierto de maleza.
—¡«Ven conmigo» también es la canción de mi familia! Por lo menos, de mi familia materna. Mamá nos la cantaba como canción de cuna cuando éramos pequeños. La aprendió de mi abuela.
Vik se detuvo y me miró como si acabara de decirle que iba a ir volando a la luna.
—No lo dices en serio.
Asentí.
—Es verdad. Y mi hermano y mis hermanas se saben tres estrofas más. Bueno, el caso es que he pensado… que a lo mejor somos parientes. —Casi daba botes de la emoción.
Vik me miró un momento más, pero pude ver que sus pensamientos estaban muy lejos. Luego movió la cabeza bruscamente como si quisiera aclarársela.
—No nos paremos. —Se puso a caminar a tal velocidad que casi tuve que correr para seguirle el ritmo.
Su actitud era extraña.
—Pero eso es chulo, ¿no? —pregunté.
—Sí, claro, supongo —dijo Vik.
Esa no era la reacción que había esperado.
—Pero…
—¿Qué más cosas han pasado? —preguntó Vik—. Has dicho que tenías un montón de cosas que contarme.
—¡Ah! —Me metí la mano en el bolsillo y saqué el volante del Café de las Horas—. Y por si necesitara emocionarme aún más… O sea, que Trufi Fru será el juez, ¡y el ganador hará dulces con él! Pero ¡el vencedor también gana unas prácticas en el Café de las Horas! Es justo lo que estaba deseando para este verano. Si gano, estoy segura de que podré convencer a mis padres de que me dejen saltarme el campamento de verano el mes que viene. Aunque no sé por qué han tenido que hacerlas obligatorias. ¿Quién no querría hacer unas prácticas allí?
Vik se detuvo a mitad de camino.
—¿Obligatorias? ¿Me dejas verlo?
Le di el volante. Lo leyó con los ojos entrecerrados y musitó algo entre dientes.
—¿Pasa algo?
Vik me devolvió el volante. Cruzó los brazos y me miró a los ojos.
—¿Se te ha pasado por la cabeza que estén aprovechándose de ti?
—¿Quién?
—El Café de las Horas. La dueña, y quienes trabajan con ella. Son los que más se benefician de este concurso.
Pestañeé.
—¡Me están dando una oportunidad enorme! ¡O sea, Trufi Fru!
—Sí, y están haciendo su agosto desde que ha corrido la voz sobre el concurso, ¿o no? ¿No me dijiste que sus productos horneados originales estaban malísimos? He oído que están teniendo mucho más éxito desde que venden los dulces de sus concursantes a los clientes.
—Regalaron mis galletas de tomillo con chispas de chocolate. A la gente le encantaron —dije—. A mí no me importó. De todas maneras, la señora T. podría regalar o vender cualquiera de mis dulces si eso significa que voy a conocer a Trufi Fru.
—¿Y qué me dices de esas prácticas? Otra exigencia.
—¿Exigencia? Es una oportunidad para aprender…
—Cambio de planes —dijo Vik dando media vuelta y acelerando de nuevo—. Vamos por otro camino.
—¿Adónde vamos? —Me costaba seguirle el ritmo.
Pero Vik no volvió a decir palabra y se apresuró como si el jabalí lo estuviera persiguiendo. Yo no sabía durante cuánto tiempo podría seguirle el ritmo y me esforzaba por recobrar el aliento, cuando Vik se detuvo finalmente.
Me había llevado a mi guarida. Eso era raro.
Me tiré al suelo y dejé la mochila a mi lado.
—¿Por qué hemos corrido todo el camino solo para venir aquí? —pregunté.
Vik contemplaba el horizonte con el ceño fruncido.
—Oye, Vik, ¿vendrás al Café de las Horas mañana? Significaría mucho para mí.
Vik sacudió la cabeza.
—No creo. Y creo que tú tampoco deberías ir.
No daba crédito a mis oídos.
—¿Qué? Pero ¡si has estado ayudándome! ¿No quieres ver cómo lo hago? Y… ¿animarme?
Vik se rio.
—Solo estaba pasando el rato. No creí que me tomarías tan en serio.
—¿De qué estás hablando?
—Me voy —dijo Vik.
—Pero…
—No formo parte de este pequeño lugar —dijo Vik.
Entendí que no se refería a mi guarida; se refería a Comity y al hermoso bosque que nos rodeaba. Mi bosque.
—No soy yo quien…
—Te dije que solo estaba aquí para pasar el verano —dijo mirándome con frialdad—. Espero que no pensaras que íbamos a ser muy buenos amigos.
—Yo…
No sabía qué decir, y los ojos se me llenaron de lágrimas furiosas. Me negué a pestañear para apartarlas.
—Todo el tiempo que hemos pasado hablando de comida era solo una forma de matar el tiempo mientras estaba atrapado aquí. En verdad no creo que tengas tanto talento. He conocido a un montón de niños que son mucho mejores reposteros que tú.
Unas cuantas lágrimas traidoras rodaron por mi mejilla y me las enjugué apresuradamente.
—Pero dijiste…
—Dije lo que pensé que querías oír —dijo Vik con una voz despojada de emoción—. Eso es todo.
—Pero…
—No vuelvas al bosque —dijo Vik—. Y yo en tu lugar no competiría en ese concurso de repostería. —Los ojos le relucieron como hielo dorado—. No vas a ganar. No hagas el ridículo delante de todo el mundo, como ya hiciste una vez.
Observé con impotencia cómo daba media vuelta y desaparecía en la espesura.