CRAIG ya había perdido la esperanza de oír aquellas palabras. Así que se quedó sin habla. Al menos, durante unos segundos.
—¿De verdad quieres casarte? —quiso asegurarse.
—De verdad.
—¿Por qué?
—¿Quieres que te haga una lista con los motivos por los que he cambiado de opinión?
—¿Quieres decir que todavía no la has hecho?
—No. Ha sido un impulso, y ya estoy empezando a arrepentirme.
—De eso nada. Me da igual por qué has cambiado de idea, pero sé que es la decisión correcta. Me alegra que por fin nos hayamos puesto de acuerdo con lo que queremos.
Ella no pudo mirarlo a los ojos, así que clavó la vista en la libreta que tenía en la mano.
—¿Porque estamos de acuerdo, verdad?
—Yo quiero que mi hijo tenga una familia —respondió ella mirándolo por fin—. Y no creo que nadie pueda ser mejor padre que tú.
Lo dijo con tanta firmeza que a Craig se le disiparon todas las dudas, Tess no se arrepentiría.
—Gracias.
Alargó la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
—¿Para cuándo quieres la boda y la luna de miel?
—¿No pierdes el tiempo, eh?
—Ahora que ya hemos tomado la decisión, no sé para qué íbamos a esperar.
—Tienes razón. Pero no hace falta que vayamos de luna de miel. No es…
Él le puso un dedo en los labios para hacerla callar.
—No te equivoques, Tess, lo que quiero es una boda de verdad, y te estoy pidiendo un compromiso real.
—Yo pensé…
—¿El qué?
—Que sólo querías que estuviésemos juntos por el bebé… que viviésemos vidas separadas bajo un mismo techo.
—¿Y de dónde has sacado esa idea?
—De ti. Me acabas de decir que en la casa hay muchas habitaciones…
—Eso ha sido antes de que accedieses a casarte conmigo.
—¿Y a qué te refieres con lo de un matrimonio de verdad?
—Seguro que puedes imaginártelo —sonrió él.
—¿Quieres que durmamos en la misma habitación?
—Eso espero —admitió Craig—. Pero la decisión es tuya.
—Oh —suspiró casi aliviada.
—Pero parece que tú tenías pensada otra cosa.
—Es sólo que últimamente no has mostrado… demasiado interés por mí.
—¿Por qué piensas eso?
—Bueno… —se ruborizó—. Hace semanas que no me besas.
Craig había intentado no presionarla, aunque le había costado mantenerse alejado de ella.
—No ha sido por falta de ganas.
—Ah.
Era evidente por su expresión que Tess no entendía lo que quería decirle. Y Craig sabía que debía contarle toda la verdad para que la decisión que tomase no estuviese basada en un malentendido.
—Si no te he besado, Tess, ha sido en parte porque no quería que me acusases de intentar convencerte para que te casases conmigo. Pero, sobre todo, ha sido por miedo a no querer parar.
—Ah. Yo tampoco habría querido que parases.
Craig se contuvo para no tomarla en sus brazos y hacer la prueba inmediatamente. Desde que había sabido que estaba embarazada, siempre había intentado hacer lo que pensaba que era mejor para ella y para el bebé, en vez de pensar en sí mismo. Y eso significaba que lo primero sería la boda.
—Vamos de compras —sugirió dando un paso atrás para alejarse de la tentación.
Tess observó la colección de anillos de pedida con diamantes que había colocados encima de aquel expositor de terciopelo. Se sentía abrumada, no sólo por los anillos, sino por todo lo que había ocurrido durante la última hora, desde que había aceptado casarse con Craig. Todavía estaba haciéndose a la idea de la impulsiva decisión que había tomado y él ya estaba planeando la boda.
Quizás debiese estar agradecida, era evidente que alguien debía ocuparse de los detalles. Pero ella sentía que no era capaz de tomar más decisiones en ese momento. Ni siquiera sabía qué anillo le gusta y ya llevaban en la joyería media hora, encerrados en una oficina con Brian Shaw, el gerente de la misma.
—¿Qué opinas? —preguntó Craig apoyando una mano en su hombro.
Tess pensó que iba a quedarse ciega si seguía mirando todos aquellos diamantes.
—Un anillo sencillo de oro sería suficiente.
—¿Nos puede dejar a solas un minuto, señor Shaw? —pidió él.
—Por supuesto, señor Richmond.
Craig no dijo nada hasta que no oyó que la puerta se cerraba detrás del gerente. Habló con amabilidad, casi preocupado.
—Sé que no va a ser la boda con la que siempre habías soñado, Tess, pero quiero que sea especial.
—No quiero que te sientas obligado…
—Tess… —la interrumpió.
Ella lo miró con la esperanza de que no viese reflejada en sus ojos la mezcla de excitación e incertidumbre que sentía. Y, mucho menos, los sentimientos que estaban creciendo en su corazón.
—Estoy muy contento de que hayas accedido a casarte conmigo —continuó Craig—. Y quiero comprarte un anillo de compromiso como muestra de mi aprecio y cariño. ¿Tienes alguna objeción al respecto?
—No —respondió ella. Cualquier otra respuesta habría sido ridícula. No quería casarse con Craig porque estuviese embarazada de él, sino porque la quisiese tanto como ella a él—. Lo siento… supongo que todo esta ocurriendo demasiado deprisa.
—Quizás no quiera darte la oportunidad de que cambies de opinión.
Tess se sentó de lado en la silla para mirarlo de frente.
—¿Y si eres tú el que cambia de idea?
—Después de llevar semanas intentando convencerte para que te cases conmigo, ¿cómo iba a arrepentirme ahora?
—Porque ha llegado la hora de la verdad. Vamos a casarnos y a tener un hijo juntos y tú vas a tener que estar con nosotros el resto de tu vida.
—¿Estás intentando asustarme?
—Tal vez.
—Pues vas a tener que esforzarte más. Ya he pensado en ello desde todos los ángulos, he considerado cualquier otra alternativa. Lo cierto es que eres la única mujer con la que me imagino pasando el resto de mi vida.
Aquello no era una declaración de amor, pero era una prueba de su compromiso y Tess tendría que conformarse con eso, al menos por el momento. Quizás Craig acabase enamorándose también de ella.
Mientras tanto, él estaba deseando regalarle un anillo y ella se sentía abrumada.
—¿Te gusta alguno? —le preguntó señalándolos.
Ella volvió a mirarlos.
—Son todos espectaculares. Pero…
—¿Qué estás intentando decir? ¿Que son chabacanos? ¿Horteras? ¿Ostentosos?
Tess dudó.
—No van conmigo —dijo por fin.
Él eligió uno al azar, era de oro trenzado con un enorme solitario en forma de corazón, y se lo puso en el dedo. El diamante se veía tan grande en su delgada mano que incluso él sacudió la cabeza. Luego tomó otro, que llevaba un diamante que pesaba una tonelada… o al menos, varios quilates.
—¿Y éste?
—No sería capaz de salir a la calle con él, por miedo a que me lo robasen.
—De acuerdo —rió él—, quizás debamos buscar algo diferente.
Un par de minutos más tarde, llamaron a la puerta y apareció el señor Shaw.
—¿Hemos hecho algún progreso?
Craig sacudió la cabeza.
—Creo que necesitamos algo fuera de lo normal.
—Y un poco más sutil —añadió Tess.
—¿Una piedra de color, quizás? Tenemos una selección fabulosa de esmeraldas colombianas y de zafiros indios.
Craig miró a Tess. Ésta se encogió de hombros.
—Echemos un vistazo a los zafiros —propuso él.
—Ahora vuelvo —prometió el gerente llevándose los diamantes.
—¿Por qué un zafiro? —quiso saber Tess, esperando una respuesta más original que porque resaltasen el color de sus ojos.
—Porque las civilizaciones antiguas creían que el mundo descansaba encima de un zafiro y que el color del cielo era un reflejo de esta piedra —le tomó la mano y entrelazó los dedos con los de ella—. Tú me estás dando todo lo que quiero, Tess. A cambio, yo quiero ofrecerte el mundo.
Si aquello se lo hubiese dicho cualquier otro hombre, habría pensado que lo tenía preparado de antemano, pero viniendo de él, Tess sabía que aquellas palabras salían directamente de su corazón. Su sinceridad la conmovió.
Entonces vio que le brillaban los ojos antes de añadir:
—Y porque resaltará el color de tus ojos.
Craig sonrió cuando ella apartó la mano molesta.
Antes de que pudiese decir nada, volvió el señor Shaw, en esta ocasión con una colección más pequeña, pero igualmente impresionante de anillos.
Tess observó la colección, fijándose especialmente en un modesto zafiro cortado en forma de cuadrado y flanqueado por unos diamantes en talla baguette. Era diferente, precioso, y Craig debió de pensar lo mismo, porque alargó la mano hacia él inmediatamente.
—¿Te gusta? —le preguntó a Tess.
—Me encanta.
Él sonrió, complacido porque hubiesen encontrado un anillo que les gustase a los dos. Tomó su mano y se lo puso en el dedo anular. Parecía hecho para ella.
—Es un modelo original. Diseñado por mi hija —comentó orgulloso Brian Shaw—. Es de oro de dieciocho quilates, con un zafiro de un quilate y seis diamantes, talla baguette, de la mejor calidad.
—¿Tiene una alianza a juego? —preguntó Craig.
—No. Pero podemos diseñar una si lo desea.
—Tendría que estar lista a mitad de semana.
—Por supuesto, señor Richmond.
La respuesta del gerente le hizo volver a preguntarse a Tess si alguna vez alguien le decía no a Craig. Ella lo había intentado, había insistido en que no se casaría con él. Y en esos momentos llevaba puesto su anillo de compromiso.
Craig le agarró la mano al salir de la joyería y frotó el anillo con el dedo pulgar. Era un símbolo, una prueba tangible de que pronto se convertiría en su esposa. Esperó a que llegase la ola de terror y se preparó a combatirla. No iba a estropear aquello. Le había hecho una promesa a Tess y pretendía cumplirla.
Pero al acariciar la suave mano de Tess lo que sintió no fue pánico, sino satisfacción, incluso felicidad. Frunció el ceño. Aquel matrimonio tenía una finalidad: asegurarle una familia a su hijo. ¿Por qué estaba empezando a pensar que sería mucho más que eso? ¿Por qué pensaba en las ventajas de tener a Tess como esposa además de pensar en ella como en la madre del bebé?
Continuó rumiando todo aquello mientras iban hacia su coche.
—¿Quieres cenar algo antes de que te lleve a casa? —preguntó Craig.
—Aunque esté embarazada, no tienes que pasarte el día alimentándome —respondió ella.
—La pregunta no tiene nada que ver con tu embarazo. Tengo hambre y he supuesto que tú también.
—Supongo que sí.
—¿Te apetece algo en particular?
—Alitas de pollo con cebolla caramelizada.
—¿De verdad? —inquirió sorprendido, a Tess no solían entusiasmarle las alitas de pollo.
—Creo que estoy teniendo algunos antojos últimamente —confesó ella encogiéndose de hombros.
—¿Como cuáles?
—Patatas fritas. Langostinos con leche de coco. Ensalada César.
—¿Todo al mismo tiempo?
—No.
—Pero esta noche te apetecen alitas de pollo con cebolla caramelizada.
—Sí.
Fueron a comprar las alitas, una ración de arroz frito y rollitos de primavera y se dirigieron a casa de Tess. Ella comió con mucho apetito.
—¿Sigues teniendo náuseas por las mañanas? —se interesó Craig.
Tess sacudió ligeramente la cabeza mientras se chupaba la pegajosa salsa de los dedos y Craig se concentró más en aquel gesto que en la respuesta.
—Las náuseas se acabaron a partir de la sexta semana. Ahora el problema es que tengo mucho apetito. He recobrado los kilos que perdí durante esas semanas y he engordado aún más.
Craig estudió su figura esbelta. Siempre había pensado que estaba demasiado delgada, pero lo cierto era que estaba muy guapa. Se la veía sana. Esplendorosa. Y todo lo demás que se decía de las embarazadas.
—Pues esos kilos te sientan muy bien.
—Ya veremos si sigues pensando lo mismo dentro de seis meses —contestó Tess mojando un rollito de primavera en la salsa agridulce.
—Habrá que ver cuánto comes en realidad —bromeó él—. Necesito saber si podré permitirme alimentarte durante los próximos seis meses.
—La verdad es que es algo que deberíamos hablar.
—Era una broma, Tess.
—Lo sé. Pero no espero que seas económicamente responsable de mí.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero costearme mis gastos.
—Tess, vas a ser mi mujer. Para lo bueno y para lo malo; en la riqueza y en la pobreza. No vamos a estar dividiendo las facturas.
—Bueno, pues yo pagaré la comida.
—No será necesario.
—Sí. Necesito contribuir con algo.
—Está bien —accedió Craig dándose cuenta de que aquello era importante para ella.
—Gracias.
—¿Quieres encargarte también de cocinar?
—¿Quieres vivir a base de pastel de carne y sándwiches de mantequilla de cacahuete?
—No, pero podría vivir a base de tus galletas de chocolate.
—Vale, puedo hacer galletas.
—¿Cómo es posible que alguien que hace postres tan ricos sea incapaz de preparar una carne estofada?
—¿Tú has hecho alguna vez la carne estofada?
—No.
—¿Entonces cómo sabes que es algo fácil?
—¿Vas a insistir en que cocinemos los dos?
—A no ser que asumas tú toda la responsabilidad…
—Quizás debiera contratar a alguien.
—O tal vez debiéramos aprender a cocinar.
—Contratar a alguien sería más fácil —comentó Craig retirando los platos de la mesa—. Alguien que cocine y limpie.
Tess sabía que lo haría. Porque podía permitírselo y porque aquello les facilitaría la vida. Pero ella no quería beneficiarse de la oferta.
—Si tú te encargas de cocinar, yo limpiaré.
—Prefiero limpiar yo para que no te estropees esas manos tan bonitas.
—¿Bonitas?
—Muy bonitas —dijo él entrelazándolas con las suyas—. En especial con ese anillo, que demuestra que vas a casarte conmigo.
—Ya sabes que dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea…
—Eso no me preocupa.
Pero a ella sí. No solía tomar decisiones de un modo tan impulsivo, en especial, decisiones de semejante magnitud. Era cierto que había reflexionado la propuesta de Craig durante las últimas semanas. Había estado convencida de que el matrimonio sería un error hasta que se había dado cuenta de que estaba enamorada de él, en ese momento, su sentido común parecía haberla abandonado. O quizás se había enamorado de él porque su sentido común la había abandonado. Ésa era la única explicación que encontraba para enamorarse de un hombre que le había dejado claro que no quería comprometerse emocionalmente con nadie.
—Pues deberías preocuparte, porque voy a engordar mucho los próximos seis meses.
Él apoyó una mano en su vientre.
—Estoy deseando que te crezca la tripa para que todo el mundo sepa que ese bebé es mío.
La caricia era suave, su sonrisa, casi reverente y Tess se dio cuenta de que si no hubiese estado enamorada de él, se habría enamorado en ese momento.
—Estás deseando ser papá, ¿verdad?
—La idea me confundió un poco al principio —admitió él—. Pero sí, estoy deseando tener este hijo contigo y estoy encantado de que hayas aceptado casarte conmigo.
Ella también estaba emocionada. Y preocupada. Le daba miedo esperar de aquel matrimonio más de lo que Craig podría darle.
Él volvió a tomarle la mano y la levantó para mirar el anillo.
—Esto lo hace oficial.
Tess asintió.
—Lo que significa que no tienes por qué cuestionar mis motivos para hacerlo —añadió.
Y luego la besó.
Y en esta ocasión, fue un beso de verdad. Tess puso los brazos alrededor de su cuello y apretó instintivamente su cuerpo contra el de él. Craig no necesitó ninguna otra invitación.
Volvió a besarla, introdujo la lengua entre sus labios y Tess sintió que su cerebro dejaba de funcionar.
No podía pensar, ni razonar, sólo podía sentir. El corazón le latía con fuerza, la sangre le corría a toda velocidad por las venas y el suelo parecía moverse bajo sus pies.
Craig no intentó intensificar el beso. No la tocó con otra parte de su cuerpo que no fuesen los labios, pero a Tess nunca le había afectado tanto un beso. Era la primera vez que sentía algo así. Nunca la habían besado con tanta ternura y aquello le llegaba directamente al corazón.
Cuando Craig separó los labios, ella estaba sin aliento y ardía de deseo.
Sabía que si Craig le preguntaba si podía quedarse a pasar la noche no podría decirle que no, porque estaba deseando hacer el amor con él, con el hombre al que amaba.
Pero Craig no se lo preguntó. Se limitó a decir:
—Buenas noches, Tess.
Y se marchó.
Craig no estaba seguro de cómo reaccionarían sus padres ante la noticia de su boda, pero sabía que no podía pasar por aquello sin ellos. Después de confirmar todos los detalles, fue al despacho de su padre.
Llegó a la hora en la que Lorraine, la secretaria, estaría comiendo. Así no habría testigos cuando su padre empezase a gritar. Aunque no era una persona gritona, Craig nunca le había dado una noticia semejante y no sabía cuál sería su reacción.
Lo que no esperaba era encontrarlo besándose apasionadamente con su madrastra.
Se quedó de piedra al verlos. Lo sorprendió que, después de veinte años de matrimonio, siguiesen estando tan enamoradas. Aquello era lo que él también había deseado alguna vez: una conexión duradera con alguien, sentir que pertenecía a otra persona, que su amor era para siempre. Pero lo más parecido que había tenido era su amistad con Tess, por eso sabía que su matrimonio funcionaría, aunque no estuviese basado en el amor.
—Lo siento —se disculpó—. La puerta estaba abierta.
—No pasa nada —dijo Grace—. Yo ya me iba.
—Quédate un momento, por favor. Quería contaros algo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Allan.
—Tess y yo vamos a casarnos.
Sus padres parecían sorprendidos. Allan frunció el ceño y Grace sonrió.
—Es una noticia… inesperada —comentó su padre al fin.
—La boda es el sábado en el Coral Beach Resort, en Barbados. Sé que no os aviso con mucha antelación, pero me gustaría que vinieseis.
—¿Que no nos avisas con mucha antelación? Un mes es poca antelación, esto es menos de una semana y…
—Allí estaremos —lo interrumpió Grace tomando a su marido por el brazo.
—Gracias —le dijo Craig a su madrastra dirigiéndose hacia la puerta—. Tess y yo llegaremos el viernes y nos quedaremos allí una semana, pero vosotros podéis organizaros como mejor os venga.
—Intentaré conseguir los billetes hoy mismo —prometió Grace.
—Tengo que volver al laboratorio —se disculpó él.
Y se marchó del despacho de su padre antes de que empezasen a hacerle preguntas.