Bahía de Galveston, Texas
–El rey se come a la reina –anunció Tony Medina, tomando las fichas del centro de la mesa.
Sin prestar atención a la llamada de su iPhone, Tony se guardó las ganancias. No solía tener tiempo para jugar al póquer desde que su empresa de barcos de pesca salió a Bolsa, pero pasar el rato en la trastienda del restaurante de su amigo Vernon en Galveston era algo que hacía a menudo últimamente. Desde que conoció a Shannon.
Antonio miró hacia la puerta del restaurante para ver si la veía pasar con su uniforme de camarera, pero no había ni rastro de Shannon y se sintió decepcionado.
Un móvil sonó en ese momento, pero su propietario cortó la comunicación de inmediato, como era la costumbre cuando jugaban al póquer.
Sus compañeros de juego tenían cuarenta años más que él, pero Vernon, el antiguo capitán de barco convertido en restaurador, le había salvado el pellejo muchas veces cuando era un crío. Y si Vernon lo llamaba, Antonio hacía todo lo posible por aparecer. Y el hecho de que Shannon trabajase allí lo animaba aún más.
Vernon se levantó de la silla.
–Hay que ser valiente para cerrar sólo con un rey, Tony –le dijo, con esa voz ronca de haber gritado durante años en la cubierta de un barco. Su rostro tenía un bronceado perpetuo y sus ojos estaban rodeados por una telaraña de arrugas que le daban carácter–. Pensé que Glenn llevaba una escalera.
–Ah, el mejor de todos me enseñó a tirarme faroles –Antonio, o Tony Castillo como se le conocía allí, sonrió.
Una sonrisa desarmaba más que un ceño fruncido y él siempre sonreía para que nadie supiera lo que estaba pensando. Pero ni siquiera su mejor sonrisa le había logrado el perdón de Shannon después de su primera pelea durante el fin de semana.
–Tu amigo Glenn tiene que aprender a mentir mejor.
Glenn, un adicto al café, lo bebía de manera compulsiva cuando estaba tirándose un farol. Por alguna razón, nadie parecía haberse dado cuenta, pero él sí.
Vernon guardó las cartas.
–Sigue ganando y no dejarán que vuelvas a venir.
Tony soltó una carcajada. Aquél era su mundo. Se había hecho una vida en Galveston y no quería saber nada del apellido Medina de Moncastel.
Ahora era Tony Castillo y su padre parecía haberlo aceptado.
Hasta unos meses antes.
El depuesto rey enviaba mensaje tras mensaje exigiendo que regresara a la isla de la costa de Florida. Pero Tony había dejado atrás esa jaula dorada en cuanto cumplió los dieciocho años y no había vuelto a mirar atrás. Si su padre estaba tan enfermo como decía, sus problemas tendrían que ser resueltos en el cielo… o tal vez en un sitio aún más caluroso que Texas.
Mientras octubre significaba días de frío para sus dos hermanos, él prefería los largos veranos de la bahía. Incluso en octubre, el aire acondicionado estaba encendido en el restaurante del histórico distrito de Galveston.
Los acordes de una guitarra flamenca flotaban por el restaurante, junto con el murmullo de voces de los clientes. El negocio florecía y Tony se encargaba de que así fuera. Vernon le había dado un trabajo a los dieciocho años, cuando nadie más confiaba en un adolescente con un documento de identidad sospechoso. Catorce años y muchos millones de dólares después, había decidido que era justo que parte de los beneficios del negocio que había levantado fuesen a parar a un plan de jubilación para el viejo capitán de barco. Un plan de jubilación en forma de restaurante.
Vernon empezó a repartir de nuevo y Glenn apagó su BlackBerry, que no dejaba de sonar, para mirar las cartas.
Tony alargó una mano para tomar las suyas… y se detuvo, aguzando el oído. Le había parecido escuchar una risa femenina entre el sonido de la guitarra y las voces de los clientes.
La risa de Shannon. Por fin. El simple sonido lo volvía loco después de una semana sin ella.
De nuevo, miró hacia la puerta, flanqueada por dos estrechas ventanas. Shannon pasó por delante para anotar un pedido sobre el mostrador, guiñando los ojos bajo sus gafas de montura ovalada, las gafas que le daban ese aire de maestra de escuela que tanto lo excitaba.
Llevaba la melena rubia recogida en un moño que ya era parte de su uniforme, una falda negra por la rodilla y un chaleco oscuro. Estaba tan sexy como siempre, pero parecía agotada.
Maldita fuera, él podría retirarla sin dudarlo un momento. El fin de semana anterior se lo había dicho cuando se vestía después de hacer el amor en su mansión de Bay Shore, pero Shannon no quería su ayuda. De hecho, no le devolvía las llamadas desde entonces.
Una mujer sexy y muy testaruda. No le había ofrecido ponerle un piso como si fuera su amante, por Dios bendito. Sólo estaba intentando ayudarla a ella y a su hijo de tres años. Shannon siempre había jurado que haría lo que fuera por Kolby.
Pero mencionar esto último no le había granjeado su simpatía precisamente. No, aún le dolían los oídos después del portazo que había dado al marcharse.
La mayoría de las mujeres que conocía se habrían puesto a dar saltos de alegría ante la idea de recibir dinero o regalos caros, pero Shannon no era así. Al contrario, parecía molestarle que fuese rico.
Había tardado dos meses en convencerla de que tomase un café con él y dos meses más en acostarse con ella. Y después de cuatro semanas juntos, seguía sin entenderla.
Muy bien, había hecho una fortuna en la bahía Galveston como importador de pescado y como constructor de barcos más adelante. Pero la suerte había jugado una baza importante al llevarlo allí; él sencillamente estaba buscando una zona de costa que le recordase a su casa.
A su auténtico hogar, en la costa española, no la isla en la que vivía su padre y de la que había escapado el día que cumplió dieciocho años para vivir una nueva vida con un nombre nuevo. Ya no era Antonio Medina de Moncastel, sino Tony Castillo. Aunque el nuevo apodo era uno de los múltiples apellidos de su familia, en la rama materna, Tony Castillo había jurado no volver nunca a la isla y había cumplido su promesa.
Y no quería ni pensar en el susto que se llevaría Shannon si conociera el secreto de su identidad. Aunque era un secreto que no podía compartir con nadie.
Vernon dio un golpecito en la mesa para llamar su atención.
–Tu teléfono no deja de sonar. Podemos parar un momento mientras contestas.
Tony desconectó su iPhone sin mirarlo siquiera. Sólo se olvidaba del mundo por dos personas: Shannon y Vernon.
–Es sobre el contrato en Salinas, pero voy a dejarlos sudar una hora más antes de llegar a un acuerdo.
Glenn tomó su taza de café, en la que siempre echaba un chorrito de whisky.
–O sea, que cuando no nos devuelves una llamada, es que pulsas el botón sin mirar quién es.
–A mis amigos no les hago eso –dijo Tony, guardando el aparato en el bolsillo.
Pero entonces empezó a sonar el móvil de Vernon y el viejo capitán soltó sus cartas sobre la mesa.
–Es mi mujer, tengo que contestar –murmuró, levantándose–. Dime, cariño.
Se había casado siete meses antes y aún actuaba como un jovencito encandilado. Tony pensó entonces en el matrimonio de sus padres, aunque no había mucho que recordar porque su madre había muerto cuando él tenía cinco años…
Pero Vernon se había puesto pálido.
–Tony, creo que será mejor que compruebes esos mensajes.
–¿Por qué? ¿Ocurre algo?
–Eso tendrás que contárnoslo tú –dijo su amigo, con gesto de preocupación–. Bueno, en realidad puedes olvidarte de los mensajes y echar un vistazo en Internet.
–¿Dónde? –preguntó Tony, sacando su iPhone del bolsillo.
–En cualquier página, por lo visto –Vernon se dejó caer sobre una silla mientras Tony buscaba en su iPhone las noticias de última hora…
La familia Medina de Moncastel al descubierto
La depuesta monarquía de San Rinaldo localizada
Parpadeando furiosamente, Tony leyó lo último que había esperado leer en toda su vida, pero lo que su padre había temido siempre. Y siguió leyendo hasta llegar a la última frase:
Conoce a la amante de Antonio Medina de Moncastel
Tony miró hacia el mostrador de camareros, donde había visto a Shannon unos minutos antes.
Seguía allí y tenía que hablar con ella lo antes posible.
Cuando se levantó, las patas de su silla arañaron el suelo en medio del silencio mientras los amigos de Vernon comprobaban sus mensajes. El instinto le había servido bien durante todos esos años, ayudándolo a tomar decisiones multimillonarias…
¿Y antes de eso? Un sexto sentido lo había ayudado mientras escapaba por el bosque, huyendo de los rebeldes que habían tomado el poder en San Rinaldo. Rebeldes que no habrían dudado en disparar a un niño de cinco años.
O en asesinar a su madre.
La idea de ocultarse tras el apellido Castillo tenía como objetivo algo más que preservar su privacidad: lo había hecho para salvar la vida. Aunque su familia se instaló en una isla de la costa de Florida después del golpe de Estado, nunca habían podido bajar la guardia. Y, maldita fuera, él había colocado a Shannon en medio de todo aquello sencillamente porque quería acostarse con ella. Tenía que acostarse con ella.
Tony salió de la trastienda y tomó a Shannon por los hombros… pero supo que había llegado tarde porque ella lo miraba con un brillo de horror en los ojos. Y, por si tuviera alguna duda, el móvil que tenía en la mano lo decía todo.
Shannon lo sabía.
Shannon no quería saberlo.
Los rumores que la niñera de su hijo había leído en Internet tenían que ser un error o una mentira. Como los artículos que ella misma había leído en el servicio de Internet de su móvil.
En la red se publicaban todo tipo de falsedades. La gente podía decir lo que le diese la gana para luego retractarse al día siguiente.
Y el roce de las manos de Tony sobre sus hombros era tan familiar, que no podía ser un extraño.
¿Pero no había cometido ese mismo error con su difunto marido, creyendo en las apariencias porque quería hacerlo?
No, era absurdo. Tony no era Nolan y todo aquello debía de tener una explicación, estaba segura. Se habían peleado porque insistía en darle dinero, una oferta que la ponía de los nervios. ¿Pero y si Tony era de verdad un príncipe?
Shannon sacudió la cabeza, incrédula. Sabía que tenía mucho dinero, pero si pertenecía a una familia real… no quería ni imaginarlo.
–Respira –le dijo Tony.
–Estoy bien –murmuró Shannon.
Ahora que su visión se había aclarado se dio cuenta de que Tony había ido empujándola suavemente hacia la trastienda.
–Respira profundamente –su voz sonaba tan serena como siempre.
Pero no parecía texano. O sureño. O del Norte. En realidad, tenía un acento neutro, como si se hubiera esforzado por borrar sus orígenes.
–Tony, por favor, dime que vamos a reírnos de esta tontería.
Él no contestó. Estaba tan serio que casi no lo reconocía. Desde el principio había sido evidente que era un hombre rico. Por su ropa, por su estilo de vida, pero sobre todo por su actitud, por cómo se movía. Shannon se fijó en su aristocrática nariz, en sus marcados pómulos. Era un hombre tan guapo, tan encantador, que se había dejado conquistar por su sonrisa.
Pero no quería aceptar que estaba saliendo con un hombre rico dado el bagaje que llevaba de su difunto marido: un timador, un estafador.
También se había dejado cegar por el mundo de Nolan, pero descubrió demasiado tarde lo que era.
El sentimiento de culpabilidad por las vidas que había destrozado su marido aún la dejaba sin aliento, pero debía ser fuerte por Kolby.
–Contéstame, Tony.
–Éste no es el sitio más indicado para hablar de eso.
–¿Cuánto tiempo se tarda en decir: «todo es un rumor sin fundamento»?
Tony le pasó un brazo por los hombros.
–Vamos a buscar un sitio más tranquilo.
–Dímelo ahora –insistió ella, apartándose del aroma a menta, a madera de sándalo, el olor de exóticos placeres.
Tony, Antonio, el príncipe, quien fuera, bajó la cabeza para mirarla a los ojos.
–¿De verdad quieres que hablemos aquí, donde cualquiera podría escuchar la conversación? Los paparazzi aparecerán en cualquier momento.
Los ojos de Shannon se llenaron de lágrimas.
–Bien, hablaremos en un sitio más tranquilo.
Tony la llevó a la cocina y ella lo siguió instintivamente mientras oía cuchicheos a sus espaldas. ¿Ya lo sabía todo el mundo? Los móviles no dejaban de sonar y vibraban en las mesas, como si Galveston hubiera sufrido un terremoto.
Nadie se acercó para hablar con ella, pero podía oír fragmentos de conversaciones…
–¿Podría ser Tony Castillo…?
–Medina de Moncastel…
–Con esa camarera…
Los murmullos aumentaban de volumen como el ataque de una plaga de langosta sobre el paisaje texano. Sobre su vida.
Atravesaron la cocina, con el chef y los camareros en silencio, y Shannon lo siguió sin decir nada. Cuando salieron a la calle, el último sol de la tarde iluminaba sus bronceadas facciones. Siempre le había parecido que tenía un aspecto extranjero, pero había creído la historia de la muerte de sus padres, que habían emigrado de Sudamérica. Sus propios padres habían muerto en un accidente de coche antes de que terminase la carrera y había pensado que compartían una infancia similar.
Pero ahora… no estaba segura de nada salvo de cómo la traicionaba su cuerpo, que quería apoyarse en él, disfrutar del placer que sólo Tony podía darle.
–Tengo que decirle a alguien que me marcho. No puedo perder este trabajo –dijo entonces. Necesitaba el dinero y no podía esperar a encontrar un trabajo de profesora… si podía encontrar un puesto de profesora de música con los recortes que había hecho el gobierno en el mundo de las artes.
Y no había mucha gente que quisiera lecciones de oboe.
–Yo conozco al propietario, ya lo sabes –dijo Tony, pulsando el mando que abría su coche.
–Sí, claro. ¿En qué estaba pensando? Tú tienes contactos en todas partes.
¿Volvería a encontrar trabajo si los rumores sobre Tony eran ciertos?, se preguntó. No había sido fácil encontrarlo mientras la gente la asociaba con su difunto marido. Ella no era culpable de nada, pero muchos seguían creyendo que debía de saber algo sobre las actividades ilegales de Nolan.
Ni siquiera hubo un juicio en el que dar su versión porque su marido murió veinticuatro horas después de pagar la fianza y salir de la cárcel.
Shannon oyó que Tony soltaba una palabrota, de las que le prohibía decir delante de Kolby, un segundo antes de ver a un grupo de gente con cámaras y micrófonos en la mano.
Maldiciendo de nuevo, Tony abrió la puerta del deportivo y consiguieron entrar antes de que los reporteros empezasen a golpear el cristal con los puños.
El corazón de Shannon latía con la misma fuerza que el motor del poderoso deportivo. Si aquélla era la vida de los ricos y famosos, ella no quería saber nada.
Tony arrancó, dejando atrás a los reporteros, y se dirigió al centro histórico de la ciudad mientras Shannon se agarraba al borde del asiento.
Las manos colocadas firmemente sobre el volante, el carísimo reloj brillando con los últimos rayos del sol que entraban por la ventanilla, Tony parecía tranquilo. Y, aunque la idea de ser perseguida por los paparazzi le daba pánico, estando con él se sentía segura.
Lo suficiente como para olvidar su miedo y mirarlo con expresión furiosa.
–Ahora estamos solos. Cuéntame la verdad.
–Es un poco complicado –dijo él, mirando por el retrovisor–. ¿Qué quieres saber?
–¿Perteneces a una familia real, ésa que todo el mundo pensaba se escondía en Argentina?
Tony apretó las manos en el volante.
–Los rumores son ciertos, Shannon.
Y ella había pensado que nadie volvería a romperle el corazón….
Se había acostado con un príncipe. Lo había dejado entrar en su casa, en su cuerpo y estaba considerando dejarlo entrar en su corazón. ¿Cómo podía haber creído esa historia de que trabajaba en un barco desde que era adolescente? Había pensado que el tatuaje era algo que se había hecho como se lo hacían todos los marineros…
–Y tu nombre no es Tony Castillo, claro –Shannon se llevó una mano a la boca al sentir una oleada de náuseas. Se había acostado con un hombre cuyo nombre ni siquiera conocía.
–Técnicamente, podría serlo.
Ella golpeó el asiento con el puño.
–No estoy interesada en tecnicismos. En realidad, no estoy interesada en la gente que me miente. ¿Tienes treinta y dos años o también eso es mentira?
–No fue decisión mía ocultar ciertos detalles de mi vida, Shannon, tengo que pensar en mi familia. Pero si te sirve de consuelo, sí tengo treinta y dos años. ¿Tú tienes veintinueve?
–No tengo ganas de bromas –replicó ella, tocándose el dedo en el que una vez había llevado un diamante de tres quilates. Tras el entierro de Nolan se lo había quitado y lo había vendido, junto con todo lo demás, para pagar la montaña de deudas que había dejado su marido–. Debería haber imaginado que eras demasiado bueno para ser de verdad.
–¿Por qué dices eso?
–¿Quién es multimillonario a los treinta y dos años sin haber heredado el dinero?
Él levantó una ceja, arrogante.
–Yo no lo he heredado, te lo aseguro. Lo que tengo lo he conseguido yo solo.
–Vaya, siento haberte molestado, Tony. ¿O debería llamarte Majestad? Según algunos de los artículos que han publicado, yo soy la amante de «Su Majestad».
–En realidad, sería Alteza –dijo él, sin poder disimular una sonrisa–. Majestad es el título del rey, no del príncipe.
¿Cómo podía mostrarse tan despreocupado?
–Pues por mí puedes quedarte con tu título y…
–Sí, entiendo –Tony se dirigió a la autopista de la costa, las oscuras olas se movían debajo de ellos–. Pero tienes que calmarte para que pueda explicártelo.
–No lo entiendes. No puedo calmarme. Me has mentido en todos los sentidos. Nos hemos acostado juntos y… –Shannon no terminó la frase cuando las imágenes de ellos dos en la cama le quitaron el aliento–. Deberías habérmelo contado. A menos que yo no sea nada para ti, claro. Me imagino que si tuvieras que contárselo a todas las mujeres con las que te has acostado, no habría secreto.
–Por favor, Shanny –dijo él entonces, haciendo un gesto con la mano, el brillante Patek Philippe contrastaba con sus rudas manos de marinero–. Eso no es verdad. Y era más seguro que no lo supieras.
–Ah, claro, es por mi propio bien entonces –Shannon se abrazó a sí misma como para intentar escudarse del dolor.
–¿Qué sabes de mi familia?
–No mucho, sólo que tu padre era el rey de un pequeño país antes de que lo derrocasen tras un golpe de Estado. Tu familia lleva escondiéndose desde entonces para no hablar con la prensa.
–¿La prensa? Eso no es lo que preocupa a mi familia, Shannon. Han intentado matar a mi familia… de hecho, asesinaron a mi madre. Hay gente que ganaría mucho dinero y poder si los Medina de Moncastel fuesen borrados del mapa.
Ella lo miró entonces, sorprendida. Incluso en ese momento, dolida, le gustaría abrazarlo, besarlo, para olvidar aquella locura. Para recuperar aquello que habían encontrado la primera vez que hicieron el amor en su mansión de la bahía Galveston.
–Créeme, el mundo es un sitio muy duro y ahora mismo alguno de esos canallas me estará buscando a mí, a mi familia, a cualquiera que esté en contacto con nosotros. Te guste o no, haré lo que tenga que hacer para protegerte. A ti y a Kolby.
¿Su hijo? ¿Por qué no había pensado en eso?
–Llévame a casa, Tony.
–Ya he enviado un guardaespaldas, no te preocupes.
¿Un guardaespaldas?
–¿Cuándo? –le preguntó, sorprendida.
–Le envié un mensaje a mi gente en cuanto supe la noticia.
Ah, «su gente». Tony no era sólo el multimillonario magnate que había creído, también era un príncipe, un hombre que había vivido una vida de privilegios más allá de lo que pudiera imaginar.
–Entonces de verdad eres un príncipe. Eres parte de una derrocada familia real.
–Mi nombre es Antonio Medina de Moncastel… y varios apellidos más. Nací en San Rinaldo y soy el tercer hijo del rey Enrique y la reina Beatriz.
Shannon tragó saliva, incrédula. ¿Cómo podría haber imaginado eso cuando lo conoció cinco meses antes en el restaurante, jugando al póquer con el propietario?
–Esto es demasiado raro.
Y aterrador.
Todo aquello la dejaba mareada, asustada de verdad.
–Esas cosas pasan en las películas, en las novelas…
–O en mi vida. Y en la tuya ahora.
–No, no puedo seguir viéndote. Lo siento, pero se terminó.
Tony paró en una señal de stop y se volvió para mirarla.
–¿De verdad quieres que dejemos de vernos?
El corazón de Shannon se volvió loco cuando lo miró a los ojos. Intentó contestar, pero tenía la boca seca. Y cuando Tony pasó los dedos por sus brazos, un gesto tan sencillo, todo su cuerpo empezó a vibrar.
Allí, en medio de aquella increíble situación, su cuerpo la traicionaba como le ocurría siempre con él.
Pero tenía que ser dura.
–Corté contigo el fin de semana pasado.
–Eso fue una pelea, no una ruptura.
–Da lo mismo –Shannon se pegó a la puerta del coche–. No podemos seguir viéndonos.
–Pues es una pena porque vamos a pasar mucho tiempo juntos a partir de ahora. No puedes quedarte en tu apartamento.
–¡No pienso ir contigo a ningún sitio!
–No puedes esconderte, Shannon. Es imposible. Vayas donde vayas, te encontraré. Siento mucho no haber previsto que esto podía pasar, pero ha pasado y tenemos que enfrentarnos a ello.
Ella lo miró, asustada.
–No tienes derecho a jugar con mi vida y con la de mi hijo.
–Estoy de acuerdo –asintió él–. Pero tengo que protegerte de las consecuencias de esta inesperada revelación. Y soy el único que puede hacerlo.