–¿Casarnos? –Shannon estuvo a punto de atragantarse–. No, por favor, no quería decir eso.
Su enfática negativa no dejaba espacio para la duda: Shannon no estaba esperando que pidiera su mano. Afortunadamente, porque no se le había pasado por la cabeza. Hasta aquel momento.
¿Estaba dispuesto a llegar tan lejos para protegerla?
Shannon se dio la vuelta entonces.
–Tony… Antonio, no puedo seguir hablando contigo, mirarte, arriesgarme a besarte. Tengo que irme a la cama. Sola.
–¿Entonces qué quieres de mí?
–Terminar con esta locura. Dejar de pensar en ti todo el tiempo.
¿Todo el tiempo?
Ojalá eso fuera verdad. Pero, aunque era receptiva y entusiasta en la cama, no lo animaba mucho cuando tenían la ropa puesta. Y su enfado cuando le ofreció dinero aún le dolía. ¿Por qué siempre rechazaba sus intentos de ayudarla?
–¿Quién quiere estar consumido por este deseo? –siguió ella, paseando por la habitación–. Es muy incómodo, especialmente sabiendo que no puede llevarme a ningún sitio. Tú no estás dispuesto a casarte.
–No era ésa mi intención cuando empezamos a salir juntos –admitió él. Y, sin embargo, la idea se le había ocurrido cuando estaba en el patio de su casa. Sí, lo había asustado al principio, aunque no tanto como para rechazarla–. Pero ya que has sacado el tema…
Shannon levantó las manos.
–No, no, de eso nada. Has sido tú quien ha mencionado el matrimonio, no yo.
–Muy bien, de acuerdo. El caso es que el tema ha salido y está sobre la mesa. Vamos a hablarlo.
Ella lo miró, perpleja.
–Esto no es una fusión comercial, Tony. Estamos hablando de nuestras vidas… de la vida de mi hijo. No puedo permitirme el lujo de cometer otro error, el bienestar de Kolby depende de mis decisiones.
–¿Y casarte conmigo sería una mala decisión?
–No juegues con mis sentimientos –dijo ella, clavando un dedo en su torso–. Tú sabes que me siento atraída por ti. Si sigues así, seguramente cederé y nos acostaremos juntos… lo habríamos hecho en el avión si Kolby no hubiera estado allí, pero lo habría lamentado un minuto después…
–¿Por qué?
–¿Es eso lo que quieres que haya entre nosotros? ¿Quieres que lo lamente cada vez que despierte entre tus brazos?
Con las imágenes de los dos en la cama viajando de su cerebro a su entrepierna a una velocidad de vértigo, Tony consideró seriamente no pensar tanto las cosas y dejar que aquella locura que había entre los dos los llevase donde los llevase.
Su cama estaba sólo a unos metros y… entonces vio la manta a los pies de la cama.
¿Quién había puesto eso allí? ¿Podría su padre estar dejando recordatorios de su antigua vida familiar con la esperanza de devolverlo a la isla? Por supuesto que lo haría, pensó luego.
Aquella manta de cachemir gris lo devolvió a la realidad. La reconocería en cualquier parte porque era única. Su madre la había hecho para él poco antes de morir y la había usado como escudo durante la horrible escapada de San Rinaldo.
Maldita fuera, no debería haberle preguntado si sería tan malo casarse con él. Él sabía que lo era.
Tony dio un paso atrás, alejándose de los recuerdos y de la mujer que veía demasiado con sus perceptivos ojos gris azulados.
–Tienes razón, Shannon. Los dos estamos demasiado cansados como para tomar ese tipo de decisión en este momento. Que duermas bien –le dijo, antes de salir de la habitación.
Atónita, Shannon se quedó en medio del salón, preguntándose qué había pasado.
Un minuto antes estaba a punto de meterse en la cama con Tony, luego hablando de matrimonio y, de repente, estaba sola de nuevo.
Mirando su cama vacía, de repente se dio cuenta de que no tenía sueño. Tony la abrumaba tanto como el dinero y la posición de su familia.
Shannon estudió el Picasso que había sobre la cama, del período rosa quizá porque era un arlequín pintado en tonos naranjas y rosas. En la casa había visto ya tres obras de Picasso, uno en la habitación de Kolby.
Por supuesto, había escondido los rotuladores.
Riendo ante lo absurdo de la situación, acarició una manta que había sobre la cama. Resultaba extraña, suave y usada en contraste con el edredón nuevo. La lana de color peltre complementaba la decoración, en tonos salmón y gris, pero se preguntó de dónde habría salido.
Cuando tiró de ella para mirarla de cerca, se dio cuenta de que no era una manta de cama, sino más bien de viaje o una antigua toquilla. Envolviéndose en ella, salió al balcón para dejar que el sonido del océano la calmase un poco.
¿Era su imaginación o podía oler a Tony incluso en la manta? ¿O estaba tan firmemente arraigado en sus sentidos que se había convertido en una obsesión? ¿Qué tenía Tony que la emocionaba como nunca lo había hecho Nolan? Ella respondía a las caricias de su marido y se sentía satisfecha con su vida antes de la tragedia, pero Tony… la idea de volver a poner su vida en manos de otra persona le daba pánico.
¿Y dónde la dejaba eso? Pensando en convertirse en lo que la llamaba la prensa: «la amante del príncipe».
Tony escuchó… el silencio.
Por fin, Shannon se había ido a dormir. Afortunadamente. Y si hubiera estado un minuto más en su habitación, no habría tenido fuerza de voluntad para marcharse.
Aquel sitio lo volvía loco, pensó. Tanto, que incluso había sacado el tema del matrimonio. Cuanto antes solucionara aquel asunto, antes podría volver a Galveston, a un territorio que le resultase familiar y donde hubiera más oportunidades de reconciliarse con ella.
Pero no acostarse juntos por el momento era lo mejor. Tenía que calmar sus nervios antes del encuentro con su padre… y esa vez hablaría con él a solas.
Tony salió de su habitación y apenas se fijó en los muebles o en el puesto de guardia. Todo aquello seguía siendo muy familiar para él, aunque le resultaba un poco extraño que su padre no hubiese cambiado nada.
Enrique debía de haber estado con su enfermera durante la última hora, pero casi con toda seguridad estaría preparado para recibirlo. Y esperándolo.
Tony saludó con la cabeza al centinela que guardaba la puerta de las habitaciones privadas de su padre, un lugar masculino decorado en beige y marrón, con sofás de piel y muebles antiguos. Enrique guardaba su colección de cuadros de Salvador Dalí para sí mismo, un trío de surrealistas relojes blandos sobre un paisaje.
Y lo esperaba en su silla de ruedas, con un batín azul marino y años de preocupación en su rostro.
–Siéntate –le dijo, señalando su sillón favorito.
Cuando él no obedeció, Enrique suspiró pesadamente.
–Siéntate –repitió–. Tenemos que hablar, hijo.
Tony debía admitir que estaba preocupado por su salud. Sabía que no se encontraba bien desde hacía tiempo, pero verlo en persona era muy diferente.
–¿Estás muy enfermo? –le preguntó–. Dime la verdad.
–Lo sabrías si hubieras vuelto cuando te lo pedí.
El viejo testarudo estaba dispuesto a morir solo antes que admitir lo enfermo que estaba.
Y, por supuesto, él había sido igualmente testarudo.
–Pero estoy aquí ahora.
–Tus hermanos y tú habéis provocado este problema.
–¿Tú sabes quién ha dado la información a la prensa? ¿Cómo es posible que esa fotógrafa reconociese a Duarte?
–Nadie lo sabe, pero mi gente sigue investigando. Pensé que serías tú el que nos expusiera públicamente –dijo su padre entonces–. Tú siempre has sido el más impetuoso de todos, pero te has portado sabiamente y con decisión, protegiendo a aquéllos que te importaban de verdad. Bien hecho.
–Ya no necesito tu aprobación, pero gracias por tu ayuda.
–Muy bien –asintió su padre–. Sé que no habrías aceptado mi ayuda si Shannon Crawford no estuviera involucrada. Y, por cierto, me gustaría ver a uno de mis hijos casado antes de morir.
A Tony se le encogió el estómago.
–¿Tan enfermo estás? ¿Necesitas ayuda?
–Estoy enfermo, pero no necesito que me arropen como si fuera un niño.
–No he venido a pelearme contigo, papá.
–No, claro que no. Has venido para pedirme ayuda.
Y tenía la impresión de que no iba a dejar que lo olvidase. Nunca se habían llevado bien y, aparentemente, eso no había cambiado.
–Si no tienes nada más que decir, me voy a dormir.
–Espera –Enrique miró su reloj de bolsillo, una costumbre, un tic que lo ayudaba a pensar–. Mi ayuda tiene un precio.
Sorprendido por el tono calculador, Tony arrugó el ceño.
–No lo dirás en serio.
–Completamente.
Debería haberlo esperado, pensó.
–¿Qué quieres?
–Quiero que te quedes en la isla durante un mes, mientras se implementan las nuevas medidas de seguridad.
–¿Eso es todo? –Tony lo había preguntado como si no tuviera importancia, pero ya podía sentir la familiar claustrofobia. Los cuadros de Dalí parecían reírse de él, jugando con el tiempo, con una vida que terminaba en un segundo o un momento que se alargaba para siempre.
–¿Tan extraño es que quiera retener aquí a mi hijo para conocerlo mejor?
–¿Y si digo que no, qué harás? ¿Echar a Shannon y a su hijo a los leones?
–Su hijo puede quedarse, yo nunca sacrificaría la seguridad de un niño. Pero la madre tendrá que irse.
No podía hablar en serio. Tony estudió a su padre para ver si estaba tirándose un farol… pero su expresión era inescrutable.
Además, él le había confiado la seguridad de su esposa a otros. ¿Qué iba a impedir que echase a Shannon de la isla con un guardia de seguridad y una frase de buenos deseos?
–Shannon no se iría de aquí sin el niño.
Como su madre. Tony tuvo que tragar saliva.
–Ése no es mi problema. ¿De verdad te costaría tanto pasar un mes aquí?
–¿Y si la orden de alejamiento llegase antes?
–Te pediría que te quedases de todas formas. Me he arriesgado mucho dejándote venir a la isla, Tony.
Eso era cierto. Si alguien los había seguido, si alguien conocía el destino del avión…
–¿Y no habrá más condiciones?
–¿Quieres que lo ponga por escrito?
–Si Shannon decide marcharse este fin de semana, yo podría marcharme también. ¿Qué podrías hacer, borrarme de tu testamento? –le espetó Tony.
Enrique tuvo que sonreír.
–Siempre fuiste el hijo más divertido. He echado eso de menos.
–Yo no me estoy riendo.
La sonrisa de su padre desapareció.
–Puede que no quieras saber nada de mí, pero eres un Medina de Moncastel, eres mi hijo.
–No sé si puedo quedarme, papá. Con condiciones o sin ellas.
–¿Y si te dijera que estoy más enfermo de lo que crees?
–Muy bien, de acuerdo, te doy un mes –Tony suspiró–. ¿Cuál es el diagnóstico?
–El hígado me está fallando –respondió Enrique, sin la menor traza de autocompasión–. Debido a las condiciones de insalubridad cuando huimos de San Rinaldo, alguien me contagió una hepatitis.
Tony intentó recordar si su padre había estado enfermo cuando se reunieron en Sudamérica, antes de ir a la isla… pero sólo lo recordaba totalmente decidido y aparentemente seguro de sí mismo.
–No lo sabía, lo siento.
–Eras un niño entonces. No tenías que ser informado de todo.
En esos días no le contaban casi nada, pero aunque así hubiera sido, tal vez no le habría prestado atención, tan dolido estaba por la muerte de su madre. Eso lo recordaba bien.
–¿Cuánto tiempo te queda?
–No voy a palmarla en los próximos treinta días, no te preocupes.
–No quería decir eso.
–Lo sé –su padre sonrió, las arruguitas de alrededor de sus ojos se marcaban más que antes–. Yo también tengo sentido del humor.
¿Cómo había sido su padre antes de la isla? ¿Antes del golpe de Estado? Tony nunca lo sabría porque el tiempo se derretía como las imágenes de los cuadros de Dalí.
Aunque conservaba muchos recuerdos de su madre, apenas tenía alguno de su padre hasta que se reunieron en Sudamérica. Y en cuanto a San Rinaldo… sólo recordaba que los reunió para discutir el plan de evacuación. Esa noche había puesto el reloj de oro en sus manos, prometiendo que lo recuperaría muy pronto. Pero incluso a los cinco años, Tony se dio cuenta de que aquello podría ser un adiós. Y ahora quería que estuviese allí un mes para darle el adiós definitivo.
Qué ironía. Había llevado a Shannon a la isla porque lo necesitaba y ahora sólo podía pensar en cuánto necesitaba él estar con ella.