–¿Dónde está Kolby? –exclamó Shannon, asustada.
El anciano rey tomó su bastón para levantarse, los perros despertaron inmediatamente y se levantaron para seguir a su amo.
–¿Qué ha ocurrido?
–Kolby está bien y no hay nadie herido, no es eso –dijo Tony.
–¿Qué ha ocurrido entonces? –preguntó Enrique–. ¿Alguien ha entrado en la isla?
–No, en la isla no ha pasado nada. Pero sí en el aeropuerto, cuando el avión de Eloísa y Jonah aterrizó en Carolina del Sur. La prensa estaba esperándolos y sabían que venían de la isla.
–¿Y esa atención de la prensa no podría tener que ver con la familia Landis más que con nosotros?
–No –respondió Tony, sacudiendo la cabeza–. Sólo le hicieron preguntas a Eloísa sobre su padre, el depuesto rey de San Rinaldo.
–Dios mío… –murmuró Enrique. Alys entró en ese momento empujando la silla de ruedas.
–Majestad, lo llevaré a su despacho para que hable con el jefe de seguridad.
El rey se dejó caer pesadamente sobre la silla.
–Gracias, Alys.
Nerviosa, Shannon iba a seguirlos, pero Tony la tomó del brazo.
–Tenemos que hablar.
–¿Qué ocurre? –preguntó ella, asustada–. ¿Hay algo que no me hayas contado?
–La información ha salido de aquí. Alguien ha llamado esta tarde a un móvil desconocido.
–¿Desde aquí? Pero los empleados de tu padre son absolutamente leales…
–Tenemos una grabación en cámara –Tony sacó su iPhone del bolsillo y le mostró la imagen de una mujer en albornoz, al borde de la piscina, hablando por teléfono.
Era su albornoz.
–Pero no lo entiendo… ¿crees que he sido yo? ¿Crees que yo he alertado a los medios de comunicación?
Tony no contestó y el corazón de Shannon se volvió loco. Pero no podía ser. Tony no era Nolan, él no la traicionaría nunca.
–Entiendo que tu padre te educó para que desconfiases de todo el mundo y es lógico, pero tienes que saber que yo no haría algo así.
–Sé que harías cualquier cosa para asegurar el futuro de tu hijo. Quien haya dado esa información recibirá una gran cantidad de dinero –Tony la miraba con expresión helada.
–¿De verdad crees que yo haría eso? ¿Que pondría a tu familia en peligro por un puñado de dólares? –exclamó ella, furiosa–. Yo no quería nada de esto y tú lo sabes. Mi hijo y yo éramos felices sin ti, sin esta isla… ¡contéstame, maldita sea!
–No sé qué pensar –Tony se apretó el puente de la nariz con dos dedos–. Dime que fue un accidente, que llamaste a alguna amiga para charlar porque estabas aburrida y esa amiga vendió tus secretos…
–No he llamado a nadie y no pienso defenderme de tan absurdas acusaciones. O confías en mí o no lo haces, eso es todo.
Tony la tomó por los hombros.
–Yo quiero confiar en ti. Iba a pedirte que te casaras conmigo esta misma noche… pensaba llevarte a la capilla y pedir tu mano.
A Shannon se le encogió el corazón. Si no hubiera ocurrido aquello, estaría celebrando su compromiso con Tony esa noche, porque habría dicho que sí sin dudarlo un momento.
Pero ya no era posible.
–¿De verdad pensabas que podríamos casarnos cuando no tienes ninguna fe en mí? –le preguntó, entristecida–. En el ramo deberías haber incluido azaleas, dicen que representan las pasiones frágiles.
Cuando iba a darse la vuelta, Tony la tomó del brazo.
–¡Maldita sea, estamos hablando!
–No te acerques a mí, ni ahora ni nunca.
–¿Dónde vas?
–Tengo que hablar con Alys para preguntarle cómo puedo salir de aquí. Me marcho –respondió Shannon, irguiendo los hombros. El orgullo y su hijo eran todo lo que le quedaba. Eso y un corazón roto–. Kolby y yo volvemos a Galveston.
–¿Dónde están Shannon y el niño?
Tony, que estaba sirviéndose un coñac en el estudio, se dio la vuelta al oír la pregunta de su padre.
–Tú sabes muy bien dónde está. Sé que no se te escapa nada.
Llevaban dos horas estudiando la situación y las repercusiones. La prensa se había vuelto loca con Eloísa y su conexión con el depuesto rey de San Rinaldo. Le dolía pensar que Shannon había tenido algo que ver, aunque se decía a sí mismo que debía de haber sido un accidente.
Y si había sido eso, podría perdonarla. Ella no había vivido esa vida desde pequeña, no entendía lo discretos que debían ser y si admitía que había sido así, podrían seguir adelante.
–Aparentemente, no me entero de todo lo que ocurre bajo mi techo, porque alguien ha hecho una llamada que ha puesto nuestra posición y la de Eloísa en peligro. He confiado en alguien en quien no debería haber confiado.
–Esas cosas pasan.
Enrique sacudió la cabeza.
–Me dejé guiar por el corazón en San Rinaldo y fracasé. Tenía tanto miedo de que os pasara algo a vosotros o a vuestra madre, que no tracé un plan de escape apropiado.
¿El invencible Enrique admitía un error?
–Tú tomaste una ruta diferente para confundir a los rebeldes. Podrías haber caído tú, de modo que no fuiste egoísta, al contrario.
–No lo pensé bien –insistió su padre–. Creí que mi plan era perfecto… pero estaba pensando con el corazón y esos asesinos conocían mi debilidad.
Tony dejó la copa sobre la mesa, sin tocarla, con el corazón encogido por el dolor de su padre.
–Hiciste lo que pudiste.
¿Podía él decir lo mismo en lo que se refería a Shannon?
–Intenté hacerlo, pero fracasé. Y luego volví a intentarlo cuando os traje a esta isla…
–Pero los tres nos fuimos de aquí.
–Mi único objetivo era manteneros a salvo hasta que fuerais mayores de edad y los tres habéis sobrevivido. No sólo eso, habéis triunfado fuera de aquí, sin mi ayuda. Y eso hace que me sienta orgulloso.
Aunque no le estaba diciendo nada que no supiera, Tony se dio cuenta de algo por primera vez: su madre había intentado protegerlo con aquella manta que lo ocultaría mientras huían por el bosque, pero a su manera, su padre había hecho lo mismo. Llevaba años resentido con él porque los encerró en una isla, pero lo único que quería era salvar sus vidas.
Y tal vez su padre se dio cuenta de que lo entendía, porque esbozó una sonrisa.
–Y ahora, hijo, piensa en Shannon de manera lógica y no actúes como un crío enamorado.
¿Un crío enamorado? Eso le dolió porque era verdad. Amaba a Shannon y amarla nublaba su juicio. No era capaz de pensar con claridad.
Hasta aquel momento.
–Shannon es una mujer juiciosa que nunca haría nada que pudiera perjudicar a su hijo –dijo entonces–. Ella nunca habría hecho esa llamada, estoy absolutamente seguro. Además, la imagen de la cámara de seguridad… no se le ve la cara y yo asumí que era ella porque llevaba su albornoz, pero está claro que era otra persona, alguien de estatura y aspecto similar… ¿Alys?
–Apostaría lo que fuera a que ha sido ella –dijo su padre, furioso.
Shannon no había hecho nada malo…
–Me pregunto si Alys fue quien pasó la información a Global Intruder sobre la foto de Duarte… –Tony tuvo que apoyarse en la pared–. ¿Dónde está ahora?
Enrique le hizo un gesto con la mano.
–Yo me encargo de eso, no te preocupes. ¿Tú no tienes algo más importante que hacer, hijo?
Tony miró su reloj. Faltaban cinco minutos para que el ferry se fuera de la isla y tenía que ver a Shannon para decirle que confiaba en ella, que había estado equivocado.
Y para pedirle perdón.
Tenía cinco minutos para demostrarle cuánto la amaba.
El silbato del ferry anunció que estaban a punto de dejar el muelle.
Con Kolby en brazos, Shannon miró la exótica isla por última vez. Aquello era difícil, mucho más de lo que había esperado. ¿Cómo iba a volver a Galveston, donde había tantos recuerdos de Tony? No podía hacerlo. Tendría que mudarse, empezar en otro sitio.
Aunque en cualquier otro sitio habría recordatorios de él. No podría poner la televisión, no podría mirar Internet sin ver alguna fotografía suya…
Pero al pensar en la poca confianza que tenía en ella se le partía el corazón…
–¿Mamá? –murmuró Kolby–. ¿Qué te pasa?
Shannon giró la cara para que su hijo no la viera llorar.
–No me pasa nada, cariño. ¿Tú crees que habrá algún delfín? ¿Recuerdas como nos seguían cuando nos acercábamos a la isla?
El niño señaló entonces con la mano.
–Tony viene corriendo.
Shannon giró la cabeza sorprendida. Era cierto, Tony corría hacia el ferry…
Con el corazón acelerado, dejó a Kolby en el suelo y se apoyó en la borda, intentando aguzar el oído. Pero el viento y el ruido de los motores impedían que oyera lo que decía…
Y Tony seguía corriendo.
«Dios mío, no estará pensando en saltar al ferry».
Con el corazón en la garganta, Shannon lo vio saltar desde el muelle y caer en cubierta con la agilidad de un atleta.
–¡Shannon!
–Tony…
–He sido un idiota, perdóname –empezó a decir él, con el viento alborotando su pelo–. Debería haber imaginado que no harías nada que pusiera en peligro a Kolby o a mi familia. No he confiado en ti y no sé cómo pedirte perdón.
Aunque Shannon apreciaba el romanticismo del gesto, una parte de ella seguía necesitando pruebas. La confianza era algo muy frágil, pero crucial en una relación.
–¿Y por qué has cambiado de opinión? ¿Has encontrado una cinta que demuestra mi inocencia?
–He hablado con mi padre y él me ha hecho ver que me estaba portando como un crío. Sé que tú no has avisado a la prensa, Shannon. Alys debió de hacer esa llamada… pero nada de eso tiene importancia. Lo único que importa es que me perdones.
–Tony, sé que tu infancia te dejó marcado, pero no puedo dejar de pensar que siempre tendrás miedo de que te traicione. Y no quiero tener que pasar el resto de mi vida demostrándote que puedes confiar en mí.
–Y yo no espero que lo hagas –Tony tomó su mano y se la puso sobre el corazón–. Tienes razón, yo estaba equivocado. Lo que siento por ti me asusta, pero la idea de perderte es mucho más aterradora que cualquier otra alternativa.
–¿Qué estás diciendo?
–Mi vida es muy complicada, Shannon. Alys podría contar todo lo que sabe y, si es así, todo será aún más difícil para nosotros. Vivir conmigo no será un lecho de rosas, cariño. Para el mundo siempre seré Antonio Medina de Moncastel, el hijo de un rey. Y espero que tú quieras ser parte de mi familia.
–Pero yo…
Él clavó una rodilla en el suelo.
–Shannon, ¿quieres casarte conmigo? Deja que sea tu marido y el padre de Kolby –Tony alargó una mano para acariciar el pelito del niño–. Y de los hijos que tengamos juntos. Te prometo que nunca más volveré a desconfiar de ti, nunca.
Shannon tiró de él para abrazarlo, incluyendo a su hijo en el círculo.
–Sí, me casaré contigo, Tony Castillo, Antonio Medina de Moncastel. Te quiero, Tony. Me has robado el corazón para siempre.
–Gracias a Dios.
Shannon perdió la noción del tiempo hasta que los miembros de la tripulación empezaron a aplaudir y el capitán dio órdenes de volver al muelle.
De pie sobre cubierta, abrazada a Tony, miró hacia la isla, un sitio que visitaría en muchas ocasiones a partir de aquel momento.
Y él apoyó la barbilla en su frente, su cálido aliento le acariciaba la cara.
–La leyenda de la brújula es cierta. He encontrado el camino de vuelta a casa, a mi hogar.
Sorprendida, Shannon levantó la mirada.
–¿La isla?
Sacudiendo la cabeza, Tony levantó su cara con un dedo para buscar sus labios.
–No, Shanny, tú eres mi hogar.