Nozze
Iniciaba mi tercer decenio de vida cuando contraje matrimonio canónico una mañana ventosa en que el parque del Gorgorito amaneció con escarcha, tardó el cielo en depurarse, las lluvias se presentaron a ráfagas y en el mentidero de la plaza del Motete un fagot de Septimino se colgó de un aligustre por un bemol inesperado.
Flores, frutas y mariposas primaverales me inyectaron coraje para proponer a mi dama un intercambio de papeles: deseaba concederle las prerrogativas masculinas y apropiarme de las desventajas femeninas. Una claudicación sin matices en la que renegaba de los privilegios conferidos al varón en la historia de la humanidad para adoptar el papel arrinconado y doméstico de la mujer. Algo que, al no cambiar de frac o de colonia ni retocarme la expresión ante el espejo, al primer golpe de vista no se notaba.
Me movía a esta condescendencia mi gran amor por Armonía Mínguez. Grabadas en mi mente estaban su pureza celestial y sus curvas carnosas, tenía su nombre impreso en la sonrisa pasmada de mis labios, mis manos de lacayo apoyaron mil veces en el piano del palacete sus solipsismos de flauta y otras tantas en que pretendí inmortalizarla en un dibujo, acabé tirando a la escombrera los folios de mi ineptitud.
En la madrugada, requerido por las emociones que encenagaban a mi indócil, afirmaba que mi cuerpo, mi alma y todo mi patrimonio de sentimental de raza pertenecía a quien descansaba a mi lado en el lecho con el cíngulo sodomita por montera y el antifaz de los sueños complacientes.
Por hacer feliz a mi Armonía de sangre azul renunciaba a mis beneficios de varón. Pese a mi tendencia a equivocarme, estaba tan seguro de mis sentimientos que no demoré mi compromiso ni recurrí a la diplomacia para limar sus aristas. Desde la noche de bodas me lo fijé como objetivo de mi matrimonio sin alertar de ello a nuestro entorno para evitar un aplazamiento o la revisión de los aspectos más controvertidos.
Fiel a la deriva literaria marcada por Hamelin, me traicioné como hombre sin que Armonía Mínguez me emplazase a ello o alentara mis elucubraciones. Aunque no es menos cierto que, después de su viaje por medio mundo con nuestra orquesta de acelerados, era insensible a mis dotes seductoras.
Definitivamente renegué de tahúres, piratas o astros del bronce y del cuerno y ni siquiera en mis ejercicios de dedos flagelaba el piano del palacete con el vigor del clavecinista del Fandango en Re, sino que, abrazando el modelo femenino por antonomasia, desde que Armonía Mínguez se ausentaba del hogar yo permanecía junto a la ventana de nuestro dormitorio a verla venir.
Cuando me cansaba de oficiar de entretenida, discurría por las habitaciones del palacete con paso absorto y bayeta presta, como un detective que con parsimonia desenreda sus indagaciones en el escenario del crimen. Y al arrimarme al piano ofrecía un conjuro bien distinto del que se espera de un clásico:
«No me mates con tomate / mátame con bacalao / no lo pongas en remojo / que a mí me gusta salao».
Pulsaba las notas como el martillo a los clavos para persuadirme de que ni mentía ni erraba. Y ante las críticas de mis compañeros por faltar a los ensayos de nuestra orquesta de vivaces, citaba los antecedentes de Armonía Mínguez y me tumbaba en la cheslón escarlata con una novela de policías y ladrones tratando de encajar en la huella de su cuerpo.
«Apoyao en el quicio de la mancebía», que así me apostaba yo algunas tardes en la puerta principal del palacete, aguardaba su regreso del auditorio. Devanando madejas de lana o esmerándome en el punto de cruz mientras dejaba los baños como una patena y mis prestaciones culinarias empalagaban, no asumía los heroísmos de los machotes de folletín ni las habilidades de los clavecinistas barrocos, sino la responsabilidad sobre el abrillantado de las cacerolas o la rectitud de la raya del pantalón que secularmente se delega en la madrecita del alma querida.
Mi transgresión –acatada por Armonía Mínguez sin una palabra más alta que otra– resultó más llevadera conforme perdió la estridencia de la novedad y arraigó en nuestros hábitos. La naturalidad con la que encajamos esta paradoja –pues no hubo reproche familiar capaz de alzarnos las cejas– calmó la susceptibilidad de los parientes cazurros.
Se me puede decir de todo menos que resultara imprevisible, porque ante el círculo íntimo de Armonía Mínguez obré como el aburrido que mil veces formula la obsesión que arrastra, que tantas veces promete desvelarla con pelos y señales como se resiste a hacerlo y que con malas artes aviva el interés de sus oyentes porque inesperadamente interrumpe su mensaje o lo reanuda cuando nadie lo esperaba.
En el día de mi boda, en una de las pausas del aguacero de arroz y pétalos que nos dejó como un eccehomo a contrayentes e invitados, medité en la conveniencia de participar mis propósitos a los que nos festejaban. Pensaba que no sería descabellado ni ofensivo elaborar un discurso en el tono con que se comunica el salvamento del parénquima o la ida y vuelta del pródigo, en el que quedaran informados de mis intenciones los que celebraban nuestra alianza.
Es cierto que el rostro plácido de Armonía Mínguez me exhortaba a no dejarme llevar por la grandilocuencia en detrimento de la diplomacia. Pero, ¿cómo resistirse a esta confabulación de la voluptuosidad cuando el sol se desangra entre las montañas del horizonte, enviudan los árboles, las palomas anadean, Beetho(ven) arma su Claro de luna y el parque del Gorgorito rinde a la primavera su arsenal de flores, frutos y mariposas?
En tres palabras describí la nostalgia de un corchea ante la puesta del sol y traté de endosárselas a Armonía Mínguez cuando aún destilaban ese brillo varonil de impremeditación y arrebato por el que podía arrastrarla con la jeta al lupanar más sandunguero. Me propuse difundir mis intimidades en su oído, pero el ambiente enardecido del banquete las acalló.
Sólo dije «seré», y la hipótesis que almacenaba en mi pecho no se avenía con los bulliciosos camaradas de alrededor, empeñados en arrullar con equívocos, anacolutos y brindis de salud y prosperidad el son de la trompeta del juicio.
Había trasladado a mi baronesa una de las tres palabras que definían mi trayectoria y aplacé las dos restantes a un escenario menos ostentoso y más afín a una sentimentalidad asentada en el dormitorio conyugal del palacete, en el momento en que, desceñido el cíngulo sodomita y silenciada la trompeta del juicio, fatiga el colchón de espuma nuestro terremoto.
Llegó el jolgorio de asignar el ramo de la novia e intuí otra oportunidad para mi desahogo. Por segunda vez reafirmé al oído de Armonía Mínguez la primera palabra de la sentencia atrincherada en mi cabeza y que tanto me costaba completar. De nuevo dije «Seré» con voluntad de no estancarme ahí. Pero callé abochornado de la anarquía que desencadenaba mi aviso, como si se me prohibiera lucir lo que traía aparejado.
No me arrepiento de mi indecisión porque tampoco era el mejor momento para revelaciones. Armonía amagaba lanzar su ramo a un grupo de alborotadoras –estábamos a las puertas de donde el Cordero de Dios quita los pecados del mundo– y los discípulos del librero Santidrián bailaban en el claustro Alopecia vienesa. Si al terminar el banquete de champán francés, tarta de la casa, veguero cubano y conga de Jalisco mi palabra flotante acariciaba el oído de Armonía Mínguez, cuando nos despidiéramos de los invitados me exigiría acabar con la incertidumbre y completar la frase que dejé a medias.
Me acodé a la ventana desde donde la vería marcharse y regresar uno y otro día como una perfecta casada con su maridito formal. Me soñé colgadísimo de su brazo por calles, parques y plazas de los alrededores y ocupando el auditorio las tardes de abono entre gamberradas de Pasifae, berridos de Santidrián y caramelos de doña Tecla. Y en el aroma que propagaba por mis venas la esencia mentolada envolví las dos palabras que reservaba para Armonía Mínguez en un tercer intento.
No las solté a instigación de la trompeta del juicio en los confesionarios de la basílica grecolatina, sino semanas después en nuestro auditorio, en el intermedio de la actuación de la orquesta foránea, con los profesores holgazaneando en la cafetería, Pasifae estreñida, doña Tecla en el limbo, Santidrián al borde de la hiperestesia y los semifusos de Gandarias liando cigarros de picadura en el vestíbulo al bronco rememorar de Va pensiero.
Describía doña Tecla en su butaca la densidad de la miel de Celama cuando Armonía Mínguez giró la cabeza para asentir o rebatirla y el olor de su cabello espoleó mi timidez. Acerqué mis labios al oído de mi flamante esposa y con el aire desabrido con que el pudor expone la intimidad, planteé mi fórmula nupcial.
«Seré tu partitura», vertí en la caracola de su oreja, mascando las oclusivas como si no fuesen sordas. Y en el vértigo del dislate, me sonó la sentencia como la más hermosa declaración de amor que hubiese proferido. Mientras el universo se ensimismaba en mi testimonio, me reiteré rehén de su carne y tan devoto de su flauta como del Sinpecado Fornicado. Y abandonado de la sindéresis, reiteré en argot de concertista: «Seré tu resonancia».
Necesité las tres palabras para evitar equívocos y Armonía no reaccionó al mensaje con saltos de alegría ni agradeció mi cumplido con llanto y rechinar de dientes. Ella tenía el codo junto al brazo de mi butaca y la mano en alto como si solicitara compostura en el reparto de comida gratuita y fue esa mano descargada de alabastros y berilos la que, soslayando encomiendas menores, se encargó de responderme con una caricia en mi mejilla que era la antítesis de la bofetada. Tras desarmarme de ese modo, paseó sus labios por mi mano, con intensidad la besó y sin zalamería alguna reclamó un mentolado a doña Tecla.
Nunca su boca se había regodeado tanto en la pieza azucarada. Un silencio metafísico sustituyó al desahogo de triturarla con sus molares como si pisara uva en un lagar. Armonía Mínguez nada necesitaba añadir a mis palabras, sino aguardar a que mi comportamiento las avalase. «Manos a la obra –parecía alentarme Armonía– y no marear la perdiz.» Pero albergaba el punto de recelo contenido en el refranero popular:
«Del dicho al hecho / hay mucho trecho. / Que la vida te haga / muy buen provecho».
En los primeros días Armonía Mínguez se empleó con retranca. Podía no cuajar mi proyecto, pero como redundaba en su beneficio nada perdía por aceptarlo. En el peor de los casos, aunque se llevara migajas de mi ofrenda y no la totalidad, ¿por qué rechazarlas si se las concedía gratis? Una disponibilidad que me reconforta recordar en este tiempo sobrevenido, aunque hubiera preferido arrostrarla con calma para no precipitarnos a ciegas en la vorágine de desconciertos que desencadenó.
En descargo nuestro operaba el atolondramiento del pionero y un apego a nuestra proposición más impulsivo que escarmentado. Por esa impremeditación Armonía, en vez de depositar a buen recaudo mi largueza y detraer los beneficios pian pianito, al modo de los intereses en una cuenta bancaria, la saqueó sin cortapisas desde que la supo disponible y me exigía beneficios centuplicados cuando le lloraba de amor.
Impávido accedí al desmantelamiento de mis reservas sentimentales y en lo más hondo de mis entrañas gocé de ser expoliado. Me estremecía rendir armas y bagajes, pelvis, cerebro y patrimonio a la mujer soñada, con el desparpajo del lidiador cuando el astado lo desarma en un quite y queda la capa extendida sobre el redondel como una invitación al toro para que la cornee con ansia y después de haberla probado a su gusto la deje de nuevo caída para que el diestro vuelva a recogerla y con ella le emplace a continuar esa lucha a muerte que irreconciliables entablan cada día torero y toro en el coso reglamentario o al albedrío de la dehesa, con algún paréntesis de belleza inaudita, como cuando el mágico movimiento de la muñeca del torero en el pase natural dispara en tabernas y colmados el corazón de los atónitos.
Mi razonamiento no tenía doblez, porque si todo lo mío pertenecía al bien de mi existencia –y no había más que observar su avaricia por apropiarse de mis miradas e incluso de mis trajes–, mejor ser privado cuanto antes, y no a cuentagotas, de lo que le trasvasaba. Y a este efecto, me ponía a su servicio sin contraprestación.
A partir de entonces la voluntad de mi baronesa prevaleció: de ella dependía que yo cenara o ayunase, por ella yo entraba en su cuerpo o esperaba ser reclamado. Si caminábamos, ella encabezaba el grupo; si descansábamos, yo le cedía el asiento relevante y aceptaba sin rechistar lo que ella decidía por mí, a veces explícitamente, otras, con el disimulo de una espía.
De noche en la cama, su versatilidad soberana asumía o denegaba la epifanía posterior, pero no intervenía en algo que se me adjudicaba por descontado como calzarle las zapatillas o depositar en su mesilla de noche el vaso de leche caliente con la píldora de la modestia. Estaba mi parcela de actividades tan férreamente reglamentada, que ni se discutía.
«El ojo del amo / engorda al caballo. / Seré para ti / tu mejor vasallo.»
Viéndonos tan avenidos, porque tras anularme en ella los dos éramos uno, fueron los miembros del circulo de ganapanes en una reunión posterior a la boda –afligida por la ruptura de parejas que suponíamos eternas–, los que nos animaron a formar un dúo independiente de nuestra orquesta de rápidos.
¡Un dúo de piano y flauta entre un corchea y una septimina ligados en esponsales! El invento nacía sin nombre, pero para precisar su composición y funciones el círculo de ganapanes utilizó la expresión «de cámara», que bautizaba la sede más prestigiosa de nuestro auditorio.
Esa noche, cuando Armonía Mínguez y yo nos retiramos a desmenuzar nuestro amor, después de quitarnos la ropa y antes de activar el mecanismo de la adoración recíproca formulamos a coro, como si lo hubiéramos ensayado con los hiperestésicos de Santidrián, el nombre del conjunto musical que compondríamos.
«Tú y yo», exclamamos al unísono, porque no encontramos nada tan adecuado a nuestra idiosincrasia. Y ya habituados a su uso, cuando nos lo decíamos a la cara en los almuerzos o en la coyunda, nos parecía estar hablando del otro, a tal grado de compenetración se sometía nuestro ajuste.
El corazón sentimental de mi provincia, tan rácana en acontecimientos de mediano rango, se encaprichó de nuestro dúo de profesionales unidos en sacramento y hasta el palacete de la calle Melisma arribaron los melómanos como quien se desplaza en visita guiada a conocer la catedral o el zoco turístico: aristócratas en bancarrota, pirañas de la finanza, cojos, logopedas y suscriptores de Hamelin fisgaron con deleite en nuestras intimidades domésticas.
Incapaz de regular esta afluencia de cotillas por su descontrol de esfínteres, Barítono se amorcillaba en la perrera como un jubilado al blando otoño y caían sobre su lomo las sobras que le arrojaban los visitantes –desde cortes de entrada a envoltorios de caramelo y algún arañazo– que él acogía como indicio de su situación cada vez más degradada, porque le daban lo que no quería y si se abría de piernas, ni lo miraban.
En la memoria de los asistentes a aquellos ensayos figura Armonía Mínguez a mi derecha, de pie, besando la flauta, y yo sentado al piano con las manos en las teclas. Ella solista y yo el gregario que resalta sobre una plataforma de escalas graves la melodía extraída por mi baronesa de cualquier sonata para flauta y piano de un compositor sublime con pasaporte francés («conocemos su nombre / no nos digas quién es»).
En estos meses conseguimos que en los Suplicados y Remitidos de Antojos y Deleites ni los corcheas se enfadaran de mi subordinación ni los septiminos alardeasen de su predominio. Y a quien no entendía esta alianza sobrenatural entre Armonía y yo le advertíamos que, siendo ambos profesionales de la música, nuestro comportamiento se amoldaba a la partitura encargada.
A este extravío había impulsado yo mi condición de acompañante desde el piano y en la vida. Incrédulo, me frotaba los ojos, no fuera a estar soñando la escena que representábamos en los ensayos vespertinos, cuando nuestro entendimiento musical –superior al circunscrito a las siete notas– hechizaba a nuestros huéspedes.
El forastero deseoso de vernos trabajar consultaba nuestros horarios de exposición en Antojos y Deleites y después de visitar los monumentos de rigor y almorzar en el Becuadro el menú de la tolondra con el café de alegorías y el licor de la compuerta por remate, entraba en el palacete de la calle Melisma con temblor de novicio y tomaba asiento en el gabinete acoplado, donde al descorrerse las cortinas posábamos manejando nuestros instrumentos.
Fue el director de Antojos y Deleites quien denunció en un Balido que Armonía Mínguez y yo, superados por el éxito, establecíamos nuestro plan de actuaciones sin consultarlo con los ganapanes. No comentamos entonces este reproche de Camprodón, pero dos meses después de publicarse, el aerofágico acudió al auditorio un día de ensayo a medir nuestra disidencia.
No contábamos con su visita porque Camprodón se resistía a salir de casa y gozaba más inventando conciertos que presenciándolos. Era mediodía, habíamos terminado el trabajo, recogíamos materiales y desde la ubicación central que le correspondía a Armonía Mínguez me envió a mi esquina de pianista la señal del hurón para que no saliéramos juntos del auditorio, sino cada uno por libre.
–Moros en la costa –me advirtió como si fuera un pescador gaditano.
A punto de largarme, vi al concertino charlando con mi esposa y la prudencia me aconsejó seguir en la banqueta. A la espera de que Armonía Mínguez me indicara si había cambio de planes en nuestra retirada, acaricié el piano como si le quitara polvo e incluso repetí el motivo peor resuelto de la pieza que estudiaba nuestra orquesta de prestísimos.
–Moros en la costa –le silabeaba entre tanto, partido de amor y miedo.
Luego me enteré de que el concertino se había limitado a pronunciar el nombre del caballero que solicitaba hablar con mi baronesa desde la confianza que le daba pertenecer a la misma asociación musical. Y fue al oír el nombre y apellido del aerofágico, sin la retahíla de cargos remunerados que le permitían llevar por buen camino a sus descarriadas, cuando una sublevación de músculos zarandeó el torso de Armonía Mínguez adelante y atrás como en una reverencia bufa, en tanto sus labios emitían carraspeos y saetas al mayor dolor.
–Presintió la tragedia –deduje ante el coronel Rodrigo, culpándome de no haberlo captado en su momento.
El médico del auditorio valoró el desconcierto de Armonía como sintomático de quien queda emplazado a un compromiso; y para que yo entendiera lo que quería decir –y el mal que afectaba a mi baronesa–, lo comparó a los hiperestésicos de Santidrián cuando de buena fe se les demanda: «Dime niño de quién eres, todo vestido de blanco», y ellos afirman con simpleza: «Soy de la Virgen Maria y del Espíritu Santo».
Cuando Armonía Mínguez recobró el sosiego, me rogó que la sustituyera en su entrevista con el director de Antojos y Deleites. Sumiso me encaminé al gabinete miravete con andar pusilánime, toqué con los nudillos la madera, una voz masculina me concedió la venia y abrí la puerta al precipicio de mi descrédito.
Visitaba por primera vez aquel cuarto honrado por la cúpula musical contemporánea y no me defraudó. Hoy, tras el tiempo transcurrido, carezco de cualquier impresión de ambiente –pintura de techos y paredes, disposición de mobiliario, objetos indispensables y fútiles– y sólo puedo hablar con solvencia del cogote de mi anfitrión porque estaba sentado de espaldas a mí, y cuando me oyó saludar ni giró la cabeza para responder, instándome así a no extraviar mis ojos en fruslerías.
Al oír Camprodón una voz que no esperaba –pues yo había sustituido a Armonía Mínguez– debí decepcionarlo y quizá le pareció inaceptable compartir espacio y tiempo con un corchea de base al que entrevistó descalabrado en el hospital, porque no me retuvo ni un minuto y me despachó con el recado de que cuando mi esposa mejorase de su sofoco, se citase con el director de Antojos y Deleites.
Aunque con muchas ganas de expulsarme de aquel gabinete porque no podía malgastar su precioso horario con «acorchados», Camprodón exhibió esa elegancia de los septiminos para alternar sobre alfombras saboreando un whisky escocés. Tuve la sensación de que valoraba más mi papel de secretario de Armonía Mínguez que de profesor de nuestra orquesta y me hubiera encantado disponer de un piano para convencerlo de lo contrario. Mas cuando comenzaba a recitarle las hazañas de mi currículo, me descentró un gemido.
Recordaba al que desarmó a Camprodón en la plaza Da Capo el día de nuestra libertad. Procedía del lugar ocupado por mi anfitrión y, a medida que me congraciaba con aquella tiniebla, lo situé al lado derecho de su asiento.
En esa zona mi fantasía creó un hueco en el que no se habría colocado un bolso o una cartera de mano, como parecería lo propio, sino una oveja, me dije yo como algo muy natural del caballero de referencia. Y fue mi imaginación conmovida por ese apunte la que se figuró a la descarriada transitando como una modelo por esa geografía mientras emitía el balido que el amo de su corazón lanar reprimía a manotazos.
Dudé si afrontar el asunto por las bravas o como el hombre femenino que era. Descarté utilizar la picardía de la cándida o la altanera configuración del cabo de guardia y sólo por romper el hielo me desmadré en octosílabos:
–Imposible complacer / al paisano nabateo, / porque no te querrá ver / y te mandará a paseo.
Yo aspiraba a concretar su cita con Armonía Mínguez en día, escenario y hora, pero el aerofágico no estaba para burocracias. Sin duda le importunaba mi presencia, pero también la del animal, que debía haber ganado terreno en su asiento y poder sobre el cuerpo de su señor y quizá ahora aplastaba el vientre del septimino o resbalaba por sus ingles, según mis cálculos de perspectiva. Así que en vez de responder a mi requisitoria, Camprodón se preocupó de alejar a la oveja de sus zonas sensibles con el mimo que se aplica al bebé farragoso:
–Ay, lucerito chiquito / cálmate un poquito / sólo un ratito. / Ay, mi lucerito.
El animal no se avenía a las pretensiones de Camprodón –o eso deducía yo de sus balidos, potentes como las trompetas de Aida– y no sólo se extraviaba por áreas excepcionalmente jugosas para el esparcimiento berebere, sino que las dominaba con la fiereza del deseo, forzando al asediado a una defensa sin cuartel de su anatomía.
–Orificio bonito / cuánto te quiero. / Te tengo más explotado / que un jornalero.
Convertido el gabinete miravete en habitáculo de dudas artísticas, solían acogerse a sus cuatro paredes –como el perseguido a sagrado– hechos inimaginables para una mentalidad rutinaria. No insistí por eso en conversar con el septimino Camprodón –costaba acceder a un trono tan promiscuo– y él tampoco mostró voluntad de hacerlo porque prefirió anular su contencioso conmigo y cortejar a la descarriada de su derecha.
–Al escondite inglés / jugamos con interés / colócate del revés / una, dos y tres.
Mecía al animal igual que a un mamón. Ablandado por la estampa, consideré inevitable que en algún momento de éxtasis el aerofágico le diera el pecho a la oveja, aunque no hubiese desarrollado tanto como ella sus apéndices correspondientes.
Las circunstancias no me permitirían contemplar con nitidez esa escena maternal, pero la imagen bullía en mi cabeza como un emblema de modernidad provinciana. Y con mi indócil punzándome deduje que si Camprodón se prestaba a esta pantomima, caminaríamos por la senda del dinero fácil, ya que bastaría acoplar al aerofágico las opulencias de las sardónicas para enriquecernos con los empalmados del mentidero de la plaza del Motete.
Debía retirarme de aquel panorama bucólico y mi colocación al lado de la puerta me facilitaba la salida. Camprodón estaba tan entretenido con su criatura como desentendido de mí, pero si yo me hubiera despedido a la francesa habría tomado nota para sancionarme. Andaba en juego el porvenir profesional de nuestro Tú y yo, así que reiteré al aerofágico mis parabienes con ese balido lastimero que en su día reprodujo Santidrián en la plaza Da Capo.
Esta suplantación mía apenas tuvo eco porque el diálogo del aerofágico y la oveja había cobrado volumen a medida que lo envenenaba la provocación de sus palabras ardientes. «Te daño, me estrujas», así bramaba él, y parecía llegado el minuto en que ambos confrontasen –«conversa mía, metopa»– a la manera de los platillos de una orquesta. De ahí que recurriera a la formula aprendida en las aulas de mi niñez para despedirme con galantería del dueño del quincenal:
–Sus antojos son mis deleites.
En el salón de actos donde Armonía conversaba con un grupo de compañeros, nada revelé de mi encuentro con el aerofágico. Obediente a la señal del hurón, me retiré por Diatónica y Cromática, y, ya en la cocina de casa, mientras aliñaba una ensalada de oxímoron ante la displicencia de Barítono, partidario de platos de cuchara, preferí relatar a mi baronesa las particularidades de su próxima reunión de negocios y omitir el episodio animal del gabinete miravete.
Reservamos para la futura entrevista de mi baronesa con Camprodón las habitaciones primaverales de nuestra guarida, entre flores, frutas y mariposas, pero sin ovejas, a fin de no encalabrinar a nuestro invitado. No estaba en mi mano reprimir los escarceos del septimino –mucho menos decretar con quién debía comparecer–, pero convinimos en alejar a Barítono para facilitar un entorno sosegado a los interlocutores.
Fue una medida innecesaria porque Camprodón a los pocos días alteró los planes. Contra lo que él y yo acordamos el día de la profanación de la oveja y sin explicar sus motivos, rechazó entrevistarse con Armonía en el palacete de la calle Melisma y fijó otro punto de cita.
Ignorábamos esta alteración cuando sometimos a Barítono al veterinario de los remiendos. De haber sabido que la entrevista cambiaba de escenario, le habríamos hurtado a sus manos homicidas y seguiría vivo y con el cuerpo entero, sin las bárbaras mutilaciones que lo llevaron a la muerte y que nos parecieron necesarias para no disgustar a Camprodón.
Con mimos que ese cabrón de can no solía recibir entró en quirófano. Regó crema pastelera el campo experimental de su lomo. Se le dio la vuelta y, así propicio a las ocurrencias del cirujano, no quedó zona de Barítono sin cortar y pegar.
Los análisis y las pruebas no ocultaron su destino inmediato. Cuando su supervivencia se cifraba en minutos, tapamos con un antifaz sus ojos para que sólo atendiera sus sueños. Sin ceremonia se le depositó en el vertedero y aún tuvo arrestos para ladrar con la mayor dulzura posible a la dueña de su desorbitado amor cuando Armonía se acercó a visitarlo –en un acto que era de despedida obvia– con el obsequio de un potaje de Semana Santa, quizá un pelín soso para su paladar de alpargata, pero de suficiente potencia letal.
La mañana de su cita con Camprodón, Armonía volvió a padecer en su torso los síntomas que ya conocían los médicos. Mientras le aplicábamos sinapismos, informamos de la novedad al aerofágico, al que una situación similar mantenía en el lecho entre imponentes arcadas.
No consintió Camprodón alterar el calendario, por lo que no hubo más remedio que rescatar el traje de gala de Armonía. En la cámara nupcial donde en la luna de miel nos privamos de ropa, ahora la vestí de pantalón y chaqueta. Y como si ya no hubiera vuelta de hoja y nunca más procediese a desnudarla, Armonía lloraba sin pausa y le costaba levantar piernas y brazos.
Cuando los secretas del coronel Rodrigo nos avisaron de que esperaba el coche, Armonía Mínguez se anudó la corbata y al salir del dormitorio me dijo algo nuevo:
–Somos un escándalo.
Camprodón se llevaba a mi baronesa al límite de la provincia en un automóvil más negro que la pena y con la amenaza de lo que contiene ofensa y pecado.