Speranza
Pese a que las dos visitas a nuestra provincia del joven de lentes redondos dejaron mucho que desear –limitada la primera a unas charlas de café y la segunda a la interpretación de su quinteto más célebre–, los del coro de Santidrián confiábamos en que su mala salud no le impidiera encontrarse de nuevo con nosotros, y la mejor prueba de que restábamos importancia a la enfermedad que iba a quitarle la vida es que al marcharse por última vez de nuestro lado no le despedimos como si nunca más fuéramos a verlo –una zozobra que siempre aflige el pecho amigo–, sino con la naturalidad de algo que por reiterado no impresiona.
Como ocurre en los sentimentales impacientes, no había arrancado la diligencia que le devolvía a su patria cuando ya lo soñábamos de regreso a la nuestra y antes de que visitara a su médico lo auscultaba el más sabio de nuestra provincia y en vez de confinarlo en una fonda le concedíamos la mejor habitación de nuestra casa y sin haber cruzado todavía nuestra frontera ya lo habíamos acompañado a los conciertos del auditorio o la tertulia del Becuadro. Santidrián, que estaba más enterado que nosotros, nos anunció que en su siguiente visita el joven traería más equipaje, y no sólo porque nuestra hospitalidad le estimulara a una estancia más larga, sino por cumplir la promesa que hizo antes de irse, cuando piafaban los caballos de la diligencia, arreciaban las ofertas ambulantes y en los bártulos de los previsores se amontonaban los bocadillos de conchabados de Paco Hostias.
Sin concederse pausa en su relato, como si le costara un riñón expulsar la confidencia, el músico de lentes redondos contó a Santidrián mientras orinaban en el foso de los Triduos lo que el mismo Santidrián nos comunicó horas después con lengua atropellada y echando vapor por la boca: que el joven compositor había disfrutado tanto en el Becuadro con la audición de La trucha –solfeando con su mano izquierda desde el borde de la banqueta donde se ubicaba y disparando su derecha para corregir o matizar al que en ese momento intervenía– que en su próximo viaje se comprometía a cargar con pentagramas suficientes para reconstruir en nuestro Becuadro unas veladas análogas a las famosas que él y sus camaradas celebraban en el café vienés de sus tertulias, sin límite de aforo, horario y bebida, en torno al piano que estrenaba sus melodías sin orquestar y con la contribución de cantantes bohemios.
Emocionado nos transmitió Santidrián ese acicate que debía consolarnos de la ausencia temporal de nuestro músico –por eso repetíamos bobamente que a la tercera oportunidad cristalizaría nuestra amistad–. Pero fue horrible que partiese la diligencia, hasta el punto de que sobre nuestro optimismo de sentimentales planeó la conveniencia de no atizar ilusiones que producen mucho daño cuando se desvanecen. Una recomendación sensatísima que nos hubiera venido bien atender. Pero un sentimental es engreído y, en vez de arrepentirnos del frenesí que tanto dolor nos procuraba, culpamos de nuestro sufrimiento al ancho mundo y lamentamos no haber presionado al músico cuando podíamos haber evitado su salida o al menos, dificultarla o demorarla. Ojalá nos hubiéramos agarrado de las manos desde la fonda donde pernoctaba hasta el apeadero de la posta y, al no poder franquear nuestro compositor ese obstáculo, hubiera aplazado su viaje, quién sabe si para siempre. En esa misión de resistencia que Santidrián nos sugería, los hiperestésicos adoptábamos el semblante de cuando cantábamos el himno a la patria alzando los ojos a la cúpula del auditorio y al ver en el mástil la bandera dorada –¡bonita mía!–, el llanto encogía nuestro pecho, porque sólo las lágrimas acertaban a expresarnos.
En una de esas veladas previas a los conciertos del auditorio –habíamos cantado La raspa en olor de santidad, con muchos oyentes moviendo las caderas con la cara trasfigurada de placer–, Basilio Santidrián nos refirió, en el tono con que se procura aplacar la pataleta de un niño, que el joven de los lentes redondos le había manifestado mientras orinaban en el foso de los Triduos que retornaría pronto. Callaba aquí Santidrián para embelesar con su relato –¡el tórrido aliciente de las insinuaciones!– y si le forzábamos a concretar el periodo de separación, no hablaba por boca del músico sino que lo establecía por su cuenta en un trimestre. Y aunque Santidrián carecía de asesores para sugerir esa cifra y no formaba parte del círculo íntimo del joven compositor y nunca comunicaba la fuente de sus noticias porque sospechábamos que carecía de padrinos y era la calle la que le calentaba la oreja, nos lo reiteraba con el entusiasmo de hace años, cuando invadió nuestras casas con proclamas más retóricas que veraces. Dijo entonces que Toscanini dirigiría nuestra orquesta de impulsados y que Rubinstein tocaría nuestro Steinway y después de que ninguna de estas anticipaciones cuajara, se obsesionó con el joven de los lentes redondos y para ponderarnos su excelencia nos decía que era un autor tan devorado por la música que en vez de palabras emitía notas.
Por estos antecedentes fracasados, recelábamos de los pronósticos de Santidrián, pensábamos que el librero de la calle Intermezzo había envejecido mal y desbarraba el muy sensiblero, mas como era inhumano dar la espalda a la ilusión que nos inculcaba con ojos atronadores –y al fin y al cabo compartíamos su enloquecimiento por lo disparatado–, los hiperestésicos nos prendimos de su gancho y nos imaginábamos paseando con nuestro joven de lentes redondos por los parques de la provincia, pisando hojas secas por calles embarradas, llevándolo al médico o gestionándole conciertos. Pero también es verdad que nos resistíamos a salir de casa –no fuera a llegar de viaje y no encontrarnos– y dábamos alas a la imaginación para que se despachase a su gusto mientras repasábamos estampas de su ciudad burguesa, de su vivienda con sus alrededores de bosque de hadas, de su cuarto de trabajo y de su cama. Fortalecía nuestras convicciones la seguridad de que podíamos ofrecerle algo mejor de lo que poseía y, porque no nos ataban a él los intereses sino los sentimientos, le augurábamos que entre nosotros recobraría la jovialidad que faltaba en las tertulias de su país, donde las chicas contagiaban enfermedades venéreas, nunca sonaba un Steinway y debían cubrir de visillos las ventanas para disimular que nadie jamás las limpiaba, tres observaciones deducidas por los más clarividentes de nosotros al examinar hasta la extenuación en las paredes del Becuadro las fotografías de las enciclopedias consagradas a su figura.
Sería sugestión, pero en el momento de arrancar la diligencia que conducía al joven a su tierra, las ruedas del vehículo se clavaron en nuestros corazones con más fuerza que en el pavimento nevado y arañaron nuestro pecho con el remordimiento de haber abandonado indefenso a nuestro amigo, sin preservarlo de los azares propios de este tipo de excursiones. A partir de entonces, al cantar su Ave María en las vigilias platerescas del Sinpecado Fornicado, implorábamos al que todo lo puede que la primavera acabase cuanto antes con el viaje de invierno de nuestro músico querido, despejara los caminos de improcedencias, diluyese la nieve de los tejados y se fundiera con el agua vibrante de los arroyos, ya que todo ello pintaría un escenario más apetitoso y alegre a nuestro huésped. Lo anhelábamos en las semanas previas a su llegada, todavía con frío pelón, cuando eran nuestro único abrigo las notas centrales de La trucha que Santidrián seguía tocando en el Steinway con el índice de su mano derecha –hacía igual con La chocolatera y 7 de julio San Fermín y con todas terminaba llorando– y configurábamos recorridos románticos para el pasear dubitativo de nuestro joven, entre frutos de árbol y parterres florales asediados por las mariposas. En el colmo del refinamiento onírico, decorábamos el día de su llegada con la fisonomía de ese ensueño en el que nuestros sueños lo envolvían: el cielo radiante, la brisa clemente, el sol templadito y un aroma voluptuoso. Tantas ganas teníamos de proclamar a nuestro invitado rey de la Juventud y la Belleza –aunque distara de poseer este atributo– que hubiéramos agradecido con el corazón en la mano que desde las alturas celestiales, a menudo denostadas por su indiferencia a nuestras súplicas, descolgaran la escala de Jacob –la que mejor transporta almas en pena y semovientes desde el Purgatorio a la Gloria y viceversa– y en brazos de la congregación de ángeles implumes nos depositaran en la paramera del auditorio a nuestro joven de lentes redondos y melena encrespada para edificación de los reacios a las celebraciones taumatúrgicas.
Entre flores, frutos y mariposas sorprendimos una mañana de primavera al joven músico departiendo con desconocidos en el café del chamarilero. Se nos había adelantado a pisar el Becuadro burlando nuestras cautelas: Meses atrás, habíamos apostado un vigía en la estación de la diligencia para festejar la llegada del personaje con las celebraciones que traía aparejadas, desde el repique de las campanas de la catedral a la lidia colectiva del torito o las salvas disparadas por el más imberbe del Sinpecado Fornicado mientras sus compañeros del regimiento desfilaban a velocidad legionaria. Pero el vigía pudo dormirse o el músico disfrazarse para no ser reconocido por los fariseos del coronel Rodrigo y reservarse tiempo para gozar a solas de las excelencias ornamentales y gastronómicas de nuestra provincia y rehuir nuestra pegajosa amistad, que por dejarnos llevar del sentimiento empalagaba, pues tanto nos obsesionaba encandilar al joven con nuestros arrobos turísticos que no había terminado de contemplar uno cuando le mostrábamos otro. Con la presunción típica de los sentimentales, estábamos convencidos de que llevándolo de acá para allá y atosigándolo con el mucho lujo que le quedaba por conocer desencadenaríamos en su cabeza La muerte y la doncella, La bella molinera, la Inacabada o la Grande y ni se nos ocurría que, puesto que le fatigábamos en exceso, pudiera hartarse de nosotros y solicitar a la Pasifae de la bóveda del auditorio que, así como quien no quiere la cosa, nos proyectara un recadito de su entrepierna.
Total que, enredados en diatribas, no lo vimos atravesar la puerta del Becuadro ni avanzar por las mesas, cayó junto al Steinway como quien deja un paquete y allí se estancó, a la manera de Macario cuando se proponía dar la vara con su garganta de tenor. Nos percatamos de que vivíamos un momento histórico porque los contertulios dejaron de vocear el recorrido de sus fichas por el tablero y pararon de agitar el cubilete. El señor notario y su oficial donjuán habían sido sorprendidos por el joven de lentes redondos a la mitad de una partida de parchís y con avergonzada lentitud los dos licenciados en Derecho se levantaron para saludar al genio, pero sin precipitarse, y tuvimos que ser nosotros los hiperestésicos, que estábamos menos preparados académicamente, los más expeditivos porque nos arrojamos a abrazar al músico y en el barullo tiramos fichas y algún cubilete y estábamos reprochándole lo mucho que había tardado en comparecer cuando nos dejó con la palabra en la boca, murmuró una maldición de prostíbulo y se arrodilló a recoger lo que habíamos tirado al suelo, una reacción inesperada, pues no lo creíamos tan devoto de los pasatiempos de mesa.
Su actitud cohibió nuestras efusiones de pleitesía y la decepción nos encogió las tripas –¡el mago del lied maneja el cubilete!– hasta que nuestro joven se enderezó y devolvió la carga de fichas y dados que ya Consuegra se preocupaba de reunir íntegra. Así que cuando el notario Escapes inició una conversación de circunstancias sobre los contratiempos del caminante, el joven pareció harto de la farsa y obró como don Custodio en el estreno de la Sinfonía Retaca en el auditorio: se quitó los lentes, se alborotó la melena que estaba cuidadosamente encrespada, se aflojó la pajarita del cuello y, tras prescindir de las partes más vistosas de su atuendo, se acercó al Steinway convencido de que se le abrirían las puertas de la historia de los sentimentales en cuanto empezara a tocar con el índice de su mano derecha las notas de La trucha, como hizo Santidrián en su día. Claro que con esta artimaña confiada a los sonidos y no a las palabras el enmascarado desvelaba su impostura, pues en cuanto puso la mano sobre el Steinway tuvimos clara la imposibilidad de proponerlo como solista para conciertos de pago por la torpeza de sus dedos. Descubrimos así que aquel forastero no era intérprete ni creador, aunque se caracterizara de músico, sino nuestro querido jefe y aglutinador de hiperestésicos, el papelero Santidrián, que no tenía más contacto con el Steinway que el índice de su mano derecha. Con el debido respeto al fundador de nuestro coro, los hiperestésicos indagamos en las razones de su simulación. «Para mantener vuestra ansiedad», nos contestó. Y sonrojando a la mayoría de los clientes del Becuadro, volvió a pulsar las notas centrales de La trucha y de vez en cuando nos advertía: «Os falta mucho que aprender».
Pese a los augurios de Santidrián, poco a poco adquiríamos experiencia del mundo, y así nos persuadíamos de que desear con intensidad una fantasía, como era nuestra avidez por el músico de lentes redondos, resultaba tan gratificante como tenerlo al lado, y que si lo perdíamos de vista –y empezábamos a temer que eso ocurriera después de tantas comparecencias dilatadas–, la solidez de nuestra ansiedad nos compensaría de la frustración de no haberla saciado. Cuando algo apetece, como era nuestro caso, algo retienes –aunque sólo sea la idea de lo que ansías–, y con tan pírrico consuelo participábamos de servidumbres domésticas y laborales, comíamos carne y pescado, engendrábamos soldados para el regimiento o nos divorciábamos. Sabíamos que quien se disfraza admira a su modelo, pero no teníamos tan claro si le informa de su propósito para que vaya prevenido y no se encare por sorpresa con su retrato y le haga preguntarse qué hizo de sí. Abundaron aquellos días en parodias y simulacros, mas no había mofa ni encono en los imitadores, era adoración lo que movía a un sentimental de nuestra provincia a apropiarse de las prendas de su ser querido, estudiar sus gestos y adoptar su catadura. Y así, como quien dice sin enterarnos, esta propensión colectiva ganó terreno y consistencia y cooperó en empresas de mayor fuste.
Salpicó este frenesí al Becuadro y después de la patochada de Santidrián tendimos a ver visiones, pero ninguna nos dejó la huella de aquella tarde, en que entró por el pasillo de mesas un desgarbado. Parecía habituado a espacios reducidos, se despreocupaba de lo que le viniese por la espalda y no miraba con recelo a su alrededor. Masticaba chicle o goma o la propia saliva, lo que le daba un aire impertinente. Recaló sin vacilación en la mesa de Escapes y, con una calma que no serenaba nuestra inquietud, preguntó por el notario. Al responderle quien debía, dio tres palmadas secas como las que preceden a un recital flamenco y deletreó: «Quien tiene un amigo, tiene un tesoro».
Sonaba tan bien la frase que los hiperestésicos suspiramos de romanticismo. Mas cuando le oímos decir que lo enviaba Méndez, el calígrafo municipal que por sus suplantaciones de personalidad penaba en las mazmorras de la provincia el delito de alta traición a la patria, nuestro sentimiento se tiñó de reverencia y entonamos el lied más puro del joven de lentes redondos. No hizo mella nuestra actitud en el advenedizo, que podía venir amparado por Méndez pero no participar de sus aficiones musicales ni de su carácter expansivo, pues no se arrojó en brazos del notario ni le propinó achuchones. Arrimó una silla a la mesa de los contertulios y entró como elefante en cacharrería en la partida de Escapes con Alonso Gris sirviéndose cartas del monte sin que nadie lo hubiera invitado a participar en aquel tute, que desde el mismo momento de su irrupción se convirtió en arrastrao.
Atento a su juego, no se alteró cuando le informamos de que no esperábamos la visita del joven de lentes redondos en la tarde de hoy, ni quizá en una semana ni en un mes ni posiblemente en los años que nos quedaran de vida porque podía haberla perdido por su nefasta enfermedad. Acogió impasible esta decepción y no se le movió un músculo del rostro cuando un hiperestésico voceó que como no podía ser presencia, nuestro músico se tornaba esperanza. Muchos sentimentales lloramos al escuchar esta adversidad, que temíamos se nos tornase endémica, pero el desgarbado siguió jugando a las cartas porque, según expuso al notario Escapes sin dejar de mascar goma, hasta que se hiciera de noche en nuestra provincia era dueño de su destino y no tenía que pasar lista. Disputó, pues, varias bazas y en menos que canta un gallo desplumó a sus compañeros de partida. Contaba las monedas que había ganado cuando el reloj del Becuadro tocó las horas. «Hoy no me rompen el culo», comentó apretando el dinero.
¿Quién era este emisario de Bienvenido Méndez que hablaba con el casticismo de don Custodio de Abolengo? Celoso de cuanto ocurría en su negocio, el chamarilero Consuegra procedió a interrogarlo y con este propósito lo trasladó por las buenas de la mesa de tertulia a los aseos, donde el notario Escapes los acompañó para dar fe de lo que aconteciera. El desgarbado se sentó en el váter, Consuegra se acodó al alféizar de la ventana y frente a ellos quedó Escapes que, con mano más temblorosa que cuando palpaba las blandas opulencias de la recauchutada, recogió un papel que a modo de carta le entregó el desgarbado. Escapes lo revisó por encima y al momento lo apartó de sí, como si su contenido apestara, para guardarlo en el bolsillo de su chaqueta. Entonces tomó la palabra Consuegra para subrayar lo que parecía obvio, que aquel desgarbado debía haber aprendido en la cárcel a jugar a las cartas. «En la Legión –rectificó el aludido y para despejar confusiones añadió lealmente–: Pero mi vida es la trena.» Consuegra reclamó datos y el otro pareció evadirse: «Tengo régimen abierto», sostuvo, algo que sólo se entendía como clasificación carcelaria. «¿No vienes por uvas?», tanteó el chamarilero. Y su oponente respondió lo que muchos aplaudimos: «Me quedan tres telediarios».
Preguntamos al desgarbado si lo acompañaba la cabrita de los desfiles militares y como tantas otras veces los mayores frustraron nuestra ansia de saber. Fue en esta ocasión el chamarilero Consuegra, lógicamente disgustado de que en vez del joven de lentes redondos atufara el Becuadro un presidiario de paso ligero, el que pontificó: «No está uno trabajando de sol a sol para que se la metan doblada», y los hiperestésicos comprendimos la injusticia de haber librado una guerra como la de Septimino contra Corchea para tan pobres réditos. Después de haber canjeado su vida airada por un establecimiento abierto al público de sol a sol, en el que a la mitad de la tarde estaba el pescado vendido, Consuegra tenía más razón que un santo, pero al desgarbado se le ocurrió introducir apostillas en un discurso que no las necesitaba. Así subieron las voces el chamarilero y su contrincante en una pugna que el notario calificó de «forcejeo político». Conforme se calentó el clima y las palabras se encresparon y el argot aturdió nuestros oídos, la cuestión litigiosa rebasó el marco de la dialéctica para derivar en batalla campal: volaron chaquetas, camisas, pantalones y calcetines y también se produjeron tirones de orejas y bofetadas sin que la confusión se aclarase y la serenidad se impusiera. El primero en perder su ropa y mostrarse desnudo no fue el desgarbado, sino Aniceto Consuegra. Hicieron el ridículo los que habían pronosticado un desenlace diferente de la batalla y perduró la incógnita sobre la identidad de aquel provocador: ¿Nos lo mandaba Méndez para castigar excesos y desestimar osadías?
Tocando a retirada, el desgarbado recogió sus ropas mientras exhortaba a Escapes a leer la carta. En ella se mencionaba un episodio antiguo de nuestra provincia en el que dos sentimentales henchidos de amor se destrozaron la vida por no saber controlarlo. En la cárcel penaba el superviviente de la pareja que, al enterarse del próximo viaje a nuestra provincia del joven de lentes redondos, había suplicado a quienes consideraba con influencias que le prepararan una entrevista con él. «Mantengo la esperanza de complacer mis sueños», se leía en el papel que recibió el notario Escapes. Lamentaba molestarlo con su encomienda, pero la cárcel le había enseñado que el fin justifica los medios. Podía enfadar y agobiar su escrito, pero procedía de un profesional de la música que en su estancia en presidio había perdido la juventud de sus dedos y ya no aspiraba a reintegrarse en la sociedad y figurar como pianista de una orquesta. La cadena perpetua le había desenganchado de ilusiones y cifraba su bienestar en pequeños momentos musicales, como los que compuso nuestro genio de lentes redondos. La posibilidad de permanecer unos minutos junto al músico sublime sería un lenitivo para su oprobio continuado.
Sobre la mesa donde Escapes y su pasante se jugaban las pestañas quedó la carta del pianista. La firma era indescifrable y la escritura atrabiliaria, aunque en un puntazo de coquetería confesaba que de niño fue garbosa, como los compases agitanados de Albéniz, porque entretuvo sus dedos en el manejo de las siete notas, con sus sostenidos y bemoles. Demostró talento y llegó a vivir de la música, pero desde que la tragedia le abocó indefinidamente a un destino recoleto, sólo se atrevía a conectar con la sociedad en circunstancias excepcionales. Ahora le tentaba estrechar la mano del joven de lentes redondos y no le reclamaría mejoras en su régimen penitenciario ni le escandalizaría los oídos con que intercediese por su libertad. Sólo le pediría que tocase en el piano de la cárcel, donde él había perdido lo que tenía de artista, los compases centrales de La trucha. Que intervinieran sus manos en esa ración de paz aportaría vida a sus venas. Tras la exhibición del joven de lentes redondos, el frustrado que escribía esas líneas no iba a desesperarse por no verlo más. Al contrario, cuando se asomase al fragmento de cielo que le permitía la ventana de su celda, sería dichoso recordando aquella interpretación. Mas si no se le concedía reunirse con él, antes que reincidir en el horario rígido, las mismas costumbres, los mismos rostros, las mismas bromas, los mismos dolores y la persistente incapacidad de sus dedos ante el teclado, intentaría quitarse de en medio para reunirse con la mujer que le había robado el corazón.
A medida que cobraba vuelo, este discurso atronaba nuestras conciencias de hiperestésicos con su portentosa capacidad de seducción. Palabras como esclavitud, palizas, desamor, iniquidad, humillaciones y sufrimiento resonaban en las paredes del Becuadro mientras el desgarbado terminaba de vestirse. «Regreso al infierno», anunció mareando el chicle y Consuegra abrió su navaja: «Dame la revancha». Todo estaba dicho y los dos salieron del Becuadro hacia la comisaría de la calle de Fa –eso indicaron–, donde recibirían los cinco latigazos de escarmiento por pelea callejera. Evaluábamos los hiperestésicos si el desgarbado resistiría el castigo, cuando por la paramera del auditorio corrió su voz, de igual o mayor potencia que la del crucificado en el Gólgota. Y si aquel trágico mediodía de hace siglos, la muerte del desamparado hijo de Dios atrajo calamidades atmosféricas en la ciudad donde recibió martirio, ahora, tras el percance del desgarbado en la paramera del auditorio, las nubes cubrieron luna y estrellas, la tormenta descargó relámpagos y truenos y un aguacero furioso se asentó entre nosotros día y noche para borrar las huellas del crimen.
Recordaría doña Tecla estos truenos en los momentos más alborotados de la primera sinfonía de Tchaiko(vski), en los que nuestra orquesta de etéreos sacaba la máxima potencia de sus instrumentos para enmudecer seguidamente. Esta alternancia de pianisimos y fortes caracterizaba la pieza elevada a atriles y doña Tecla estaba atenta para desenvolver sus caramelos cuando más sonoridad había y con la rapidez precisa para no ser atrapada en la operación por el silencio inmediato. Advertía el programa esta peculiaridad de la que el gordo Gandarias se desentendía, ya que le daba igual que se interpretase un autor u otro mientras recibiera caramelos de su protectora y saliera al vestíbulo en el intermedio para confraternizar con su peña de semifusos, pero doña Tecla recurrió a Santidrián en el descanso del concierto, con un patio de butacas medio vacío y un vestíbulo repleto de fumadores. Cabalgaba Santidrián en el borde de su asiento, impaciente por el comportamiento de nuestra orquesta de vertiginosos, cuando doña Tecla desahogó su zozobra. Santidrián la apaciguó con una imagen que devino en caricatura: «Los tres percusionistas alzados en armas se diluyen en la suavidad de los violines». Agradecida, doña Tecla le ofreció un caramelo sin desenvolver y Santidrián inclinó con hidalguía la cabeza.
Mientras la orquesta tocaba a Tchaiko(vski) y el público del auditorio se deleitaba o aburría en la localidad de abono que había adquirido o renovado a comienzos de la temporada, doña Tecla actuaba en favor del gordo Gandarias sentado a su derecha. Los dedos de doña Tecla, sin la agilidad juvenil pero con nervio, se recreaban en liberar el caramelo de su ropaje como si fuese una bayadera que se despojara de las prendas que la cubren y, ya en su palma el caramelo desnudo, lo estampaba en la boca del gordo Gandarias igual que el sello de una carta y el gordo Gandarias lo tragaba con la docilidad que dispensaba a doña Tecla, como si practicara la rutina sacramental de la alegría y la adversidad y la fortuna y la pobreza, sin otro roce de sus cuerpos a lo largo de este periodo que el de los dedos de doña Tecla en sus labios durante los conciertos en el auditorio. Con el torso erguido y los ojos clavados en la orquesta, Gandarias recibía el caramelo y esa compenetración con doña Tecla fue lo más admirable de su relación blanca. Pero nada es eterno en nuestra provincia de la dorada bandera –¡olé tu rumbo!– y aquella tarde de la sinfonía de Tchaiko(vski) asistieron los espectadores del auditorio a la exhibición de un límite.
Ya había trasegado varios caramelos el gordo Gandarias con su característica mansedumbre y doña Tecla persistía en sacar uno de la bolsa, desnudarlo y encajárselo en la boca mientras en el escenario mandaba Tchaiko(vski). El imprevisto surgió cuando aquel caramelo de doña Tecla no atravesó los dientes del gordo Gandarias, sino que salió rebotado y cayó al suelo. Los oídos de doña Tecla se cerraron a Tchaiko(vski), giró la cabeza hacia su compañero de butaca y lo vio tendido, con la cara disparada a la bóveda de Pasifae. Moviole un brazo y habló en su oído, entre acordes orquestales de sonoridad desigual, sin que el gordo Gandarias reaccionara. Cuando al terminar la sinfonía doña Tecla quiso incorporarlo, no pudo. «Gordo, gordo», decía sacudiéndolo. Se acercó Santidrián a maniobrar y su diagnóstico pesimista coincidió con el de los sanitarios de las urgencias.
Gandarias había muerto en el salón de actos del auditorio después de muchos años de ocupar el mismo abono del patio de butacas. En un Balido de Antojos y Deleites Camprodón propuso dedicarle una placa en el gabinete miravete. Mas pasaron las fechas y, como el expediente no avanzaba, Santidrián, después de consultar con las pítimas del lenocinio y las arrastradas de la milagrosa, eligió la paramera del auditorio como escenario para el homenaje y, al mes de la muerte del gordo nos congregamos allí.
Traíamos de repertorio una pieza del músico de lentes redondos que habíamos ensayado como mil veces y a nuestra desazón por quedar bien se añadía la de Santidrián, al que los ateneístas del seminario y los seminaristas del ateneo atribuían amor por doña Tecla. Ninguno de los dos era joven, pero tampoco sería el primer matrimonio de adultos de nuestra provincia y daba fe de ello el Asilo de Mayores de la avenida del Exterminio.
De luto riguroso la vimos venir por la paramera con el bolso donde guardaba los mentolados y debía estar alertada porque cuando empezamos a cantar La trucha se detuvo y elevó su mirada al cielo. Era una tarde mala para la lírica, porque si doña Tecla añoraba al gordo Gandarias, nosotros echábamos de menos al responsable de aquella hermosura, ese compositor de lentes redondos al que tuvimos acodado en el Steinway del Becuadro, tan nervioso como Santidrián ahora, y no acertamos a retenerlo.
Santidrián era caminante de verano e invierno, a lo largo de su vida soportó prisión y exilio y en la tupida negrura de su papelería albergaba pretensiones. Dispuesto a comerse el mundo, había confeccionado una lista de testigos y otra de invitados, pensaba en Paco Hostias como padrino y ya tenía día y hora para la ceremonia de iglesia y banquete.
Se lanzó a hablar cuando terminamos la canción, pero por los nervios tosió y un caramelo de doña Tecla, taponándole la boca, le impidió reanudar su discurso. Mirándose a los ojos permanecieron ella y él, enconados en su sentimiento. Y al vuelo de banderas y epitalamios aprendimos ese día que la mejor palabra es la que está por decir.
Madrid, 2017