Epílogo

Es julio de nuevo y ya pasó un año desde esa mañana en Maine. Era otro día de verano perfecto: caluroso, pero no demasiado, y el cielo parecía de mármol azul con las volutas que formaban las nubes. Yo iba en mi bicicleta, estaba 32 kilómetros al noroeste de Filadelfia y una vez más me encontraba en una situación en la que no necesitaba ocuparme de nada más de manera inmediata. Había reservado una niñera para que se hiciera cargo de Alex. Así mi esposo y yo podríamos llevar a los tres niños mayores a una fiesta en alberca en Nueva Jersey. Luego nos enteramos de que algunos de los mejores amigos de los niños planeaban llegar más temprano al evento, así que mi esposo se llevó a los niños varias horas antes de lo programado y yo me quedé con Alex hasta que la niñera llegó. Entonces supuse que para ese momento ya no me necesitarían en Nueva Jersey y comprendí que había quedado libre para hacer lo que quisiera.

Subí mi bicicleta al auto y manejé hasta el sendero de Valley Forge. Como nadie me estaría esperando sino hasta mucho más tarde de la hora en que tenía la intención (o capacidad) de terminar mi paseo ciclista, no tuve necesidad de mirar el reloj y lo mejor de todo fue que el camino estaba tan parejo que pude dejar que mi mente vagara.

Sin embargo, no podía dejar de volver a pensar en los planes y la logística de mi vida una y otra y otra vez.

Resulta lógico. Apagar todo de golpe es muy difícil. Además, había sido una semana complicada. Di tres charlas en tres estados en menos de 30 horas y llevé a dos de los niños con especialistas médicos para revisiones. La semana siguiente tendría que volver a viajar y a lidiar con la duda de si necesitaría otro chofer para cubrir la ronda adicional de clases de natación en las que había inscrito a dos de los niños. Sin embargo, no iba a poder hacer nada al respecto desde la bicicleta y ya me había organizado para pedalear 32 kilómetros en el sendero Schuylkill River en esas horas libres. ¿Por qué no podía simplemente disfrutarlas?

En los últimos años me he esforzado mucho por hacerme más consciente de las horas cuya existencia he registrado religiosamente. He diseñado aventuras y he desembarazado mi agenda de buena parte de lo que no quiero hacer en las 400 mil horas que me quedan de vida, aproximadamente. En ese momento estaba invirtiendo en mi felicidad porque, aunque ya no fui a la fiesta en la alberca, de todas formas le pagué a la niñera y le pedí que se quedara. También trataría de ir enlazando esos momentos a lo largo del sendero y de extender la sensación de no estar obligada a hacer nada inmediatamente. Sin embargo, siempre hay un espacio entre el saber y el hacer. Algunos días los sobrellevo con la facilidad con la que me muevo entre las rocas de la corriente de una de mis rutas favoritas para correr y, otros, me parece que vivo en un vacío.

La gente me lo dice todo el tiempo: Ya sé lo que debería hacer, pero simplemente no lo hago. Tal vez tú también te sentiste así al leer este libro. Tomaste notas de las estrategias que te gustaría probar, ¿pero, qué es lo que convierte un deseo en la realidad de un lunes por la mañana?

No hay una respuesta sencilla para esta pregunta, más que la de saber que usar el tiempo de una mejor manera es un proceso. Nadie coloca intempestivamente su bicicleta al inicio del sendero más desafiante; sólo tratamos de hacer algo mejor el día de hoy y luego, al día siguiente, daremos otro paso. En lugar de lamentar que nada de lo que haces funciona, cobra conciencia de ese pasito porque, con frecuencia, es el instante que se puede transformar en la realidad de ese día y sumarse a tus recuerdos.

Eso fue lo que me sucedió en ese sendero. En algún lugar entre mi vagabundeo mental salí del bosque y llegué a un claro en el que el río fluía a mi lado. Mi mente se sobresaltó y se detuvo. Respiré el aroma de las flores silvestres y de la magnificencia del agua y su lentitud. Por un instante no pude pensar en nada excepto el viento en mi rostro, el sol en mis brazos y las aves que graznaban sobre mí. Hermoso, hermoso. Entonces sentí que las palabras nadaban en mi mente.

Cuando piense en ese paseo en bicicleta, lo que recordaré no será la acumulación mental, sino esta bella imagen, esa repentina sensación de libertad que puede abrumar a todo lo demás, al menos por un ratito. Todo el tiempo pasa, pero algunos instantes trascienden el incesante paso del reloj. Sólo necesitamos contemplarlos y así, con el tiempo, veremos más.