Te envío una fotografía de Billy hecha con el obturador Perry a su máxima velocidad y revelada con pyro y sosa. Experimento ahora todos los días y creo que podré captar caballos en movimiento, a galope corto, justo cuando cruzan la línea de fuego; y copos de nieve en el aire, rayos de ruedas bien definidos, un poco desenfocados en la parte de arriba, pero nítidos en su conjunto. Los hombres caminando no tienen ningún misterio; ya te enviaré algunas pruebas. Verás lo que se puede hacer desde una montura sin necesidad de trípode o de cristal esmerilado, pero recuerda, por favor, cuando recibas las muestras, que se han tomado con la lente completamente abierta y muchas de las mejores han sido expuestas desde el caballo en marcha.
He aquí los muertos.
(A manos mías)
Morton y Baker, amigos de otros tiempos.
Joe Bernstein. Y tres indios.
Un herrero, a cuchillo, cuando sólo tenía yo doce años.
Cinco indios en defensa propia (al abrigo de una roca segura).
Un hombre que me mordió en un atraco.
Brady, Hindman, Beckwith y Joe Clark,
El agente Jim Carlyle y el Ayudante del Sheriff J.W. Bell.
Bob Ollinger. Un gato enfurecido
y pájaros en prácticas de tiro.
He aquí los muertos.
(A manos de ellos)
Charlie, Tom O’Folliard
El brazo reventado de Angela D.
y Pat Garrett,
que me arrancó la cabeza.
La sangre mi collar toda la vida.
Navidad en Fort Sumner, 1880. Éramos cinco por aquel entonces. Wilson, Dave Rudabaugh, Charlie Bowdre, Tom O’Folliard y yo. En noviembre celebramos mis 21 años mezclando alcohol y marihuana; un escándalo público que duró toda la noche. Al día siguiente nos dijeron que a Patt Garrett le habían ofrecido el cargo de sheriff, y lo había aceptado. Perjudicábamos el progreso en Nuevo México, y ganaderos metidos a políticos, como Chisum, querían acabar con la mala fama. Nombraron sheriff a Garrett, y éste me envió una carta en la que decía o te largas o te trinco, Billy. El gobierno envió a un tal Azariah F. Wild para que lo ayudara. Entre noviembre y diciembre maté a Jim Carlyle por un malentendido, pues era mi amigo.
Tom O’Foliard decidió entonces marcharse al Este y dijo que se reuniría con nosotros en Sumner en Navidad. Adiós, adiós. Pocos días antes de Navidad supimos que Garrett nos esperaba a todos en Sumner. Nochebuena. Garrett, Mason, Wild y otros cuatro o cinco más. Tom O’Folliard llega a la ciudad, el rifle apoyado entre las orejas del caballo. Por aquel entonces disparaba desde la cintura, lo cual estaba muy bien con un rifle, y siempre era certero.
Garrett nos esperaba jugando al póker con los demás, las armas en el suelo junto a ellos. Al saber que Tom cabalgaba solo, fue derecho a la ventana y mató de un disparo al caballo de O’Folliard. Tom cayó con el caballo, sin soltar el arma, y reventó la ventana de Garrett. Garrett ya estaba bajando las escaleras. El señor Wild le disparó a Tom desde el otro lado de la calle y volvió a disparar al caballo, innecesariamente. Si Tom hubiera llevado estribos y no hubiera movido tanto las piernas probablemente habría quedado atrapado bajo el animal. O’Folliard se movió deprisa. Cuando Garrett salió a la calle allí sólo quedaba el caballo, muerto del todo. Garrett no podía gritar para preguntarle a Wild dónde estaba O’Folliard, para no delatarse. Wild gritó de todos modos para prevenir a Garrett, y Tom lo mató al instante. Garrett disparó hacia el fogonazo de O’Folliard y le arrancó el hombro. Tom O’Folliard empezó a aullar en el silencio de la calle de Fort Sumner, la noche de Nochebuena, mientras se acercaba a Garrett sin hombro, las mandíbulas temblando como vejigas que se vaciaran enloquecidas. Demasiado enloquecido siquiera para apuntar a Garrett. Hijo de perra, hijo de perra, mientras Garrett ponía la mira en el blanco y lo reventaba.
Garrett recogió a O’Folliard, la cabeza abierta por la mitad, y lo llevó hasta la habitación del hotel, en el piso de arriba. Mason tendió una manta en una esquina. Garrett depositó a Tom O’Folliard, abrió el rifle de Tom, sacó los cartuchos que quedaban y los dejó a su lado. Tenían que esperar hasta que amaneciera. Siguieron jugando al póker hasta las seis. Entonces se acordaron de que no se habían ocupado de Wild. Salieron los cuatro y lo subieron a la habitación. A las ocho de la mañana, Garrett enterró a Tom O’Folliard. Lo conocía muy bien. Luego fue a la estación de ferrocarril, puso a Azariah F. Wild en hielo y lo envió de vuelta a Washington.
Hay en Boot Hill unas cuatrocientas tumbas.
Que ocupan el espacio de siete acres.
El lugar tiene una puerta elaborada,
pero el camino, sin seguir ruta alguna, serpentea
como las ramas de un árbol entre las sepulturas.
300 enterrados en Boot Hill murieron por violencia:
200 por disparo y cincuenta a cuchillo;
otros fueron lanzados bajo trenes…, una forma de muerte
popular y pasada por alto en el Oeste.
Están los que murieron en peleas de bar
a causa de hemorragias cerebrales
y al menos a otros diez los mató la alambrada.
En Boot Hill hay tan sólo dos tumbas de mujeres,
las únicas suicidas conocidas en este cementerio.
Sé que los demás no vieron las heridas que aparecían en el cielo, en el aire. A veces, de una frente normal ante mis ojos, se escapaban los gases cerebrales. Una vez se atascó una nariz justo delante de mí; una esclusa de piel selló los orificios, y el aterrado rostro tuvo que empezar a respirar por la boca, pero el bigote se le pegó a los dientes de abajo, y el hombre empezó a jadear, un ¡ah! ¡ah! cada vez más fuerte hasta que se desplomó y perdió el conocimiento, pareciendo al final que respiraba por un ojo minúsculos chorros de aire, como agujas, entraban en la garganta. No se lo conté a nadie. Ni siquiera se lo habría contado a Angela D, si hubiera estado conmigo entonces; ni a Sallie, ni a John, a Charlie o a Pat. Al final, lo único que nunca cambiaba, que nunca se deformaba, eran los animales.
MMMMM mmm pensando
viajando por el mundo a lomos de caballos
doblado el cuerpo al filo de sus cuellos
el sudor del cogote carcome mis vaqueros
mientras recorro el mundo a lomos de caballos
de modo que si tuviera yo mente de reportero diría
bueno algunas morales son físicas
que quede esto claro y manifiesto
como esquema de guardia o como estrella
y debe excluir uno muchas cosas
dar media vuelta si la bala ha pasado de largo
largarse sin fijarse en la refriega
rebosando los ojos como cañerías viejas
y dar por buena entonces la moral de la prensa o el arma
donde los cuerpos carecen de espíritu como flores
de papel a las que no alimentas ni das de beber
por eso puedo mirar las tripas de los relojes
cambiar sus ruedas y clavijas de unos a otros
y salir con vida, por unas horas
Cuando vi a Charlie Bowdre muriendo
lanzado a más de un metro por las balas sonriéndome
la cara descompuesta vomitando
meándose de dolor bajo los pantalones
el gesto demudado como un sol ay dios mío
ay dios mío Billy me estoy meando cuidado
con tus manos
y los ojos creciendo sobre todo su cuerpo
Joder nunca entendí por qué
perdiste así los nervios
el hígado correteando por ahí
como una gallina decapitada
una bola marrón brincando por el patio
y además verlo en casa de mi tía
y no probar gallina desde entonces
El río turbio hasta la cintura
rodeado de espuma mi caballo
cabalgo desnudo ropa y botas
y pistola en alto
Y ya cruzado el río tortuoso
pienso en el amor
tendido al sol sobre rastrojos
y disparo a un pajarraco
Lo cojo entre los dedos
los ojos son pequeños y lejanos
y aúlla como una trompeta
destruido su temor
Esto es lo que pasó
cuando disparé a Gregory
Lo alcancé de lleno y con cuidado
reventándole el corazón
para que fuese rápido y
a punto estaba de marcharme
cuando veo que un pollo se le acerca
y se le lanza al cuello mientras cae
le hunde el pico en la garganta
tensa las patas y le saca
una vena roja y azul
Él entre tanto cae
y el pollo se retira
tirando de la vena
hasta haberse alejado 12 yardas
como si el cuerpo fuera una cometa
y las últimas palabras de Gregory fueron
aléjate de mí pollo estúpido
Inclina el cuerpo atrás para tenderse
y la melena negra se sacude
destrozando la almohada
y dice Billy
escupiendo su cuerpo largo y torpe chispas
desde las sábanas hasta mi brazo
y acostada del todo
los pechos son ahora más pequeños
el vientre es sólo un hueco
en el que asoma la mata clara
es la primera vez
y al morderle el costado
dejo en su piel la marca de los dientes
ella se engancha y se me sube encima
me aprisiona la mano
su cuerpo a punto de romperme los dedos
que giran como máquinas a máxima potencia
y mis manos se quiebran en el jugo amoroso
en él paralizados estos dedos artríticos
estos dedos preciosos que no puedo mover
ya más rápido que una bruja lisiada
El granero en el que pasé una semana se encontraba en la orilla de una granja y al parecer llevaba años abandonado, aunque era de piedra y buena madera. El gris oscuro y frío del lugar hizo que mis ojos se acostumbrasen a la luz suave mientras ardía de fiebre. Medía veinte yardas de largo y unas diez de ancho. Sobre mi cabeza había otro espacio de tamaño similar, pero el suelo no era seguro para caminar sobre él. Oía sin embargo a los pájaros y a algún animal extraño que arañaba con las patas, y la madera podrida ampliaba el sonido introduciendo a los bichos en mis sueños y en mis pesadillas.
Fueron el color y la luz del lugar, no mi fiebre, los que me hicieron quedarme allí. La semana resultó muy tranquila. Fueron el color y la luz. El color gris, con trazas de marrón, como esas tuberías oxidadas o esas piezas de metal que antes llevaban bridas y baldes y luego pasaron a emplearse en máquinas; las treinta o cuarenta latas grises en un rincón del granero, cuyas elipses, desde donde yo las miraba, trazaban dibujos en la oscuridad.
Abrí al llegar dos ventanas y una puerta, y el sol derramó planchas y ángulos, iluminando la piel del suelo, una piel de plumas, de polvo y grano viejo. Las ventanas se abrían a los campos y junto a la puerta crecían algunas plantas que fui matando poco a poco con mi orina. El viento húmedo entraba en el granero y con él pájaros que volaban hasta la otra punta de la nave con intención de volver a salir. Del techo, que era del mismo color que las paredes, colgaba un grifo viejo con el que me di un golpe en una ocasión.
Transformé una mesa en cama para pasar mi fiebre allí tumbado toda la semana, cualquiera que fuese su causa. Empecé a ahuyentar todo pensamiento de mi cabeza. Sólo sentía el espacio y descubría lo que mi cuerpo era capaz de hacer, a qué era capaz de sobrevivir, qué colores le gustaban más, qué canciones cantaba yo mejor. Había animales que no se movían y me aceptaban como a un ejemplar de una especie mayor. Comía el grano con ellos y bebía de un charco constante a unas veinte yardas del granero. No vi a ningún ser humano ni oí ninguna voz humana; aprendí a acuclillarme de la mejor manera posible para cagar, a limpiarme con hojas, y en ningún momento comí carne ni toqué la carne de otro animal; nunca crucé su frontera. Todos éramos conscientes de los otros; nos aceptábamos. La mosca que se posaba en mi brazo se alejaba tras haberme explorado, se comía su enfermedad y la guardaba dentro de sí. Yo evitaba al andar las telarañas que crecían en los rincones y tenían asuntos aún por concluir. El único asesinato que presencié fue el de las moscas atrapadas en las redes acrobáticas.
En la nave contigua a la nuestra había otro granero, separado sólo por una gruesa puerta de madera. Un centenar de ratas, de ratas gordas, comían allí sin parar de un montón de grano olvidado de medio pie de altura que empezaba a fermentar, de manera que al final de esa semana, tras un fuerte aguacero, la fuerza contenida en las semillas estalló y las ratas se emborracharon, abandonando la cordura de comer el alimento que tenían delante y volviéndose las unas contra las otras de un modo grotesco y torpe por lo grandes que eran, buscándose los ojos y las costillas hasta sacarse los estómagos amarillos, y entonces cruzaron esa puerta y mataron a una ardilla listada; unas diez ratas se lanzaron sobre aquella cosa con rayas para devorarse luego las unas a las otras antes de darse cuenta de que la ardilla ya estaba muerta, y yo me senté en el amplio alféizar de la ventana abierta, donde no pudieran alcanzarme, cargué el arma y disparé una y otra vez hacia la lenta rueda que giraba en el granero con cada detonación, y volvía a cargar y a vaciar el cargador hasta que agoté toda mi bolsa de balas, y el ruido rasgó la membrana de silencio en mis oídos al tiempo que la ventana succionaba el humo que me salía del puño, y en las buenas veinte yardas que me separaban de las ratas no había nada más que la bala que cruzaba solitaria como un mensajero entre las vigas de madera y las atravesaba sin rebotar nunca, y así las ratas seguían girando y se detenían en los silencios para comerse las unas a las otras, algunas incluso para comerse la bala. Hasta que mi mano se volvió negra y el arma se calentó y no quedó en el granero ningún animal de ninguna especie más que el chico de la camisa azul que estaba allí sentado, tosiendo a causa del polvo y secándose el sudor del labio superior con el brazo izquierdo.
En 1880 pasó por Fort Sumner un fotógrafo viajero. Billy posó para él en la calle, junto a la vieja taberna de Beaver Smith. En esa fotografía parece tosco y zafio.
Su rostro tenía en realidad una agradable expresión aniñada. Puede que se pusiera adrede ropa vieja para salir en la foto con ese aspecto, porque Billy cuidaba su apariencia cuando estaba en Sumner y vestía con pulcritud y buen gusto. Nunca me gustó esa fotografía. No creo que le haga justicia a Billy.
No son ellos por tanto quienes cuentan mi historia. Descubrir el comienzo, la ligera llave de plata para abrirla, para desenterrarla. He aquí un laberinto para comenzar, para adentrarse.
Dos años antes, Charlie Bowdre y yo anduvimos cruzando en zig-zag la frontera canadiense. Diez millas al norte, diez al sur. Nuestros caballos avanzaban de país en país, vadeando ríos de escasa profundidad, entre distintos colores de verde en los bosques. Los dos y nuestro zig-zag como un látigo a cámara lenta, la cumbre de la acción en ascenso y en descenso, su radio estrechándose hasta que todo terminó y nos dejamos llevar tranquilamente hasta México y su calor familiar. Sé que no hay profundidad, ni exactitud significativa, ni riqueza de imágenes. Es tan sólo un comienzo.
Ella se apoya en la puerta, se sujeta
la mano izquierda a la altura del codo
con la mano derecha y mira hacia la cama
sobre mis sábanas... naranjas
peladas y a medio pelar
brillan como monedas escondidas en la almohada
se dirige despacio a la ventana
levanta la persiana de arpillera
la tranca con su clavo, horizontal,
y el sol oblongo y bajo
se alza en la habitación
enmarcando la cama la carne blanca
de mi brazo
cruza después el sol
se sienta aquí encima de una pierna
y barre las mondas
recorre con un dedo mis costillas
gira despacio y cae sobre la almohada
Bonney Bonney
Estoy muy quieto
capto todos los ángulos de la habitación
En enero, desde Tivan Arroyo, vamos más a menudo a Stinking Springs. Conmigo, Charlie Wilson y Dave Rudabaugh. Nieva. Charlie se pone mi sombrero y sale a buscar leña y a dar de comer a los caballos. La bala le quema la ropa a la altura del estómago y lo lanza de nuevo adentro. Hay nieve en la bota izquierda de Charlie. Sólo ha puesto un pie fuera. En una mano llevaba un hacha; en la otra un cubo. Desarmado.
Levántate, Charlie, levántate y cárgate a uno. No, Billy. Estoy cansado, por favor. ¡Joder!, mírate las manos, Billy. Levántate, Charlie. Lo empujo hacia la puerta y le pongo el revólver en la mano. Ve, Charlie, buena suerte.
Se queda allí, tambaleándose; no avanza. Echa a andar luego en línea increíble y perfectamente recta hacia Pat y los otros, en el risco del arroyo, a unas veinte yardas de distancia. No puede siquiera levantar el revólver. A veces se desvía un poco, pero avanza siempre, siempre en línea recta. Muerte a Garrett. Mátalo, Charlie. Ellos sólo lo observan; no se mueven. Apunto a Pat por encima del hombro de Charlie, disparo y le doy en el galón. No lo he rozado. Charlie se agacha. Levántate, Charlie, mátalo, mátalo. Charlie se pone en pie y mientras lo hace hunde el cañón del arma en la nieve. Se va derecho a Garrett. Los otros se han agachado, pero Garrett sigue allí, en pie, y no vuelvo a disparar. Para entonces Charlie sabe que es hombre muerto, que debe marcharse, hacer algo, borrar el dolor de su mente. Continúa avanzando en línea recta, ahora más cerca de ellos, y se cubre con las manos la caca de los pantalones. Dispara, Charlie, dispara. Deja un reguero de sangre recto como el tajo de un cuchillo. Está llegando, está llegando. Charlie está llegando al arroyo, cae en los brazos de Garrett, su estómago babea sobre la cartuchera de Garrett. Hola Charlie, dice Pat en voz baja.
Está nevando. Wilson, Dave Rudabaugh y yo. No hay ventanas; la puerta abierta para ver. Cuatro caballos fuera.
El abuelo de Jim Payne le contó a su nieto que una vez conoció a Frank James, uno de los hermanos James. Tras ser indultado, Frank había desempeñado muchos trabajos. Cuando el abuelo de Jim lo conoció era el portero del Teatro Fresco.
DEJA QUE FRANK JAMES CORTE TU ENTRADA, decía el cartel. Y la gente iba más por eso que por la película. Frank decía: «Gracias por venir, pasen».
El abuelo de Jim le preguntó si le gustaría tomar una cerveza con él después de la película, y Frank James dijo: «No, pero gracias». Y cortó la entrada del siguiente. Por aquel entonces ya era alcohólico.
La señorita Angela Dickinson de Tucson
piernas largas como una bailarina
marcó la moda de los años 80
afeitándolas hasta que no quedaba un solo pelo
a todas horas dice
soy demasiado alta para ti Billy
pero a veces salimos por ahí
compramos una botella y Angela se detiene
y me enseña los muslos
mira Billy mira esto
dobla luego la sábana
se toca las rodillas con los dedos
se tiende y me hace señas con los pies
y me atrapa como a una mariposa
entre sus piernas afeitadas en su cuarto de Tucson
Un río en el que puedes perderte
y el sol como un halcón fugaz
junto a la orilla
a una milla se ve la senda blanca
de un animal que avanza por el agua
puedes girar en círculo cien yardas
y el caballo obedece torciendo la testuz
descabalgas y te acuestas con la cabeza en alto
hasta que cae la tarde y el frío y el caballo te despiertan
y levantas la vista y la luna es el ojo congelado de un pájaro
Que tenía el estómago tibio
recordé en el momento de introducir la mano
en la tetera tibia para lavarlo un poco
tirando del estómago hasta sacar la bala
quiso ver mientras tomaba un té
con Sallie Chisum en París Texas
Con Sallie Chisum en París Texas
quiso ver mientras tomaba un té
tirando del estómago hasta sacar la bala
en la tetera tibia para lavarlo un poco
recordé en el momento de introducir la mano
que tenía el estómago tibio
Pat Garrett, asesino perfecto. Personaje famoso, con mente de doctor, manos peludas y con cicatrices, quemado por la soga, tenía en la muñeca una mancha púrpura que estuvo allí toda su vida. Asesino perfecto porque su mente era indoblegable. Era capaz de matar a alguien en plena calle, dar media vuelta y terminar un chiste. Un hombre que decidió lo que estaba bien y se olvidó de cualquier moral. Genial incluso para sus enemigos. Disfrutaba de veras con la gente, con los raros, los ebrios, los ladrones. Era peligrosísimo para ellos porque los comprendía, sabía qué motivaba su risa o su rabia, lo que les gustaba pensar, cómo debía conducirse con ellos para caerles bien. Un asesino académico; sólo su humor vivaz y sus múltiples intereses hacían de él la mejor compañía. Prestaba oídos a gente como Rudabaugh y les reía sus salidas. Gastaba en público un lenguaje atroz, pero nunca juraba cuando estaba solo.
A los quince años aprendió francés, él solo, y jamás se lo contó a nadie, y jamás pronunció una sola palabra en francés en los cuarenta años siguientes. Ni siquiera leía libros en francés.
Entre los 15 y los 18 años, poco se supo de Garrett. Con el dinero que tenía ahorrado alquiló en Juan Para una habitación de hotel durante dos años y diseñó su propio plan para aprender a beber. Los tres primeros meses se obligó a destrozarse la cabeza. Vomitaba en cualquier parte. Un año más tarde era capaz de beber dos botellas al día sin vomitar. Por primera vez en su vida empezó a soñar. Despertaba por la mañana con las sábanas empapadas en una orina que contenía un cuarenta por ciento de alcohol.
Empezó a tener miedo de las flores porque crecían tan despacio que llegaba a descubrir lo que tramaban. Aprendió a sentirse superior por el exceso de errores que cometían quienes lo rodeaban. Las flores lo vigilaban.
Pasados dos años era capaz de beber cualquier cosa, mezclar cualquier cosa y mantenerse despierto y reaccionar con tanta eficacia como si estuviera sobrio. Mas para entonces era ya un adicto, atrapado en su propio juego. Empezaba a quedarse sin dinero. Su plan con el alcohol sólo debía durar dos años, pero se prolongaba mes tras mes, pues había perdido el control por completo. Robaba y se vendía para sobrevivir. Un día fue sorprendido por Juanita Martínez mientras robaba en su casa, y se desmayó en su cuarto de estar. Seis meses más tarde Juanita había descongelado su adicción. Se casaron, y a las dos semanas ella murió de una enfermedad que le había ocultado.
Nadie sabe qué pasó por la mente de Garrett. No bebía ni se dejaba ver. Un mes después de la muerte de Juanita, Garrett llegó a Sumner.
PAULITA MAXWELL:
Recuerdo el día en que Pat Garrett pisó Fort Sumner por primera vez. Yo era una niña que llevaba vestidos hasta la punta de los zapatos, y cuando vino a casa a pedir trabajo, me escondí detrás de mi hermano Pete y lo miré, pasmada, con ojos como platos. Tenía las piernas más largas que había visto en mi vida y resultaba de lo más cómico; hablaba de un modo muy gracioso, y Pete y yo nos reímos de él con ganas cuando se marchó.
Tenía una mente clara, un cuerpo capaz de beber, y a diferencia de quienes han regresado del infierno, no se mostraba cínico con los que parecían incapaces de superar sus problemas o sus dificultades. Pasó diez años en un rancho, marcó vacas, fue cazador de búfalos. Se casó con Apolinaria Gutiérrez y tuvo cinco hijos. Fue entonces cuando apareció por Sumner, con la cabeza llena de francés que nunca usaba, equipado con todo lo necesario para ser un bicho raro: un asesino sano asesino sano asesino sano asesino sano asesino sano.
(La señorita Sallie Chisum, posteriormente Sra. Roberts, vivía en Roswell en 1924 y se había convertido en una anciana bondosa y de rostro dulce, con mil recuerdos de los tiempos de la frontera.)
EN SU CASA
La casa estaba siempre rebosante de gente
era el rancho un pequeño mundo aparte
donde no habría podido yo estar solo ni queriéndolo
Todo hombre a quien valía la pena conocer en el suroeste,
y muchos a quienes no valía la pena, se alojaban allí
en un momento u otro.
Lo que eran no importaba para ser bienvenidos.
Llegaba un hombre a veces presuroso, a caballo,
comía presuroso y partía con la misma premura.
A menudo pasaba por allí Billy el Niño
y a veces se quedaba una semana o dos.
Recuerdo cuánto me asusté cuando vino por primera vez.
A cuarenta millas por delante, casi en línea recta, se encuentra la casa. Hacia allí cabalgamos Angela D y yo; yo la llevo. Ni siquiera ahora, tan lejos, soy capaz de imaginarlos moviéndose por las habitaciones. Son las nueve de la mañana. Descansan recostados en sus sillas tras un lento y tardío desayuno de sábado. John con los tacones de las botas marrones en el borde de la mesa, donde estaba su plato, su taza y sus cubiertos, con una taza en la mano sobre el regazo. En la mesa hay cuatro platos: dos grandes y dos pequeños. En los grandes quedan restos de tocino y huevos; en los demás las migas de pan con mantequilla y mermelada (californiana). Una taza sobre un platillo, un platillo que pertenecía a la taza que ahora está en manos de John Chisum. Al otro lado de la mesa está Sallie, vestida con el que acaso es su vestido marrón y amarillo más largo, un lazo hasta la cintura en la pechera con botones de un azul muy pálido y un volante a ambos lados del cuello, sobre los hombros. Debe de haber movido ya la silla desocupada para poner los pies también en alto, siempre descalza, los dedos encogidos por el viento que se cuela por la puerta del porche. Tendrá el brazo derecho apoyado en la mesa y de vez en cuando rozará el platillo con la base de la taza para beber un sorbo de café, dejará la taza y volverá a hundir los dedos de la mano derecha en la tibieza de su pelo. No hablan mucho, Sallie y John Chisum, pero imagino desde aquí el diálogo de ruidos: el roce de la taza, la silla que se inclina, la tos, la succión al levantarse un brazo de la mesa y romper ese sello formado por el aire y la humedad sobre la superficie.
Otros días los pasan cada uno por su lado. Chisum se levanta antes de que amanezca y ya se ha marchado antes de que Sallie siquiera se despierte y dé vueltas en la cama, ciega como un pájaro en la oscuridad. Sólo cuando el sol ilumina la cama y se desliza sobre sus ojos se incorpora despacio hasta que encuentra su cuerpo desnudo; se ha quedado fría y tira de la sábana bien remetida a los pies de la cama para cubrirse, se envuelve en ella mientras se sienta, los talones de los pies contra los muslos intentan descubrir qué parte está más fría, si la carne de los pies o la carne de los muslos, y se pega la sábana al cuerpo bien tensa, como si fuera una piel. La sujeta con los brazos como si se tratara de un vestido ceñido y se calienta los pechos con las manos a través de la tela. Una vez, el año pasado, al verla así envuelta en la sábana, le dije: Sallie, ¿sabes cómo es la piel de un hombre loco? Y se lo mostré, llenando con agua templada la bañera automática de interior, tomándola en brazos para dejarla caer despacio en el agua envuelta en la sábana y sacándola luego y diciendo, así es, como esa cosa blanca que te envuelve. Ahora intenta salir de ella. Le llevé a la cama y observé cómo intentaba escapar.
Cualquier día laborable se sentaba así en la cama, la sábana ceñida desde el pecho hasta el vientre, las piernas obligadas a entrar en calor por sus propios medios. Aguzaba el oído a la escucha de algún ruido en la casa, y el silencio le hacía saber que John se había marchado, dejando tan sólo una lista con las cosas que quería que ella hiciera. Se levantaba y tras desayunar deambulando despacio por la casa empezaba sus tareas. Conservaba los libros de John, les limpiaba el polvo, rellenaba por la tarde las lámparas que su marido había vaciado al amanecer para evitar cualquier peligro de incendio cuando el sol abrasaba la casa a mediodía o caía al soslayo a primera hora de la tarde, atravesando puertas y ventanas con sus rayos horizontales. No, olvidaba que ya no lo hacía. Ahora dejaba la parafina en las lámparas, porque John había construido postigos para cada puerta y cada ventana y cada agujero en la pared. Por eso, cuando daban las once Sallie se limitaba a cerrarlos todos hasta que la casa se volvía silenciosa y azul en la quietud sin sol. Durante cuatro horas. Entre las once y las tres. Unas horas en las que, estando dentro, como hacía yo a menudo, los pasos repicaban sobre el suelo estremeciendo con sus ecos las habitaciones. Y Sallie se movía por ellas como un fantasma con sus vestidos blancos, el pelo anudado como siempre en la nuca y derramándose desde allí hasta que se desvanecía como humo eterno a medio camino entre los omóplatos y la base de la columna.
Sí. Con largos vestidos blancos en la casa oscura, los huesos largos contagiados en cierto modo de la quietud de la casa. Sí, lo recuerdo. Debió de ser en mi segunda visita, después de quemarme las piernas en la hoguera, cuando Sallie empezó a cerrar los postigos a las once. Sacaron la cama del cuarto para invitados y me instalaron en ella, incorporado en una esquina de la enorme sala de estar de su casa. Y allí me pasé tres días sin moverme siquiera un centímetro, como un árbol muerto que presencia las mareas o el relevo del sol y de la luna mientras la casa cambiaba de color ante mis ojos: la noche, el amarillo del amanecer, el paso gradual al azul oscuro a las once, la nueva blancura al entrar el sol a las cuatro y otra vez la oscuridad creciente.
Tres días en tal delirio que al menos dos veces al día pensaba que me quedaba ciego, sin reconocer a nadie, sin reconocer desde luego a los Chisum, pues alguien me dejó tirado en el porche y se marchó sin esperar siquiera a beber agua. Y supongo que Sallie me quitaba las vendas de las piernas cada mañana después de haber cerrado los postigos. No. Otra vez. Sallie se acercaba como un fantasma desde el otro extremo de la habitación. Yo no sabía quién era; llevaba una bandeja en la mano derecha y una lámpara en la otra mano. Y yo gritaba ¡para para PARA AHÍ te me vienes encima! La imagen se deslizaba entonces y veía que Sallie saltaba al techo con su bandeja y su lámpara y descendía de nuevo flotando tranquilamente y seguía andando y me aplastaba contra la pared sólo que yo no sentía nada. Y supongo que Sallie me quitaba las vendas de las piernas y encendía el ventilador para refrescarlas y entonces yo empezaba a sentirlas de nuevo. Luego me las frotaba con calamina que parecía hielo sólo que yo la sentía como la lengua de un animal enorme dios mío recuerdo que a cada friega era como si me arrancaran la piel y la carne dejando sólo el hueso tamizado por nervios sueltos que estallaban y chocaban unos contra otros sólo con que ella respirara despacio.
Recuerdo cómo se cerraban las ventanas en aquella sala de veinte yardas y cada vez que una se cerraba la claridad desaparecía de pronto en una parte de la habitación, menguando progresivamente los arcos de sol que se hundían en el suelo. Sallie empezaba por un extremo y se alejaba hasta el extremo contrario dejando a su paso negrura y avanzando hacia la luz restante, hasta que todo se transformaba en una oscuridad fría. Pasaba luego a otras habitaciones que yo no veía. Aparecía después enorme en la densidad azul con su largo vestido blanco, las manos en los bolsillos, caminando en la quietud y moviendo primero las caderas por lo alta que era; yo en el extremo contrario envuelto en la negrura.
Descalza, en completo silencio, extravía una mano sobre las tapas de los libros de John, hasta que llega y se sienta a mi lado y levanta los pies descalzos y me incorporo para tocárselos y siento la planta dura como el caparazón de un animal pero sólo en el talón porque el resto del pie es suave, casi como el aceite de tan terso, las finas venas azules se enroscan alrededor del tobillo interior y se dilatan como caminos hasta los dedos, los pies bronceados de Sallie Chisum apoyados en mi pecho, mis manos frotándolos, apretándolos como un carpintero que afeita la madera para encontrar la veta clara y olorosa. Mis piernas ennegrecidas de cicatrices. Y el loro que habla solo en la oscuridad, creyendo que es de noche.
Catorce años llevaba Sallie viviendo en esa casa, y cada año le pedía a John un pájaro de alguna especie exótica. No es que no tuviera suficientes animales. Había coleccionado algunos animales salvajes y otros heridos, exóticos en cierto modo por su dolencia. El tejado se habría desplomado por la cantidad de pájaros que se habrían instalado allí si el desierto no hubiera acabado con las tres cuartas partes de los que se aventuraban a cruzarlo. Aun así, todo animal que se hallara en un radio determinado con respecto a la casa era bienvenido: el manso, el mestizo, el salvaje y el herido.
Recuerdo mi primera noche. John me llevó a ver a los animales. Había construido una hilera de jaulas enormes a unas veinte yardas de la casa. Las cubría una sólida red durante el día, cuando se les permitía salir, pero ellos preferían quedarse en la sombra de sus jaulas. Esa noche John me llevó a verlos; bajamos del porche, dejamos atrás el último charco de luz y nos adentramos en la oscuridad. Caminábamos juntos, fumando uno de sus cigarros largos y finos, y la nariz y el bigote de John se iluminaban cada vez que daba una calada. Llegamos al sordo y perturbador zumbido de los animales en su sueño nocturno. Resultaban asombrosos en la oscuridad. Simples formas que se movían. Uno podía atisbar en una jaula sin ver nada hasta que unas garras rascaban la malla metálica a una pulgada del rostro, unas plumas se agitaban produciendo un silbido y un ojo como una perla amarilla, craquelado de venas, brillaba entre las celdillas de alambre.
En una de las jaulas había una lechuza enorme. Era gigantesca. Sólo veía sus ojos, muy separados. A la mañana siguiente resultaron ser dos lechuzas, ambas ciegas de un ojo. Los pájaros, debía de haber unos veinte, producían un zumbido constante toda la noche, un sonido que sólo se percibía a cinco yardas de distancia. Conforme regresábamos a la casa el silencio volvía a ser total, sólo que ahora sabíamos que los pájaros se estaban moviendo, atentos al aire y a nuestra partida. Sabíamos que así seguirían toda la noche, mientras nosotros dormíamos.
Avanzábamos de vuelta a la casa, que parecía estar rellena de una sustancia amarilla y húmeda. La noche, el aire oscuro, hacían que todo pareciese un delirio. A quince yardas los pájaros enjaulados, y allí John Chisum y yo, cuerpos extraños caminando. Alrededor todo negrura, nada sino desierto a más de setenta millas a la redonda, y a la izquierda, a pocas yardas de nosotros, una casa rellena de luz amarilla y húmeda, y en el marco de una ventana una mujer que transportaba el fuego en un tubo de cristal, hacia allí, hacia el filo de la oscuridad donde nos encontrábamos.
(Llegar) allí donde los ojos
se moverán dentro de la cabeza como una rata
enloquecida tras todo un día encerrada en una lata de galletas
en loca estampida como patas de ratas locas
una explosión ardiente
debajo de mi ojo
producida por un leve golpe ardiente
apenas «pum»
que no oí hasta ponerme tinto
hasta que me atacó la rata dentro de la cabeza
el triste cuerpo de Billy mirando hacia afuera
empezando a sudar como caballos blancos
todo me daba vueltas el sudor
me arañaba los brazos
sudor de caballo blanco
aullando sudoroso por la casa
pobre Billy allá fuera
con una barracuda flotando en el cerebro
Con los Bowdre
Ellá está preparando café fuerte
un costado apoyado contra el tibio fogón
arañando la taza con las uñas
Charlie contando cosas
y yo mirando de reojo
el cuerpo fino y blanco de la mujer de mi amigo
Extraño cómo siento a la gente
no cerca de mí
como si sus vestidos me rozaran el hombro
y al inclinarse un poco
el extraño olor de su aliento
flotando ante mi cara
o mis ojos
ampliando los huesos en una habitación
moviendo una muñeca
Se complican las cosas
se demoran
en el camino
debo considerar detenidamente
la oleada de hormigas que lo invaden
millones un chaleco que sube hasta su cuello
le cubre la cabeza y baja por la espalda
dejando un cráneo blanco sonriente y brillante
caen hasta los tobillos
florecen las costillas como primaveras
la carne de sus ojos
Anoche imaginé que yo era un tabernero
y partía con un hacha los vasos de ginebra
en vuelo hacia los labios
He visto imágenes de grandes estrellas
dibujos que las muestran tensándose hacia el centro
donde reventarán en su blancura
si la temperatura y la velocidad de su desplazamiento
varían tan sólo un grado.
Y en el Este he visto
grises patios en sombra donde se arman los trenes
y la velocidad sin tacha de las máquinas
que construyen máquinas,
derramando oro rojo al enfriarse
hasta envolverse en vaho oxidado o grisáceo.
Hermosas máquinas que en torno a sí pivotan
que con otras se sellan y se funden
y hombres que les arrojan palancas como céntimos.
Y hay allí la misma fuerza que muestran las estrellas,
la mínima alteración de movimiento que causa su locura.
El Mescalero es una región plana, sin ríos ni árboles ni hierba. En agosto empieza a soplar el viento y todo el que puede se marcha de allí. El que se queda pasa semanas enteras sin ver el sol, porque si abre los ojos se le llenan de motas y de escarcha de arena. El polvo y la arena se adhieren a cualquier cosa húmeda, como un ojo o una gotita que cae de la nariz, o una herida, incluso al sudor de la camisa. La barba o el bigote pesan tres veces más cuando te atrapa una tormenta de arena. Los oídos se obstruyen de tal modo que pasa mucho tiempo hasta que recuperan la audición, y mejor que así sea porque sólo se oye el viento que aúlla y chirría arrastrando cualquier objeto que pueda levantar.
Ese mes de agosto quedé dos días atrapado en Mescalero. Cubrí los ojos de mi caballo y puse rumbo al Este cuando amainó la tormenta, para llegar a una zona pedregosa y cubierta de plantas rodadoras. Ese tipo de plantas no sobreviven en el Mescalero, porque el viento las hace añicos en cuestión de minutos. Pero aquí, las rodadoras giran como ruedas surgidas de la nada; hasta pueden tirar a un hombre del caballo. Medio día después llegué al rancho de los Chisum. Había estado allí en una ocasión, años atrás, y los Chisum me gustaron mucho. En todo caso, era el único lugar donde uno podía disfrutar de magníficas comidas que resultaban aún mejores al saber que no había nada en casi 100 millas a la redonda. Llegué allí con la cabeza aturdida y pasé tres horas extrañas recibiendo la atareada atención de los Chisum, que me ofrecían bebidas y me señalaban el baño que habían preparado; todo en el más absoluto silencio, pues hacía veinticuatro horas que sólo oía el viento, porque la lluvia de arena me había sellado poco a poco los oídos. Sumergí la cabeza en el agua y el agua caliente intensificó el escozor en la cara irritada. Bebí agua, salí de la bañera tambaleándome y me acosté en la cama.
Sallie entró cuando me dirigía hacia la cama y me lanzó una toalla. ¿Ya puedes oír? Asentí. Su voz era penetrante como una detonación. Sí, aunque poco, dije. Ella asintió. Tenemos visitas, dijo. ¿Lo conoces? ¿A William Bonney? Ha traído a la chica con la que va a casarse. Entonces caí en la cuenta. Naturalmente que había oído hablar de él. Pero al tumbarme con intención de pensar en ello me quedé dormido. Sallie debió de echarme una sábana por encima porque me desperté mucho después sin sentir frío. Oí a Bonney discutiendo con John.
Me sumé a ellos justo cuando terminaban de cenar. Bonney parecía relajado y vestía muy bien, el talón izquierdo apoyado en la rodilla derecha. Comía maíz, bebía café y usaba alternativamente cuchillo y tenedor, siempre con la mano derecha. Ni en los tres días que entonces pasamos juntos, ni en otros momentos en que nos vimos usó la mano izquierda para nada que no fuese disparar. Ni siquiera sostenía con ella una taza de café. Me fijé en la mano, que era de un blanco virginal. Cuando hablamos de ello más adelante, le expliqué que una mano o un músculo se atrofian y empequeñecen si no se emplean durante mucho tiempo. Me dijo que inconscientemente ejercitaba los dedos un promedio de doce horas diarias. Y era cierto. A partir de ese momento noté que la mano izquierda no paraba de moverse por dentro, que cada dedo giraba alternativamente como las ruedas de un tren. Se cerraban como una pelota, derramándose como olas sobre un mantel. Era lo más bello e hipnotizante que había visto jamás.
Bonney se levantó de un salto y me saludó informalmente, sin esperar a que Chisum nos presentara, señalando hacia Angie. Ella era como mínimo seis pulgadas más alta que él, una mujer muy grande, no gorda, pero de huesos anchos. Se movía como un animal competente y fluido.
Ese fin de semana, y siempre, Bonney se mostró encantador. Pensé que seguramente había seducido a Angie con su imaginación, por lo general absurda e incontrolable. Yo me había imaginado a un pobre diablo taciturno, la imagen del patán de piel cetrina que los demás solían atribuirle. La sonrisa, bastante cruel, resultaba enrevesada e ingeniosa vista de cerca. Uno nunca sabía lo que quería decir, si hablaba en serio o en broma. Nada se adivinaba en sus ojos. Mostraba de costumbre un humor rápido y sobrio. No se permitía ninguna afectación más allá de su indumentaria negra salpicada con botones de plata y cinturón con hebilla del mismo metal. Tenía el pelo negro y largo, peinado hacia atrás y atado con un cordón de cuero.
Era imposible estudiar la relación que Bonney tenía con la grande y alta Angie. Después de cenar se sentaban en sus sillas. Él adoptaba posturas ridículas, atrapaba los pies en los brazos de la silla o se tumbaba en el suelo y los ponía en alto. No podía estar más de cinco minutos en la misma posición. Angie, por el contrario, nunca hacía movimientos bruscos, como Billy. Sólo de cuando en cuando cambiaba el cuerpo voluminoso, encajaba las piernas bajo los amplios muslos que se dilataban como sacos de trigo, perfectamente proporcionados.
Nos retiramos todos a nuestras habitaciones después de haber bebido en abundancia. Billy y Angie, que pensaban marcharse, decidieron quedarse a pasar la noche. Yo me alegré, porque no entendía a ninguno de los dos y quería ver cómo se entendían ellos entre sí. En el desayuno sucedió algo extraño que explicó algunas cosas.
Sallie tenía un gato llamado Ferns que era muy viejo y llevaba dos días con dolores de espalda. Lo examiné después de desayunar y vi que le había mordido una serpiente. Estaba envenenado y no sobreviviría. Para entonces el gato estaba casi ciego. John decidió matarlo y levantó el cuerpo del gato, medio paralizado, para sacarlo fuera. Pero una vez en el exterior, el gato dio un salto increíble, pues comprendió lo que estaba a punto de ocurrir, cayó y se arrastró con dos patas por debajo del suelo de tablones de la casa. La casa de los Chisum se asentaba sobre una plataforma elevada a nueve pulgadas del suelo. Oíamos moverse al gato bajo los tablones y luego silencio. Nos asomamos a mirar bajo la plataforma desde un costado de la casa; escudriñamos en la oscuridad, pero no veíamos a Ferns y tampoco podíamos arrastrarnos por allí para atraparlo. Transcurrida una hora oímos una extraña sacudida y supimos que el gato estaba vivo y dolorido. Teoricé que viviría probablemente un día y luego moriría. Nos quedamos un rato sentados en el porche y Billy se ofreció a matarlo. Sallie dijo que sí sin preguntar cómo.
Billy se puso en pie, se quitó las botas y los calcetines y fue a su habitación, de dónde volvió después de lavarse las manos. Nos pidió que nos sentáramos en la sala de estar y que no hiciéramos ruido. Después cambió de opinión y dijo que saliéramos al porche y nos sentáramos allí sin hacer ruido, sin movernos y sin hablar. Empezó a andar sobre los tablones de la cocina, después por el cuarto de estar, casi doblado por la cintura, la cara a sólo un pie del suelo de pino. Había sacado el revólver. Se pasó media hora así, dando vueltas, olisqueando, me pareció. Se detuvo dos veces en el mismo sitio, pero siguió adelante. Al fin volvió hasta un punto del cuarto de estar muy cerca del sofá. Todos lo veíamos por la ventana. Billy se arrodilló en silencio y olfateó con atención una superficie del suelo de dos pies cuadrados. Se mantuvo un rato a la escucha y olfateó de nuevo. Disparó al suelo dos veces. Se levantó de un saltó y salió al porche. No te preocupes, Sallie, ya está muerto.
Debíamos de tener todos una expresión curiosa. John y Sallie se mostraron agradecidos, casi orgullosos de él. Supongo que mi expresión era también de profunda admiración. Pero al mirar a Angie, apoyada en la barandilla del porche, comprendí que estaba aterrada. Sencillamente aterrada.
Había un perro en la calle. Parecido a un spaniel,
blanco y negro.
Un perro, Garrett y dos de sus amigos; con aspecto
de machos vienen hacia la casa por la calle, hacia mí.
Otra vez.
Había un perro en la calle. Parecido a un spaniel,
blanco y negro. Un perro, Garrett y dos de sus amigos vienen hacia la casa por la calle, hacia mí.
Se ha levantado Garret el sombrero y lo deja a la puerta.
Los otros dos se ríen. Sonríe Garrett, y apunta con el arma hacia la puerta. Los otros se escabullen y rodean.
Todo esto habría visto de haber estado mirando
en el tejado.
Ya sabes que los cazadores
son las personas
más amables del mundo
apartan a la oruga
la salvan del peligro del camino
sacan a la polilla que se ahoga en un cuenco
con asombrosa paz
como los asesinos
neutrales ante el caos
Esta nevando fuera. Wilson, Dave Rudabaugh y yo. No hay ventanas y abrimos la puerta para ver. Fuera, cuatro caballos. Garrett apunta y de un disparo corta las riendas de los caballos. Así tres veces, para que se largaran y tres de nosotros no pudiéramos huir. Se pasó cinco minutos intentando cortar las riendas del último caballo, pero fallaba siempre. Y terminó por matar al caballo. Salimos. Sin armas.
Desperté una mañana
y Charlie cocinaba
comimos sin hablar
olfateando el viento
viento tan fino
que era como beber éter
sentados, las manos abrazando las rodillas
las cabezas echadas hacia atrás aspirando
aspirando el amoroso viento
embriagándonos mientras
se nos colaba el viento en las narices