Ésta es la historia de Tom O’Folliard, de cuando lo conocí y estaba masticando marihuana para aliviar el dolor, sacárselo del cuerpo, allí como una figura apenas visible bajo el sol. Sentado, las piernas colgando del muro como colas. Fuera de sí.
Fue el cuello lo que hizo que me fijara en él. Cada vez que respiraba, el cuello y las mejillas se hinchaban muchísimo, como si contuvieran una bolsa de aire comprimido. Me presenté. Al cabo de un rato me ofreció marihuana. Me preguntó si me gustaría escuchar una historia y me la contó. Yo pensaba en una fotografía que alguien me había hecho, la única que tenía por aquel entonces. Aparecía de pie encima de un muro, a mis pies había un cubo, en el cubo una bomba, y yo bombeaba el agua y la derramaba sobre el muro. Sólo que en ese momento, por culpa de la marihuana, la foto empezaba a gotear agua. Ésta es su historia.
A los quince años empezó a trabajar con una cuadrilla que mataba caballos salvajes. Les daban un real por cabeza por cada caballo muerto. Estos caballos pastaban a su antojo, se comían las cosechas. No había entonces en el desierto una ciudad cada cincuenta millas. O’Folliard succionaba la leche de los cactos y a veces bebía orina. Una vez, loco de sed, cuando tenía 17 años, mató a su caballo para cubrirse con el único líquido que tenía a mano. Acabó con el pelo, los brazos, los hombros, todo cubierto de sangre reseca. Al cabo de dos días, apenas capaz de sostenerse, llegó a un campamento.
Había pasado medio año desde su grave accidente. Estaba solo por la parte de Carrizoza, al Norte de donde nos encontrábamos; y le explotó el arma. No recuerda nada desde el momento en que vio a los caballos que se acercaban en fila y apoyó la escopeta en el hombro. Apretó el gatillo y el arma estalló en pedazos. Pasó dos días inconsciente. Se despertó vomitando. Tenía la cara reventada. Su caballo se había marchado y, a partir de ese momento, pasó cuatro días en el desierto sin comida ni bebida. Había sobrevivido gracias a que perdió el conocimiento y no comió nada; eso le dijo el médico. Finalmente encontró agua, bebió y el agua le salió por una oreja. Tenía sueño en todo momento. Cada dos horas se detenía para dormir, colocando las botas en forma de flecha para no perder el rumbo. Después se levantaba, se calzaba las botas y echaba a andar. Estuvo a punto de cortarse la mano izquierda con un cuchillo para comérsela, pero no lo hizo porque sabía que ya había perdido demasiada sangre.
Cuando llegó al desierto pedregoso cazaba lagartijas. Al cabo de un par de días empezó a ver matorrales y decidió seguirlos, deteniéndose todavía para dormir cada dos horas. El primer pueblo que encontró era mexicano. José Chávez y Chávez, herrero. Lo último que Tom recuerda es que Chávez le dio un puñetazo en el estómago. O’Folliard se desmayó. Despertó en una cama, donde José lo había acostado con los brazos atados.
Chávez tuvo que derribarlo de un golpe para impedir que se arrojara al agua, lo cual habría saciado su sed pero también lo habría matado. El herrero se la fue dando gota a gota. Pasada una semana le permitió beber un vaso entero. A lo largo de esa semana, Tom habría sido capaz de matar a Chávez por un poco de agua. Cuando por fin lo vio un médico supo que tenía todos los músculos del lado izquierdo de la cara deshechos. No podía controlar cuando respiraba por dónde pasaba el aire, que buscaba nuevos conductos a su antojo, formando pequeños globos en la mejilla y en el cuello. Estos nuevos canales de aire desviado le producían un dolor insoportable en todo el rostro cada vez que respiraba. Era como si el lado izquierdo de la cara se le hubiera derretido por acercarse demasiado al fuego. Por eso masticaba marihuana a todas horas; llevaba los bolsillos llenos. Pero su cerebro no perdía ni una pizca de agudeza, porque el dolor consumía toda la droga. Por lo demás, Tom era impecable, perfecto. Era mejor que yo con los rifles. Sus pies bailaban, llenos de energía. Hacía de todo a lomos de un caballo; se tumbaba o daba volteretas. Rebosaba vitalidad. Caminaba con un rifle en cada brazo, sujeto en la parte inferior del codo. Y sus piernas se movían siempre un poco más de lo normal.
LA SEÑORA SALLIE CHISUM: SOBRE BILLY
Estaba yo sentada en la sala de estar
cuando llegó noticia de que él había llegado.
Me aterré. Lo imaginaba siempre
con toda la malvada fealdad
de un ogro sediento de sangre.
Casi esperaba que fuera a degollarme
caso de no gustarle mi apariencia.
Movió John una mano y le oí decir
Sallie, éste es mi amigo, Billy el Niño.
Un joven muy apuesto, de ojos claros, estaba allí,
el sombrero en la mano, sonriéndome.
Automáticamente le tendí yo la mano
y él la apretó en la suya que era igual de menuda
Agazapado en los cinco minutos de oscuridad
lo huelo y huele a mulo sudoroso
un hedor que precisa una escopeta
para lanzar un fogonazo a su rincón
¿Garrett? El amor no ha acabado conmigo
no me ha desgarrado la pena te espero
te estoy oliendo en esta habitación
para matarte Garrett
para hacer que te hinques de rodillas
¡déjame en paz mi oscuro AFICIONADO!
¿Un motivo? ¿Alguna razón que podamos dar para explicar tanta violencia? ¿Tenía su origen en alguna parte? sí...
«Hill descabalgó de un salto y, encañonando a Tunstall en la nuca le voló los sesos. Bastante ebrios de whisky y enloquecidos por el sabor de la sangre, los salvajes transformaron en orgía el asesinato del hombre indefenso. Pantillon Gallegos, un Bonito Cañón mexicano, le reventó la cabeza a martillazos con una piedra recortada de aristas. Mataron al caballo de Tunstall, tendieron el cadáver de Tunstall junto a la bestia muerta, mirando al cielo, los brazos flexionados sobre el pecho, los pies juntos. Le pusieron al hombre su sombrero debajo de la cabeza y al caballo la zamarra del hombre debajo de la cabeza, con cuidado, a la manera de almohadas. Hombre asesinado y caballo muerto parecían así como si se hubieran acostado juntos en una cama y se hubieran quedado dormidos. Ésta fue la broma macabra de aquellos hombres... su tétrica diversión carente de sentido. Hecho lo cual regresaron a Lincoln, rugiendo sus canciones de borrachos a lo largo de todo el camino.
«Por suerte, Brewer y Billy el Niño habían salido a cazar pavos salvajes; de lo contrario habrían compartido el funesto destino de Tunstall. Presenciaron la matanza desde una loma distante.»
Estar junto a las flores cuando llueve
con ese intenso olor a polen de las yemas
que se hinchan y revientan
despiden sus fluidos
lanzan la gota blanca sin vigor
hacia el aire hacia ti
el olor de las cosas que agonizan aparatosamente
un olor que atiborra la nariz
y sube como algodón mojado hasta el cerebro
y apenas siente nada
nada sino la muerte dulce y densa
En México las flores se agotaron
igual que se vacía la sangre del cerebro
rebosante de etílico perfume
el sudor como lilas con olor a meado
llega hasta mí en una habitación
si le cortas el tallo
acercando la cara
oyes soplar el aire cuando sale
mengua la flor y su sano perfume
degenera en la mano
Cuando Charlie Bowdre se casó con Manuela, los llevamos
a hombros, montados a caballo. Hasta el Hotel Shea,
de ocho habitaciones. Jack Shea, en recepción,
dice Charlie: hay de todo en la casa, os daremos
la cámara nupcial.
No, no, responde Charlie, no te apures,
me colgaré de las orejas de ella
hasta que me acostumbre.
JAJAJA
Veo blancas paredes de neón
1880 23 de noviembre mi cumpleaños
cazo moscas con la mano izquierda
me llevo el puño cerrado hasta el oído
oigo el zumbido gris el grito
al retorcer las patas
sus cabezas sin aire
y liberar los ojos reventados
dedos abiertos
el sol y el aire azotan como polen
la avalancha del sol las achicharra
también en mi cabeza hace un tiempo de perros
mientras cazo moscas
Recuerdo aquel momento a media noche en casa de John Chisum. Sallie me estaba hablando de Henry. Lo habían traído desde Inglaterra en barco, luego en tren, luego Sallie lo esperó en la estación para cubrir en carro las últimas setenta millas del viaje. El bicho más raro del mundo, según Sallie. Al principio apenas podía subir una escalera, de tan grande como era y tanto como pesaba. Tenía el rabo marrón oscuro, con una protuberancia de color ámbar de la mitad hasta la punta, por eso asomaba como una planta y cuando se movía entre las lomas lo primero que se veía era su rabo. La campana del reloj de John sonó en la cocina y su zumbido llegó rodando hasta el porche. John y Sallie, el chucho Henry y yo. Yo había llegado esa mañana.
Decían que era un basset, me contó Sallie, de esos que criaban en Francia para los aristócratas gordos que no podían seguir a sus sabuesos cuando salían de caza. Por eso eligieron a los peores ejemplares de cada raza, a los más lentos, y los cruzaron con los peores y los más lentos de otras razas, hasta que consiguieron el sabueso más lento que cabía imaginar. Dije que me parecía un asunto bastante desagradable. John se rascó sus partes de un modo poco elegante aunque discreto... quiero decir que nadie lo habría notado si no estuviera atento, como a la espera. Y empezó a contar una historia.
Cuando estaba en Nueva Orleans, durante la guerra, conocí a un hombre que tenía perros. Lo conocí porque yo era cantante por aquel entonces y a él le gustaba cantar, y cantábamos juntos muchas veces. Me parecía un hombre bastante cuerdo. Quiero decir que no tenía tics ni nada por el estilo. El caso es que uno o dos meses después de que yo me marchara de Nueva Orleans recibí una nota de otro amigo que cantaba con nosotros de vez en cuando, en la que me contaba que a Livingstone, que así se llamaba el primer cantante, se lo habían comido sus perros. Era una postal y no decía nada más. Dos o tres años después volví por Nueva Orleans y me enteré de lo que había ocurrido.
Al parecer Livingstone se volvió loco. Llevaba así un par de años y, aunque no pudo combatir en la guerra, pues estaba cojo desde que sufrió un accidente de carreta, frecuentaba como yo la compañía de los soldados. Corría el rumor sin embargo de que la razón por la que no lo habían aceptado en el ejército era que nadie que lo conociese podía confiar en él cuando iba armado. Había estado a punto de matar a su madre con una escopeta de calibre doce, aunque por fortuna sólo le dio en un pie, además de hacer añicos un jarrón muy feo. (La factura del médico pasó de cuarenta dólares, pues le llevó casi tres horas sacarle todos los perdigones de los muslos, porque la mujer no dejaba pasar a nadie más allá de las rodillas, ni siquiera a un médico profesional.) Livingstone se alejó de las armas a partir de ese momento, supongo que por vergüenza, y también porque el incidente se convirtió en un chiste para toda la ciudad.
Algún tiempo después compró un spaniel, de la variedad americana. Y al cabo de un mes compró otro. Anunció que pensaba dedicarse a la cría de perros, y su madre, complacida al ver en él alguna ambición, por peculiar que fuera, lo animó a continuar. La mujer no cayó en la cuenta de lo que en realidad estaba haciendo el hijo hasta que éste hubo muerto, y aun entonces el veterinario tuvo que explicárselo una vez más. Livingstone, y esto fue por la época en que cantaba conmigo por las noches, había decidido criar una raza de perros locos. Lo hacía por endogamia. Su madre le dio dinero para empezar el negocio y el chico compró una granja de madera, la valló en un perímetro de cincuenta pies cuadrados y, sirviéndose únicamente de los dos perros originales, los hizo copular literalmente hasta la locura. No a ellos sino a sus cachorros, a los que cruzaba una y otra vez con sus hermanos, sus hermanas, sus madres, sus tíos y sus sobrinos. Todas las combinaciones posibles hasta que se les doblaron y enredaron los huesos, las orejas les colgaron hasta el suelo, se volvieron perezosos o salvajes y sus mandíbulas eran más negras que rojas. Comprenderéis que nadie lo sabía. La cosa duró dos o tres años hasta el accidente. Cuando la gente le preguntaba qué tal iban los perros, él decía que bien; era un sistema secreto y no quería que nadie lo viera. Decía que quería obtener un buen ejemplar antes de enseñarlo. De esta manera sería una sorpresa y el impacto resultaría mucho más fuerte. Era como cultivar rosas.
Se supone que puede saberse hasta qué punto es endogámico un perro por el número de la camada y Livingstone lo sabía, pues de nuevo seleccionó a los dos animales más tarados y los cruzó para conducirlos un paso más a la locura. En tres años llegó a tener cerca de 40 perros. A los primeros los soltó, porque eran demasiado cuerdos. El resto, según descubrió el veterinario, eran criaturas grotescas que apenas se movían salvo para comer o fornicar. Cuando encontraron el cadáver, los perros estaban tumbados, inmóviles como fardos apoyados en la valla de catorce pies que Livingstone había levantado. Tenían los ojos saltones como canicas; algunos estaban ciegos, pues los ojos les habían reventado. Livingstone descubrió que cuanto menos los alimentaba más fornicaban, siquiera por olvidar el hambre. Estos perros originalmente tan bonitos le parecieron aterradores a aquel veterinario de Nueva Orleans. Ni siquiera parecían spaniels o pretendían parecerse. No gruñían, se limitaban a silbar entre dientes..., más bien entre los huecos, porque se les caían. A veces, Livingstone sólo les daba de beber alcohol.
La madre seguía dándole dinero para el negocio, que por cierto no reportaba ni un céntimo. Livingstone no había vendido un solo perro y vivía solo. Los jueves iba a la ciudad a por comida, y eran las noches de los jueves, cuando yo estaba en Nueva Orleans, cuando cantaba conmigo. Bebía mucho cuando terminábamos de cantar. Pero ni siquiera borracho dio nunca ninguna muestra de locura o de rareza. Era como si dejara toda su demencia, toda su lógica perversa, tras la valla de su granja y llegara a la ciudad completamente purificado cada jueves. Muchos que lo conocían de antes comentaban que se había vuelto mucho más equilibrado y pensaban que probablemente ahora sí lo admitirían en el ejército. A mí me dijo que tenía una pequeña granja, pero jamás mencionó a los perros. A eso de las tres de la madrugada solía volver a casa, junto a sus 40 perros locos, para cruzar científicamente al peor con el peor, esos montones de hueso, pelo y órganos sexuales con los ojos saltones y el cerebro destrozado mitad por hambre, mitad por alcohol, y por los grotescos huesos que les crecían en el cráneo y les oprimían los sesos. Aquellos spaniels, si es que aún se les podía llamar así, eran principalmente de pelo castaño.
Cuando encontraron a Livingstone apenas quedaba nada de él. Hasta el reloj se había comido uno de los perros, que lo escupió en presencia del veterinario. Quedaban los huesos, claro, y su muñeca izquierda —la mano con la que sostenía el látigo cuando entraba en la perrera— estaba intacta en el centro. No mucho más. El polvo que cubría el patio se había teñido de rojo, y su ropa, lo poco que quedaba de ella, estaba desperdigada aquí y allá.
También los perros parecían ávidos de sangre. Supusieron al descubrir la escena que dos días después de los hechos algunos de los animales fueron devorados igual que Livingstone. El veterinario entró en la casa, cogió la escopeta de Livingstone, la misma que le había llenado a su madre la pierna de perdigones, y al no encontrar munición, fue a la ciudad, compró cartuchos, y sin decir una palabra a nadie volvió a la granja a caballo en compañía del sheriff. Mataron a todos los perros que quedaban con vida, pero se negaron a entrar en la perrera, introduciendo el cañón entre los tablones de la valla para volar aquellas treinta cabezas cada vez que se ponían a tiro o se acercaban al ángulo de giro de la escopeta y ésta podía alcanzarlos. Luego entraron, cavaron una fosa con un par de palas de Livingstone y lo enterraron todo. A los 40 perros y a su propietario desintegrado.
El reloj zumbó medio segundo antes de dar la una. Sallie se levantó y bajó las escaleras del porche. Henry, que para entonces ya era capaz de subir y bajar escaleras, la siguió y juntos caminaron hasta la orilla del oscuro y vacío desierto. John se balanceaba en su mecedora. Yo observaba a Sallie. Se agachó, puso las manos por debajo de las orejas de Henry y le rascó en el cuello, donde sabía que le gustaba. Se acercó un poco más a una de las orejas del perro, la izquierda y más alejada de nosotros, y en voz muy baja, no creo que John lo oyera, dijo, qué historia tan fea, ¿verdad, Henry?, ¿verdad que es fea?
Arriba el telón
abajo los calzones
William Bonney
se dispone a bailar
Hola, amigos... Me gustaría cantar mi canción sobre
la señorita A D, a la que todos conocéis... su cerebro es el
único de la ciudad que se ha librado de la sífilis
La señorita Angela D tiene boca de abeja
se te come la miel y te deja sin nada
con los dientes te clava el aguijón en lo que más aprecias
y se porta mejor cuando recibe el mejor dinero
Apenas se ve en la oscuridad
a la señorita Angela Dickinson
son sus dientes un túnel
sus ojos necesitan una barca
Su boca es un forajido
que se traga tu aliento
y con un muslo puede estrangularte
o romperte el pescuezo
Su garganta es como una cocina
de comida picante y calor viejo
sus oídos un arpa
que tañes con la lengua hasta que duele
Te clava en las costillas los dedos de los pies
en el alma los dedos de las manos
se convierte en gorila
que te ciega y devora
(muchas gracias
Angela: su mano reventada de un disparo
cae la sangre en mi hombro
llora en silencio y dice
Ay Bonney hijo de perra Bonney
mátalo Bonney mátalo
esto de Angela
esto cuando la bala que era para mí
le raja la muñeca y la carne rebosa
Mira cómo lo hago.
Saco el cuchillo para abrir la piel
más, la desprendo tirando
en dirección contraria
para sacar las balas
tres de ellas
como esas cagaditas redondas de paloma
mira, estoy viendo lo que hay dentro del brazo
nada confuso ahí
mira qué claro
Sí, Billy, claro
De manera que estamos aquí sentados en el porche, emborrachándonos despacio. Normalmente éramos tres. Hoy somos cinco, nuestros cuerpos en las mecedoras ocultan trozos de noche oscura. La llama de la lámpara de queroseno lanza destellos ocres en la ropa y los rostros. John se columpia adelante y atrás en su mecedora silenciosa, una pierna metida debajo del muslo, y a cada balanceo su camisa apaga la luz y proyecta sombras en espiral sobre el suelo. Los demás estamos más quietos. Garrett está sentado en el banco con Sallie, que es la que menos se mueve de todos. He notado que Garrett no habla mucho, principalmente escucha. Sallie tiene las piernas estiradas, los tobillos apoyados en el borde de una silla, y la falda larga cae como una cortina hasta rozar el suelo. El gato se rebulle en su regazo. Y justo a mi izquierda, con una pierna colgada de la barandilla en la que se ha sentado, Angela D. balancea su larga extremidad a un pie de mí, percutiendo con el talón contra la barandilla de madera.
Se trata aquí de explicar por qué esta noche es diferente. Lo cierto es que el porche de los Chisum está lleno de gente. Cabrían todavía otros cien más, pero John y Sallie y yo nos hemos acostumbrado a otras distancias, hemos pasado noches enteras charlando despacio, esperando los largos silencios y tomándonos tiempo para pensar las respuestas. Estábamos acostumbrados al espacio negro que colgaba como algodón más allá de donde se derramaba la luz del porche. A eso de la una o de las dos Sallie se levantaba, me dejaba al gato y se iba a hacer café y a prepararse para dormir. Volvía con las tres tazas, ya en camisón, siempre amarillo o blanco, con unos lazos fabulosos en los hombros y en el cuello. Se sentaba con las rodillas pegadas al pecho y se cubría las piernas con el camisón, y le gastábamos bromas, le decíamos que parecía un pelícano o un pájaro muy gordo, con una tripa enorme y las patas muy cortas. Pero ella no se movía, decía que las piernas pegadas al cuerpo le daban calor, la protegían del viento que había empezado a soplar y sacudía ligeramente la casa. Ya es la una y Sallie se levanta, mientras el gato se acomoda en el banco, en la tibia zona de tela que ella ha estado ocupando. Angela se estira y dice a la cama, supongo, y yo digo, no, ahora vamos a tomar café, y vuelve a recostarse y Sallie regresa al cabo de un rato, esta vez con las tazas en una bandeja. Y todos nos reímos un poco porque Garrett se ha quedado dormido. Nadie se ha dado cuenta en la penumbra. No se ha movido ni una pizca. Sólo ha cerrado los ojos. Pero esta noche el café no hace gran cosa para contrarrestar la bebida. Estamos todos bastante cargados para entonces y de hecho volvemos al whisky. Ya no siento nada en la garganta cuando bebo. Me sorprende que Angie pueda sostenerse en equilibrio sobre la barandilla; entonces se desliza junto a mí y aunque no puedo ver los ojos de Sallie creo que nos está observando.
Seguimos bebiendo después del café. Garrett está, pero dormido, y allí están Sallie y John con nosotros. Me arden los ojos por el dolor del cambio y por el whisky, y casi no veo nada. La mecedora de John se mueve despacio, pero su camisa de cuadros traza un arco de resplandor rojo, como una fotografía desenfocada. Recuerdo que cuando me fotografiaron había una casa blanca camino de la fuente de la que salió alguien, se acercó hasta el porche donde estaba el caballo y se alejó mientras yo esperaba de pie, sin moverme, a que el ácido de la cámara se hubiera secado bien.
A la cama, dice John, y asentimos, pero nos quedamos un poco más, hasta que Sallie despierta a Garret y nos vamos todos a nuestras habitaciones. Y entonces veo que Angie está como una cuba y se cuelga de mi hombro, dando traspiés. Nos han dado la misma cama que ocupé yo cuando estuve aquí solo. Angie dice que tendrá que dormir encima de mí o yo encima de ella. Y yo le digo, Angie, estoy demasiado borracho para malabarismos. Y ella dice pffff y me desabotona la camisa y sus manos son como guantes tibios en mi espalda, suaves hasta que me araña con las uñas y me acerca hacia sí, y yo me echo a reír, y le digo, espera, voy al baño. Sí, dice ella riéndose. Calla, que Sallie está en la habitación de al lado y es todo oídos.
Tengo que sentarme en la taza, porque sé que no puedo mear de pie. Angie entra antes de que haya terminado, se sienta a horcajadas sobre mí y deja caer su melena por mi camisa abierta mientras introducimos cada uno la lengua en la boca del otro. Su falda nos cubre a los dos y la taza. Vamos, Billy. Mmm, sí, digo, levántate primero. No. Mierda, Angie. No. Y muy despacio, con mucho cuidado, ella levanta las piernas, se cuelga de mis hombros y las cierra como tenazas. Venga, Angie, estoy borracho; no soy un trapecista. Sí lo eres. No. Y entonces la levanto muy despacio y la aprieto contra mí. El olor de su sexo es ahora más fuerte, mientras me embadurna el pecho y la camisa al frotarse contra mí. Creo que estás demasiado curda para esto, y nos deslizamos despacio hasta el suelo, ella se tiende como una tabla, levanta las piernas para desnudarse y yo le tiro de la falda y le cubro la cabeza con ella. Déjame salir, Billy. Déjame salir. Calla, que Sallie está ahí al lado. ¡No! ¡Te conozco Billy! Te la estás follando. No, Angie, no, digo, de verdad Angie has bebido demasiado, y la penetro como una ballena con el sombrero puesto, a mi mujer que se ahoga, a mi mujer que ahoga, y me quito el sombrero.
Pienso ahora que despertar en las habitaciones blancas de Texas tras una mala noche debe de parecerse mucho al cielo. Son alrededor de las nueve y la habitación parece enorme como el sol que la inunda y aleja las paredes, y que ahora —como si se reflejara desde los matorrales ahí fuera— golpea y gira en las paredes blancas y en las sábanas blancas, según veo al levantar la cabeza.
Estoy seguro de que todos vomitamos anoche. Todos menos Garrett, al menos. El whisky, el café y otra vez el whisky hicieron efecto en nuestro estómago común, y el cuarto de baño fue anoche como un confesionario. En un momento, Angela estaba dentro y Sallie y yo esperábamos en el pasillo, apoyados en la pared, los ojos entrecerrados, ella con un camisón blanco de flores plateadas y un lazo gris que le llegaba hasta el estómago. El pasillo también era gris, pues nadie quiere luz en los ojos cuando éstos no paran de moverse como sangre vieja y reseca bajo los párpados, y Sallie incluso se cubre el pelo con la cara para mayor oscuridad. Y en mi confusión, la encuentro deliciosa allí, el cuerpo recostado contra la fría pared de piedra, los brazos cruzados, las muñecas acurrucadas entre los codos y el camisón hasta los pies blancos que se frotan el uno contra el otro. Yo con una toalla, teniendo que sentarme porque no dejo de resbalar por la pared.
Date prisa, Angela; Sallie llama a la puerta. Más ruidos dentro, como un motor al arrancar. No puedo esperar, digo, me voy afuera. No hay respuesta. Y avanzo por la casa oscura, tropezando con taburetes y sujetándome a las sillas porque no veo un carajo. Caigo en la cuenta de que las paredes están ahí justo antes de chocar con ellas, y el perro sale de un rincón y me sigue, lamiéndome los pies descalzos.
Una vez fuera, sólo cubierto con una toalla, el viento levanta la arena y me azota con ella. Selecciono un lugar y empiezo a vomitar, y el viento se lo lleva como una cinta amarilla más de un pie a mi derecha. El ácido me abrasa las encías y la lengua al salir. Paro. Me meto los dedos hasta la campanilla y otra vez sale, volando como una bandada de canarios en miniatura. Una bandada. Una nidada, como si fuera yo un mago o algo por el estilo. No me parece que esto sea bueno para mi imagen. Estoy allí, desnudo en tres cuartas partes, cubierto con una toalla, vomitando a diez yardas de la casa, con un desierto grande de cojones a mi izquierda donde no hay nada más que viento que levanta la arena y el polvo, y olor a animales muertos que apunta hacia mi cuerpo desde cientos de millas de distancia.
Y el puñetero perro va y olfatea el vómito y se pone a comerlo metódicamente, sin duda preparando su apetito para la mañana siguiente, y con ello activa en mí la maquinaria que me lleva a vomitar una vez más antes de dormir, como si no hubiera probado una gota en todo un año. Aparto al perro de un puntapié, pero vuelve al alimento. No puedo gritar de lo seca que tengo la boca. Lo intento y los músculos descienden profundamente y suben como una cadena de margaritas que restalla al verse liberada y zambullirse en la resbaladiza corriente del viento y cae al suelo justo delante del perro, que se está dando el festín de su vida. El fin. Dejo al perro, regreso a la tibieza de la casa con arena en los pies, y me desplomo sobre la cama. Y Angela está allí, y no he visto a Sallie en el pasillo, por lo que supongo que está en el baño o ha vuelto a la cama. Y justo en el momento de caer oigo que John se levanta dando tumbos en la oscuridad.
Fue una mala noche. Pero esta mañana la habitación es blanca y por el techo ruedan sombras plateadas. Todo está limpio, excepto nuestras bocas, y me acerco a la jofaina para enjuagarme, meo en el sumidero y vuelvo con esfuerzo a la cama, y Angela D está a mi lado, dorada y fresca, la sábana sobre el vientre como una falda y un brazo colgando del borde de la cama como una península rica en venas y más fresca que el resto de su cuerpo porque le ha estado dando el viento que entraba por la ventana toda la noche.
Es deliciosa, tan bronceada; el borde del sol aclara el tono de su piel en el cuello y las muñecas. Tiene la punta de la almohada en la boca y su cadera es un monte un poco más abajo. Hermosas mujeres en habitaciones blancas por la mañana. ¿Cómo la despierto? Toda la incomodidad de la noche con los Chisum se ha esfumado, como si tuviera la cabeza vacía, perforada por ácido. Mi cabeza y mi cuerpo abiertos a cualquier nueva dirección del viento, cualquier nuevo movimiento de un nervio o un olor. Levanto la vista. De un clavo sobre la cama cuelgan la pistolera negra y el arma, enroscadas como una serpiente, que también brillan con la temprana blancura de la mañana.
La calle de los animales que se mueven despacio
cuando el sol cae como varas perfectas
no más anchas que botas
Por todas partes hay
perros que duermen escupiendo sueños
de ahí que los caballos retrocedan
y se rompan la pata entre el gentío de este fin de semana
/ mientras he estado en marcha
la sangre de la mano
ha viajado hasta mi corazón
y acarician mis dedos
este cuaderno de papel azul pálido
dominan este lápiz que asciende y se ladea
trazando el rumbo de mi pensamiento
que va por donde quiere
como vasos mojados y livianos sobre madera pulida.
Chisporrotean los nervios afilados
en la periferia de nuestros cuerpos
mientras el tronco de una sola pieza
avanza a trompicones tal si fuéramos
esos caballos drogados por el sol
Aquí estoy al alcance de todo
corpúsculo tendón pelo
manos que necesitan el tacto del metal
esos sentidos que
que desean destrozar cosas con un hacha
que escuchan a las venas hondamente enterradas
en las palmas de las manos
las mismas que entre sueños tocan el cuerpo
de vuestras mujeres
muy cerca de vosotros, cada garra, pezuñas invisibles
el desmayo invisible de la conciencia el intrincado nunca
el cuerpo aguarda el celo.
|
Los ojos escamas relucientes |
(cuidado) |
se me acercan las garras |
|
de la bala como dedos de mujer |
|
que separan mi pelo lentamente |
|
entran despacio lentas |
|
atraviesan la piel haciendo paf |
|
y el lento |
|
como fuego derramado |
|
cerebro gris y rojo el lento pelo |
|
sobresaltado estalla y se derrama |
|
la señorita Angela D sus ojos como un barco |
|
en llamas su garganta una cocina |
|
tibia en mi rostro alzando |
|
mi cabeza ofreciendo la boca |
|
te devora el aliento |
|
como una lluvia de alquitrán caliente |
|
el hombre de la estrella de hojalata |
|
blindada y reluciente |
|
apenas discernible en la oscuridad |
|
y diciendo quieto joder joder joder JODER |
Esta pesadilla junto a esta puerta de siete pies de alto
a la espera de que lleguen mis amigos
los míos o los suyos
estoy dentro a cuatro pies del umbral
en la fresca oscuridad grisácea
entra el sol por el vano de la puerta
a tres pulgadas de mis zapatos
estoy al filo de la penumbra fresca
contemplando el blanco paisaje en este marco
un mundo tan preciso
que cada clavo y cada telaraña
se magnifican ante mi presencia
Esperando
nada interrumpe mi visión
sino las moscas en su negra senda
como astros invertidos,
o el súbito barrido de algún ave
que está pasando demasiado calor
y sale un rato en busca de frescura
Levanto un dedo
y tapo el horizonte
levanto mi pulgar
y no veo al hombre que se acerca
recorriendo tres millas hasta aquí
El perro junto a mí ha respirado
producen sus pulmones un esquema sonoro
cuando sacude el cuerpo
las orejas restallan como látigos
ha cruzado el umbral
limpia la mente, a causa del calor
flotando su cerebro en fantasía
Aquí estoy en el filo del sol
que podría incendiarme
mientras miro la blancura absoluta
de cielo y hierba sobrerrevelados hasta perder sentido
a la espera de amigos, míos o de los enemigos
Nada tengo en las manos
y sin embargo cada movimiento
levantarme lentamente caminar
en esta periferia de lo negro
hasta alcanzar las armas
está planificado por mis ojos
Tapa la luz un joven
vestido con vaqueros y una camisa azul
el pelo largo sobre las orejas
el rostro joven como un faraón
No consigo moverme
con las manos vacías
Cabalgábamos en grupo. Además de Wilson, Dave Rudabaugh y yo venían entonces Garrettt, sus ayudantes Emory y East, otros siete a los que no había visto nunca y Charlie, muerto y tendido sobre el caballo, los brazos y las piernas colgando por un costado, atado, para que no cayera. Lo cubrimos con una sábana para evitar que el sol lo quemara. La semana siguiente fue mala. Charlie se había llevado mi sombrero y lo había destrozado, de manera que no había sombrero para mí mientras cruzábamos el condado de punta a punta, avanzando y retrocediendo, eludiendo a la gente y a la ley. Merodeaban por allí algunos linchadores, y Garrett, bendito él, no quería nada de eso. Recorrimos así las llanuras del Carrizozo hasta las laderas de Oscuros, pasamos una noche junto a la meseta de Chupadero, volvimos al Carrizozo, pasamos junto a la tribu Evan y seguimos el telégrafo hasta Punta de la Glorieta, pero había allí cerca de 40 linchadores, y tuvimos que marcharnos, yo sin sombrero, momentos incómodos para todos nosotros.
Caballos y trenes caballos y trenes. Dave, Wilson y yo llevábamos las piernas encadenadas por debajo de la panza de nuestras monturas y las manos atadas a las bridas. Así cinco días. Teníamos que mear sin movernos del sitio, encima de los pantalones, por el flanco del caballo. Dormíamos recostados en el cuello del animal. Lo único que hicieron para que no enloqueciéramos de dolor a causa de la silla era cambiar las sillas de vez en cuando, o dejarnos cabalgar a pelo un día y con silla al día siguiente. Todo se volvía gris. Mi caballo, con esa cadena bajo la panza, me odiaba tanto como yo lo odiaba a él.
Al quinto día el sol se transformó en unas manos que empezaron a arrancarme el pelo. Retorcía y arrancaba retorcía y arrancaba. En dos horas me había quedado calvo, la cabeza pelada como un limón. El sol se sirvió entonces de una uña para abrirme la piel como un cuchillo de la frente a la nuca. Una línea de sangre brotó y se secó. Eran las once de la mañana. Luego cogió una toalla para frotarme la sangre seca y la toalla quedó como manchada de polvo rojo. Después, con unos dedos muy finos y con sumo cuidado, empezó a retirarme el cuero cabelludo capa tras capa, y me dejó las tiras de piel colgando por encima de las orejas.
Se desbordaron los fluidos cerebrales. Quedaron a la vista los huesos y la masa gris. El sol se sentó un momento para observarme mientras los líquidos se evaporaban. Los huesos se volvieron de un blanco apagado, se secaron por completo. Cuando rozaba el hueso con sus dedos era como si me estuviera cepillando los nervios. Hundió una mano fina y fría en mi cabeza hasta alcanzar el cielo de la boca y se limpió los dedos en mi lengua. La mano larga y fresca empezó entonces a rascar las glándulas de mi garganta, perforando las venas como largas tuberías de cristal, me tocó el corazón con la muñeca, y el líquido amarillo del cerebro rajado descendió hasta perderse a su paso por el estómago blando y tibio como un oasis húmedo de deliciosa sangre, serpenteando entre los nervios amarillos y rojos y verdes y azules, adentrándose con vacilación en fisuras por las que no debía para terminar en callejones de hueso sin salida y regresar despacio marchándose el dolor de la succión al tomar luego el camino correcto y pasar entre pirámides de hueso que ya estaban allí cuando yo nací, extendiendo los dedos a través de canales hasta donde confluían las medianas de la materia azul, apartando a su paso la mano larga y fresca telarañas de nervios en los abismos horizontales del dolor, lóbulos vórtices muescas arcos tractos fisuras blanco aislamiento de las raíces de células muertas siete años atrás se aferraban los dedos frescos y preciosos a todas las cosas y frotaban para eliminarlas en descenso por el tracto dorsal antes de entrar en la cisterna de la vejiga en las últimas cien millas del camino y atravesarme luego los testículos agarrarme la polla aquellos dedos fríos y tirar y tirar para arrastrarla fofa como el humo hacia arriba por el camino que su brazo había agrandado y en el que se había detenido. La arrastra muy deprisa y al tirar otra vez casi arranca y desgarra las raíces de los puentes de color de las fibras, explora atentamente el brazo pegajoso en su ascenso las pirámides encerradas en sus dedos y sube por la garganta que ahora sangra estrujándola entre los huesos del cráneo, y allí estoy, con la polla clavada en la cabeza. Se suma entonces al juego la otra mano y siento la sombra fresca al inclinarse el sol sobre mí con ambas manos que se afilan en dedos hermosos y frescos, blanca una mano como papel que huele a nuevo la otra cuarenta tonos de ocre azul y plata desde mi pulmón oro y mandarina a partir de los reventados canales auditivos y todo esto se le adhiere a los dedos mientras entra y sale.
Las manos eran frías como la porcelana, y una era plata hueso viejo roble veteado blancos cigarrillos orientales blanco cielo la córnea del sol. Dos manos, una muerta, una de mí nacida, una como cristal, una como la piel de la serpiente hallada en primavera. Me abrasan como hielo seco.
Una mano a cada lado me sujeta el pliegue del prepucio y empiezan a tirar despacio atrás atrás atrás atrás hasta la base como un gorro invernal con orejeras como unos pantalones por debajo de las botas y al fin me sueltan. El viento se levanta, estoy ahogado, encerrado bajo la piel sensible como un animal viejo y lo percibo todo, lo oigo todo en la piel mientras estoy sentado, como un huevo de avestruz opaco y grande, en el caballo, a pelo. Oigo en mi piel la voz de Garrett cerca en la piel qué te pasa Billy qué te pasa, y aunque no puedo verlo me vuelvo hacia donde sé que está. Grito para que pueda oírme a través de la piel. Me ha jodido. Me ha jodido me ha jodido Dios Todopoderoso Cristo me ha jodido del todo. Y ruedo desde la cruz del caballo como un huevo blando y sin cáscara envuelto en seda blanca y fina y me despachurro en el polvo ciego y blanco pero la cadena me sujeta las piernas al caballo y el polvo se me adhiere a la piel húmeda mientras el animal me arrastra al trote entre sus cuatro patas al trote y al fin doy gracias al puto cristo, a la sombra del vientre del animal.
Garrett nos llevó derechos a la estación de tren más cercana. Tuvimos que esperar toda una noche el tren que nos llevaría a Messilla, donde se celebraría el juicio. El Hotel Polk era un lugar blanco y luminoso con un amplio patio y un pozo. Los ayudantes de Garrett sacaron agua del pozo y se lavaron. Desataron a Charlie del caballo. Garrett lavó la sangre seca de la piel del animal. Y pidió una caja para Charlie Bowdre. Luego me hizo beber líquidos y pasta. Tuvieron que llevarnos a los tres a la cama... no podíamos caminar tras una semana entera a caballo. Yo iba a compartir habitación con Garrett y Emory.
Tu última buena cama Billy, dijo Garrett, acomódate. Así lo hice, boca abajo. Me encadenó a la cama. Me ató los dedos con tanta fuerza que no hubiera podido ni tirar del seguro si me dieran un arma. Luego se fue para ocuparse de Wilson, que se había roto los dos tobillos al tropezar el caballo y caerle sobre las piernas encadenadas.
Es media tarde y está la habitación repleta de luz blanca. Mi última habitación blanca, el sol que entra por las persianas vuelve aún más blancas las blancas paredes. Observo la luz apoyado en la mejilla izquierda. Ni siquiera veo la puerta o si Emory se ha quedado en el cuarto. La cama inmensa. Decido dormir y el cuerpo se abandona al sueño. Recuerdo que una vez Charlie y yo nos quedamos callados y oímos el zumbido de las moscas negras en una habitación, y recuerdo otra vez, una noche al raso, que me volví para darle las buenas noches a Charlie, que estaba diez metros más allá, y vi la luna en perfecto equilibrio sobre su nariz.
Ordena este tribunal que sea usted conducido a Lincoln y confinado en prisión hasta el 13 de mayo y ese día entre las horas del alba y el mediodía sea colgado en la horca hasta quedar completamente muerto
Y que Dios se apiade de su alma
dijo el juez Warren H. Bristol
THE TEXAS STAR, MARZO 1881
El Niño lo cuenta todo
«Entrevista exclusiva en prisión»
REPORTERO: Billy...
BONNEY: Señor Bonney por favor.
R: Señor Bonney, soy del Texas Star. ¿Cuántos años tiene?
B: 21.
R: ¿Cuándo es su cumpleaños?
B: El 23 de noviembre. Cumpliré 22.
R: Dicen de usted que cuando le hicieron esta misma pregunta en otras ocasiones, dijo, añadió a esta misma frase: «Si es que llego».
B: Bueno, unas veces tengo más confianza que otras.
R: Y ahora se encuentra muy bien...
B: Sí, estoy bien.
R: Señor Bonney, cuando rechazó usted el indulto que le ofrecía el gobernador Wallace, ¿era consciente de la posibilidad de que su vida fuera a tomar este rumbo?
B: Bueno, no lo sé; Charlie, me refiero a Charlie Bowdre, me llamó idiota por no sacar lo que pudiera del viejo Wallace. Pero ¡qué narices! En ese momento no significaba gran cosa. Wallace tan sólo me ofrecía la protección de la ley, pero por aquel entonces la ley no tenía pleitos conmigo, y parecía bastante absurdo.
R: Pero ¿lo buscaban a usted por robo de ganado, no es así?
B: Sí, pero, permítame plantearlo de este modo. Sólo podían detenerme si tenían pruebas, pruebas concluyentes, no simples rumores. Tenían que pillarme prácticamente con el ganado robado en la cama. Y cuando uno se dedica a robar ganado ve venir a la ley a un kilómetro de distancia. Sólo tenía que largarme en dirección contraria y listo.
R: ¿Y no podrían haberle pillado con los animales cuando los vendía?
B: Es que no los vendía; yo no me ocupaba de eso. Los vendía antes de que llegaran al mercado.
R: ¿Cómo o con quién lo hacía?
B: Preferiría no dar nombres, si no le importa.
(En este punto el señor Bonney saca un cigarrillo negro, lo enciende y sonríe encantadoramente, refugiándose tras su enigmática media sonrisa, una sonrisa que no llegaba a serlo. Esas sonrisas de Billy el Niño son muy conocidas y se han convertido casi en leyenda entre sus amigos por estos pagos. El Sheriff Garrett tiene una explicación: «Billy tiene la dentadura prominente, dientes de ciervo dirían ustedes, los periodistas. Por eso aunque no tenga intención de sonreír, los dientes le obligan a esbozar una media sonrisa. Por eso la gente se asombra siempre de su buen humor en las situaciones difíciles». La señora Celsa Gutiérrez añade en este sentido: «Cuando Billy tenía 18 años, un hombre llamado John Rapsey (a quien apodaban cariñosamente “gili....”) le rompió la nariz (a Billy) con una botella. Billy cayó al suelo inconsciente y Rapsey escapó. Bowdre, que estaba con Billy, le dio tequila, para aliviar el dolor y lo emborrachó. Tardaron tres días en repararle a Billy la nariz, porque Bowdre, que lo acompañaba con el tequila también se emborrachó y se olvidó por completo de la nariz rota. Por eso, cuando Billy finalmente llegó a Sumner para que se la arreglaran, los conductos de respiración, o como se llamen, se habían atascado. Desde entonces casi no volvió a respirar por la nariz sino que aspiraba el aire por la boca, o al parecer entre los dientes. Si estabas cerca de él cuando respiraba con fuerza, cuando se excitaba o cuando corría, oías un silbido bastante fuerte».)
B: El caso es que Wallace me ofreció la protección de la ley, pero la única ley que yo conocía en Fort Sumner era la facción de Murphy, que sin duda no respetaría la decisión de Wallace si me encontraban desarmado en un callejón oscuro. (Se ríe).
R: ¿Se llevaba usted bien con Wallace?
B: Estaba bien.
R: ¿Qué quiere decir?
B: Que era un hombre honrado. Claro que le disgustó que yo no pudiera aceptar, pero creo que entendió mi postura. No creo que le gustaran mucho los hombres de Murphy, ni que se fiara de ellos.
R: Pero ahora ha amenazado usted con matarlo si se libra de la horca, ¿no es cierto?
B: Sí, cuando escape.
R: ¿Por qué?
B: Bueno, ya he pasado por todo esto antes. Ya he hecho una declaración. Pero bueno, otra vez. En el juicio, hace tres semanas, me acusaban de disparar al Sheriff Clark, etc. Wallace me ofreció la condicional o el indulto o lo que fuera después de este tiroteo. Como usted sabe no había ningún testigo de que yo hubiese matado a nadie después de ese incidente. Lo cierto es que la muerte de Clark se produjo durante la guerra de Lincoln County... cuando TODO EL MUNDO mataba. Quiero decir que nadie presentó cargos contra los que mataron a McSween o a Tunstall. Cuando Wallace habló conmigo reconoció que, aunque no podía aprobar lo ocurrido en esos tres días, comprendía que ambos bandos eran culpables, y como en cualquier guerra no podían castigarme legalmente por nada sin castigar también a todos los que participaron en esa guerra. Con un error se repara otro, ¿verdad? Y entonces, como no pueden acusarme de otra cosa, deciden acusarme de algo que ocurrió durante una guerra. El gobernador Wallace lo sabe y estoy seguro de que en privado lo reconoce, y sin embargo no hará nada para evitarlo.
R: ¿Qué le hace suponer que no hará nada para indultarlo ahora?
B: (Riéndose) Bueno, me imagino que lo han convencido de que he hecho cosas horribles desde entonces. Pero lo que importa es que no hay pruebas legales sobre este último asunto. Las pruebas que se usaron eran inconstitucionales.
R: ¿Tiene usted un abogado, quiero decir si está preparando un recurso en este momento?
B: Páseme un arma y lo tendré... no publique eso.
R: Señor Bonney, o ¿puedo llamarlo Billy?
B: No.
R: Señor Bonney, ¿cree usted en Dios?
B: No.
R: ¿Por qué no y desde cuándo no cree?
B: Bueno, creí en él mucho tiempo, supongo que por superstición, por lo mismo que creo en la suerte, por ejemplo. Comprenda que no podía correr el riesgo. Igual que nunca llevo nada amarillo. Lo cierto es que antes de las grandes peleas, incluso antes de las más sencillas e insignificantes, yo me santiguaba y decía: «Por favor, Dios, no dejes que muera hoy». Lo hacía muy deprisa, para que nadie me viera. Y lo hice casi todos los días sin falta, entre los 12 y los 18 años. Cuando cumplí los 18 hice una apuesta con Tom O’Folliard. El premio era un caballo. Competiríamos con rifles y Tom es excelente con ellos, pero yo deseaba muchísimo ese caballo. Rezaba todos los días. Y perdí la apuesta con Tom.
R: ¿Le preocupa lo que sucederá después de la muerte ahora que ya no cree en Dios?
B: Bueno, procuro no pensarlo. Aunque creo que no. Supongo que te meten en una caja y ahí te quedas para siembre. No habrá nada más. Lo que sí me gustaría es poder escuchar lo que dice la gente. Eso me gustaría mucho. Me gustaría ser invisible y ver qué les pasa a los demás cuando yo ya no esté. Supongo que le parecerá una tontería.
R: ¿Es feliz o ha sido usted feliz? ¿Tenía usted alguna razón para seguir viviendo o se limitaba a experimentar?
B: No sé si soy feliz o no. Pero al final eso es lo único que importa... que uno no deje de ponerse a prueba... de experimentar, como dice usted, para saber cuánto vale, y eso no es posible cuando uno desea perder.
R: ¿Era ésa su única ambición?
B: Sí, creo que sí. Y mis amigos. Me gusta la gente y estar con amigos.
R: ¿Es cierto que iba a casarse y trasladarse al Este cuando lo detuvieron?
B: Como ya le he dicho, no quiero causar problemas, y aunque no digo que no a la primera parte de la pregunta, tenía intención de dejar la zona porque la gente no dejaba de buscarme para advertirme de la que me iba a caer por lo que les había hecho a sus amigos. Bob Ollinger se empeñó en ser mi carcelero. Tenía un buen amigo que murió en la guerra de Lincoln County.
R: ¿A quiénes considera ahora sus amigos, ahora que Bowdre y O’Folliard han muerto?
B: Bueno, tengo algunos. Dave Rudabaugh, dondequiera que esté. Supongo que también lo han encerrado. Aunque no me lo dirán. Y un par de tipos aquí y allá. Un par de señoras.
R: ¿Garrett?
B: Bueno, Pat se ha convertido en un gili... Antes éramos amigos, como probablemente usted sabrá. Está senil. Se está forrando por limpiar la zona de... de nosotros al parecer. No, ahora ya no lo aprecio.
R: Dicen que les dio a todos ustedes un montón de oportunidades para salir de Nuevo México antes de empezar a perseguirlos.
B: Siiiií, pero, uno) no está bien servirse de amigos comunes para cazar a un viejo amigo y dos) me encanta Fort Sumner y el paisaje de esta zona... aquí están todos mis amigos. Ahora sí me marcharía porque algunos a los que consideraba amigos resultaron ser bastante hipócritas.
R: ¿Y sus aficiones? ¿Tenía usted muchas cuando estaba libre? ¿Le gustaban los libros, la música, el baile?
B: Me gusta bailar, soy bastante buen bailarín. Y también me gusta la música. Hay un grupo canadiense, una especie de orquesta, que es el mejor. Fantástico. Los oía muchas veces cuando estuve allí intentando cazar a un hombre que se hacía llamar Capitán P———.* Nunca di con él. Pero a ese grupo se le recordará mucho tiempo.
R: ¿Y usted, cree que perdurará en la memoria de la gente?
B: Estaré con el mundo hasta el día de su muerte.
R: ¿Y cómo cree que se le recordará? Quiero decir, ¿no le parece que muchos lo consideran zafio y sin moral? Me refiero a todos esos editoriales sobre usted...
B: Bueno... los editoriales. Un amigo de Garrett, el señor Cassavates o algo así, dijo algo interesante sobre los editoriales. Dijo que los editoriales no sirven para nada, sólo hacen que la gente se sienta culpable.
R: Eso está muy bien.
B: Sí. Está muy bien.
Soy la diana
para vuestra sangre nocturna
el momento decisivo
del movimiento perfecto
que espera ser lanzado
magnético a combate
un lápiz
como un arnés en mi cara
a trompicones va dibujando puntos
No, la fuga no me sorprendió. Lo esperaba. Lo esperaba de verdad, creo que todos lo esperábamos. Y hoy me resulta difícil describirlo en retrospectiva. Seguramente habrás leído los tebeos y visto las películas de cómo lo hizo. Convenció al joven Bell para jugar una partida de cartas, le pegó un tiro y otro a Ollinger, cuando volvía de almorzar. A nadie le gustaba Ollinger, pero a Bell todos lo apreciaban. ¿Sabes cómo mataba Ollinger a la gente? Se acercaba para darles la mano, les sujetaba la mano derecha con su izquierda, levantaba la pistola y disparaba en el pecho. Odiaba a Billy desde la guerra de Lincoln County. El caso es que Bell y Ollinger murieron y Billy escapó. Cuando salía de la ciudad disparó a un hombre llamado Ellery Fleck en la cara, sin ningún motivo. Probablemente estaba eufórico.
Al parecer sucedió algo curioso (yo estaba fuera de la ciudad). Billy aún llevaba las manos encadenadas y al saltar a un caballo para huir perdió el equilibrio y cayó al suelo... en presencia de la multitud, que se negó a hacer nada más que observar. Nadie esbozó siquiera una sonrisa. Tres o cuatro chicos lo ayudaron a coger al caballo y lo sujetaron mientras él montaba con cuidado. Luego, con el rifle en los brazos, como si lo acunara, hizo pasar al caballo despacio por encima del cuerpo de Ollinger y se marchó.
LA SEÑORA SALLIE CHISUM:
BUENOS AMIGOS:
En lo que hace al vestido
siempre iba
como recién salido de una sombrerera.
Sombrero de ala ancha blanco
abrigo y chaleco oscuros
pantalón gris con los bajos gastados
una camisa de franela gris
y pajarita negra
y a veces —¿lo creerías?—
una flor en el ojal.
UN JOVEN Y CORRECTO CABALLERO:
Parecerá ridículo decir
que un personaje así fue un caballero,
mas de principio a fin
en toda nuestra larga relación,
en todos sus encuentros personales conmigo,
fue modelo de la más exquisita cortesía
y un joven caballero tan correcto
como el que más.
Corría por debajo de la casa
más allá de un rincón de la cocina
un riachuelo con abundante pesca
y muchas veces me sentaba yo en el porche de atrás
en una mecedora, junto a Billy
para que él me cebase el anzuelo,
y pescaba una ristra de percas para cenar.
(Garrett tenía pájaros disecados. No sólo de esos buitres mexicanos nervudos, sino también otros bichos exóticos y enormes. A veces estábamos con él cuando llegaban los envíos. Pedía que los embalaran congelados. La caja era de madera, en realidad una jaula, y cuando regresaba de la estación, retiraba los clavos con mucho cuidado. Retiraba primero la costra de hielo de ocho pulgadas y decía mirad. Y dentro había una gaviota blanca. Estaba muy hermosa allí tendida sobre el hielo, ni una sola pluma estropeada, las garras abiertas y quebradizas por la congelación. Garrett derretía el hielo y lo rajaba con un cuchillo estrecho, separaba primero las plumas y con la mano derecha enfundada en un guante de goma sacaba el cuerpo. Luego lavaba la sangre putrefacta de las alas y sacaba la gaviota al porche para que se secara.)
SEÑORA SALLIE CHISUM: PAT GARRET
Un hombre gigantescamente alto.
Que a pesar de la boca torcida
la sonrisa torcida que le daba
a todo el rostro aspecto de torcido
resultaba extraordinariamente apuesto.
BILLY EL NIÑO Y PAT GARRET;
ALGUNOS PENSAMIENTOS FINALES:
Los conocí a los dos íntimamente.
Se mezclaba lo bueno con lo malo
en Billy el Niño
y se mezclaba lo malo con lo bueno
en Pat Garrett.
Da igual lo que hayan hecho en este mundo
o lo que el mundo opinara de ellos
pues eran mis amigos.
A los dos valió la pena conocer.
Ruido. Fuerte y vibrante en el habitación. Mis oídos acogen el ardiente zumbido de las moscas a las que se permite revolotear por el cuarto. El colchón en el que Pete Maxwell no para de dar vueltas es de paja, cada tallo resuena claramente al sacudir a otro. También de vez en cuando cruje el cristal al evaporarse el calor del día en la ventana contra la oscuridad del desierto.
Y esa respiración, no la de Maxwell sino la del otro. La respiración precisa pero forzada hasta adoptar un ritmo tranquilo y regular. Pienso en el aire oscuro que entra por la nariz, que baja hasta el estómago, se enrosca allí sobre sí mismo y sube para salir como una fuente que se derrama entre sus dientes ssssssssssssssssssssssss
MMMmmmmmm. Los últimos minutos. Es medianoche en Texas. Una plaza muy grande, con un pozo y cubos en el centro. Las casas y los cobertizos en hileras configuran la plaza. Un porche estrecho y largo da una vuelta completa alrededor. Hacia el pozo se acercan cabalgando Pat Garrett y los ayudantes Poe y Mackinnon. Van despacio, descabalgan fumando, sin premura, y dejan los caballos para acercarse a la gran cabaña que es la habitación de Maxwell. Pasan junto al perro.
Esto es por tanto un diagrama de la habitación de Maxwell, de Pete Maxwell. La cama aquí contra la pared, aquí la ventana por la que saca el brazo. Y aquí, a lo largo, el porche. A unas veinte yardas se encuentra la casa de los Gutiérrez. Garrett, Poe y Mackinnon se detienen junto a la puerta de Maxwell. Garrett ha recibido un soplo indefinido y viene a preguntarle a Maxwell dónde cree que se esconde Billy... en qué lugar del territorio... lleva 3 meses fugado y nadie lo ha visto. Deja a sus ayudantes fumando en el porche, tira su cigarrillo y entra en el cuarto oscuro donde Maxwell duerme Entretanto
Billy está tan sólo a unas yardas de allí bebiendo con Celsa Gutiérrez. Ha llegado hará cosa de una hora y sólo lleva puestos los pantalones y sus armas; la noche es calurosa. Deciden que ella le preparará algo de comer y él se ofrece a cortar un poco de carne. Con un cuchillo en la mano izquierda y descalzo sale y echa a andar hacia la nevera. Al pasar junto al cuarto de Maxwell ve a los dos hombres fuera. ¿Quién es?[1] Ellos no responden. Repite la pregunta. Otra vez no hay respuesta. Billy retrocede unos pasos, entra en el cuarto de Maxwell y se dirige hacia su amigo dormido.
En la oscuridad Garrett ha despertado al aturdido Maxwell y lo está interrogando. De hecho, cuando entra Billy, Garrett se está agachando junto a la cama. ¿Quiénes son esos hombres afuera, Pete? Garrett reconoce la voz. Hace lo único que puede salvarle. Sin hacer ruido, con sus largas piernas, pasa por encima del cuerpo de Maxwell y se mete en la cama, entre Maxwell y la pared. Escudriña en la oscuridad con el rifle en las manos, intentando distinguir la silueta que se acerca. Billy avanza despacio y vuelve a preguntar a Pete. ¿Quiénes son esos hombres afuera?
Maxwell no dice una sola palabra. Siente el cañón del rifle engrasado de Garrett contra su mejilla. Billy zarandea a Maxwell por el hombro y oye entonces la respiración del otro. La única mujer que hay en el rancho, aparte de Celsa Gutiérrez es Paulita Maxwell, la hermana de Pete, y Billy no sabe qué pensar. ¿Paulita? Pete, muerto de miedo, suelta una risita nerviosa que Billy confunde con risa de vergüenza. ¡Paulita! ¡Joder! Vuelve a inclinarse, palpa la cama con las manos y toca entonces unas botas de hombre. Ay dios mío ¿Pete quién es?
Retrocede unos pasos, perplejo. Garrett está a punto de echarse a reír y dispara, dejando en el rostro de Maxwell una cicatriz de pólvora que lo acompañará el resto de su vida.
FUERA
el perfil de las casas
Garrett corriendo desde una puerta
—toda la escena vista
resbalando en el ojo de un caballo.
JUSTO en el centro de la plaza Garrett está ahora con Poe —las manos en los bolsillos traseros— y discute, asiente con la cabeza y de pronto TODO CAMBIA cuando el brazo desnudo, el brazo del cuerpo, atraviesa la ventana. La ventana —lo que queda entre cristales rotos— refleja igualmente la escena.
Celsa Gutiérrez trata de sujetar el brazo, pero se ha vuelto loco, y se rompe otro dedo. Las venas de él, esas que controlaban los gatillos... destruyen ahora todo lo que tocan.
Es el fin, estoy tumbado junto a la pared
y el picor de la bala se congela en mis sesos
atravieso el cristal de la ventana con el brazo derecho
y las venas cortadas me despiertan
y puedo ver dentro y a través de la ventana
La voz de Garrett llama Billy Billy
y los otros dos bailan y proclaman
lo tenemos tenemos a ese enano cabrón
agradezco el dolor en la axila
pues me mantiene mínimamente vivo
y el sol que cubre todo las paredes y el suelo
la mandíbula y el estómago de Garrett miles
de perfectas bolitas de delicioso sol
que se rompen las unas a las otras clic
clic clic clic como limpieza de arma en mañana de sábado
cuando las balas brincan por la cama y rebotan y clic
clic y las lanzas al suelo como... arriba por los aires
y ves cuántas atrapas con una mano izquierda
la habitación cubierta de mondas de naranja Y YA LO SÉ LO SÉ
se me va la cabeza como si hubiera tomado hierba roja
por esta grieta donde caminan cosas rojas
PAULITA MAXWELL
Una vieja historia que me identifica como la novia de Billy el Niño lleva años circulando por ahí. Puede que me honre o puede que no; según se mire. Yo no era la novia de Billy el Niño aunque me gustaba mucho —ya lo creo—, pero no lo amaba. Era un chico muy agradable, al menos conmigo; cortés, galante, siempre respetuoso. Me encontraba con él en los bailes; y venía a nuestra casa muchas veces. Pero nunca habíamos pensado en el matrimonio.
Se decía que Billy y yo habíamos planeado huir al viejo México y habíamos fijado la fecha justo para la noche siguiente a la que lo mataron. Según otra versión nos proponíamos escapar los dos en un solo caballo. Ninguna de las dos historias es cierta, y la de huir en un solo caballo era un chiste. Pete Maxwell, mi hermano, tenía tantos caballos que no sabía qué hacer con ellos, y si Billy y yo hubiésemos querido cruzar el Río Grande a la luz de la luna, puedes estar seguro de que habríamos tenido como mínimo dos caballos. Yo no necesitaba abrazarme a la cintura de ningún hombre para no caer de un caballo. Yo no. Me había criado, como si dijéramos, sentada en una silla de montar, y me vanagloriaba de mi destreza ecuestre.
Imagina que lo desentierras y lo sacas. Verías muy poco. Estarían los dientes de ciervo. Puede que la bala de Garrett ya no estuviera incrustada en la carne densa y húmeda y rodara como una canica dentro del cráneo. De la cabeza saldría una ristra de vértebras como una hilera de botones de perla en un abrigo caro hasta la pelvis. Los brazos estarían pegados al borde de lo que era la caja. Y unos grilletes ceñirían absurdamente los finos huesos de los tobillos. (Pese a estar muerto lo enterraron con los grilletes puestos). Y estaría también la puntera de plata de las botas.
Su leyenda un sueño laberíntico
Billy el Niño y la Princesa
El castillo de la princesa española llamada «La Princesa» se alzaba sobre el amplio y fértil valle... en las colinas circundantes había minas de oro y de plata... El hombre escogido para gobernar junto a la mujer más deliciosa de México sería ciertamente un rey. La muchacha eligió a William H. Bonney para que gobernase con ella... pero un enorme bruto llamado Toro Cuneo anhelaba este honor...
Había habido una guerra a cuenta del ganado en Jackson County... Billy el Niño venía de colocar una ternera con tres hermanos de gatillo rápido cerca de Tucson... y estaba harto de tiroteos y de muertes repentinas. Dirigió a su caballo de la raza cayuse hacia el Sur... vadeó el Río Grande casi seco... y dejó que el sol se diluyera la tensión de su cuerpo y su espíritu.
—¿Ves esas cumbres como dientes de sierra, Caballo? ¡Hay un pueblito allí donde sirven la cerveza bien fría y una señora gorda que cocina comida mexicana como nadie en el mundo! Esta mujer también tenía una hija... una muchacha... de pelo reluciente y negro y unos ojos castaños y brillantes a la que quiero ver de nuevo.
Y sobre una loma a lo lejos...
—Ya se acerca, prepárate Soto.
—Disparos... ¡una pistola del 45! ¡Huye! ¡Es una chica! ¡Va a caer! ¡Aprieta el paso Chico!
—¡AAAAHH!
—Aguante... ¡Ya la tengo!... Ha pasado el peligro, Señorita.
—Gracias, Señor. Es usted tan valiente y tan fuerte... ¡y muy galante!
—Gracias, oí disparos. ¿Asustaron a su caballo?
—Creo que ya me puedo levantar, Señor... Si me ayuda a bajar.
—¿Eh? Lo siento, Señorita. Mi nombre es Billy Bonney, Señorita. Soy de cerca de Tucson.
—Yo soy Margarita Juliana de Guelva y Solanza, la Princesa de Guelva.
—¿La Princesa? ¿Una princesa «de verdad»?
—Descendiente directa del rey Felipe de España. Por concesión real, estas tierras son mías hasta 200 leguas al Oeste, 180 hacia el Sur. Son tan grandes como algunos reinos europeos... más grandes que dos de vuestros Estados americanos... Me siento todavía un poco débil. Venga conmigo hasta el castillo, Señor Bonney.
—Allí, Señor Bonney... el hogar de mis antepasados. El castillo y el valle que se extiende más allá de donde alcanza la vista... Tengo 20.000 cabezas de ganado, casi el mismo número de caballos, y rebaños de cabras, cerdos y gallinas. Todo lo que mi gente necesita para vivir.
—¡Uaaaauuu! La mansión del Gobernador de Phoenix cabría en una esquina de esa choza.
—¡Sígame, yanqui! Es tarde... debe cenar conmigo.
—¡ATENCIÓN! ¡SU EXCELENCIA REGRESA!
Piensa él: «¡Tiene todo un ejército!»
El hombre llamado Billy el Niño no se muestra impresionado por la espléndida riqueza del entorno. Los cubiertos de oro no significan nada... La porcelana y el cristal carísimos no importan. ¿Y la comida preparada por un chef de Francia? —¡PUAAJJ!
Piensa: «¡Preferiría estar en la cocina de Mamá Rosa comiendo tortillas y chili mientras Rosita me mira sin pestañear con esos ojos tan oscuros!».
—Esta mesa necesita un hombre como usted, señor Bonney. Otros han ocupado ya esa silla, pero ninguno lo ha hecho así de bien.
—Gracias, Princesa... pero nunca me sentiría cómoda en ella... no sé si lo comprende.
—Propongo un brindis por mi amigo gringo... por nuestro encuentro... ¡por su galante rescate!
—Creo que no puedo consentir que una dama beba sola, Princesa.
¡¡ZAS!!
—Ha estado a punto de clavármelo en el cuello... Empieza a hablar, hombre, antes de que yo diga «mi» papel sobre esta exhibición de lanzamiento de cuchillos.
—¡Yo soy hombre de acción, no de palabras, gringo! ¡Te partiré las costillas... te romperé las muñecas y te devolveré al lugar que te corresponde!
—¡Déjame, bruto, que termine mi cena!
¡ZAS!
Piensa: «Si le doy un buen susto le quitaré las ganas de pelea... ¡PERFECTO!».
Lanza su puñetazo del domingo... ¡pero Toro se ríe! ¡Billy el Niño comprende que se avecina una buena refriega!
—Tiene la mandíbula de granito, lo cual significa... que tendré que debilitarlo con buenos ganchos de estómago. ¡¡AAAYYY! ¡TOMA!
—¡Ahora me toca a mí!
—Como me ponga una mano encima...
¡CHAS!
¡PUN!
—¡Voy a matarte gringo!
Piensa: «Mi cabeza... ¡me ha roto la mandíbula!».
—¡PUN!
Piensa: «Este hombre pisa fuerte...».
—¡Voy a matar a este gringuito suyo, Excelencia!
—¡Ya no tienes escapatoria, Toro!
¡PLAF!
—¡Allá vas, Toro! ¡Olé! ¡Olé!
¡ZAS!
—Lamento haber causado este desorden, Princesa.
—Es usted mucho hombre, yanqui, ¡mucho hombre! ¡Un hombre como usted podría ayudarme a gobernar este reino salvaje! ¿Querrá quedarse algún tiempo como mi invitado?
—He venido hasta aquí con intención de descansar un poco. Creo que puedo hacerlo aquí tan bien como en la cantina de Mamá Rosa.
(Beso)
—Esto para darle las gracias por protegerme de Toro Cuneo. No debo andarme con formalismos con usted...
Billy el Niño pasó muchos ratos con La Princesa en los días siguientes.
Largos paseos a caballo por el campo...
—¡Espere princesa... no se adelante!
—¡HIIIIiiiii!
—¡Agáchese, princesa!
¡BANG! ¡BANG!
—Una vez más, Chivoto, me has salvado la vida. Esta vez de ese puma. ¡Te has ganado mi amor!
—Un momento, señora...
Antes de que Billy el Niño pueda defenderse, La Princesa Margarita lo ha tomado en sus brazos y...
—Fue El Niño el que entró a por mí —le dijo Garrett a Poe—, y creo que me lo he cargado.
—Pat —repuso Poe—, me parece que te has cargado a otro.
—Estoy seguro de que era El Niño —respondió Garrett—; reconocí su voz y no podría haberme equivocado.
Ha muerto el pobre William
con mirada de pez y una risita tonta,
con planetas de sangre en la cabeza.
Corrió la sangre como un río
por su costado largo como Texas.
Le lavamos después la sangre seca
y miraban sus ojos como la turba en llamas.
Sacamos la manguera de ocho pies del jardín,
la abrimos y tendimos a William sobre el suelo.
Lo que cayó lo desechamos todo
su cabeza era más pequeña que una rata.
Lo adecenté, recogí las balas
y se las vendí al Texas Star.
Las pesaron, hicieron un montón
y les sacaron fotos.
Ha muerto el pobre William
con planetas de sangre en la cabeza,
con mirada de pez y una risita tonta
como solía decir.
Es por la mañana temprano y la noche fue mala. La habitación de hotel parece grande. El sol de la mañana ha concentrado el humo de los cigarrillos, que cuelga como columnas o se desliza por el techo como una ameba. En el baño, me lavo la nicotina de la boca. Todavía noto el olor del humo en la camisa.