Un día el perverso rey Herodes echó a la cárcel a Pedro, uno de los seguidores de Jesús. El rey puso dieciséis soldados para que vigilaran a Pedro para que no pudiera escapar. Esa noche un ángel vino a la celda de Pedro. «¡Rápido! ¡Levántate!», le dijo el ángel. «Sígueme». Pedro pensó que estaba soñando, pero no lo estaba. Las cadenas se cayeron de sus manos y el ángel lo guió por entre los guardias. Cuando llegaron a la puerta de hierro de la prisión, la puerta giró abriéndose sola. Pedro estaba libre.
Dios siempre es más fuerte que cualquier cosa que nos pueda suceder. Tenemos que confiar en que Él siempre va a hacer lo que es mejor para nosotros.