Capítulo Dos

Gwen McNeal oyó aquellas terribles acusaciones como si hubieran sido realizadas por otra persona.

Parecía que las anteriores semanas habían dañado la poca cordura que le había quedado. Había pedido tener una reunión con Fareed cuando ya había perdido ligeramente la cabeza. Pero según había ido pasando el tiempo y sus posibilidades de verse con él habían ido disminuyendo, se había ido quedando sin resistencia.

Había estado segura de que iba a perder la coherencia cuando estuviera en su presencia.

Al estar finalmente delante de Fareed había sentido como un potente escalofrío le recorría por dentro. La intensidad de su mirada, de su impacto en ella, le había hecho perder la compostura.

Acababa de acusarlo prácticamente de ser un sádico. Pero, por lo menos, había dejado de emitir improperios. Todo lo que podía hacer en aquel momento era mirarlo con horror mientras él la miraba completamente estupefacto.

Se dio cuenta de que Fareed era como lo recordaba. Rebosaba virilidad y esplendor. Al verlo de nuevo se sintió catapultada al pasado. Un pasado en el que había sabido a dónde se dirigía su vida. Una vida que había quedado desbaratada desde el momento en el que se había fijado en él.

Desde entonces, se había repetido a sí misma que había exagerado sus recuerdos de Fareed, que lo había convertido en lo que nadie podía llegar a ser.

Pero al tenerlo delante se dio cuenta de que no había exagerado nada. Él era todo lo que ella recordaba y mucho más. Tenía un físico imponente y una gracia y poder innatos.

Al ver que se acercaba a ella, sintió una gran desesperación y resentimiento.

–¿Cinco minutos? ¿Es eso lo que le concedes a la gente? ¿Y después te marchas sin mirar atrás? ¿Sonríes lleno de satisfacción cuando las personas corren tras de ti suplicándote unos pocos minutos más de tu inestimable tiempo? ¿Disfrutas al humillarlas? ¿Es ese el verdadero respeto que el mejor cirujano filántropo del mundo siente hacia los demás? –espetó.

–En realidad dije diez minutos –respondió Fareed, mirándola fijamente.

En los videos que Gwen había visto de las entrevistas, charlas y operaciones didácticas realizadas por él, siempre había pensado que su voz era implacable. Pero, al oírlo en persona, se dio cuenta de que la riqueza y profundidad de sus tonos, la potencia de su acento y la belleza de cada entonación hacían que las palabras que decía fueran una invocación.

–Y cuando dije que… –continuó Fareed.

Pero ella lo interrumpió, incapaz de escuchar más de aquel hechizo.

–Así que me has concedido diez minutos en vez de cinco. Ahora veo cómo se forjó tu reputación… está basada en ofertas muy generosas. Pero yo ya he gastado la mayor parte de esos diez minutos. ¿Comienzo a contar el resto hasta que te marches como si yo no estuviera aquí?

Él negó con la cabeza. El invernal sol que hacía aquella tarde en Los Ángeles se reflejó en su negro cabello.

–No haré nada parecido, señorita McNeal.

A Gwen le dio un vuelco el corazón. ¿Fareed… Fareed se acordaba de ella?

Se sintió tan aturdida que perdió el conocimiento. Él la tomó en brazos para evitar que cayera al suelo. Cuando por fin recuperó el sentido, ella se sintió embargada por una embriagadora fragancia masculina. Abrió los ojos y vio la cara que se había dicho a sí misma hacía mucho tiempo que había olvidado. Pero la realidad era que no había olvidado ni un solo centímetro de las perfectas facciones del Sheikh Fareed Aal Zaafer. El encuentro que habían tenido había sido imborrable.

Si de lejos el efecto que había tenido él sobre ella había sido absolutamente perturbador, tan de cerca como estaba en aquel momento fue suficiente para terminar con lo que quedaba de su resistencia.

Un violento estremecimiento le recorrió el cuerpo y Fareed la agarró aún más estrechamente.

–Déjame en el suelo, por favor –exigió ella.

En cuanto habló, él la miró a la boca.

–Te has desmayado –dijo, tuteándola. Le analizó la cara con la mirada.

–Simplemente me he mareado durante un segundo –explicó Gwen, revolviéndose en sus brazos.

–Te has desmayado –insistió Fareed con dulzura y firmeza al mismo tiempo–. Has perdido completamente el conocimiento durante algunos segundos. He tenido que saltar por encima del escritorio para lograr tomarte en brazos antes de que cayeras de frente sobre esa mesa de ahí.

La mesa a la que se refería él era una larga y cuadrada mesa de acero y cristal. A su alrededor había muchos objetos por el suelo.

Aunque ella jamás se había desmayado, estaba claro que acababa de hacerlo. Y Fareed la había salvado de un fatal accidente.

La amargura y la tensión que había estado sintiendo desaparecieron para dar paso a un sentimiento de vergüenza ante su comportamiento. Deseó poder acurrucarse en él y llorar. Pero no podía hacerlo. Lo sabía. Tenía que mantener las distancias costase lo que costase.

Fareed se acercó entonces a los sillones que había junto a la ventana. Gwen se enderezó en sus brazos.

–Ya estoy bien… por favor.

Él se detuvo. Ella lo miró a los ojos y le dio la sensación de que estos reflejaban algo turbulento. A continuación Fareed pareció dudar si dejarla en el suelo o no.

A los pocos segundos relajó los brazos y permitió que Gwen se deslizara hasta el suelo… muy pegada a su cuerpo.

Ella dio un paso atrás en cuanto estuvo de pie y él le indicó que se sentara.

Gwen casi cayó sobre uno de los sillones.

–Gracias –ofreció.

–No tienes que darme las gracias por nada –contestó Fareed, acercándose a ella.

–Sí, me has salvado de tener que ir corriendo a urgencias con graves fracturas en la cara o algo peor.

–Dime por qué te has desmayado.

–Si lo supiera, no me habría desmayado.

Él la miró fijamente a los ojos, obviamente no satisfecho con aquella respuesta.

–No pareces alarmada por haberte desmayado, por lo menos no estás sorprendida. Así que debes tener una buena idea de la causa. Cuéntame.

–Probablemente ha sido por lo agitada que estaba.

–Tal vez seas una reconocida investigadora farmacéutica… –dijo Fareed, esbozando una mueca– pero yo soy el médico y el que puede emitir opiniones clínicas. La agitación te hace estar más alerta, no desmayarte.

–Probablemente haya sido… la larga espera –respondió Gwen.

–Por muchas horas que hayas estado esperando, no podrías estar tan cansada como para desmayarte –explicó él.

–Llevo esperando desde las cuatro de la madrugada… de ayer.

–¿Has estado en recepción esperando treinta y seis horas? –quiso saber Fareed, sorprendido.

Se apresuró a sentarse junto a ella y a tomarle la muñeca para comprobar cómo tenía el pulso.

A Gwen se le aceleró el corazón.

–¿Has dormido o comido durante ese tiempo? –preguntó él.

Ella no se acordaba. Comenzó a asentir con la cabeza, pero Fareed no le hizo caso.

–Está claro que no has hecho ninguna de las dos cosas. De hecho, no debes haberlo hecho como es debido desde hace mucho tiempo. Tienes taquicardia… como si hubieras estado corriendo.

Gwen se preguntó si él no se hacía una idea de la causa… estando tan cerca de ella…

–Debes tener hipoglucemia y tu débil pulso indica que la presión de tu sangre apenas es suficiente para mantenerte consciente. Pero no necesito ninguno de esos conocimientos para saber qué te pasa. Pareces… exhausta.

Al mirarse cada mañana en el espejo, Gwen se daba cuenta de su mal aspecto, pero el hecho de que él hubiera corroborado su opinión le hizo sentirse muy mortificada.

Pero se reprendió a sí misma y se dijo que no debía importarle lo que pensara Fareed de ella. Lo que importaba era que debía arreglar su error.

–Estaba demasiado nerviosa como para comer o dormir, pero no pasa nada. Siento mucho la manera en la que te he hablado al principio.

Algo brilló en los ojos de él, algo que provocó que a Gwen le quemara la piel donde todavía la tenía agarrada por la muñeca.

–No lo sientas, no si he hecho algo para merecer esta… antipatía –respondió Fareed–. Tengo mucha curiosidad, por decirlo de alguna manera, por descubrir qué la ha causado. ¿Crees que te dejé esperando tantas horas por malicia? ¿Realmente piensas que disfruto viendo a la gente suplicar que le otorgue un poco de mi tiempo y que se lo ofrezco solo cuando veo que se ha derrumbado… y solo para prestarle atención unos pocos minutos antes de marcharme?

–No… quiero decir que… no… Tu reputación dice exactamente lo contrario.

–Pero tu experiencia personal te lleva a pensar que tal vez mi reputación es muy exagerada.

–Es solo que… anunciaste que podíamos ponernos en contacto contigo, pero a mí me dijeron que no podía hacerlo y ya no supe qué creer –confesó ella.

A continuación sintió como él se ponía tenso y vio como el brillo de sus ojos se convertía en algo… oscuro. Obviamente lo había ofendido más al intentar disculparse que cuando lo había insultado.

–Por favor, olvida todo lo que he dicho y permíteme empezar otra vez –pidió, ya que tenía que lograr que la escuchara–. Vuelve a concederme esos diez minutos de nuevo. Si después crees que no estás interesado en escuchar más, márchate.

Fareed se había olvidado.

Al haber vuelto a ver a Gwen en aquel inesperado lugar, al haber recordado el encuentro que había tenido con ella y al haber sentido gran ansiedad cuando se había desmayado, se había olvidado. Se había olvidado por completo.

Había olvidado por qué se había alejado de Gwen aquella primera vez…

Cuando ella había terminado su conferencia, todos los asistentes se habían levantado para aplaudir. En ese momento numerosos colegas se acercaron a él para saludarlo. Satisfecho al ver que Gwen estaba mirándolo, había deseado apartarlos para charlar con ella, que en cuanto se dio cuenta de que él estaba mirándola apartó la vista.

Entonces había aparecido un hombre que la había abrazado y besado en los labios. Se había quedado impactado al ver como aquel extraño la abrazaba con el derecho que otorgaban las relaciones duraderas, como la colocaba junto a él para posar para las fotografías de la prensa y como les decía a gritos a los periodistas que la droga que ambos habían creado iba a lograr una nueva era en la industria farmacéutica.

Curioso, había agarrado por el brazo a la primera persona que había tenido al lado.

–¿Quién es ese?

Había obtenido la respuesta que había temido. Ese había resultado ser un tal Kyle Langstrom, novio de Gwen y su compañero de investigaciones.

Impactado y aturdido, había oído como Kyle anunciaba que también tenían que dar otra noticia de igual importancia a la del descubrimiento de la nueva droga; la fecha de su boda.

Deseando que ella correspondiera el interés que había despertado en él, se quedó mirándola como si al hacerlo pudiera alterar la realidad, como si pudiera lograr que fuera libre para recibir su pasión.

Justo antes de que todas las personas que se habían acercado a felicitar al futuro matrimonio borraran a Gwen de su vista, esta lo miró. Sus miradas se encontraron durante unos segundos. Pero fueron unos segundos que parecieron eternos y ambos sintieron como si el mundo hubiera dejado de existir y solo estuvieran ellos dos. Entonces, repentinamente, ella había desaparecido.

Había vuelto a verla durante la fiesta que se había ofrecido tras la conferencia. El perverso deseo de encontrarse con ella de nuevo lo había llevado a asistir.

No había podido quitarle los ojos de encima. Gwen había evitado su mirada. Pero él había sabido que había tenido que forzarse a no mirarlo. Finalmente se había marchado de la fiesta cuando esta estaba en su apogeo, ya que se había sentido muy mal de estar allí de pie codiciando a la mujer de otro hombre.

No había vuelto a los Estados Unidos hasta el fallecimiento de Hesham.

Durante meses había revivido en su mente aquella última mirada que habían compartido Gwen y él. Finalmente se había convencido a sí mismo de que se había imaginado lo ocurrido… sobre todo el inaudito efecto que ella había tenido sobre él.

Pero le había bastado solo una mirada aquel día para darse cuenta de que no se había imaginado nada, para comprender por qué no había sido capaz de volver a tener interés en ninguna otra mujer desde entonces. Quizá no lo había pensado deliberadamente, pero no le había parecido que tuviera sentido perder el tiempo con ninguna mujer que no despertara en su interior la clase de atracción que había despertado Gwen.

Se puso enfermo al pensar que ella pudiera querer verlo en relación a su hermano…

Si Gwen había pertenecido a Hesham, todo aquello se convertiría en un cruel castigo del destino.

–Te escucho –dijo entre dientes.

–Mentí… al decir que diez minutos serían suficientes.

Cuando en recepción dijeron que tu lista de pacientes estaba completa, yo insistí por si podían concederme una consulta contigo y…

Fareed levantó una mano para indicarle que dejara de hablar. Parecía muy nerviosa.

–¿Estás aquí para una consulta?

Con los ojos llenos de lágrimas y cierta cautela reflejada en estos, ella asintió con la cabeza.

Él se sintió enormemente aliviado. Gwen no había ido a verlo en relación a Hesham, sino porque quería sus servicios profesionales.

Al darse cuenta de lo que ello implicaba, su alivio cesó.

–¿Estás enferma?