«La humildad es una de mis mayores cualidades».
En medio de la confusión que sentía, Sunny solo tenía un pensamiento bien claro: que el rey William, verdaderamente, sí le interesaba. Su cuerpo deseaba el de él, y le provocaba un apetito voraz.
¿Había ayudado a Lucifer hacía tantos siglos? Ya no lo sabía.
¿Era cierto que poseía un libro codificado y necesitaba a alguien que lo tradujera? Sí. Eso sí lo creía. Al principio del congreso, Jaybird y Cash habían hablado sin parar de William, «un tío bueno que tenía fotos de un código único». Pero… ¿por qué solo quería proteger a los descifradores catorce días?
Era el mismo plazo, exactamente, que la época de celo.
Su instinto le dio un aviso. Algo olía mal. Si necesitaba tan desesperadamente que el libro fuera traducido, ¿por qué no podía concederle el tiempo que requería la traducción?
Por esa pregunta y otras mil más, no podía confiar en William, ni siquiera durante dos semanas. Aquel hombre pensaba que ella era un abismo oscuro. Resistía su magia y tenía la propia. Y también tenía tendencia a asesinar a gente que llevaba camisetas estúpidas.
–No voy a ir contigo, William –le dijo–. Mi amiga ha desaparecido. Yo esperaba que estuviera aquí.
Apretó los labios y se quedó callada. Le tembló la barbilla. ¿Acaso estaba a punto de llorar?
No, nunca. Y no había ningún motivo por el que tuviera que hacer partícipe de sus secretos a un hombre, a ningún hombre, y menos a uno que le causaba tantos reparos… y que la convertía en la lujuria personificada.
Sunny estaba ardiendo. Su cuerpo anhelaba el placer. Y los abrazos. Lo que hubiera dado por sentir los abrazos después de las relaciones sexuales, algo que mucha gente daba por sentado. Cuando no se tenía a nadie, la muestra de afecto más insignificante podía ser muy importante. Sin embargo, ella no podría disfrutar de un hombre a menos que se sintiera segura, así que, no, nunca había disfrutado de un hombre. Pero quería hacerlo, sí.
–Mandaré a mi mejor hombre a buscarla –le prometió William.
¿Para que localizara a otro unicornio?
–No, gracias –dijo ella.
«Sable sabrá cuidarse. Está claro que se asustó y salió corriendo, y se escondió hasta que haya pasado el peligro».
Además, Sable había vivido miles de años sin ella. Podría sobrevivir un par de semanas más, ¿no?
¡Daisy! No lo sabía. Le vendría bien la ayuda de William. William… que aquel día se había vestido como si fuera una piruleta viviente. Llevaba una camiseta rosa y ajustada y unos pantalones de cuero negro que le ceñían las piernas. Con el pelo negro despeinado y la sombra de la barba incipiente, conseguía que se le acelerara el corazón.
–Mira, una parte de mí lamenta haberte hecho daño –le dijo, con sinceridad–. Pero la otra parte nunca lo sentirá –añadió, también con sinceridad. Era debido a la dualidad de su naturaleza–. Tú me provocaste y, además, tengo un enfrentamiento con tu familia.
–¿Acaso quieres decir que yo me lo busqué?
–Exacto.
Lo miró a los ojos azules y notó que su delicioso calor la envolvía. Sus defensas empezaron a debilitarse. Había estado toda la noche despierta, preocupada por Sable y sin poder quitarse a William de la cabeza. Se alegraba de que hubiera sobrevivido al disparo, y deseaba su regreso, aunque él le hubiera prometido que iba a vengarse.
Bajó la mirada por su pecho hacia su estómago, y se le escapó un jadeo al ver que tenía una enorme erección. Sunny tuvo una sensación de poder femenino que la dejó mareada. Aunque William la considerara un oscuro abismo, la deseaba.
–Sunny –dijo él, y chasqueó los dedos delante de su cara–. Sé que mi miembro es una obra de arte, pero debes controlar tu fascinación y concentrarte.
Ella se ruborizó.
–Si no quieres que la gente vea tu erección, no la exhibas.
–Yo no he exhibido nada… todavía.
A Sunny se le aceleró el corazón al oír la palabra «todavía».
–Con su inmensa longitud y su enorme grosor –prosiguió él–, mi erección no puede quedar oculta.
Ella tuvo la sensación de que sus bragas se desintegraban.
–¡Hombres! Todos estáis obsesionados con vuestros genitales.
–¡Mujeres! Todas estáis obsesionadas con mis genitales.
¡Arg! Tenía respuesta para todo, ¿no? Frunció el ceño, y le dijo:
–Noticia fresca: un pene no te convierte en alguien especial.
–Te equivocas. Este pene me hace muy especial.
Si ella adoptaba su forma de unicornio y lo atravesaba con el cuerno, nadie se lo reprocharía.
–Solo por curiosidad –le preguntó él, ladeando la cabeza–. Si fueras un coche, ¿qué modelo serías?
¡Margarita! ¿Por qué tenía que recordarle su primer encuentro, cuando ella le había preguntado por la pizza? Eso hacía que pareciera una persona agradable y normal, y ella no tenía fuerzas para resistirse.
–Sería una camioneta de comida, porque sirvo lo que pides. ¿Y tú? Espera, lo voy a adivinar. Serías un Viper, porque eres una serpiente.
–Te equivocas, sería un tanque, porque aplasto cualquier obstáculo que haya en mi camino.
¿Y por qué a ella le parecía tan sexy su respuesta?
Respiró profundamente y miró el portal. El aire tenía un brillo dorado. Había un hombre calvo y musculoso que la observaba. ¿Estaría preparado para actuar si atacaba a William? Se veía a la mujer morena de aspecto duro, que estaba acorralando a los descifradores de código.
–¿Quiénes son tus amigos?
–Mi hermana, Pandora, y mi hijo, Green.
¿William tenía un hijo? No se parecían en nada, aunque, en realidad, los dos tenían la misma aura borrosa, aunque la de Green tenía manchas de color esmeralda y negro, una extraña mezcla de vida y muerte.
–Yo siempre quise tener algún hermano –reconoció Sunny.
Un amigo que tuviera que quererla a la fuerza. Alguien que la escuchara, que le diera consejos para resolver sus problemas. En aquel momento, Sunny tenía a Sable. Sin embargo, antes de aquel congreso, llevaba ciento setenta y cinco años sin ver al otro unicornio y, antes de eso, llevaba más de tres siglos sin tener contacto con ella.
Esa falta de compañía le molestaba. Los unicornios eran criaturas que vivían en manadas, porque eran mucho más fuertes que separados. Cuanto más grande fuera el grupo, más fácil era controlar su lado oscuro.
–Sunny –dijo William, y suspiró de impaciencia–. Esta es tu última oportunidad de atravesar el portal por voluntad propia.
¿O qué? ¿Iba a echársela al hombro como si fuera un cavernícola?
Sunny miró al portal… y a William. ¿Escapar, o no escapar? Tal vez, si ayudara a William a traducir el libro, tuviera más oportunidades de averiguar cosas sobre su familia, sus mayores debilidades y temores, y pudiera ejecutar a Lucifer. Claro que, por otro lado, sería una prisionera.
¿Y Sable? ¿Estaba bien su amiga?
–Sabes lo que soy –dijo Sunny, alzando la barbilla–. ¿Y si lo que quieres es robarme el cuerno?
–Tú guárdate el cuerno y no tendremos ningún problema. Ven a mi palacio, traduce mi libro y yo te acompañaré después a casa de Lucifer. Deseas matarlo, ¿no?
Ella tomó aire. ¡Era su mayor deseo! Pero… ¿estaba William diciéndole la verdad, o una mentira? No era capaz de distinguirlo.
–Si es cierto que estás en guerra con tu hermano, te estaría haciendo dos favores: traducir el libro y matarlo. ¿Qué hay para mí?
–Mi antiguo hermano. Si rompes la maldición en un plazo de catorce días, te daré lo que quieras.
A ella se le aceleró el corazón.
–¿Y los otros descifradores de código? ¿Los dejarás marchar sanos y salvos si yo traduzco tu libro?
–Si –dijo él. Respondió sin titubeos, como si estuviera seguro de ello al cien por cien, como si acabara de hacer un juramento solemne, y ella esperó que fuese cierto.
–De acuerdo. Enséñame una fotografía del libro.
Él se quedó inmóvil con una expresión de temor. Después, le tendió la mano. ¿Estaba temblando? Un segundo más tarde, apareció una fotografía en su palma.
Ella la tomó y observó la imagen. Era un libro abierto y las dos páginas estaban amarillentas. Tenía los bordes desgastados y rotos y estaba lleno de símbolos que ella no había visto nunca. El código permaneció indescifrado.
Era la primera vez que le ocurría aquello, y frunció el ceño. Fuera cual fuera la dificultad de un código, ella siempre lo descifraba con su magia. ¿Por qué no ocurría lo mismo en aquella ocasión?
Tal vez ella no fuera la persona que necesitaba William. Y, en realidad, no había ningún problema. Pero, si no había ningún problema… ¿por qué tenía ganas de matar a la que sí lo era?
–No veo nada. O no soy la descifradora a la que estás buscando, o es que es necesario que vea las páginas originales.
El estado de ánimo de William cambió al instante. Se convirtió en una mezcla de decepción, frustración y furia.
–Tendrás que trabajar con fotografías, o con nada.
–Ah. De acuerdo. En ese caso, elijo nada.
–Usarás lo que yo te diga –gritó él. Al oír el eco de su voz en la estancia, palideció. Respiró profundamente y exhaló despacio. Con más calma, añadió:
–¿Tienes la capacidad de descifrarlo, sí o no?
Sunny se dio cuenta de que el código, fuera lo que fuera, significaba todo para él.
–Tal vez. Probablemente –dijo ella, y se metió las fotografías al bolsillo–. Pero, sin las páginas originales, me llevará más tiempo.
Mucho más.
–Mi oferta no ha cambiado. Dos semanas a cambio de un viaje a casa de Lucifer. Si lo consigues, pide lo que quieras –dijo William.
Después, le hizo una seña para que atravesara el portal.
–Mi oferta tampoco ha cambiado. A pesar de lo que me has dicho, seguiré siendo tu prisionera, y te castigaré por ello.
Él se encogió de hombros. Parecía que no tenía miedo a su ira… todavía.
Pero la tendría.
Sunny tomó una decisión. Con la cabeza alta, con las palmas de las manos sudorosas, caminó hacia aquel aire dorado por voluntad propia. La magia le produjo un cosquilleo en la piel. Era la magia más fuerte que hubiera sentido nunca.
En un instante, dejó atrás el salón de actos del hotel y se encontró en un búnker o, más bien, en un barracón militar con camas puestas contra paredes blancas. Había un sofá y una mesa en el centro del espacio y, al fondo, una cocina pequeña con fuegos, fregadero y nevera. No había decoración ni colores. Ni puertas, tampoco.
Los demás descifradores de código estaban acurrucados en la esquina más alejada, llorando y susurrando.
William entró detrás de ella. Con una expresión satisfecha, se puso a su lado.
–¿Está desarmado todo el mundo? –le preguntó a su hermana.
–Sí –respondió ella, y enarcó una ceja con un gesto de desagrado–. He confiscado un montón de limas de uñas y pinzas.
–Yo podría matar a cualquiera con una lima o unas pinzas –dijo él.
Se giró hacia Sunny y se inclinó para decirle al oído:
–Hora de registrarte a ti, duna.
A ella se le aceleró el corazón. ¡Salvia! ¿Por qué tenía William tanto efecto en ella?
¿Y cómo no iba a tenerlo? Era la encarnación de la seducción y la tentación, y no tenía defensas.
–Adelante –dijo ella, con la voz temblorosa–. Acaba con el manoseo.
–¿Manoseo?
Le vibró el músculo inferior del ojo. La agarró de la cintura con una mano y se la acercó. Cada uno de los puntos de contacto creó una corriente eléctrica, y ella se echó a temblar.
Sin apartar la vista de ella, William le deshizo la trenza y fue quitándole las horquillas. Ella tuvo un cosquilleo en el cuero cabelludo. Después, le pasó las manos por los hombros, por los brazos y por los costados, y descendió por sus piernas. Le quitó todas las armas que encontró: tres dagas, el anillo–pistola y el veneno que llevaba dentro de un medallón. El medallón en sí, que era el arma más poderosa, lo estudió, pero se lo dejó colgado del cuello. ¡Qué tonto! Durante todo el registro, ella se debatió entre la vulnerabilidad, la impotencia y la excitación.
Al final, había ganado la excitación. ¡Fresia! Sentir sus manos en el cuerpo… había sido muy gozoso. No recordaba la última vez que había disfrutado tanto de unas caricias, y estaba impaciente por recibir más.
Tal vez pudiera seguir deseándolo si él volvía a besarla…
No. En cuanto empezó a sopesar la idea de disfrutar más, la paranoia se apoderó de ella, y se puso muy rígida.
«Un solo momento de distracción puede costarte muy caro».
–Date prisa –le espetó.
–¿Por qué? ¿Estás disfrutando demasiado? Claro que sí. No intentes negarlo. Tienes las pupilas dilatadas.
–¡No es verdad!
–Tss, tss. Si de verdad quieres que pare, solo tienes que decirlo.
No podía decirlo, así que apretó los labios.
–Muy bien –dijo él, y agitó una mano para liberar una oleada de magia. Un velo nebuloso los envolvió y los ocultó de los demás.
A ella se le cortó la respiración. ¿Qué tenía pensado?
–Tengo que registrar el resto –dijo ella, con un brillo delicioso y perverso en los ojos azules. Se colocó tras ella y apretó el pecho contra su espalda. Ella se echó a temblar cuando él le pasó las manos por el pecho. «¡Dile que pare!». Pero, de nuevo, su boca se negó a obedecer. «Quiero más».
–Sé sincera –le susurró él–. Mi duna desea mi pasión. La necesita.
–Te equivocas. Lo que necesita es que le hagan bien el amor.
–Y yo no te daría placer. Vamos, dilo. Quitemos los insultos de en medio, y yo seguiré adelante.
–¿Lo dices en serio? ¿Tan poco habilidoso eres? –susurró ella. Las palabras tuvieron un tono de pregunta, no de afirmación, y a Sunny le ardieron las mejillas. Oh, cuánto deseaba mentir.
–Entonces, ¿por qué no me has pedido que parara? –le preguntó él, con la voz enronquecida, y le mordió el lóbulo de la oreja. Cuando notó que sus pezones se le endurecían bajo las manos, se rio en voz baja–. Los dos sabemos por qué. Muchas partes de ti adoran estas manos tan poco habilidosas.
Ummm… Sí. Era un milagro y un inconveniente. Una sorpresa y un desconcierto. ¿Por qué él, precisamente, de entre todos los hombres del mundo? Sunny no había deseado tan intensamente ni siquiera a su marido. En realidad, nunca había sentido deseo por Blaze. A él lo habían elegido para ella.
Pensó en el pasado… Volvió al día de su decimosexto cumpleaños, cuando se había casado con el príncipe Blaze Lane, el hijo mayor del rey. Blaze y Sunny habían crecido juntos, pero nunca se habían llevado bien. Él era egoísta, y no tenía valor, ni sabía controlarse a sí mismo. Ella no lo respetaba en ningún sentido. Sin embargo, sus padres habían aceptado el acuerdo de matrimonio, y ella había cumplido con su deber. Si se hubiera negado, la habrían desterrado a ella y a toda su familia. Pero había otro motivo por el que había accedido: porque sentía que estaba destinada a gobernar, creía que la princesa Sunny se convertiría, algún día, en la reina Sunny.
Por desgracia, Lucifer había atacado unos años después. Sus esperanzas de llegar a ser reina se habían desvanecido, al igual que su estatus de princesa. Y su marido había muerto.
Cuando se había producido el ataque, ella estaba atrapada en un pozo, y solo podía escuchar la cacofonía de sonidos. Los gritos de agonía. Las risas maníacas. Las súplicas de misericordia. El ruido de las diferentes armas. El crujido de la rotura de huesos. Los borboteos de la sangre. Los estertores de la muerte. Y, por supuesto, el grito de guerra de Lucifer: «¡Por William!».
Aquella semana, unos días antes, el rey la había condenado a pasar dos semanas confinada a solas. ¿Su delito? Avergonzar a su marido en público.
–¿Me estás oyendo? –le preguntó William, con irritación.
–No, no te estaba haciendo caso –respondió ella, volviendo a la realidad. Vaya, se había perdido otra vez en los recuerdos. Eso no era bueno. Casi siempre, la atención podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.
–Estaba pensando en otro hombre, para que lo sepas –dijo.
Él gruñó y bajó los brazos. Dio un paso atrás.
¿Había conseguido enfurecerlo? Eso tenía que molestarle mucho. ¿Por qué no empeorarlo aún más?
–¿No deberías hacer un registro de cavidades corporales? Puede que lleve un cuchillo en las bragas.
Él soltó otro gruñido amenazador y movió la mano para deshacer el velo que los ocultaba de los demás.
–Volveré dentro de una hora para hablar con cada uno de vosotros en privado. Me mostraréis cuál es el límite de vuestra capacidad descifradora. Estad preparados.
Sin volver a mirarla, abrió otro portal y siguió a su hijo y a su hermana. ¿Por qué se había enfadado tanto? A menos que… ¿Acaso el hecho de pensar que estaba con otro hombre le ponía celoso?
No, no era posible. Sin embargo, le había prometido que iba a castigarlo y ¿qué mejor modo de empezar?
–¿Seguro que quieres marcharte? –le preguntó–. Quién sabe lo que haré, y con quién.
Él se volvió a mirarla. Tenía una expresión de rabia.
–Haz lo que quieras, con quien te apetezca.
¡Jacinto! «No, ese desdén no me importa. En realidad, él no me importa».
–¿Adónde vas? –le preguntó–. ¿Y por qué necesitas una hora?
–Tal vez haya una mujer muy bella esperándome en la cama. Alguien que no piense en otros mientras está conmigo.
–¡Bien! Te vendrá bien la práctica.
Sin duda, aquella mujer sin nombre y sin cara iba a estar gritando su nombre en cuestión de minutos. Apretó los puños. Un momento… ¿Ahora era ella la que estaba celosa?
Probablemente. Pero él, también. Estaban empatados.
William volvió a gruñir. Tras él, Green y Pandora la miraron con lástima.
–¿Qué pasa? –les espetó.
El nuevo portal se cerró antes de que respondieran. Se hizo el silencio en el búnker. El ambiente era opresivo.
Entonces, todo el mundo se puso a hablar a la vez.
–¿Qué vamos a hacer?
–Ese tipo ha matado a Harry de un tiro.
–¿Conoces bien a nuestros carceleros, Sunny?
–No –dijo ella. Necesitaba elegir una cama y poner trampas alrededor para asegurarse de que nadie se le acercara mientras dormía. Si dormía.
Mucha gente echó a correr hacia las paredes para dar puñetazos, por si encontraban alguna salida oculta. Otros intentaron crearla.
Ella eligió la parte de debajo de una litera y se tendió en el colchón, pensando febrilmente. ¿Y si no utilizaba a William solo para que la guiara hasta Lucifer? Él había dicho que le concedería lo que quisiera si descifraba el código y traducía el libro, así que… ¿Por qué no le pedía que diera caza y matara a los inmortales de su lista, todos aquellos furtivos y coleccionistas? Ya no tendría que seguir huyendo y escondiéndose. Ni ella, ni los demás unicornios.
Para un periodo de tiempo corto, William podía ser un gran aliado.
No. Tendría que darle los nombres, y él podría utilizar la información para llevarlos hasta ella y tenderle una emboscada.
Quería confiar en él, pero no debía hacerlo.
Además… ¿qué iba a hacer con la época de celo, que se aproximaba? Sintió escalofríos de miedo y de impaciencia. Cuando la extrema lujuria se apoderara de ella, ya no tendría tantos problemas para confiar. Solo pensaría en el sexo, en mantener relaciones sexuales con cualquiera que estuviese cerca. ¿Y si, a cambio de traducir el libro, usaba los servicios de William?
Nunca había experimentado la época de celo con un amante, ni siquiera con Blaze. No quería correr el riesgo de quedarse embarazada, así que se había encadenado a sí misma… mientras Blaze se acostaba con otra.
Seguramente, William podía usar la magia para evitar un embarazo.
¿Estaría en la cama con otra mujer en aquel momento?
Oyó una rasgadura, y miró la sábana. Estaba hecha jirones. Le habían crecido las garras y las había clavado en el colchón. Bueno, ya no tenía remedio. El daño estaba hecho.
Volvió a pensar en William. Había hablado en serio al decirle que iba a castigarlo. La tortura típica de los unicornios consistía en hacer que la víctima se sintiera lo más incómoda posible. En hacer cosas como, por ejemplo, cocinar su comida más odiada y conseguir que se sintiera tan culpable como para comérsela. O en encoger su jersey favorito en la lavadora. Para empezar. Los castigos iban aumentando en intensidad.
Pero… tenía solo dos semanas, así que debía apresurarse con los castigos. De lo contrario, ¿cómo iba a aprender William a no enfrentarse a un unicornio?
Mientras la tuviera encerrada, no iba a conocer la calma.
Sonrió. Aquello iba a ser divertido. Solo iba a dejar de castigarlo si la dejaba libre. Si se negaba a soltarla al cumplirse el plazo de catorce días, el tormento cesaría, porque iba a matarlo.
Sunny se estremeció. Se le borró la sonrisa. Por lo menos, ya sabía cómo hacerle la vida imposible…