Capítulo 12

 

 

 

 

 

«Yo no caigo en la tentación. Soy la tentación».

 

William abrió las puertas del establo, y su silueta se recortó contra la luz matinal, que creó algo parecido a un halo. A Sunny se le aceleró el corazón. Él, con la cabeza bien alta, era poderoso, bello. La tentación más pura.

Llevaba traje, pero estaba empapado en sangre. ¿Para qué se había arreglado tanto? ¿Acaso había caído en alguna de sus trampas?

–¿Dónde está mi dulce duna? –gritó–. No has respondido a mi mensaje.

Ella estaba en la cama, estudiando por enésima vez las fotografías de su libro. Todavía no había conseguido descifrar el código, que seguía siendo un misterio para ella. Se había pasado toda la noche en vela, analizando las curvas y los puntos una y otra vez, e intentando con todas sus fuerzas ignorar el deseo sexual, que iba en aumento. «Un día más cerca del celo».

–Vaya, ¿empezamos el día con quejas? Qué maravilla –dijo, gruñendo.

Se levantó de la cama. Como sabía que él iba a aparecer en cualquier momento, se había duchado y se había puesto una camiseta corta que dejaba ver la parte inferior de sus pechos y unas bragas muy sexis. Su cuerpo estaba cubierto de tatuajes de enredaderas con hojas llenas de gotas de rocío y rosas. Que comenzara la siguiente parte de su tormento. «Puedes mirar, pero no puedes tocar…».

Al verla, William se quedó inmóvil. La miró de pies a cabeza, y se le incendiaron los ojos. Se le endureció el cuerpo en segundos; la bragueta se le puso tirante, y Sunny tuvo que contenerse para no sonreír.

–Tengo una lista para ti –le dijo–. La de los nombres de los furtivos y coleccionistas que me están siguiendo el rastro. Dijiste que los matarías si venían por mí, pero ¿para qué esperar? Quiero sus cabezas ahora.

–Vamos a ver esa lista.

Ella se la entregó.

–Considera muerto a todo aquel que figure en ella –le dijo William.

–Los consideraré muertos cuando me traigas sus cabezas.

Él la miró con una expresión más suave, y le preguntó:

–¿Estás preocupada por la época de celo?

Ella se quedó inmóvil.

–¿Y tú cómo sabes que hay una época de celo?

–Bah, no importa. Voy a… Tú vas a… –sin saber qué decir, William apretó los labios–. Hablaremos más tarde.

Ella se puso furiosa. ¿Qué le estaba ocultando?

–Eso de «más tarde» ya me lo dijiste. Ahora es «más tarde».

Él miró a su alrededor por el establo.

–Veo que has redecorado el lugar.

Cambio de tema. Ella se lo permitió; la visión de sus adquisiciones era calmante.

–Sí –respondió.

Pandora le había llevado todo lo que había en su lista, y más aún. Había lucecitas navideñas colgadas de las vigas, como si fueran estrellas. Plantas en grandes macetas y árboles frutales por todas partes. El establo olía a flores y a fruta, desde limones a melocotones.

Había dejado su diario en el escritorio, por una página donde había posturas sexuales que quería probar. Otro tormento más para William. Si él le echaba una mirada…

–Para tu información, puedes entrar en el establo siempre que quieras, pero no te garantizo que me encuentres vestida en todas las ocasiones. Ni que no me esté masturbando –le dijo. Muy pronto, sus necesidades serían imperiosas.

Él pestañeó de la sorpresa. Después, frunció el ceño.

–Tengo una reunión con Lucifer esta mañana, dentro de un rato. Pero, primero, quisiera saber cuáles son tus progresos con el libro.

–Llévame a mí también –dijo ella, al oír el nombre de su enemigo.

–No. Y no vuelvas a pedirlo –respondió él, al ver que abría la boca para hacer exactamente eso.

–Si no vuelves cubierto de sangre de Lucifer, me llevaré una gran decepción.

William pestañeó.

¿Por qué piensas que voy a enfrentarme a él?

Fácil.

–Ya te conozco.

Él no reaccionó. Después de un momento, sonrió, y la sonrisa le iluminó todo el rostro. Ella se excitó aún más. Los pezones se le endurecieron y le temblaron los muslos, y el deseo le humedeció la ropa interior.

–Tu libro, sí –dijo, con ganas de estropearle el buen humor–. No he podido descifrar ni una palabra.

Tal y como esperaba, a William se le borró la sonrisa de la cara.

–Entonces, ¿para qué te estoy dando un trato preferente?

–Porque soy la única que puede traducirlo. Pero tengo que ver el libro original para poder hacerlo –le explicó–. Quiero tocarlo y sentir su magia.

–No –respondió él, con ira–. Eso no va a suceder. Trabaja con las fotografías o no trabajes.

–De acuerdo. Entonces, vamos a despedirnos ahora mismo, ya que no puedo serte útil.

–De despedirnos, nada. Eres descifradora. Haz tu trabajo.

–Siento que hayas tenido que cargar con una descifradora que está buenísima que te está haciendo dos enormes favores, pero el fracaso no es culpa mía, sino tuya. Haz lo que te digo y tendrás lo que quieres.

Él dio un resoplido y otro. Estaba muy tenso. Al final, respondió:

–Lo pensaré. Si puedo. Cuando estamos juntos, no puedo pensar en otra cosa que en el sexo.

Aunque su última frase la calmó un poco, Sunny sabía que tenía que continuar con sus castigos. Entonces, con una voz dulce como la miel, dijo:

–Entonces, ¿por qué no pienso yo por los dos?

Aquella pequeña sugerencia acabó con la paciencia de William.

–¡Eres demasiado atrevida, mujer! –exclamó.

Bajo su piel aparecieron rayos y, por encima de sus hombros, un humo negro en forma de alas.

A pesar de que aquellas eran señales de ferocidad y agresividad, ella no se acobardó.

–O a lo mejor es que me atrevo lo suficiente. ¿Por qué no me teletransportas a una habitación sin puertas y te quedas conmigo mientras estudio tu libro? Si intento dañarlo, tú puedes apuñalarme.

Él abrió unos ojos como platos.

–Eres la persona más paranoica de todos los mundos conocidos, pero ¿confías en mí lo suficiente como para permitirme que te vigile con un puñal cerca de tu vulnerable garganta?

No. Nunca iba a confiar en él. Sin embargo, estaba desesperada y, en aquella situación, podía hacer una excepción. Como no podía mentir, respondió:

–Sí, te lo permitiré.

Aquella admisión debió de satisfacer a William.

–De acuerdo. Yo confiaré en ti lo suficiente como para que veas mi libro… si tú me permites ver tu forma de unicornio.

–No, eléboro, ni lo sueñes. No.

–Entonces, no verás mi libro –respondió él, con firmeza–. Volveré cuando termine la reunión, y tú vas a permanecer aquí, en el establo, ¿entendido? Hay una barrera mística que no permite entrar ni a demonios ni a otras criaturas. Y tus trampas invisibles de estacas también son de ayuda –dijo él, secamente, mientras se apretaba el costado con una mano. Así pues, había caído en una de sus trampas, sí–. Un cazador furtivo te había seguido hasta aquí. Yo estaba luchando con él cuando me enredé en una de las trampas y me atravesó un pincho. Ahora, su cabeza está clavada en un palo en mi jardín delantero. Si te escapas y sales, te perseguirán los demonios y otros cazadores –le dijo. Después, se dio la vuelta y se dirigió a la salida–. Si hay alguna emergencia, envíame un mensaje.

«No quiero que se marche, aunque me encanta verle el trasero…», pensó ella.

–Oh, William, querido… –le dijo, después de decidir que iba a aumentar el alcance de sus torturas–. Antes de irte, tenemos que hablar de un par de cosas más.

Él se detuvo y se puso muy rígido, pero no se volvió a mirarla. Buena señal. Ella dejó que el silencio continuara unos instantes más, hasta que vio que a él se le hinchaban los músculos de los hombros debido a la tensión.

–Te escucho –dijo William.

–Si vienen otros furtivos…

–No vendrán. Voy a enviar a mis mejores soldados a seguir su rastro y acabar con todos y cada uno de ellos. Si no están muertos todos al final del día de hoy, me sorprendería.

Excelente. Entonces, podía continuar con el tormento.

–He decidido que ahora estamos juntos. Somos novios. Estamos comprometidos. Vamos a ser una pareja del inframundo. Eso, si quieres que traduzca tu libro, claro.

Al oír aquello, William se dio la vuelta con los ojos abiertos como platos. Tenía las mejillas sonrojadas.

–¿Lo has decidido así?

–Sí.

–Vamos a ver si te he entendido bien –dijo él, entre dientes. «No te rías», pensó ella–. ¿Has decidido que vas a soportar mi torpeza en las relaciones sexuales durante toda la eternidad, en calidad de novia única y exclusiva para mí?

–Sí, y tú no puedes practicar con otras. La infidelidad es inaceptable.

–Yo… Tú… Yo no he accedido a mantener ninguna relación contigo, ¡y menos una en exclusividad! –gritó William–. No somos pareja, Sunny.

«No te rías».

–Pero, cariño, yo soy la lista de esta relación, ¿o es que no te acuerdas? Es lógico que me haya dado cuenta la primera de que haremos una pareja estupenda. Pero eso no significa que tu pobrecito cerebro no lo vaya a entender en algún momento. No seas tan duro contigo mismo, ¿de acuerdo? De ahora en adelante, ese será mi trabajo.

Él frunció los labios y le mostró los dientes.

–No eres la primera mujer que quiere más de lo que yo estoy dispuesto a dar. Prefiero seguir soltero.

Ella le sopló un beso.

–Sé sincero, ¿prefieres rosas u orquídeas para nuestra boda?

Él se irguió, y ella tuvo que contener una carcajada.

–No puedes decirle a un hombre que es tuyo y esperar que lo acepte sin más. Tiene que estar de acuerdo.

–¿Seguro? Porque eso parece una tontería.

–Sí, estoy seguro.

–Pero… tú eres mío –insistió ella.

Él la estaba mirando fijamente y, cuanto más la miraba, más posesiva se volvía su expresión, y más le costaba respirar a Sunny. Sintió una presión interior tan fuerte que era como si la piel estuviera tirante sobre los huesos. La necesidad y el deseo acabaron con su calma.

–Wi–William –balbuceó.

El aura de William se volvió más oscura, y a ella le recordó la lava de un volcán. Entonces, él miró más allá y frunció el ceño. ¿Por qué…?

Sunny percibió otra presencia y se dio la vuelta. Apareció un hombre con la piel roja, el pelo oscuro y unos músculos enormes. Era guapo de un modo monstruoso.

–Sunny, tápate –le dijo William–. Rathbone, date la vuelta.

El tipo, Rathbone, no le hizo caso. Ella, tampoco. ¿Cómo reaccionaría William si el otro hombre la miraba?

William, murmurando entre dientes palabras en contra de las mujeres tercas y los reyes irreverentes, se fue al armario, sacó una bata, se la puso en los hombros y la envolvió para esconder sus curvas. ¡Bien! Sunny se deleitó con aquella reacción, y se odió a sí misma por sentir ese deleite.

William espetó al recién llegado:

–¿Qué pintas tú aquí, Rathbone?

–He venido a traerte un mensaje de tu padre –dijo Rathbone, mientras miraba a Sunny de pies a cabeza, lentamente. Con la época de celo tan cercana, ella pensó que iba a estremecerse, pero… ¡margarita! No sintió nada. Ya solo William tenía la capacidad de afectarla.

¿Por qué, por qué, por qué?

–El mensaje –dijo William, y suspiró.

–Llegas dos minutos tarde. Ve al club. Ah, y quiere que vayas a cenar esta noche –añadió Rathbone, y clavó los oscuros ojos en Sunny–. Puedes llevar acompañante.

A juzgar por su tono de voz, lo de llevar una acompañante era una orden.

–Hola –dijo Sunny–. Me llamo Sunny. Soy la novia de William. Nos hemos comprometido, ¿verdad, cariño?

El tal Rathbone volvió a mirar a William.

–¿Novia?

Ella se esperaba oír otra negativa, pero William respondió:

–Prometidos.

Después, terminó de hacer las presentaciones, y ella se quedó asombrada.

–Sunny, te presento a Rathbone. Es uno de los nueve reyes del infierno.

–He oído hablar de ti –dijo Sunny, que, de repente, lo que sentía era admiración y reverencia–. Eres el primer cambia–formas, y puedes adoptar la forma que quieras. Yo era tu mayor admiradora hasta que te convertiste en un rey del inframundo.

Sunny había oído decir que gobernaba con mano dura, que ejecutaba a todos los traidores, que no daba segundas oportunidades y que había despellejado vivo a su hermano. Además, su aura era negra como la noche, pero ni siquiera eso exacerbó su instinto de destruir el mal.

–Después, te redimiste y ayudaste a que Lucifer dejara de ser rey y volviera a ser un príncipe.

Todos los reyes del inframundo poseían una corona con poderes especiales. Sin ella, perdían su sitio en la mesa real. Por lo que ella había investigado, sabía que Rathbone había usado su capacidad de cambiar de forma para ayudar a Hades a recuperar su corona.

–¿Te parecería muy atrevida si te pidiera que te transformaras en…?

En un abrir y cerrar de ojos, Rathbone se convirtió en William. Ella se echó a reír y dio unas palmadas.

–¡Otra vez, otra vez!

William le sopló un beso a su amigo y le mostró el dedo corazón estirado.

–Será mejor que vuelvas a tu físico, Rathbone. Nunca me había sentido tan atraído por nadie, y estoy a punto de abalanzarme sobre ti.

Rathbone recuperó su apariencia.

–Voy a decirle a Hades que estás de camino a la reunión, y que cenarás con él. ¿Quieres que le cuente que estás preparando ya tu boda, o no? –preguntó, con una sonrisa. Acto seguido, desapareció.

William soltó un rugido, y Sunny tuvo que taparse la boca con la mano para no echarse a reír.

Él le hizo una advertencia silenciosa moviendo el dedo índice delante de ella, y abrió la boca para decir algo, pero no lo hizo. Se dio la vuelta y salió del establo sin mirar atrás.

Entonces, ella soltó una carcajada, aunque también su risa terminó en un gruñido, porque la cercanía de la época de celo no le permitía olvidar la atracción que sentía por William.

¿Qué iba a hacer?