«Tengo dos amores: mi daga y mi pene. Uno asesina con dureza y rapidez, y el otro es mi daga».
A Sunny se le escapó un gemido mientras se retorcía en la cama. La época de celo no había empezado oficialmente, pero ya sentía brotes de deseo sexual que solo podían satisfacerse con un hombre. Si intentaba aliviarse a sí misma, solo conseguía empeorar las cosas. Y, como llevaba mucho tiempo sin dormir, la situación le resultaba insoportable.
Estaba cansada e irritable. Estaba angustiada por la desaparición de Sable, y necesitaba distraerse. Y la necesidad de distraerse hacía que deseara a William. Y desear a William hacía que deseara tener un orgasmo, pero no podía. ¡Todo iba a peor!
Necesitaba sus besos y sus caricias. Necesitaba su cuerpo desnudo apretado contra el de ella. Necesitaba sentir las embestidas de su enorme pene.
Se le escapó otro gemido.
Al final, poco, a poco, fue calmándose. Aunque se sentía como si la hubiera atropellado un camión, se sentó detrás del escritorio y abrió su diario. Estaba muy enfadada con William, y repasó su lista de posturas sexuales. Había bautizado cada una de las posturas con un nombre: Rathbone, Green, Galen, otra vez Rathbone, Lucien y Fox. Y todo, para golpear a William donde más le dolía. Que pensara que deseaba a sus amigos.
Dejó el diario abierto en el escritorio. Él volvería muy pronto de su cena con Hades…
Con un cosquilleo de impaciencia, se duchó, se puso crema hidratante en el cuerpo y se pintó las uñas de negro. Se dejó el pelo suelto y se puso ropa interior sexy y un vestido azul de volantes. Después, se pintó los labios con brillo. La tortura de aquel día iba a consistir en hacer que William deseara lo que no podía tener.
Por otro lado, esperaba poder distraerlo para que no pensara en que ella solo había conseguido descifrar un símbolo del libro, aunque había estado toda la mañana y la tarde estudiando las fotos minuciosamente. Había visto un frasco de veneno, pero no sabía qué significaba. Tal vez, el método que iba a usar la amante de William para asesinarlo. Sin embargo, ¿cómo iba a envenenar alguien a un inmortal como William?
Ella prefería asesinar con el cuerno. O el suyo, o los que había conservado de otros unicornios que habían muerto. Había muy pocos inmortales que tuvieran la fuerza necesaria para recuperarse de una herida de cuerno de unicornio. ¿Sería William uno de ellos?
En aquel momento, como si lo hubiera conjurado con sus pensamientos, él abrió las puertas del establo y entró. Caminaba con arrogancia y tenía los ojos muy brillantes. ¿Sería por la frustración sexual?
Tenía que ser eso. Con solo mirarlo, ella empezó a arder de pasión. El sudor le cubrió la frente, y se le aceleró el corazón.
Nunca había reaccionado con tanta intensidad a la presencia de un hombre. Y el hecho de que aquello le ocurriera una y otra vez con su carcelero…
Tenía dos opciones. O seguir luchando contra aquel impulso, o ceder y abandonarse, y confiar en William lo suficiente como para acostarse con él.
Aquellas dos facetas suyas estaban en guerra, y Sunny detestó su naturaleza dual.
Sin embargo, tampoco podía echarle la culpa a Sunny Rosas y Arcoíris por estar tan excitada. William se había quitado el traje y se había puesto una camiseta negra y unos pantalones de cuero negros. Estaba muy guapo. Realmente guapo. Tenía algo de salvaje, tenía una intensidad que, para ella, era irresistible y un poco perturbadora. ¿Había ocurrido algo durante la reunión?
–Intentaste matarme cuando pensabas que yo había ayudado a Lucifer a destruir tu pueblo –le dijo él–, y diste tu libertad a cambio de un escolta que te acompañara hasta su puerta. Eso me lleva a creer que tú eres una de las asesinas que has estado matando a sus aliados todos estos años.
Ella ni siquiera intentó negarlo.
–Sí, ¿y qué?
–Que quiero saber a quién te has cargado, y quiero saber todo lo que averiguaste. Ya han muerto el noventa y cinco por ciento de los furtivos y coleccionistas que había en tu lista. Y los que faltan van a estar muertos muy pronto.
¿El noventa y cinco por ciento? ¿Tan rápidamente? ¡Increíble! William era el mejor. No, no. No podía admirar a su carcelero.
–¿No deberías hacerme un cumplido primero? –le preguntó. «Vamos, William, mírame. Deséame».
Al verla y fijarse bien en ella, William se detuvo en seco y se pasó una mano por el pelo.
–Mira, Sunny, haznos un favor a los dos y deja de ponerte cada vez más guapa.
Acababa de hacerle un cumplido de verdad, aunque casi había parecido algo involuntario, y ella se quedó sorprendida.
–Entonces, ¿te gusta?
–Sí, me gusta –dijo él, con la voz enronquecida–. Demasiado.
Ella se ruborizó.
–Te lo voy a contar todo sobre mi experiencia con los enemigos de Lucifer, pero, antes, me gustaría enseñarte lo que he hecho.
–Enséñamelo, sí… ¿Acaso has conseguido descifrar el código?
–He conseguido descifrar un símbolo, pero no sé qué puede significar.
Entonces, ella caminó hasta la cama, donde había dejado las fotografías, y le mostró una de las páginas.
Él la siguió y miró su dibujo. Después, la miró a ella. Con asombro, dijo:
–Eres tú. Ya no tengo ni la menor duda.
–¿Yo? –preguntó ella, con las cejas fruncidas–. ¿Te refieres a que yo soy tu descifradora?
–Sí –dijo él–. Has visto un frasco de veneno –respondió él, con reverencia. Sin embargo, ella siguió sin entenderlo.
–Entonces, ¿sabes lo que significa este frasco de veneno? Aparte de lo evidente, claro.
–Todavía no, pero lo sabré. Vamos a olvidar el veneno por un momento. Necesito la información sobre Lucifer. Todo lo que sepas.
–¿Por qué tienes tanta prisa?
–Dice que tiene prisionera a la bruja que me maldijo, y quiero saber si es cierto, si alguno de sus aliados mencionó a la reina Lilith de Lleh. Quiero saber si mencionaron a algún prisionero.
Un momento…
–Si Lilith está viva, ¿de quién es la calavera que tienes en la estantería?
–No lo sé. Tal vez sea suya, o no. Lucifer es un mentiroso, así que no puedo estar seguro hasta que esté seguro. Antes de venir aquí he estado hablando con mis hijos. Dos de ellos ya están buscando la respuesta.
¿Dos? Ella sabía que tenía un hijo, pero ¿más?
–¿Cuántos hijos tienes?
–Tengo tres hijos. Tenía una hija, pero una zorra de las Hadas le cortó la cabeza –dijo él, y apretó el puño con fuerza alrededor de una de las dagas que llevaba en la cintura–. Los chicos espían y matan para mí, como yo espié y maté una vez para Hades.
Ella se quedó tan asombrada, que dio un paso atrás.
–¿Tienen diferentes madres?
–No. No hay ninguna madre –murmuró él, ruborizado–. Y es todo lo que necesitas saber.
¿La madre había abandonado a sus hijos, o había muerto? Sunny quería conocer las respuestas, e iba a conseguirlo, pero más tarde. Tomó su ordenador y el diario y llevó a William hasta la mesa de la cocina.
–Siempre tomé notas sobre todos los enemigos a los que he interrogado.
Se sentaron uno frente al otro, y ella comenzó a hablar mientras tecleaba.
–He matado a tres generales, a unos trescientos soldados, a ocho de sus mejores asesinos y a cuatro de sus amantes –dijo. Cuando encontró los archivos que necesitaba, deslizó el ordenador hacia William–. Aquí está todo lo que me dijeron.
Él fue pasando la vista por las páginas rápidamente para localizar la información que quería. Sus uñas se habían convertido en garras de ébano, y tenía hinchada la vena de la frente. Al cabo de unos instantes dijo, con irritación:
–Aquí no dice nada de Lilith.
Dio un puñetazo en la mesa y quebró la madera.
Ella ladeó la cabeza.
–¿Por qué os separasteis Lucifer y tú?
–Para entender esa respuesta, necesitarías que te pusiera en antecedentes.
–Perfecto. Me encantan los antecedentes.
–Lucifer y yo nos conocimos el día que Hades me rescató de uno de los reinos del infierno. Yo estaba solo, traumatizado y desesperado. Lucifer era mayor que yo, más fuerte y, durante un tiempo, fue bueno. Pero yo oía todos los días hablar de sus rituales de magia negra, de sus violaciones y sacrificios animales –dijo William, con amargura–. Y, de todos modos, preferí hacer oídos sordos y creerle cuando decía que era inocente. Al final, trató de sacrificarme a mí también, mientras dormía. Eso fue una traición que no pude perdonarle.
–Lo siento, William. Debiste de quedarte hundido.
Él se tiró del cuello de la camiseta con incomodidad, y volvió al tema de conversación anterior.
–En tus notas he visto que mencionas un artefacto que quería Lucifer. Un medallón. ¿Sabes para qué sirve?
Sí, lo sabía. Sin embargo, no iba a revelarle los mejores detalles, ni los peores. Se limitaría a explicarle lo más básico, lo que ya sabían Lucifer y sus secuaces.
–Es redondo y plano, del tamaño de medio dólar, y tiene un grosor de cinco centímetros. Es un arma.
Aunque tuvo que hacer un esfuerzo, se contuvo para no tocar el medallón que llevaba escondido bajo la camisa. No era el que estaba buscando Lucifer, pero era muy parecido. Por supuesto, ella también tenía el otro en su poder. Había conseguido cualquier cosa que quisiera aquel jacinto.
–Le sale una lanza del centro.
–Debe de tener algo más –dijo William. Alargó el brazo para tomar el diario con intención de leer sus notas manuscritas, pero ella lo tomó y lo alejó, fingiendo que no quería que viera sus listas.
–Tienes razón, no es una lanza normal. Con el más pequeño roce de su filo, se puede paralizar a cualquier oponente varios segundos, y eso da la oportunidad de poder cortarle la cabeza. Entre otras cosas. Los detalles sobre la lanza no están en mi diario.
–Solo tus listas.
–Exacto. Así pues, entenderás por qué no puedes fisgar en mi diario.
Su interés era tan evidente, que Sunny se estremeció.
Él preguntó, con los párpados entrecerrados:
–¿Qué has escrito sobre mí?
–Nada –dijo ella.
–¿Nada? –rugió él, mirando el diario como si fuera a quemarlo.
–Nada –repitió ella, intentando no reírse–. Si quieres devolverme el favor y contarme todo lo que sabes de Lucifer, no me importaría.
Aunque él siguió mirando el libro con mala cara, respondió:
–Es un cambia–formas, y puede adquirir la apariencia de cualquier ser que haya visto en persona o en fotografías. De hecho, a partir de ahora deberíamos utilizar una palabra en código para demostrar nuestra identidad.
–No es necesario. Yo veo las auras, así que puedo distinguir a un cambia–formas entre otros mil seres.
–¿Y si Lucifer también adquiere el aura de una persona cuando toma su forma?
Buena pregunta. No era imposible.
–Está bien, tienes razón. Necesitamos una palabra en código. ¿Qué te parece «Tu pene es muy mono»?
William se quedó mirándola un largo instante, en silencio. Después, metió el pie bajo su silla y la atrajo hacia sí.
–Como no puedes mentir, entiendo que mi pene te parece bonito de verdad.
A tan corta distancia, ella percibió su delicioso olor y el calor de su cuerpo, y la intensidad de su mirada, y… empezó a estremecerse.
Parecía que William estaba esperando que lo contradijera, pero, al ver que ella permanecía en silencio, ya que estaba demasiado ocupada rogando que él se inclinara hacia delante y la besara, añadió:
–¿Sabes dónde está el medallón?
–Sí. Más o menos… es mío.
A él se le cortó la respiración.
–Lo quiero. Di cuál es el precio. Te daré cualquier cosa. Bueno, cualquier cosa razonable.
«No puedo creerme que esté a punto de hacer esto», se dijo ella. Le latía el corazón aceleradamente, y tuvo que respirar hondo para calmarse.
–Te doy el medallón si dejas libres a los demás descifradores de código.
Él lo pensó un instante, y dijo:
–Trato hecho.
–Y a mí. Déjame en libertad, William.
Estaba dispuesta a quedarse para ayudarle a romper la maldición y para conseguir que la acompañara hasta la puerta de Lucifer. Pero quería hacerlo voluntariamente, no como prisionera.
–¡No!
Aquel grito estuvo a punto de enfurecerla.
–Voy a liberar a los demás –dijo él, con más calma–, pero a ti, no.
Sunny se olvidó de sus cumplidos. William acababa de ganarse otro tormento.
–Entonces, tendrás que liberar a los demás y venir a vivir al establo conmigo. Traerás tu ropa al armario, pondrás tu neceser en el baño y tu cuerpo en la cama. Todas las noches.
A él se le puso cara de pánico, pero lo disimuló rápidamente.
–¿Por qué quieres eso?
–Puede que para robarte el esperma mientras duermes y tener un hijo para poder cazarte y obligarte a que mantengas una relación a largo plazo conmigo. Eres rico, ¿no? Me gustaría que el padre de mi hijo fuera rico.
Él la miró como si le hubieran salido cuernos.
–Sí, soy rico. ¿Ese es el único motivo por el que querrías que fuera el padre de tu hijo?
–Bueno, también eres muy guapo. Eres el candidato más guapo de todos.
–¿Quiénes son los otros candidatos? –preguntó él, con ferocidad–. Van a morir todos.
Aquella muestra de celos aplacó el malhumor de Sunny.
–Qué mono eres –dijo, y comenzó a imitarlo–: Tened cuidado, que voy a matar a cualquiera que se atreva a mirar a mi mujer.
–Yo no voy a… No importa –dijo él, y siguió hablando en un tono más amable–. Si me vengo aquí, Sunny, te enamorarás de mí. Y te volverás dependiente.
–¿Yo, dependiente de ti? –preguntó ella. De nuevo, sintió furia. «Me las va a pagar por ese comentario. Voy a clavarle una daga verbal en el corazón. Pero… ¿Y si tiene razón, y me vuelvo dependiente de él?». No, no era posible. William estaba equivocado.
–Eso es lo que tú quisieras. Te sugiero que antes veas en Youtube unos cuantos vídeos tutoriales para aprender a besar.
–¡Yo ya sé besar! –gruñó él–. De acuerdo, ya me has dado las órdenes necesarias. Voy a…
–Un momento, un momento. No he terminado. Como estamos comprometidos, y todo eso, tienes que ser monógamo, o me largo de aquí.
Él tomó aire con dificultad, dio unas palmadas en los brazos de la silla y se inclinó hacia ella.
–Está bien –dijo, y Sunny se quedó asombrada–. Trato hecho, Sunny, pero no creo que vayas a estar tan contenta cuando termine todo esto.