Capítulo 15

 

 

 

 

 

«Si tuviera una espada, y tú tuvieras una espada, yo tendría dos espadas».

 

William trató de mantener una expresión severa, de enfado. Sunny pensaba que había ganado, pero, en realidad, había hecho exactamente lo que él quería que hiciera. Después de matar a un cazador furtivo aquella misma mañana, temprano, había sentido el deseo de ir a vivir con ella. Cuanto más cerca estuviera de Sunny, mejor podría protegerla si alguien conseguía pasar al establo a pesar de todas las trampas que había en el perímetro. Como, por ejemplo, cierta bruja.

No. Lucifer era un mentiroso. Lilith estaba muerta. Tenía que estarlo.

Entonces… ¿por qué tenía aquel extraño presentimiento?

Dejaría aquel misterio para después. Durante su negociación, Sunny había revelado más cosas de las que había ocultado, y él se había dado cuenta de que la petición de que fuera a vivir con ella era otro castigo. En realidad, ella no quería un compañero de habitación, y eso le había enfurecido.

«¿Acaso yo quiero que ella quiera vivir conmigo? ¿En qué me he convertido?».

Y… ¿por qué estaba deseando que llegara su próximo castigo? ¿Qué tenía escrito Sunny en aquel diario? Iba a leer sus fantasías sexuales en cuanto se instalara en el establo. Era su casa, y él ponía las normas.

–Bueno, ahora que he aceptado tus condiciones y he renunciado a mis deseos para satisfacer los tuyos, dime dónde está el medallón –le exigió a Sunny.

Ella se mordió el labio como si estuviera nerviosa por las condiciones, pero ya era demasiado tarde. No podía echarse atrás.

Al final, dijo cuáles eran las coordenadas de un reino escondido en el mundo mortal. Su reino. Mythstica.

Él se puso de pie, intrigado, y la tomó de la mano para ayudarla a levantarse. No la soltó enseguida. Sunny estaba tan cerca, era tan suave… Además, podría darle más placer que ninguna otra persona en este mundo.

Sunny Lane era su compañera vital. Ya no tenía ninguna duda de ello.

Había conseguido descifrar un símbolo de su libro, y eso demostraba que era la descifradora y, por consiguiente, su compañera.

Recordó lo alegremente que le había dicho a Keeley que estaba dispuesto a matar a su compañera y que, después, había vacilado. Y que, en aquel momento, detestaba aquella idea. Nadie iba a hacerle daño a Sunny Lane. Nadie. Ni siquiera él.

Mierda. ¡Mierda! Intentó disimular que estaba temblando. Movió una mano y liberó una corriente de magia. Aparecieron unas chispas y unas ascuas que abrasaron el aire y crearon un agujero a través del cual se veía una ladera empinada y rocosa, musgosa, llena de flores y árboles blancos. Había muchos arcoíris.

Por si Sunny decidía salir corriendo, él la agarró con fuerza.

–Tú vas a quedarte aquí –le dijo.

–Pero… ¿cómo vas a encontrar el medallón sin mí? Además, puede que el que debiera quedarse aquí seas tú. Los arcoíris queman a los demonios igual que el sol quema a los vampiros, así que, seguramente, a ti te quemarán mucho más, siendo un príncipe de la oscuridad.

–O, también –continuó él, como si ella no hubiese hablado–, puedes prometerme que vas a quedarte a mi lado.

En cuanto a los arcoíris, algunas partes de su cuerpo se quemarían, sí, pero otras, no. Seguramente, había algún demonio entre sus antepasados. Quizá fuera esa la razón por la que Hades había ido a buscarlo cuando era niño. Cuando volviera a casa, le preguntaría a Axel cómo le afectaban a él los arcoíris.

William se quedó inmóvil. Exacto… Axel había ido al inframundo. Se habían conocido, habían hablado. El vaticinio de Hades no era válido. No había muerto ninguna parte de él. Seguía queriendo a su padre tanto como siempre.

–Prometo que me quedaré a tu lado –gruñó Sunny–. ¿Ya está? ¿Contento?

Sí, mucho.

–¿Echas de menos este reino? –le preguntó él.

Olía a orquídeas, a lluvia y a tierra mojada. Era el mismo olor de Sunny, pero mucho más intenso. William se excitó al instante. Una vez más.

¿En qué momento no se sentía excitado cuando estaba con ella?

–Sí –dijo Sunny, mirándolo todo con una expresión de anhelo–. Mi manada corría más rápido que el viento. Nos encantaba jugar y retozar por las praderas. Ayudábamos a la gente necesitada e incluso concedíamos deseos.

Al percibir su nostalgia, William se sintió culpable. Ella le había advertido que los unicornios no podían vivir en cautividad. Para ellos, la libertad era la vida. Sin embargo…

«No puedo dejar que se marche. Todavía… no». No podía correr el riesgo de perder a su descifradora y compañera vital, la que estaba destinada a asesinarlo algún día.

Necesitaba que Sunny deshiciera la maldición. Después, haría el amor con ella, hablaría con ella sin reservas, la ayudaría en sus cruzadas… Adoraba su inteligencia y se entusiasmaba cada vez que ella conseguía sorprenderlo.

Sunny lo sorprendía constantemente.

¿Se entusiasmaría ella cada vez que hablaba con él, con su carcelero?

Sunny continuó hablando.

–Me casé aquí, y tenía planeado gobernar…

–¿Que te casaste? –gritó William, agresivamente.

Con un rugido, soltó a Sunny, agarró una silla y la arrojó al otro lado del establo. El mueble se golpeó contra la pared y se hizo pedazos. Aquella noche, Sunny se iba a quedar viuda.

–¿Quieres que traiga otra silla, o se te ha pasado la rabieta?

–Trae otra silla.

Ella puso los ojos en blanco.

–Me casé, sí. Mi marido era Blaze, hijo del rey de los unicornios, pero murió en una batalla con Lucifer.

William suspiró. Ah, bueno. Se desvaneció su imperiosa necesidad de cometer un asesinato. Ya solo quería ir a la tumba de aquel desgraciado y escupir encima.

–¿Lo echas de menos?

–No, ni lo más mínimo. Nunca nos quisimos, solo fue un matrimonio de conveniencia.

William se sintió más calmado. Volvió a tomarla de la mano y se la llevó para atravesar el portal. Quería el medallón.

En el acantilado, entre dos arcoíris, un viento con olor a flores estuvo a punto de hacerle caer por el precipicio, como si el reino quisiera que saliese de allí. Las ramas de los árboles se entrechocaban y las hojas brillaban bajo la luz del sol. William notaba la vida, pero no sabía si eran animales, insectos, unicornios.

–Umm… –murmuró Sunny. El aire movía su pelo azul alrededor de su cara. Tenía los ojos cerrados y estaba respirando profundamente–. Mi hogar. No hay nada mejor.

Él la observó con fascinación.

Cuando ella abrió los ojos, dijo:

–Te di las coordenadas para encontrar el medallón, no solo el reino.

Se inclinó y sacó un pequeño disco dorado del interior de uno de los arcoíris. Era tal y como lo había descrito.

Y también era igual al que llevaba colgado del cuello. ¿Qué significaba?

Entonces, William se quedó absorto contemplándola. Había cambiado al tocar el arcoíris; ya no tenía el pelo azul, sino rosa fosforescente. Y sus ojos también habían cambiado. El color ámbar se había convertido en un verde claro y brillante. Su piel resplandecía aún más.

Era gloriosa.

–¿Cómo? ¿Por qué?

–Los unicornios absorbemos la esencia del arcoíris.

La Esfera del Conocimiento no había mencionado aquello, y a él le parecía un rasgo fascinante. Sunny tenía una apariencia más delicada, incluso frágil. Nadie sospecharía que era una curtida asesina de demonios.

Ella le ofreció el medallón, y él lo tomó de su mano, temblando de deseo. Al observar su nueva arma, sintió una magia luminosa y oscura, poderosa, antigua. No era de extrañar que Lucifer la quisiera. «Pero ahora la tengo yo». William sonrió. Iba a salvaguardarla con su vida, si era necesario.

El instinto le decía que su destino era usar aquel medallón.

No lo entendía, pero iba a entenderlo.

–Ahora, tenemos medallones gemelos, el de ella y el de él –dijo, con ironía.

Ella se ruborizó.

–Entonces, has visto el mío.

–Sí.

Se había fijado en todos los detalles de Sunny. Era su nueva adicción.

–Pero no sabía qué era lo que podía hacer el medallón –dijo.

–Bueno, el tuyo es distinto al mío –dijo ella–. Pero… son iguales. No sé si tiene mucho sentido.

Lo tenía, y no lo tenía. Pero… ¿por qué, de repente, ella se había puesto nerviosa? William quiso que sonriera, y le preguntó:

–¿Te apetecería explorar un poco el reino antes de que volvamos a casa?

Al principio, ella se entusiasmó. Después, se quedó aplanada.

–No. Cuanto más tiempo esté aquí, más me costará marcharme.

William lo entendió. Planificó un viaje para más adelante, cuando su maldición se hubiera roto definitivamente y Lucifer hubiera muerto. Entonces, podrían estar allí durante semanas, o meses. O todo el tiempo que fueran a estar juntos.

«¿Sigues pensando que podrás desear a otra?».

Por primera vez en su vida, no sabía lo que quería de una mujer.

Atravesaron el portal y volvieron al establo. Él se sentó en el escritorio y, al ver que Sunny se encaminaba hacia él, le dijo:

–Necesito estudiar, y tú me distraes mucho. Dame espacio.

Ella se detuvo y le mostró el dedo corazón estirado, pero no protestó. Se puso a analizar las fotografías de su libro. Eso fue otra sorpresa. ¿Acaso no quería pasar tiempo con él, su flamante novio?

Bah, ¿y qué importaba? Encendió la lámpara del escritorio e inclinó la cabeza hacia el medallón, pero… no consiguió quitarse a Sunny de la cabeza. Cada vez le afectaba más su presencia, y se pasó la media hora siguiente fingiendo que analizaba el artefacto mientras la observaba de soslayo, deseando que ella hiciera caso omiso de sus órdenes y se acercara a él.

Cuanto más se concentraba Sunny en las fotografías, más fruncido tenía el ceño. Y él sintió el deseo de acariciar aquellas arrugas con los dedos.

Finalmente, perdió la paciencia y dio un puñetazo en la mesa.

–No he sacado nada en claro y se me ha terminado el tiempo. Tengo que irme.

–Si me lo hubieras preguntado, te habría dicho cómo se utiliza –respondió ella, mientras se acercaba. Tomó el medallón, se lo colocó en la palma de la mano y apretó con los dedos unas marcas que había en la superficie.

Del centro surgió un bulto duro y negro. Era una lanza, tal y como ella había explicado. Cuando dejó de hacer presión con los dedos, la lanza volvió a ocultarse.

Fascinante.

–¿Adónde vas? –le preguntó.

–Tengo que hacer el equipaje para poder instalarme aquí. Volveré antes de la medianoche.

De ese modo, cumpliría con las condiciones que le había impuesto Sunny.

–¿Y nuestra cena con Hades? –preguntó ella, y giró sobre sí misma para que volara la falda de su vestido. Extendió los brazos y preguntó–. ¿Voy adecuadamente vestida, o debería cambiarme?

Él pasó la mirada por sus curvas mientras intentaba contener el deseo que le abrasaba.

–Voy solo –respondió. En primer lugar, porque no sabía de qué quería hablar Hades. Y, en segundo, porque ella era una distracción que no podía permitirse.

–Ah –dijo ella, y se le hundieron los hombros–. Entiendo.

Qué triste se había quedado. Él trató de remediarlo.

–¿Qué es exactamente lo que entiendes, duna?

–No importa. Vete, vete, y diviértete sin mí.

¿Qué pensamientos se le estaban pasando por la cabeza? William tuvo la tentación de quedarse y preguntárselo. Una tentación tan fuerte que casi no podía resistirse.

Al final, consiguió abrir un portal a su habitación. Tenía que cambiarse de ropa e ir a casa de Hades. No podía pasarse toda la noche preocupándose por la reacción de Sunny.

Sin mirar atrás, selló el portal. Se sentía muy culpable, y trató de olvidarse de lo ocurrido.

«No voy a pensar en Sunny. Yo…».

«¿Qué opinaría de mi habitación?».

Utilizaba una de las paredes enteras como pantalla de televisión. Había videojuegos y consolas por el suelo, y un mueble bar que ofrecía todo tipo de whiskys mezclados con ambrosía. Su cama era enorme, más grande que la de un rey, pero… Sorpresa. Pandora estaba tendida en el centro del colchón, pasando las páginas de una revista.

Sintió una oleada de afecto. Era uno de los efectos de la adopción de Hades. Se acercó a su armario y preguntó:

–¿Qué estás haciendo aquí?

Ella no se molestó en mirarlo.

–Tú me mandaste un mensaje para que viniera a verte. Es muy agradable por tu parte que lo recuerdes tan bien.

Él no le había enviado ningún mensaje.

–En otras palabras, Hades quiere que me vigiles y te asegures de que soy un chico bueno y voy a la cena familiar.

–Si sabías la respuesta, ¿para qué me lo preguntas?

Dos perros del infierno asomaron la cabeza por debajo de la cama.

William dio un salto hacia atrás, echando mano de una daga. Los perros del infierno podían hacer trizas a un inmortal en cuestión de segundos. Y, una vez que un perro del infierno hacía presa, solo soltaba a su víctima cuando esta ya había muerto.

–¿Panda?

–Ah, sí –dijo ella, pasando otra página–. Baden ha traído un par de perritas. Son un regalo de Hades.

Baden, otro de los hijos adoptivos de Hades. Era otro de los Señores del Inframundo, y había estado poseído por el demonio de la Desconfianza. Era un tipo con honor, que decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Su mujer, Katarina, adiestraba perros del infierno para Hades.

«Mis propias perras», pensó William, y sonrió al ver que la pareja volvía a esconderse debajo de la cama. La primera era una monada. Era blanca y negra, tenía dos cabezas, dos pares de ojos rojos y un solo rabo, bífido. La segunda hembra era más grande, con el pelo manchado de tierra y de color indeterminado, una cabeza, tres ojos negros y muchas cicatrices.

¿Le gustaban a Sunny las mascotas?

En aquel momento, sonó su teléfono móvil, y él se lo sacó del bolsillo para mirar la pantalla.

 

Gilly Gumdrop: Liam, ¡estoy muy contenta por ti! Me he enterado de que encontraste a tu descifradora. Ahora estás más cerca de liberarte de la maldición.

 

Él respondió con una sonrisa.

 

Sí, es cierto. ¿Qué te parecería que lo celebráramos con un maratón de videojuegos? Torin ha creado un juego con los Señores del Inframundo. Consiste en matar demonios. Como ya habrás imaginado, el personaje de Slick Willy es invencible.

 

Gilly Gumdrop: ¡A Puck y a mí nos encantaría destruir a Slick Willy! En este momento, seguimos en negociaciones con los Enviados. Todavía tienen encerrado a su hermano, y queremos que vuelva. En cuanto hayamos terminado, iremos de visita.

 

William estaba impaciente por verla. Gilly siempre iluminaba su vida.

¿Qué pensaría de Sunny?

En cuanto al hermano de Puck, Sin, nunca iban a recuperarlo. Estaba poseído por los demonios de la Paranoia y la Indiferencia, la peor combinación posible. Él era quien había hecho estallar los cielos y había matado a cientos de Enviados. No solo estaba encarcelado, sino que estaba sufriendo torturas.

Tal vez él tuviera que intervenir.

Suspiró. Se guardó el teléfono en el bolsillo y comenzó a meter en una bolsa de viaje lo necesario para pasar la noche en el establo.

–¿Has pasado alguna vez una noche entera con un amante? –le preguntó a Pandora.

–No. Qué horror. Yo tomo lo que quiero y me largo.

¡Exacto! Para dormir con una amante, él tendría que confiar completamente en ella, y nunca había confiado en nadie hasta tal punto, ni siquiera en Gillian, a quien adoraba. Había visto a demasiados amigos caer por culpa de un cebo; hombres y mujeres que seducían a otros para matarlos.

Sunny no era un cebo, pero su destino era acabar con él.

«Pero no voy a dejarla sola, sin protección. No puedo resistirme a ella».

Tal vez invirtiera las horas de insomnio en hacer planes para matar a Lucifer y conseguir a Lilith. Si estaba viva de verdad, claro.

O mantendría relaciones sexuales las veinticuatro horas del día para prepararse para la época de celo. Porque, sí, estaba decidido a ocuparse de Sunny.

Al pensarlo, sintió un deseo abrasador. La deseaba con todas sus fuerzas. Llevaba en celibato desde que la había conocido… hacía dos días. Eso era dos días más de lo normal, y tenía la sensación de que la conocía desde hacía dos años.

–¿Por qué me has preguntado lo del amante? –inquirió Pandora–. No, no me lo digas. No importa. Vamos a cambiar de tema antes de que empiece a vomitar. Tú, que conoces a Lucifer mejor que ninguno de nosotros, ¿crees que podría tener a esa bruja encerrada durante siglos y resistir la tentación de matarla?

–Ya no lo conozco. Nunca lo conocí, en realidad. Siempre ha sido un mentiroso, y cambiaba de personalidad como otra gente cambia de ropa –dijo, mientras metía camisas y una caja de preservativos en la bolsa–. Pero voy a averiguar la verdad de un modo u otro.

Pandora asintió.

–¿Dónde están tus hijos?

–Dos están investigando el asunto de Lilith, y el otro está buscando a Evelina Maradelle, la esposa desaparecida de Lucifer.

Recordaba muy pocas cosas de Evelina. Era una cambia–formas dragón, bondadosa, que hablaba tartamudeando. Se había fugado poco después de la boda, y Lucifer se había sumido en una rabia incontrolable.

William estaba deseando provocar la ira de su antiguo hermano. «Tengo a tu mujer. ¿Quieres recuperarla? Pues es una pena».

Se echó a reír mientras recogía su consola de videojuegos favorita y los juegos.

Las perras del infierno decidieron salir en aquel momento. Comenzaron a pasearse por la habitación y le olisquearon la pierna.

Él les dijo:

–Si intentáis olerme el trasero, vamos a tener problemas.

Se agachó para acariciarlas, y la que estaba manchada de tierra se asustó, como si esperara un golpe. William sintió una profunda lástima. Seguramente, Baden y Katrina la habrían encontrado en las profundidades del infierno. La otra perra le mordisqueó los dedos. Al ver que le salía sangre, los dos animales retrocedieron. ¿Le tenían miedo?

–Me recuerdas a alguien –le dijo al perro de dos cabezas–. Pero ella utiliza balas en vez de los dientes. Se llama Sunny, así que vamos a seguir con el tema del cielo. Te voy a llamar Dawn, que significa amanecer. Y tú… –le dijo a la otra perra, sonriéndole con dulzura–. A ti te voy a llamar Aurora. Eres más bonita que la luz del norte, cariño.

Aurora lo entendió. Debió de entenderlo, porque se calmó y se restregó contra él.

Pandora dejó la revista.

–Esperaba que llevaras a Sunny a la cena. ¿Te imaginas a Rathbone sin poder decir palabrotas y usando «fresia» para insultar a todo el mundo? ¡Eso sí que sería gracioso!

Se oyó un ruido de zarpas sobre madera, y William frunció el ceño. Parecía una manada completa de perros del infierno. Entonces, percibió un olor a azufre y a maldad, y echó mano a dos de sus dagas.

Era una horda de demonios, y no habían ido allí para charlar, sino para conseguir sangre.

Pandora también sintió la amenaza. Metió la mano debajo de una de las almohadas y sacó una pequeña ballesta y una daga mítica que tenía el poder de incinerar a sus víctimas.

Sus dagas no iban a conseguir nada. ¿Debería usar el medallón? No. No iba a utilizar un arma que no conocía contra un enemigo.

Dentro de los confines del infierno, los demonios tenían la capacidad de materializarse y desaparecer, y lo hacían siguiendo órdenes. Como solo un espíritu podía luchar contra otro espíritu, de igual a igual, William también tenía que desmaterializarse algunas veces. Aquello era una bendición y, a la vez, una maldición. Conseguía asestar buenos golpes, pero su energía se quemaba rápidamente. Demasiado rápido.

A Dawn empezaron a brillarle los ojos de temor. Aurora agachó la cabeza y empezó a temblar. Normalmente, los perros del infierno eran muy agresivos. El hecho de que aquellas dos tuvieran tanto miedo… Debía de haberles ocurrido algo horrible. Katarina debía de haber pensado que harían lo mismo que cualquier otra mujer, derretirse por él.

Cualquier otra mujer, menos Sunny.

–Volved debajo de la cama, preciosas –les dijo él, y subió el faldón de la colcha. Las perras obedecieron rápidamente–. Os juro que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que sigáis sanas y salvas.

Agarró sus dagas, fue corriendo al armario y sacó dos hoces.

«El enemigo ha invadido la casa de mi padre». La rabia que sentía convirtió su sangre en combustible, y comenzó a salirle humo por los poros de la piel. Cuidado… Estaban en el infierno, y el humo podía hacerle daño a Pandora tan fácilmente como a los demonios.

–Debe de ser la venganza por el ataque de Hades a Lucifer –dijo Pandora, acercándose rápidamente a él. Iban a luchar espalda contra espalda, para que nadie los atacara por sorpresa.

–Entonces, quieren nuestra sangre –dijo él. El ruido de las zarpas fue intensificándose y se convirtió en una estampida–. Y van a llegar en… tres… dos…

La horda atravesó fantasmalmente las paredes e inundó la habitación de humo negro.

William tosió. Empezaron a sangrarle los ojos y la nariz, pero no tuvo tiempo de limpiarse. Los demonios se abalanzaron sobre él para matarlo.