«Si permites que un enemigo siga con vida hoy, mañana te matará».
Pandora siguió siempre pegada a la espalda de William mientras él se materializaba y desmaterializaba para matar demonio tras demonio. Estaba sudando y la cantidad de adrenalina que corría por sus venas era tan grande que el pecho le ardía como un horno. Cortó y cercenó miembros, cabezas, espinas dorsales… Sacó ojos y salpicó sangre en todas direcciones.
El ruido era ensordecedor. Gruñidos, rugidos, borboteos de sangre, bilis y orines. El crujir de los huesos rotos. Los jadeos y respiraciones entrecortadas.
Uno de los demonios consiguió clavarle las garras a William en el cuello, causándole un terrible dolor. Debía de haberle inyectado algún tipo de veneno. Los cortes le ardían.
Veneno… ¿tendría algo que ver con el frasco de veneno?
¡Mierda! El calor se abrió paso hasta su cerebro. En pocos segundos empezó a abrasarlo como si se le hubiera caído la cabeza en un caldero de aceite hirviendo, y la agonía se apoderó de él.
«No te detengas». Cuando iba a cortarle la cabeza a su enemigo, se quedó horrorizado. El demonio ya no era un demonio, sino Gillian, que llevaba una camiseta de tirantes ensangrentada y unos pantalones cortos.
Había estado a punto de matar a una muchacha a la que quería con todo su corazón.
Sintió pánico. ¿Por qué estaba allí? No era posible…
–¡No deberías haber venido! –le gritó–. ¡Vete! Tienes que marcharte ahora mismo.
Se había convertido en una gran guerrera, sí, pero no estaba lista para luchar en una batalla como aquella.
–No te voy a dejar solo –rugió Pandora, pegando aún más su cuerpo al de él.
Hubo risotadas maliciosas por parte de los demonios. ¿Qué era lo que les divertía tanto?
–No me refiero a ti –le dijo a Pandora. ¿Acaso su hermana no veía a su amiga?
Gillian sonrió y se acercó a él, sin prestar atención al peligro que la rodeaba. En cuanto pudo, lo agarró del brazo y tiró, con intención de interponerse entre Pandora y él. William notó que su piel no era suave, sino flexible y seca, y que tenía escamas. Gillian tenía una cola verde que movía tras ella. El extremo tenía un pincho que parecía la cabeza de un demonio serpiente.
¿Qué era aquello?
Oh, mierda. Los demonios eran de la horda Hallucina. Las mascotas favoritas de Lucifer. Inoculaban a sus víctimas un veneno que les alteraba la percepción y les provocaba alucinaciones muy vívidas.
Antes de que William pudiera golpear, la falsa Gillian le rodeó el cuello con la cola. Se le rasgó la piel y se le cayó la cabeza hacia un lado. Sintió otro dolor insoportable y más calor.
A pocos metros de ellos apareció Sunny, y a él estuvo a punto de parársele el corazón. Sunny, con su pelo rosa, sus ojos verde claro y su sensualidad. William sabía que era una alucinación creada por su mente, pero tuvo terror de todos modos. ¿Y si ella se había teletransportado y lo había seguido hasta allí? ¿Sunny podía teletransportarse?
De todos modos, no podía dejar que arriesgara la vida.
–Quédate donde estás –le gritó–. No te muevas.
Iba a permanecer a una distancia prudencial de ella, por si acaso, pero tampoco iba a permitir que los demás se le acercaran.
William tomó las dos hoces con una mano, recogió una de las dagas que había dejado caer unos minutos antes y se la arrojó al demonio que estaba junto a Sunny. Lo atravesó.
Después, sin dejar de mover los brazos, dio una cuchillada a otro demonio, y a otro.
–Ayúdame –le rogó Sunny.
Se abrazó así misma por la cintura, como si estuviera aterrorizada, e intentó acercarse a él. Ssss… Una flecha se clavó entre sus ojos, y cayó al suelo fulminada.
–¡No! –gritó William.
Se agachó a su lado y la tomó en brazos. Sintió más dolor y más calor, pero no le importó. Muerta. Sunny estaba muerta. Se le nubló la vista y abrazó su preciosa cara contra su pecho.
«No, no es ella. No puede ser ella. Por favor, que no sea Sunny».
Otro demonio se lanzó hacia él, y William lo rechazó de una patada.
–¿Ha–Hades? –preguntó Pandora, con un jadeo. Se quedó inmóvil, con la ballesta preparada para disparar, pero temblando.
¿Hades estaba allí? William se arriesgó a mirar hacia atrás. No había ni rastro de su padre, pero… ¡No! Todos los demonios tenían la cara de Sunny.
El terror fue tan grande que, en aquel momento, se sintió como si ya hubiera perdido la batalla. ¿Y si los demonios tenían a la verdadera Sunny escondida entre ellos?
¿Debía seguir luchando y correr el riesgo de matar a su descifradora?
«Mi mujer… ¡Es mía! La protegeré con mi vida, si es necesario». Sin embargo, tenía que hacer algo rápidamente, o moriría en aquella habitación.
–¡El veneno! –gritó, para que Pandora comprendiera la situación. Ella llevaba muy poco tiempo viviendo en el inframundo, y todavía tenía que aprender a distinguir las distintas razas de demonio–. Provoca alucinaciones. Tienes que tocar su piel, si es áspera, mátalo, sea quien sea.
Ha ocurrido algo, pero volveré al establo dentro de una hora. Estate preparada para entonces.
¿Para qué tenía que estar preparada?, se preguntó Sunny. Había recibido el mensaje de William hacía tres horas. La hora que él mencionaba ya había pasado, y no había vuelto a tener noticias suyas.
«No soy lo suficientemente buena como para conocer al padre de mi falso novio ni para que me dé explicaciones por su retraso».
Estaba molesta y dolida, pero, también, preocupada. ¿Dónde estaba William? ¿Y si le había ocurrido algo malo?
Le envió un mensaje, pero… pasó un minuto. Y cinco. Y diez. Y treinta. No obtuvo respuesta.
¡Eléboro! ¡Margarita! ¡Salvia! ¡Fresia! Tenía que haber sucedido algo malo. Sin embargo, estaba atrapada en un establo y no podía hacer nada al respecto.
Entre el miedo y la ira, se paseó de un lado a otro sin poder parar. Quería que William estuviera allí, quería abrazarlo y curarlo si estaba herido. Y quería darle un puñetazo por preocuparla tanto.
Después de otra media hora, decidió actuar. ¿Qué estaba haciendo allí, de brazos cruzados? Ella era un unicornio asesino, no una especie de damisela en apuros. Si su príncipe azul necesitaba ayuda, se la proporcionaría. Tomó un par de dagas que le había robado a William durante su última visita y metió sus fotografías en una mochila. Con la mochila en la espalda y las dagas en la mano, abrió de par en par las puertas del establo. Tenía que existir alguna forma de atravesar la barrera invisible. Rodeándola, saltándola, pasando por debajo…
«¡A mí nadie me encierra en un establo, por muy bonito que sea!».
A pesar de que William ya había matado a una legión de demonios, había muchos más congregados en aquella zona. Dejaron lo que estaban haciendo, se dieron la vuelta y la miraron con sus ojos rojos. Ella sintió una rabia incontenible. Odiaba a los demonios, y quería erradicar el mal.
Una de las primeras lecciones que le habían dado sus instructores de lucha había sido la siguiente: «No dejes nunca a un demonio vivo a tu espalda. Se escabullirá y volverá con sus amigos más tarde».
Con el corazón acelerado, dio un paso hacia delante. Iba a matar a todos los demonios y a…
Alguien la agarró del brazo, con fuerza, tiró de ella hacia atrás e hizo que se diera la vuelta. ¡William! En silencio, él le quitó la mochila y cerró las puertas de una patada.
Sin decir una palabra, con los ojos entrecerrados, caminó hacia delante, empujándola, hasta que ella estuvo con la espalda en la pared. Entonces, él apoyó las manos a ambos lados de sus sienes, para atraparla. A Sunny se le aceleró tanto el corazón, que apenas podía respirar. William parecía un poseso; tenía una expresión oscura y siniestra, y estaba completamente manchado de negro. Su rostro estaba lleno de cortes y hematomas. Su ropa, hecha jirones. Olía a azufre y a muerte.
–Dime la contraseña. Ahora.
¿Eh? ¿El qué?
–¿Tu pene es muy mono?
Él se quedó aliviado, pero, al instante, su expresión volvió a ser feroz.
–¿Adónde demonios ibas?
–Eh… Pues quería encontrar la forma de atravesar la barrera, matar a los demonios, ir a buscarte y salvarte.
Él pestañeó de la sorpresa.
–Enviaste un mensaje diciendo que estarías aquí dentro de una hora –le recordó ella–. Pero han pasado casi cinco horas sin que yo tuviera más noticias. Así que pensé que tenías que estar malherido o algo así.
Lo observó atentamente en busca de alguna herida, pero no vio ninguna. Bien… Volvió a sentir rabia, el doble de rabia que antes.
–¿Qué eléboro te ha pasado? ¿Por qué no me respondiste al mensaje?
Otro pestañeo de sorpresa.
–Me tendieron una emboscada. Lucifer envió una horda de demonios Hallucina. Inoculan un veneno alucinógeno con los colmillos y las garras. Acabo de recuperarme.
Entonces, la rabia de Sunny cambió de objetivo. «Voy a matarlos a todos. ¡A todos!».
–Llévame donde estén.
–No puedo. Los he matado a todos.
De acuerdo, bien. ¡El problema era que William le parecía aún más sexy!
–¿No me preguntas qué tal estoy? ¿No te vas a preocupar por mis heridas?
–¿Por qué? ¿Tienes alguna cosa oculta que necesite cuidados?
–Sí –respondió él.
Por fin, Sunny tenía una excusa válida para pasar sus ávidas manos por el cuerpo perfecto de William. Tal vez pudiera controlar su paranoia y divertirse. ¿Se había divertido alguna vez? Solo matando demonios.
No. Aquel no era el mejor momento para divertirse. De niña, el rey le decía una y otra vez que el deber estaba por delante de todo lo demás. Y, ahora, ella tenía que cumplir con su deber: darle una lección a William. Tal vez él tuviera una buena excusa para no haberla avisado de lo que ocurría, pero le había causado una preocupación innecesaria.
Y eso lo iba a pagar caro.
«Empecemos».