«El amor, sin poder, es un sufrimiento».
Sunny le dio un golpe a William en el cuello.
–Eso, por preocuparme.
Mientras él estaba intentando recuperar la respiración, ella le dio un puñetazo en la nariz y le rompió el cartílago. Él empezó a sangrar.
–Y eso, por sentir vergüenza de mí y no querer presentarme a tu padre.
William gruñó y se acercó a su cara. Rozó la punta de su nariz con la de ella y, entre jadeos de dolor, dijo:
–No estoy avergonzado de ti, Sunny. Es que no quiero que mi padre intente reclutarte. Tendría que negarme en tu nombre, y nuestra relación ya está lo suficientemente tensa.
¿De veras había tratado de protegerla? Ella se ablandó y posó las palmas de las manos en su pecho. Para su deleite, notó que a él se le aceleraba el corazón.
Entonces, William exhaló un suspiro.
–Siento haberte hecho daño.
Así que, con un pequeño castigo, había aprendido. Y ella. «No vuelvas a pensar nunca que sabes lo que piensa. Pregunta antes».
–¿Por qué no te das una ducha? –le preguntó, dado que se sentía magnánima–. Y, después, te…
Un perro ladró, y ella se sobresaltó. Miró más allá de William. Había un precioso perro de dos cabezas, con los ojos rojos, que atravesó corriendo el portal por el que había llegado William.
Sunny se derritió contra él.
–¿Me has traído un perro?
Aquello era lo mejor que nadie hubiera hecho por ella…
–Se llama Dawn. La he salvado de los demonios, y ahora me sigue a todas partes. Típico de una mujer –refunfuñó–. Había otra, pero no sé dónde está…
Dawn ladró con más fuerza y se marchó por el portal hacia lo que parecía un dormitorio. Se giró hacia ellos y volvió a ladrar.
–Creo que quiere decirnos algo –dijo Sunny, y atravesó el portal antes de que William pudiera detenerla–. Dime, preciosa, ¿Qué ocurre?
Dawn se acercó al armario y ladró. Sunny se agachó a su lado y apartó un abrigo que había en el suelo. Al hacerlo, vio a la segunda perra. Tenía una herida en la cabeza, y le habían cortado el cuello. Le silbaban los pulmones cada vez que trataba de respirar. Estaba moribunda.
Demasiado herida como para que la magia pudiera curarla.
–Oh, mi niña. Siento mucho que estés sufriendo.
Al tomarla en brazos, a Sunny se le llenaron los ojos de lágrimas.
William se acercó y, al ver a la perra, palideció. Trató de tomar a la perra en brazos. Sunny hizo un gesto negativo.
–La tengo.
–Se llama Aurora –dijo él, con la voz quebrada.
–Aurora –dijo Sunny, y, entre lágrimas, la depositó en la cama y se tendió a su lado–. ¿Pu–puedes curarla, William? ¡Por favor! Te pagaré lo que me pidas. Ni siquiera tendrás que mudarte al establo.
–Lo siento, Sunny –dijo él–, pero no hay magia lo suficientemente fuerte.
Ella tuvo que contenerse para no sollozar, y le susurró a la perra:
–No estás sola, mi niña. Estoy aquí, y me voy a quedar a tu lado. Que tengas los sueños más felices, mi amor.
Entonces, pasó una mano por encima de la cara de Aurora y la durmió mágicamente. Así, sumida en un profundo sueño, Aurora no sufriría más y, cuando fallaran sus órganos vitales, se marcharía suavemente para siempre, sin dolor.
William también se quedó con ellas. La otra perra, Dawn, lo observó todo desde un rincón, mirando con tristeza y miedo. Los tres acompañaron a Aurora hasta que su pequeño corazón se paró.
Entonces, a Sunny se le cayeron las lágrimas. William y ella permanecieron inmóviles. No conocía a la perra, pero se había enamorado de ella solo con verla. Así le sucedía con todos los animales, y ese era el motivo por el que seguiría siendo vegetariana durante toda la eternidad.
–¿Quién es el culpable de esto? –preguntó.
–¿Quién iba a ser?
–Lucifer –dijo ella, escupiendo su nombre.
William la tomó de la mano.
–Lo va a pagar, te lo juro.
Temblando, ella pasó la mano libre por la herida más grande de la perra y se manchó de sangre las yemas de los dedos. Después, se manchó con aquella sangre bajo los ojos.
–¿Los demonios que hay fuera son de tu antiguo hermano?
William asintió.
–Van a morir –dijo ella.
William nunca la había visto luchar. No sabía cuál era su nivel de destreza. Si trataba de impedírselo…
–Muy bien –dijo él, y le soltó la mano. Se puso en pie–. Vamos a hacer esto los dos juntos.
Aunque estaba muy sorprendida, fue hacia la puerta. Habían pasado muchos siglos desde que no luchaba con un compañero. ¿Cómo trabajarían juntos?
William abrió las puertas de una patada. Sunny entró al establo y…
–¡Margarita!
Los demonios se habían marchado. No había ni una sola de aquellas criaturas por ninguna parte.
Ella dio un grito de rabia y pegó un puñetazo en la pared. Se le rompieron los nudillos, pero casi no se percató del dolor.
William la acompañó al baño y le curó la herida con delicadeza. Para asombro de Sunny, le besó el vendaje al terminar.
Después, sin decir una sola palabra, recogió a Aurora y se la llevó. Durante su ausencia, Sunny cambió las sábanas manchadas de sangre y acarició a Dawn, intentando calmar su tristeza.
William volvió solo y manchado de tierra. La había enterrado, ¿verdad?
Un gesto muy bondadoso. Sunny, con los ojos empañados, se sentó en el escritorio. Él se acercó a ella, se agachó y la tomó de la barbilla para que alzara la cabeza y lo mirara a los ojos.
–He decidido llevarte hasta el libro, Sunny.
Ella se quedó boquiabierta.
–¿De verdad? ¿No te da miedo que lo destruya para castigarte?
–En parte, sí, pero estoy tan desesperado, que quiero confiar en ti. Pero no hagas que me arrepienta, Sunny.
–No, no lo haré –respondió ella. Y hablaba en serio. Si él seguía siendo tan bueno como hasta ahora, ella nunca sería capaz de usar el libro como arma arrojadiza.
–No salgas del establo –le dijo William a Dawn.
Después, abrió un portal y acompañó a Sunny a una habitación sin ventanas, con las paredes blancas, una vieja mesa de madera y un lujoso asiento.
En el centro de la mesa había una vitrina que albergaba un libro con tapas de cuero.
La perra no se quedó atrás. Los siguió hasta la habitación. William la miró con cara de pocos amigos, pero Sunny sonrió.
–¿Estás seguro de que eres tan irresistible para las mujeres? –le preguntó en broma–. No dejamos de desafiarte.
–Ríete todo lo que quieras, pero un día de estos haré que grites mi nombre a voz en cuello.
Ella tragó saliva. La lujuria se extendió por todo su cuerpo y la abrasó. Respiró profundamente para tratar de calmarse. Un momento… Aquel aire no olía a nada. Ni siquiera podía percibir el olor a ambrosía de William.
–¿Qué es este sitio? –preguntó.
Dawn estaba explorando, olisqueando por aquí y por allá y, claramente, también estaba molesta por la falta de olor.
–Es una dimensión aislada que he creado con mi magia en el infierno. Aquí se excluyen los olores, de manera que nadie puede localizar mi libro. A mi amiga Anya le gusta tomarme el pelo por esto…
Sunny intentó escuchar su respuesta sobre la magia, los olores, Anya, bromas… pero aquella habitación le recordaba demasiado al pozo de los castigos de los unicornios. Era pequeño, estaba aislado y no tenía salida. En su mente surgieron unos horribles recuerdos. Soledad. Gritos. El sabor y el olor del barro empapado de sangre.
Calma. Calma.
–¿Qué ocurre? ¿Sientes pánico? –preguntó William, con desconcierto–. ¿Por qué?
«No se lo digas. No reveles nunca un punto vulnerable».
Salvo que esa era la forma de pensar de Sunny la soltera. Si deseaba a William, y sí, lo deseaba, tenía que permitirse ser vulnerable con él.
Pero… ¿la relación no es falsa?
Sí. No. ¡Arg! Ya no lo sabía. Si William no hubiera mostrado aquella faceta triste de sí mismo, si no hubiera sido tan bueno con las perras… Pero sí, eso había sucedido, y allí estaban.
–No, no es pánico –le dijo–. Es inquietud.
–¿La mujer estaba decidida a enfrentarse a una horda de demonios siente inquietud en una habitación?
–¿Has estado alguna vez enterrado en vida, William? Yo, sí. Era el castigo favorito del rey de los unicornios. Cuando Lucifer y sus demonios invadieron nuestro campamento, yo no pude luchar contra ellos porque estaba atrapada en un agujero oscuro y húmedo –dijo ella, con la barbilla temblorosa–. Ellos mataron a todo el mundo mientras yo lo oía sin poder hacer nada. Los gritos… Hubo muchos gritos. La sangre caía en el pozo a riadas, mientras los demonios se reían. Después, solo hubo silencio, y eso fue mucho peor.
Él la tomó de la nuca y la atrajo hacia sí. Después, posó la palma de la mano en su espalda.
–Lo siento mucho, Sunny.
Ella tuvo la tentación de derretirse contra él, de acurrucarse contra su cuerpo. Sin embargo, William detestaba a las personas dependientes, débiles, así que se alejó de él e interrumpió el contacto. Perdió su calor y su consuelo, y sintió frío y soledad, exactamente lo que sentía antes de conocerlo.
Tal vez ser dependiente de otra persona no fuera tan malo.
Él avanzó hacia ella y la abrazó. Entonces, Sunny se quedó asombrada. ¿Era él quien la necesitaba a ella? ¿Quién era aquel hombre?
Él le acarició la mandíbula con ternura, como si… la estuviera adorando.
–¿Por qué te castigaron, Sunny?
Por primera vez en la vida, no oía ninguna voz en la mente que le dijera que no hablara del pasado. Tal vez, porque, en aquel momento, William no era su carcelero, sino su amigo.
–Quería divorciarme de Blaze, pero él se negaba, aunque quería estar con otra persona y nosotros éramos desgraciados juntos. Yo lo hice público y monté una escena, con la esperanza de que él cambiara de opinión, pero lo único que conseguí fue herir su orgullo y enfurecer a su padre, el rey.
William se puso tenso. Después, le besó la sien.
–Lo siento.
Aquel beso inesperado la conmovió. Había sido un gesto sencillo, pero muy profundo, y Sunny supo que iba a recordarlo durante el resto de sus días. Necesitaba salir de su abrazo antes de preguntarle qué tal su día, llevarle una copa de su whisky favorito y sentarse a sus pies mientras él leía el periódico.
Dio un paso atrás, y él la miró con cara de pocos amigos, hasta que se fijó en que ella tenía una mancha de sangre en la camisa. Con preocupación, pasó un dedo por la mancha y recogió una gota.
–Eres tú –susurró ella–. Estás sangrando.
Él se sacó la camiseta por la cabeza y dejó a la vista las marcas de garras que tenía en el esternón.
–Antes me curé esta herida, así que esto significa que los demonios han utilizado también infirm∂de, un veneno que consigue que la herida vuelva a abrirse una y otra vez, hasta que tomes el antídoto –le explicó él. Movió una mano por el aire y las heridas se cerraron de nuevo–. O hasta que la neutralices con la magia.
Ella quería seguir conversando con él, pero… aquellos pectorales… sus abdominales, los tatuajes, su precioso ombligo… El rastro de vello negro que bajaba y se perdía en la cintura de su pantalón de cuero…
–Date la vuelta –le dijo, con la voz entrecortada. Necesitaba verlo entero.
Él estuvo a punto de sonreír.
–¿Quieres que me quite antes toda la ropa?
–¡Sí!
William se echó a reír, pero se dio la vuelta sin desnudarse. Su espalda era… ¡Vaya! Tenía un mapa del tesoro tatuado por toda la piel, y ella tuvo ganas de lamerlo entero.
Lamer. Sí. Se estremeció, y tuvo la sensación de que el champán recorría sus venas. «No, no. ¡Concéntrate!».
–Vamos a… ponernos a trabajar.
Se dio la vuelta, una de las cosas más difíciles que había hecho en toda su vida, y le quitó la parte superior a la vitrina. Al destapar el libro, notó que una magia le rozaba la piel, una magia oscura e insidiosa, y se estremeció. Sin embargo, tenía que tocarlo…
Se sentó en la silla y, cuando iba a tomar el libro, William apareció a su lado y le agarró la muñeca.
–No voy a arrancar las páginas, William.
–Estoy confiando en ti como nunca había confiado en nadie, Sunny. No me traiciones.
–Mientras sigas siendo mi carcelero, la traición es una posibilidad –confesó ella. ¿Cuándo iba a soltarla? Necesitaba tocar el papel.
Él frunció los labios, y dijo:
–No me ves como un señor de la guerra sediento de sangre, ¿no?
–Claro que sí –dijo ella, y, sin mirarlo, palpó su pecho hasta que llegó a su mejilla áspera y le dio una palmadita suave–. El más sediento de sangre del universo. Bueno, vamos a ver el libro. Hay que trabajar.
Hubo una pausa. Entonces, él suspiró.
–Me lo merezco, de verdad me lo merezco.
–No te preocupes, muñeco –dijo ella–. Tú no me mereces, pero, si sigues puliendo tus defectos, lo conseguirás.
¡Libro, libro, libro! Tiró de su mano para zafarse.
Por fin, él la soltó. Entonces, Sunny pasó los dedos por el filo de una de las hojas y gimió de deleite. El cosquilleo de la magia se había intensificado.
–¿Y bien? –preguntó él, con la voz enronquecida.
Ella estudió los símbolos, pero… no entendió nada. Umm… Aunque siguió con la mirada los trazos de la escritura, no se le reveló ni una sola parte del código.
–Lo lamento. Puedo sentir la magia. Es fascinante, pero no muestra interés en abrirse a mí.
Hubo un silencio tenso, y ella se mordió el labio, sin saber cómo iba a aceptar William su próxima sugerencia.
–Tal vez debiera llevarme el libro al establo para poder tenerlo más tiempo –dijo.
Los símbolos eran hipnóticos, y ella había empezado a anhelar con todas sus fuerzas desentrañar aquel misterio.
–Por favor.
–Se queda aquí –respondió él, con un gruñido.
–No te preocupa mantener a tu valioso unicornio en un establo –dijo ella–, así que, ¿por qué te preocupas tanto por el libro? Deja que lo estudie en mi propio hogar prisión.
–Es mi hogar –la corrigió él.
–Nuestro hogar –dijo ella. La otra faceta de su personalidad seguía intentando castigarlo–. Puedo liberarte de la maldición, William, si confías en mí y me permites estudiar el libro. Por supuesto, tendré que hacer algunos descansos para darme placer a mí misma, y tú tendrás que mirarme. De otro modo, ¿cómo ibas a aprender?
La urgencia sexual estaba empezando a apoderarse por completo de ella, y necesitaba acumular toda la satisfacción posible antes de que comenzara oficialmente la época de celo.
Él se quedó inmóvil, en silencio, mientras pasaba por sus ojos el reflejo de mil emociones.
–Está bien –dijo William, con más aspereza de la que pretendía–. Vamos a llevar el libro al establo. Sin embargo, las condiciones son las mismas: no puedes dañar el libro. Y, Sunny, si tienes alguna necesidad cuando estemos juntos, dímelo, y yo te atenderé. Si yo confío en ti para que aclares mi futuro, tú vas a confiar en mí para tu presente.
–Pero…
–Son mis condiciones. O lo tomas, o lo dejas. Y no protestes. Un hombre tiene que hacer lo que es necesario cuando su mujer es un unicornio paranoico y terco que no sabría distinguir un orgasmo ni aunque lo tuviera ante las narices.
«¿Yo soy su mujer? ¿De verdad?».
Aquella idea… agradó a Sunny. Él la agradaba. Le había dado cierta información y él había correspondido con algo muy valioso. Ahora, estaban haciendo planes para confiar sus cuerpos el uno al otro.
Durante los dos últimos minutos, el curso de su vida había cambiado. Era emocionante, maravilloso, terrible… Perfecto e imperfecto a la vez.
¡Margarita! En aquel momento, fue consciente de la verdad. Él se lo había advertido: si vivían juntos, ella se enamoraría de él. Pues bien, William se había mudado a su establo y… «Ahora me estoy enamorando de él».
¿Qué iba a hacer?