Capítulo 19

 

 

 

 

 

«Te estaré esperando en la esquina de Clímax con Relámpago».

 

William tomó una daga. Sunny siguió temblando, pero no trató de huir. «Cada vez confía más en mí, aunque esté a punto de cortarle las palmas de las manos».

Él nunca había titubeado a la hora de hacerle daño a alguien, sobre todo si su dolor le servía de ayuda de alguna manera. Y, sin embargo, tenía ganas de gruñir al pensar que Sunny pudiera sufrir. Ella ya había tenido que soportar muchas cosas: un matrimonio terrible, la pérdida de su pueblo y siglos de soledad y confinamiento.

«¿Quieres acostarte con ella?». Sí, lo deseaba más que ninguna otra cosa. «Pues, entonces, empieza a cortar».

Lo hizo. Hizo un corte lo más superficial posible, pero ella casi ni se enteró. Brotaron gotas de sangre roja. Entonces, William se cortó la palma de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella para que su sangre se mezclara.

–¿Cómo voy a saber si ha funcionado el encantamiento?

–Lo sentirás. Espera un poco –dijo él–. Si tú no intentas matarme, yo no intentaré robarte el cuerno de ninguna manera. ¿Aceptas mi juramento?

Ella asintió.

–Dilo –le ordenó él.

Ella tragó saliva.

–Acepto tu juramento.

Entonces, ella sintió una oleada de poder que provenía de William, y soltó un jadeo mientras daba un paso atrás. Se quedó boquiabierta.

–Tienes razón. Lo he sentido –dijo, con reverencia–. Es cierto que no vas a… No puedes intentar robarme el cuerno.

El hecho de saber que había aliviado su miedo… William tuvo ganas de darse golpes en el pecho como si fuera un gorila. ¿Sería receptiva Sunny si él se insinuara? ¿Le gustarían sus besos?

Quería averiguarlo, pero no debía apresurarse, porque cabía la posibilidad de que su paranoia se disparara. Iría despacio con ella, a pesar de que sentía una excitación abrasadora. ¿Cómo era posible que hubiera existido sin sentir aquella emoción, sin conocer a Sunny?

Sin embargo, antes de ganársela, debía romper la maldición.

–Tengo que darme una ducha –le dijo–. Todavía estoy sucio del enterramiento de la perra.

–William –susurró ella, temblando contra él–. Me dijiste que te avisara cuando sintiera una necesidad.

El tono quejoso de Sunny estuvo a punto de desequilibrarlo por completo.

–¿Quieres sexo, Sunny?

–Sí.

–Conmigo –dijo él–. Solo conmigo.

Ella asintió lentamente.

–Solo contigo.

–Hoy.

–Sí, hoy. Ahora.

–Está bien. Me ocuparé de ti, tal y como te prometí, pero antes tengo que ducharme.

Y a solas. Necesitaba calmarse antes de tocarla.

–Mientras me esperas, ¿por qué no te dedicas a tu afición favorita?

Mala idea. ¡Mala! Se la imaginó, y estuvo a punto de tener un orgasmo espontáneo.

Ella frunció el ceño.

–¿Te refieres a matar demonios?

–No, a masturbarte. Hazlo, pero no te corras. Tu siguiente clímax me pertenece.

A ella se le dilataron las pupilas. Sus ojos se convirtieron en dos círculos negros rodeados por un fino anillo verde esmeralda. Su expresión era irresistible. Con la voz un poco jadeante, le dijo:

–Creo que, en vez de eso, voy a estudiar tu libro y a esperar a que me hagas la demostración de destreza que me prometiste.

Descarada…

–Me parece bien.

–Cuando consiga terminar con tu maldición, puedes llevarme al palacio de Lucifer. Yo me encargaré de Lilith y de él en tu nombre.

No. No iba a permitir que Sunny luchara contra Lucifer. Ya encontraría otro modo de vencer a su antiguo hermano.

Y, ahora, si no se alejaba en aquel momento, no iba a conseguir marcharse. Le dio un beso en la frente, sin hacerle ninguna promesa, y fue al baño. Estaba desesperado por tomar una bocanada de aire sin el perfume de Sunny, que le volvía loco. Pero no tuvo suerte. Le daba vueltas la cabeza, porque su irresistible olor impregnaba todo el establo.

Abrió el grifo de la ducha y se desnudó. Las gotas empezaron a caer sobre el mármol del suelo, y se formó una nube de vapor. Entró bajo la cascada de agua caliente y se lavó la sangre y la suciedad.

Se preguntó si no debería masturbarse allí primero. Después de tener un orgasmo, estaría más calmado y no se lanzaría a ella como si estuviera en celo. Debía tener cuidado para no hacer que Sunny perdiera la confianza.

Sin embargo, decidió que no iba a hacerlo. No iba a calmarse. Cuando uno tenía que participar en un campeonato, no podía agotarse en el entrenamiento.

Con ganas de volver a reunirse con Sunny, terminó rápidamente de ducharse y se puso una toalla a la cintura. Estaba temblando como un adolescente.

Salió del baño envuelto en una nube de vapor. Le caían gotas de agua del pelo, y se le resbalaban por los músculos del pecho.

Vio a Sunny inmediatamente, y se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. Ella no se había puesto a estudiar, sino que había seguido su consejo. Estaba tendida en la cama, en ropa interior. Su lencería era de seda, de color rojo. Su melena rizada y rosa estaba extendida por los almohadones, y tenía el medallón dorado colgado del cuello.

Se pasó las yemas de los dedos por el estómago, hacia abajo, y movió las caderas. Sin embargo, antes de llegar a su destino, apartó la mano.

–¡Fresia!

Era muy sexy. William nunca había visto a nadie con un cuerpo tan bonito. Tenía los pechos exuberantes y los pezones endurecidos bajo la fina tela del vestido. Su piel oscura brillaba.

Él caminó hacia ella y se detuvo a los pies de la cama. Con la voz enronquecida, le preguntó:

–¿Por qué no termino yo eso para ti?

–Umm… Sí –respondió ella–. Hazlo por mí. Estoy preparada para probar cosas contigo. Cosas atrevidas y salvajes… ¡Date prisa! Llevo esperándote toda la eternidad. Me siento muy bien, pero quiero sentirme mejor…

¿Que se diera prisa? No, no iba a apresurar las cosas.

Con un gesto mágico, William llenó la cama de pétalos de rosas que rodearon a Sunny y perfumaron el aire.

Ella soltó un gritito de alegría, y él se excitó aún más.

Mientras Sunny lo miraba, se quitó la toalla, la dejó caer al suelo y se acercó más. Ella gimió e hizo un movimiento ondulante con las caderas. Era gloriosa.

Él se tomó el miembro con una mano y se acarició hacia arriba y hacia abajo. Le dijo:

–Si hago algo que te asuste, dímelo y pararé.

–William –susurró ella–. No sé si estoy lista para mantener relaciones sexuales todavía, pero podemos hacer otras cosas, ¿verdad?

–Claro que sí –dijo él.

Apoyó una rodilla en el colchón. Después, la otra. Le agarró los tobillos y tiró de ella hacia sí. Los pétalos de rosa se le pegaron a la piel. Le separó las piernas y vio que tenía las bragas empapadas.

–Sé que no te han gustado mis besos, pero, sé buena y aguanta un poco, ¿de acuerdo?

–Sí –prometió ella–. Voy a ser buena.

Con un jadeo, él se inclinó sobre ella y la besó. Sunny abrió los labios y permitió que él metiera la lengua en su boca, y William pudo saborearla. Era muy dulce, y se le escapó un gruñido de satisfacción. Ella le clavó las uñas en la cabeza y correspondió a su beso con fervor, con ferocidad, como si su faceta de depredador hubiera terminado con cualquier duda.

Antes, Sunny no lo conocía, por eso no podía relajarse en su presencia. Ahora, una vez relajada, su habilidad innata dejó asombrado a William.

Él no pensó en otra cosa que en su placer. Deslizó una mano entre sus cuerpos y pasó un dedo por el borde de sus bragas. Ella jadeó de nuevo, y se echó a temblar. Le mordisqueó el labio, lo succionó, se retorció bajo él.

–¿Qué me estás haciendo? –preguntó–. ¿Qué está ocurriendo?

«Yo podría preguntarte lo mismo». William levantó la cabeza y vio que ella tenía la piel de gallina y, con una sonrisa, le dijo:

–Bienvenida a la clase de Placer, nena. El profesor Clímax tiene preparados unos trabajos. Los gritos apasionados dan créditos extra.

–Demasiada charla. Más besos –dijo ella, con la voz más ronca de lo normal.

Y él volvió a besarla. No pensó, solo sintió. Fue un beso abrasador, apasionado, y a él le encantó. A ella se le escaparon pequeños gemidos y jadeos, y eso también le satisfizo sobremanera.

Entonces, el beso se volvió aún más abrasador.

Se devoraron el uno al otro, pero no fue suficiente. Besarse y acariciarse nunca iba a ser suficiente con Sunny. Hasta que no la poseyera en cuerpo y alma, no sería feliz.

Con delicadeza, William metió la mano bajo sus bragas e introdujo un dedo en su cuerpo húmedo y cálido. Sunny gimió y, mientras le acariciaba el clítoris con el dedo pulgar, William notó que sus paredes internas se contraían. Ella jadeó y arqueó la espalda para recibirlo más profundamente.

–¡Sexo! Quiero sexo, por favor –gritó.

No. Aquella vez, no. No iba a tomarla hasta que ella le dijera, antes de recibir sus caricias, que quería mantener relaciones sexuales.

–Me has tomado un poco de afecto, ¿verdad, Sunny? –le preguntó, de repente.

¿Qué estaba haciendo? No debía preocuparse de si a ella le importaba o no. Eso solo serviría para que sintiera necesidad de ella, y para que sintiera celos. Y, sin embargo, prosiguió, sin poder contenerse:

–Reconócelo.

–No voy a reconocer nada. Cállate –le ordenó ella, moviéndose bajo su cuerpo–. Me estás estropeando el momento feliz.

–¿Ah, sí? Si quieres que siga haciéndote feliz con mis dedos, vas a tener que decirme la verdad. Di «me importas, William».

–Me importa… correrme –respondió ella, sin dejar de ondular el cuerpo–. Dame un orgasmo, o me las arreglaré yo misma.

Él apretó los dientes con irritación, pero no pudo mantenerse quieto. Movió el dedo hacia dentro y hacia fuera, imitando los movimientos del sexo. A ella se le contrajo el cálido cuerpo empapado, y a él se le escapó un siseo. Introdujo un segundo dedo y notó su tensión.

Era perfecta.

–¡William! –gritó ella.

Le clavó las uñas en la espalda, arqueó el cuerpo y persiguió cada uno de los deslizamientos de los dedos.

–No pares lo que estás haciendo. Por favor, no pares. Es demasiado gozoso.

Ummm… sí. Él también necesitaba más, lo quería todo. Empezó a lamerle los pechos y succionó uno de sus pezones. Su aréola oscura era como la mejor de las golosinas.

Introdujo otro dedo en su cuerpo y, después, otro, y los movió hacia dentro y hacia fuera.

–Cuéntale al doctor Willy tus fantasías más secretas –le dijo.

–Deberías haber… leído… mi diario –respondió ella, perdida en aquel placer–. Quítame las bragas, ¡por favor!

–Todavía no, Sunny.

Mientras ella giraba y le tiraba del pelo, una fiebre de pasión enrojeció su piel brillante. Él se sintió tan encantado que emprendió el camino hacia abajo. Se enganchó una de sus piernas en el hombro para mantenerla abierta y vulnerable, le acarició el ombligo mientras seguía rozándole el clítoris con el pulgar, acercándose lentamente…

De nuevo, ella se golpeó contra él. William se deleitó con su visión, su dulzura, su calor y con los sonidos que emitía en la agonía del placer. Quería más. El deseo lo estaba espoleando, pero se contuvo. Solo cuando ella gritó de manera incoherente, fuera de sí a causa del placer, le besó el vientre, le acarició el muslo y lamió el borde de sus bragas, acercándola cada vez más al orgasmo…

Por fin, apartó sus bragas para lamerle el clítoris y saboreó su miel femenina. Se le pusieron los ojos en blanco. Era como una droga.

Cuando volvió a pasar la lengua por su cuerpo, ella se puso rígida y llegó al orgasmo.

–¡Sí! ¡Sí!

Su cuerpo estaba hecho para el sexo. Para él. Sus gritos roncos lo emocionaron; su sabor lo intoxicó. Y aún quería más. Quería aquello todos los días. Todas las noches.

–Has hecho que me corriera, ¡y ha sido mucho mejor de lo que esperaba! –exclamó ella, con los ojos brillantes–. ¡Hazlo otra vez!

Sí. William le succionó el clítoris con frenesí, volvió a meter los dedos en su cuerpo y los movió con más dureza, con más rapidez, y la llevó al éxtasis por segunda vez. Él tuvo ganas de gritar de triunfo. Ella se quedó laxa, llena de satisfacción y languidez, y respiró profundamente.

Él la observó con fascinación. Su miembro estaba latiendo con fuerza, y él también estaba a punto de llegar al orgasmo.

–Ha sido increíble –susurró Sunny–. Quiero pasarme las siguientes mil horas analizando todas las sensaciones.

Él respiró entrecortadamente, y dijo:

–Oh, vamos a hablar de eso, claro que sí. Pero, primero…

Sunny lo miró a los ojos y sonrió lentamente.

–Pero, primero, te toca a ti.