Capítulo 20

 

 

 

 

 

«El deseo puede ser poderoso, pero voluble, sobre todo cuando un hombre ya está a punto de explotar».

 

Era asombroso lo que podía conseguir la sensación de seguridad.

Una vez que la posible amputación de su cuerno había quedado descartada, Sunny no sentía ninguna resistencia hacia William. Él le había proporcionado el placer más sublime de su vida, y su cuerpo y su mente habían quedado en paz por completo.

¿De veras su vida era así ahora? Camas llenas de pétalos de rosa. Novios de mentira que tenían el potencial de convertirse en novios reales. Dicha. Conexión, compañía, comunión. Excitación.

¡Nunca iba a renunciar a aquello!

El hecho de haber tenido un orgasmo con otra persona, de haber experimentado un enorme placer, y sin el sentimiento imperioso de la época de celo… ¡Era genial! Era adictivo. William la había transformado en una diosa del sexo. Ella no sabía lo que se estaba perdiendo.

Sin embargo, con el placer llegaban las complicaciones. Nunca se había sentido tan vulnerable. Nunca había sentido tanta ternura por un hombre. ¡Ni por nadie! El instinto le gritaba que saliera corriendo para huir de William antes de hacerse daño.

Era comprensible. Desde su nacimiento, solo había podido confiar en sí misma. Y, si su vínculo se fortalecía y seguían haciendo aquello, William tendría más poder sobre ella. Tendría el poder de hacerla feliz o de destruirla. Si alguna vez se marchaba con otra…

¡No lo haría! Acababa de presionarla para que admitiera que él le importaba, y eso le indicaba que ella también le importaba a él. Ante aquella posibilidad, a Sunny se le aceleró el corazón. Lo miró a los ojos, y vio en ellos necesidad, calor, hambre… Obsesión.

Reverencia, como si él le hubiera dado algo que no le había dado nadie. Pero… ¿qué? Ningún hombre la había mirado así. Para ella, la vida nunca había estado tan llena de promesas. «Tal vez sí le importe».

Entonces, él le preguntó:

–¿Acaso te he sumido en un coma de placer? ¿O estás jugando a la Bella durmiente?

¡Fresia! ¿Cómo podía ser tan juguetón y delicioso y, al mismo tiempo, tan amenazante?

Y ni siquiera había terminado.

–¿Quieres que te dé otro beso aquí? –le preguntó él, y apretó su clítoris de nuevo con el dedo pulgar. A ella se le movieron las caderas involuntariamente.

Aunque acababa de tener dos orgasmos, la excitación volvió al instante.

–¿Y quién dice que en esta fantasía la Bella durmiente soy yo? –respondió.

Con un movimiento de combate que había aprendido para matar cazadores furtivos, Sunny le rodeó la cintura a William con las piernas, le sujetó con fuerza por la nuca y le dio la vuelta para colocarse encima de él.

Cuando botaron en el colchón, los pétalos de rosa se le quedaron pegados a la piel, y él se echó a reír. Sin embargo, su diversión no duró mucho, porque su apetito era demasiado grande.

Sunny se sentó a horcajadas sobre él. El aire frío le acarició los pezones doloridos, y notó un calor delicioso entre las piernas.

Él dobló las rodillas, y ella frotó sus bragas empapadas contra su miembro. Pasó un dedo por sus pezones pequeños, marrones y duros. Justo por debajo de la piel de William surgieron unos rayos luminosos que lo recorrieron por completo.

Tenía debajo de sí un tesoro de delicias masculinas. ¿Por dónde podía empezar? ¿Qué podía hacer?

–Ponte cómodo –le dijo–. Tengo planes para ti.

–¿Ah, sí? ¿Son buenos planes?

–Seguramente, los mejores del mundo. Vamos a comprobarlo.

–¿Nunca habías hecho esto?

–Nunca he confiado lo suficiente en alguien –dijo ella.

Él se quedó intrigado. Con la voz enronquecida, le dijo:

–Te lo advierto, preciosa, esto va a ser como sacarte el carné de conducir en un camión. Pero quiero que te encante, así que voy a fingir que soy un caballero y me voy a retirar por cortesía. Espero sobrevivir.

¡Qué eléboro!

–Pero… ¿vas a renunciar a mi recompensa por un trabajo bien hecho? –preguntó Sunny, con un mohín.

Entonces, él le guiñó un ojo, y ella supo que le había gustado su respuesta.

–Acabas de convencerme –dijo William, y se puso las manos detrás de la cabeza–. Te juro que te voy a dar hasta la última gota de tu recompensa. Porque soy así de generoso.

Era pura carnalidad. Ella lo besó, lamió y mordisqueó mientras descendía por su torso, y lo exploró con las manos. Cuanto más bajaba, más gruñía él. William la tomó del pelo con una mano y, con la otra, se agarró al cabecero de la cama.

Cuando Sunny llegó al objeto de su deseo, se humedeció los labios e inclinó la cabeza, y él notó su respiración en el extremo del miembro. Entonces, ella succionó su longitud, y él gritó con la voz ronca. Como no podía tomarlo entero con la boca, tuvo que utilizar también una mano, y acarició y succionó hasta que él soltó una retahíla de maldiciones.

–Quieres que explote de placer, ¿no, belleza mía?

–¡Todavía no!

No quería que terminara aquello. Ralentizó el ritmo y succionó con más suavidad, hacia arriba y hacia abajo.

–¡Sunny! Más deprisa. ¡Más fuerte!

Ella le hizo caso omiso y continuó succionando despacio, cada vez más suavemente. Y, una vez más, él se puso a maldecir.

Había conseguido volverlo loco, y tuvo una fuerte sensación de poder femenino. Además, ella también había vuelto a excitarse, estaba dolida y anhelante. Con la mano libre, le acarició los testículos, y él volvió a soltar una maldición. En aquella ocasión, William soltó su pelo, se incorporó y agarró uno de sus tobillos.

–¿Así que quieres tomarme el pelo? Muy bien.

Unos cuantos tirones, y él consiguió colocarla sobre la parte superior de su torso, le apartó las bragas y, lentamente, se dio un festín con su sexo.

¡Salvia! ¡Fresia! Ella notó un placer intenso, algo parecido a un tormento exquisito. Él le pasó la lengua por el clítoris y ella gimió. Tenía el corazón acelerado y le ardía la sangre.

Con la esperanza de que él aumentara el ritmo si ella hacía lo mismo, succionó cada vez más rápidamente su erección, y con más dureza, tal y como él le había pedido. ¡Cualquier cosa por otro orgasmo!

¡Y él lo hizo! Aceleró el ritmo. La presión aumentó, sus terminaciones nerviosas comenzaron a vibrar y, cuando él metió dos dedos en su cuerpo y los separó, ella…

El tercer orgasmo se apoderó de su cuerpo, y Sunny gritó alrededor del miembro de William. Mientras sus paredes internas se contraían, él también llegó al éxtasis y alzó la pelvis. Se le tensaron los músculos y expulsó su simiente cálida. Ella tragó hasta la última gota, felizmente.

Con el corazón acelerado, se dejó caer en el colchón. Estaba temblando, y se sentía aún más satisfecha que antes. Pero, también, vulnerable. ¿Habría sido un error hacer aquello?

Por suerte, William tenía la suficiente fuerza como para recogerla del colchón y acurrucarla a su lado. Se quedaron así, tumbados, durante varios minutos, hasta que su respiración se calmó.

–Te ha encantado –dijo él, con una sonrisa petulante.

Sunny no podía resistirse a aquella faceta juguetona de William.

–Pues sí. Ha sido muy divertido –dijo.

Y, asombrosamente, aquella parte en la que estaba disfrutando de la languidez, abrazada a él, compartiendo su respiración, era aún más satisfactoria. Eso hizo que temiera aún más la vulnerabilidad.

Por primera vez, había confiado en un hombre y se había dejado llevar, y había experimentado todas las sensaciones. ¿Y si confiaba en él para compartir su futuro?

Tal vez sí, tal vez no. Aquello era nuevo para los dos. La primera relación de William y su primer orgasmo con otra persona. ¿Conseguirían mantenerlo a largo plazo?

Quería seguir con él, a su lado, pero sabía que no debía hacerlo, así que se levantó de la cama en cuanto hubo recuperado las fuerzas. Tenía que trabajar. Ahora quería, más que nunca, acabar con la maldición de William, e iba a conseguirlo.

Nada, ni nadie, podría detenerla.