«Odio a tus vecinos».
William tuvo en brazos a Sunny, mientras dormía, durante muchas horas. Sentía que su cuerpo estaba saciado, algo que no le había ocurrido desde hacía mucho tiempo… o nunca. Y era un milagro, teniendo en cuenta que ni siquiera habían mantenido relaciones sexuales. El unicornio era único. Y suyo.
La luz de la luna entraba por la ventana y volvía de oro los rasgos de Sunny. Era una visión exquisita. Ella no tenía tensión, no tenía miedo.
Recordó que, el día que se habían conocido, le había parecido que ella estaba cansada. Y, hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que la inseguridad que sentía Sunny no le permitía dormir por las noches.
¿Cuándo había dormido así, plácidamente, profundamente? Tenían que haber pasado años, o siglos, tal vez.
William sintió una punzada de pena. ¿Qué iba a hacer con su unicornio?
Por primera vez, no pensó en quién iba a ser su siguiente conquista. Con Sunny, solo se había preocupado del presente, de observar cómo descubría ella el placer que podía tener con un compañero. ¡Eso sí que había sido una revelación!
El único punto negativo era que ella no hubiese admitido que él significara algo para ella. Eso no debería importarle, pero ¡sí le importaba! Sunny lo conocía mejor que al principio, así que, sí, él debería significar algo para ella. Era lo justo, ya que ella había conseguido que él sintiera algo por ella. Por el karma.
Ella exhaló una bocanada de aire, y él sonrió de satisfacción. De placidez. Mientras tenía a una mujer en brazos.
Aquel era un camino muy peligroso. Si la maldición se activaba y afectaba a Sunny, ¿qué iba a hacer? ¿Qué podría hacer? Se le encogió el estómago al pensarlo. No iba a abandonarla, y ya no podía negar lo que había empezado a sentir por ella.
¿Y si la encerraba hasta que hubiera traducido el libro entero? No, ella lo odiaría. Y, como castigo, se negaría a ayudarlo, por lo menos, al principio. En cuanto se diera cuenta de que solo podía recuperar la libertad traduciendo el libro, cambiaría de opinión. Sin embargo, él no quería hacer las cosas así. Lo echaría todo a perder, y no tendrían futuro.
«Mírame. Pensando en cómo salvar una relación».
Quería pasar más noches como aquella con Sunny.
Y, por otra parte… ¿Podría ella devolverle los recuerdos además de traducir el libro? Oh, si pudiera recordar a Axel y a sus padres… Saber cuál era su linaje… Descubrir lo que habían perdido, y por qué… Entonces, él tendría todo lo que siempre había querido. Casi. Solo le faltaría encontrar la décima corona del infierno.
Oyó diferentes ruidos que penetraron por las paredes del establo. Si alguien despertaba a Sunny, ese alguien iba a morir.
William se levantó, se vistió y salió. Había dos Enviados apoyados en uno de los muros, situados entre dos de las estacas de Sunny, besándose y manoseándose.
–Aunque me gusta el espectáculo –dijo William, en voz baja, pero amenazadora–, vuestras voces pueden despertar a mi… novia.
Los dos Enviados se separaron y lo miraron con los ojos muy abiertos.
William no los conocía, y no sabía si eran grandes guerreros, pero eso no le impidió decir:
–Si la despertáis, vais a morir.
No esperó su respuesta. Entró en el establo de nuevo, se quitó los pantalones y volvió a meterse a la cama. El olor dulce de Sunny lo envolvió.
Se imaginó con ella para siempre. Despertándose y viendo su sonrisa radiante. Recibiendo sus reproches cuando hiciera alguna idiotez. Tomándole el pelo para que se le pasara el malhumor. Quedándose sin palabras cuando ella dijera algo ilógico. Discutiendo, negociando, bromeando. Haciendo que se ruborizara con comentarios sexuales. Quedándose a su lado y resolviendo sus problemas. Haciendo el amor todas las noches, llevando su cuerpo a nuevos límites sexuales…
Todo aquello le parecía el paraíso. Era un futuro que nunca se había atrevido a imaginar… Y que todavía no podía imaginar.
Cuando hubiera vencido a Lucifer y hubiera encontrado la décima corona, se convertiría en uno de los reyes del inframundo. Y un rey necesitaba a una reina.
Sunny… su reina.
La idea le agradaba mucho.
Una cambia–formas unicornio era una compañera muy sorprendente para un rey del inframundo, sí. Uno era oscuro, la otra era luminosa. Una era buena, casi siempre, y el otro, malo, casi siempre. Pero… oh, cuánto se divertirían.
En aquel momento, su móvil vibró. Él, con cuidado de no despertar a Sunny, miró la pantalla.
Queridísimo padre: Te pido disculpas por haber faltado a la batalla de antes de la cena. Vuelvo mañana por la noche, y hablaremos de Axel. Esta vez trae a la chica. Me gustaría conocer a la mujer a la que Rathbone llama «la nueva estrella de mi colección de recuerdos porno».
Para empezar, Rathbone era un idiota. En segundo lugar, temía presentarle a Sunny a su padre. Hades había odiado a Gillian. Le había dicho que era demasiado débil. «No es la adecuada para ti». ¿Qué diría de Sunny?
Le escribió:
William: Allí estaremos. Pero, ahora, haznos un favor a los dos y prepárate. Voy a anunciar algo.
Pasaron varios minutos antes de que llegara la respuesta.
William hizo acopio de valor y respondió. Había llegado el momento de que su padre aceptara la verdad.
William:¿Listo? Te quiero. Siempre te querré. Y el hecho de que conozca a Axel no va a cambiar eso.
Ya estaba hecho. Ahora, a esperar…
Queridísimo papá: Cambiará. Tú cambiarás. De eso no tengo ninguna duda. No lo busques antes de que hayamos hablado. Hasta entonces, piensa en qué es más importante: si el padre que te crio, o el hermano que te olvidó.
William apretó la mandíbula. Ninguna declaración de amor de su padre. Claro que, que él supiera, su padre nunca le había dicho esas dos palabras a nadie.
Aunque se había quedado decepcionado, siguió con sus tareas y abrió un nuevo grupo de mensajes con sus hijos. Escribió:
William: Tengo otra misión secreta para vosotros. Hay cinco unicornios por ahí. Una de ellas se llama Sable. Encontradla. No preguntéis por qué, tan solo, hacedlo.
Black: ¿Por qué?
Red: ¿Por qué?
Green: ¿Por qué, papá, por qué?
Parecía que sus hijos también eran idiotas.
Green: ¿No se habían extinguido los unicornios?
William: No. Buscadla rápidamente, lo más rápidamente que podáis. ¿Alguna noticia sobre Evelina o Lilith?
Black: Lucy tiene a sus hombres buscando a Evelina, y le oí decir a uno de ellos que la han visto en Listeria. Yo llegaré allí dentro de una hora. De Lilith, nada.
Lucy era un apelativo burlón para Lucifer. Listeria era un reino del infierno que tenía el nombre de la bacteria, y era conocido por su atmósfera tóxica y sus habitantes criminales.
Red: Yo estoy interrogando al soldado al que oyó hablar Black. Si sabe algo más, yo sabré algo más. Pronto.
Red enviaba un vídeo en el que aparecía un demonio de más de dos metros de altura, atado a una reja, llorando. El demonio tenía los cuernos de marfil y el rabo bífido. Sus miembros estaban laxos, porque le habían dislocado las articulaciones. Le salían sangre y sudor de las escamas, y le habían sacado los ojos.
William: Buen trabajo, sigue así. A propósito, Hades da una cena familiar mañana por la noche, y me gustaría que fuerais todos.
Como no quería cometer el mismo error que su padre, añadió:
William: Sois unas mierdecillas, pero os quiero.
Después, dejó el teléfono y…
Se fijó en el diario de Sunny, que estaba en el escritorio. Recordó que a ella le gustaba escribir sobre sus fantasías, y se le aceleró el pulso. Se levantó de la cama y se puso los pantalones otra vez. Tomó el diario y pasó varias páginas. Todo estaba escrito en código, salvo un fragmento que hablaba de él. Al verlo, William sonrió. «Quiere que lo lea». ¿Qué nuevo tormento tendría preparado para él?
Era una lista de quince posturas sexuales, cosas que él nunca había oído. El vaquero brasileño. El viraje desordenado. El vaquero asador de serpientes. Junto a cada una de aquellas posiciones había un nombre: Lucien, Green, Rathbone. ¿Eran los hombres con quienes quería ponerlas en práctica?
¿Qué demonios?
¡Eso era ir demasiado lejos!
William volvió a la cama con el diario en la mano. Por el camino, vio a Dawn, que estaba asomada por debajo de la cama. Mierda. Tenía que darle de comer y beber.
Se detuvo para crear una puerta para ella, y levantó altos muros en una parte del terreno, fuera, con hierba. Dentro, hizo aparecer unos cuencos de comida y de bebida, y unos cuantos juguetes para que pudiera morder.
Dawn se acercó rápidamente. Comió con una cabeza y bebió con la otra.
Cuando terminó de ocuparse de la perra, William se acercó a la cama y despertó a Sunny.
–Sundae Lane, ¡dime ahora mismo qué significa esto, o habrá sangre!
Ella abrió los ojos y sonrió plácida, lentamente.
–Buenos días a ti también, cariño –dijo. La sonrisa desapareció cuando sus ojos se aclararon. Se quedó boquiabierta–. Ya es por la mañana. He dormido la noche entera.
Se estiró perezosamente, y la sábana se le bajó y dejó a la vista la mayor parte de su torso, vestido solo con la ropa interior. El aire fresco hizo que se le contrajeran los pezones y, al verlo, él se excitó. No era de extrañar.
–Respóndeme.
Ella siguió estirándose, y respondió:
–Claro. Si me lo preguntas de una forma agradable.
¡Ya le estaba reprochando su idiotez! William respiró profundamente para calmarse, y preguntó:
–¿Qué son estas posturas sexuales, y por qué has escrito estos nombres de otros hombres al lado? Vamos a empezar con Rathbone. Si yo tengo una moralidad dudosa, él es todo un corrupto. ¿Sabías que tiene un harén de bellezas para él solo? Un día, clavó a su concubina favorita a la pared y la obligó a mirar mientras ataba a su otro amante a una mesa, lo abría en canal y les daba sus órganos para comer a los demonios, estando él vivo todavía.
–¿Qué dices…? –preguntó ella, con desconcierto. Entonces, se dio cuenta de que William tenía su diario en la mano, y se echó a reír con malicia–. Acababas de ser un imbécil conmigo, porque no quisiste llevarme a la cena con Hades, y decidí castigarte.
¿Ah, sí? William se quedó aliviado y dejó el diario a un lado.
–En ese caso, te permito que me seduzcas para calmar mi ira. Después de que me enseñes tu forma de unicornio.
–No, y no. Pero te doy permiso para que me seduzcas tú a mí.
Él se sentó a su lado y deslizó una mano por debajo de su nuca para ayudarla a levantarse. Los rizos rosados de su pelo le cayeron hasta la cintura.
–Podemos seguir discutiendo –le dijo–, o podemos hacer lo que hacen las parejas por la mañana y seducirnos el uno al otro. Tú decides.
–¿Y cómo sabes tú lo que hacen por las mañanas las parejas? Soy tu primera novia.
Buena observación.
–Sunny –le dijo, entonces, en un tono suave. «No puedo enamorarme más. Tengo que poner distancia entre nosotros»–. Sé que hemos bromeado con el hecho de ser pareja, pero no lo somos. Todavía, no.
Al principio, a ella se le llenó la mirada de dolor. Después, entrecerró los ojos.
–¿No disfrutaste anoche?
A él se le encogió el corazón.
–¿No te dieron ninguna pista los gritos de satisfacción que pegué?
Ella no respondió. Se zafó de él y se levantó. Se puso a caminar de un sitio a otro en ropa interior.
–Vaya, qué práctico que me hayas dicho que no somos una pareja después de haberme regalado dos orgasmos. ¿Era ese tu plan? ¿Querías que me hiciera adicta a tus caricias y después soltarme la bomba?
Él estuvo a punto de sonreír.
–¿Te has vuelto adicta a mis caricias?
Ella lo fulminó con la mirada. Después, inexplicablemente, se suavizó. Se sentó en su regazo y apoyó la cabeza en su hombro.
–Sé que no somos una pareja, pero también sé que te importo, aunque no quieras admitirlo. Solo me pregunto si deberíamos ser pareja. A menos que yo no sea suficiente para satisfacerte, claro. ¿Sigues deseando a otras mujeres?
–No. No deseo a nadie más –respondió él, abrazándola–. Pero no puedo correr el riesgo de activar la maldición.
–Yo he confiado en ti lo suficiente como para darme el lote contigo antes de que me pusieras en libertad y ¿tú no puedes confiar en mí lo suficiente como para arriesgarte con la maldición? –preguntó ella, dolida–. Voy a ser sincera: en parte, te entiendo. Pero, por otro lado, no te entiendo, porque estoy segura de que la maldición no puede afectarme.
–No, tú crees que la maldición no puede afectarte. Es distinto –replicó él–. Mira, traduce el libro lo antes posible y, entonces, volveremos a mantener esta conversación, ¿de acuerdo?
–Umm… Puede que no quiera volver a mantener esta conversación –dijo ella, malhumoradamente–. Me merezco a un hombre que esté dispuesto a remover Roma con Santiago por mí, a pesar de las complicaciones, que no busque una forma de huir incluso antes de que hayamos empezado. Que piense que soy suficiente. Parece que no eres tú. Así que, cuando terminen nuestras dos semanas, me iré.
Él la abrazó con más fuerza.
–Sunny…
–Estoy a punto de empezar la época de celo, William. Es una temporada durante la que mi cuerpo exige las relaciones sexuales. Necesitaré cadenas o un compañero bien dispuesto, pero me niego a encadenarme en el inframundo, porque estaría indefensa y rodeada de demonios –le dijo ella. De repente, apareció un brillo calculador en sus ojos–. Me pregunto si Rathbone estará disponible…
Él sintió una rabia inmensa, y tuvo un impulso asesino. ¡Demonios, Sunny tenía razón!
–Yo me ocuparé de ti durante esta época de celo.
–Pero solo si traduzco a tiempo tu libro, ¿no?
Él entrecerró los ojos.
–No, gracias –dijo ella, y encogió un hombro con indiferencia–. Todavía tengo intención de traducir tu libro antes de que empiece la época de celo. Pero, después de mi época de celo, he cambiado el itinerario. Me largo de aquí.
–Ya. Intenta irte o estar con otro. Ya veremos qué pasa.
Ella no reaccionó ante su amenaza.
–Mientras yo estoy ocupada descifrando el código de tu libro, tus hijos estarán por ahí, espiando. ¿Y tú, qué vas a hacer?
–Yo voy a buscar estrategias para la guerra. Intentaré que el enemigo cometa más de un error. Y me ocuparé de que cierto unicornio esté concentrado –dijo ella.
–En otras palabras, estarás divirtiéndote mientras el resto de nosotros trabaja –dijo Sunny. Se levantó y se marchó hacia el baño–. Sí, estoy segura de que me marcharé del infierno más pronto que tarde. Lo nuestro ha terminado oficialmente.
Él estuvo a punto de llamarla para que volviera. Estuvo a punto de caer de rodillas de agradecimiento, también, porque la distancia emocional iba a salvarles la vida. Al final, apretó los dientes y se dedicó a observarla mientras ella se lavaba los dientes y se ponía una camiseta de tirantes y unos pantalones vaqueros.
Sin mirarlo, Sunny se sentó en el escritorio, abrió la vitrina y sacó el libro.
–Por curiosidad –le preguntó William–, ¿qué querrías que hiciera yo mientras los demás trabajáis?
–Algo, cualquier cosa que tuviera que ver con nosotros, no la guerra, ni nada que tenga que ver con maldiciones. Y, a propósito, yo me voy a quedar con la perra.
Se quedaron en silencio. Pasaron las horas y, para William, cada una fue peor que la última. No podía dejar de mirarla de reojo. Cuando estaba concentrada, fruncía el ceño, y era adorable. Se mordía el labio cuando un párrafo era especialmente difícil, y resultaba muy sexy. Cuando se olvidó de su presencia, se puso a canturrear la canción más bonita que él hubiera oído nunca. Era calmante.
Había hecho las cosas muy mal con ella, pero… ¿cómo iba a arreglar lo que no debería querer?
Oyó un ruido extraño.
Sunny también lo notó y alzó la cabeza.
–¿Qué ha sido eso?
Dawn, que estaba tumbada en su colchoneta, alzó las cabezas y aulló.
–Mete el libro en la vitrina –dijo William.
Cuando ella lo hizo, él selló el contenedor con una corriente de magia. Quien lo viera pensaría que era una muñeca de porcelana. Después, tomó dos dagas y se fue hacia la puerta, seguido por Dawn.
El ruido era cada vez más intenso. ¿Acaso Lucifer había enviado otra horda?
Con las dos dagas en las manos y el medallón ardiendo en su pecho, William se preparó y abrió la puerta.