«No estoy seguro de lo que me gusta más… si los gritos de placer de una mujer, o los gritos de agonía de un enemigo».
Una necesidad imperiosa y un deseo abrumador se apoderaron de William. Experimentó las señales de una manera muy intensa: la sangre le hirvió, se le aceleró el corazón y su erección tembló. Además, estaba nervioso, tenía un vacío en el pecho y una sensación de urgencia que no podía controlar.
Aquel día podía haber perdido a Sunny, haber perdido a su compañera y a su descifradora de una sola vez. Ahora la tenía atada a la cama, sana y salva, y muy excitada. ¿Había visto alguna vez algo más apetecible? ¿Había deseado alguna vez a una mujer con tanta fuerza? Lo que sentía por ella era explosivo. Desde que la había conocido no había vuelto a desear a ninguna otra. No había sustituta posible. Nadie olía tan bien, nadie tenía un sabor tan dulce ni encajaba tan perfectamente con él.
Y el hecho de que hubiera hecho progresos con el libro también tenía importancia. Dentro de pocos días, la maldición habría sido erradicada. Y, mientras… ¿por qué no iba a estar con la mujer a la que deseaba por encima de todas las demás? Podía proteger su corazón y asegurarse de que no se enamoraba de ella hasta que llegara el momento perfecto.
–¿Cómo te lo demuestro, Sunny? Dímelo. Dime lo que necesitas.
–Eres muy astuto. Has dejado que pensara que ibas a dar el primer paso, pero ahora le has dado la vuelta a la tortilla. ¿Cómo crees que quiero que me lo demuestres, cariño?
–Creo que quieres tener algo dentro –respondió él.
–Sí, por favor –dijo ella, jadeando ligeramente. El anillo que tenía en la frente resplandeció suavemente y proyectó chispas de todos los colores del arcoíris. Era hipnótico.
Se acercó a la cama con las garras demoníacas prolongadas y, con un solo movimiento, cortó las cuerdas de sus muñecas. Un momento… ¿por qué lo había hecho?
–Pero, primero –dijo ella, con firmeza–, te voy a demostrar por qué no deberías preocuparte por mí cuando estoy en el campo de batalla.
Y, sin previo aviso, le dio un puñetazo en la cara.
Aquel puñetazo lo tomó por sorpresa y, mientras se recuperaba, ella aprovechó para liberarse los tobillos. Movió las piernas y le rodeó la cintura y, de un solo tirón, lo tumbó en la cama, sobre ella.
Él se echó a reír, encantado con su astucia. Entonces, ella arqueó las caderas y le frotó la erección con el sexo, y a él se le quedó la mente en blanco. Solo pudo pensar en sus pechos suaves, sus pezones endurecidos. En su calor embriagador. En la presión, en la fricción.
Ella volvió a girar las caderas, y la toalla de William se desató. Su erección se apretó contra sus bragas; la tela de la prenda era lo único que impedía que él pudiera llegar a su último destino.
Sunny era muy lista. Usó los restos de la cuerda para incorporarse y sentarse a horcajadas sobre él.
–¿Lo ves? –preguntó, con una expresión triunfal–. Me las arreglo perfectamente.
Él se sintió orgulloso, tanto por su destreza como por su deseo.
–¿Crees que ya estás preparada? Quiero… darte lo que más deseas.
Ella respondió:
–No, lo que quieres es darte a ti lo que más deseas.
Él se movió contra su cuerpo.
–Tú me deseas solo para ti. Matarías a otras mujeres por estar conmigo. Te importo. Reconócelo –le dijo él. Deseaba oír aquellas palabras tanto como deseaba su cuerpo.
Ella se echó a temblar.
–Tú llorarías si me perdieras.
–Tú piensas que soy especial.
Unos rayos de sol acariciaron su piel y, de repente, parecía que estaba cubierta de polvo de diamantes. Sus ojos verdes brillaron de dicha. Cuando él movió las caderas más deprisa, a ella se le separaron los labios a causa de un jadeo. Fue el sonido más sexy que él hubiera oído nunca.
–Me importas –respondió ella, con la voz entrecortada–. Ya lo he dicho. ¿Estás contento?
¡Sí! Y no. Necesitaba permanecer a distancia emocional, pero aquella admisión tan suave de Sunny derribó sus defensas y calmó una herida que él sufría desde hacía miles de años. «¿Que nunca debería haber nacido? No, Wrathling. El unicornio necesita que yo haya nacido. Soy el único que puede saciar su deseo».
–A mí también me importas tú, Sunny –dijo él.
Entonces ella gimió, y él deseó oír más gemidos. Quería su lealtad, su confianza, su amor.
«¿Cómo voy a esperar que ella confíe en mí, si yo no le ofrezco mi confianza y la tengo encarcelada?».
Se miraron el uno al otro durante un momento, y ella separó más las piernas, creando así un hueco perfecto para acoger su miembro y asegurándose de que el extremo le presionara el sexo empapado.
Él volvió a mover las caderas, y ella comenzó a respirar entrecortadamente, con el corazón acelerado y las mejillas sonrojadas.
–William –gimió, de nuevo.
–Sunny, ¿ya estás a punto de correrte otra vez? ¿Qué pasó con la chica que odiaba el sexo, eh?
–Tú la mataste de placer. Ya… no quiero jugar más. Te deseo. Por favor…
A él se le escapó un rugido. Quería tomar lo que era suyo. La besó con fervor, y su miembro tembló más y más, y su beso se volvió más duro, sus lenguas se enredaron y giraron juntas.
Con una mano, ella le apartó el pelo hacia atrás y, con la otra, le arañó la espalda. El picor intensificó el placer de William, tanto, que pensó que iba a arder por combustión espontánea. Merecería la pena.
Él le masajeó los pechos y le pellizcó los pezones, y le arrancó pequeños jadeos. Entonces, ella se quitó el sujetador y liberó sus hermosos pechos. Él nunca había deseado tanto a nadie.
–Las bragas también tienen que desaparecer –dijo él. Con una de sus garras, rasgó la costura central, y la prenda cayó. Se produjo el contacto entre los cuerpos, y el calor femenino de Sunny lo abrasó.
Ella arqueó la espalda y se frotó contra él. En aquel momento, el placer se convirtió en dolor, y el dolor, en placer.
Ella le besó el cuello y le succionó el pulso. Él ya no podía controlarse.
–Quiero hacértelo ya –rugió él.
–Ummm… Sí. Un momento… ¡No! Orgasmo, sí, pero sexo, no. No puede ser, hasta que no haya traducido el libro.
¿Por qué había decidido eso? Podría presionarla para que se lo explicara y terminar con lo que estaban haciendo, o podía dejarlo y averiguarlo más tarde.
–Está bien. Bésame.
Entonces, se besaron, mezclando las lenguas de nuevo. Él siguió moviéndose y frotando su erección contra ella. El extremo de su miembro le presionaba el clítoris, y eso le volvía loco. Pero no era suficiente. Agarró sus nalgas perfectas, suaves y firmes, y se las apretó para impulsarla hacia delante mientras alzaba las caderas.
–¡William! –exclamó ella–. Basta ya de juguetear. Vamos a lo bueno.
¿A lo bueno?
–¿Te estás quejando otra vez de mi técnica? ¿O es que estás impaciente por conseguir tu placer?
–¡Sí! Vas muy despacio. Todavía no me has tocado con los dedos. ¡Termina ya lo que has empezado! Estoy más que lista.
Entonces, ¿quería que las cosas fueran duras y rápidas? Muy bien. William se giró y la tendió boca arriba. Cuando ella rebotó en el colchón, él se levantó, se situó a un lado de la cama, la agarró por los tobillos e hizo que ella girara. La colocó sobre las manos y las rodillas, con cierta dureza, sin perderla de vista para asegurarse de que no sintiera temor ni consternación. No, o no. A Sunny le encantó, y se puso a ronronear.
En aquel ángulo, él podía ver todas sus partes preferidas.
–Si pudieras verte… eres perfecta.
Ella volvió la cabeza, con la cascada de rizos rosas extendida por la espalda, y le sonrió con dulzura. Él empezó a perder toda la reticencia, y sintió de lleno la necesidad de protegerla, de darle placer, de dejar que ella lo poseyera en cuerpo y alma. ¡Sunny sería para él!
–¿Confías en mí, Sunny? –le preguntó.
–Sí. Sé que no me vas a hacer daño.
–Exacto. Nunca tendrás motivos para temerme. Nunca voy a tomar nada que tú no me ofrezcas y, si hago algo que no te guste, dímelo y pararé inmediatamente. Para mí, tu consentimiento y tu placer lo son todo, ¿entiendes?
–Sí –respondió ella, con la voz temblorosa–. Por favor, William. Más.
Lo miró con pasión mientras él volvía a la cama. Permaneció de rodillas, con las piernas entre las de ella, y puso la palma de la mano en su espalda. La empujó suavemente para que bajara el cuerpo y su magnífico trasero se elevara. Su cara descansó sobre una almohada.
Los temblores de Sunny se intensificaron cuando él posó la erección entre sus pliegues rosados y húmedos. Solo quería estar dentro de ella, pero se contuvo a base de fuerza de voluntad, magia y poder. Comenzó a moverse, imitando las embestidas del sexo, frotando su miembro contra su clítoris hinchado. Después, giró y cambió el ángulo de sus acometidas. Su miembro golpeó a Sunny en el lugar donde más lo necesitaba, y ella gritó de placer. Él aceleró el ritmo y siguió rozándole el clítoris con el extremo del miembro, cada vez con más fuerza, hasta que ambos estuvieron balbuceando palabras incoherentes.
–Estoy tan cerca… lo necesito… ¡Sí! –gritó Sunny, al llegar al orgasmo con dureza. Una oleada de aquella miel le empapó el miembro.
Ella se dio la vuelta rápidamente, lo agarró con una mano y le apretó los testículos. William aún no estaba listo para llegar al orgasmo, quería que aquello durara para siempre, quería más, pero no pudo evitar que el clímax se apoderara de él.
Echó la cabeza hacia atrás y rugió hacia el techo.